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Jünger y la escritura

7 febrero, 2018 — 3 comentarios

Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de febrero de 2018.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

2018_02_02_Jünger y la escritura

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

JÜNGER Y LA ESCRITURA

Escritor brillante, filósofo atrevido e intelectual emblemático, Ernst Jünger fue también un teórico de la escritura y un original crítico literario. Sus pensamientos al respecto aparecen dispersos en su obra, sobre todo en las formidables Radiaciones y en un libro titulado, de manera explícita, El autor y la escritura.

Tal vez sea el Jünger que reflexiona sobre su quehacer literario aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras:

…para mí es jornada de caza cada día; quiero decir que me paso la mañana dando forma a frases y desechándolas, cual alfarero que rompe sus cacharros.

Luego añade con tino:

…lo mismo cabe decir de la inversión del orden de las palabras dentro de la frase por motivos de equilibrio, de exacta distribución de pesos […]. La labor rítmica realizada en la prosa no habrá de dejar tras de sí rastro ninguno; hacer ese esfuerzo es algo que merece la pena, tanto más cuanto menos se lo perciba.

Borrar el esfuerzo que la ha precedido: he ahí una señal de la gran prosa. Siempre lo he creído.

Jünger no escatima mordacidad, como cuando habla de las cosas que distinguen al escritor novel del experimentado. Es también una señal de impotencia el desenfreno en los superlativos, dice burlón. Un no rotundo al despliegue de plumajes multicolores, aparatosas paradas nupciales o pirotecnias verbosas.

Jünger me ha llevado hacia algunos de los que hoy son mis autores favoritos y descubierto libros que jamás habría leído sin él; entre estos últimos quiero citar la fascinante y recomendabilísima Historia de los naufragios, de Deperthes. Sobre algunos de sus escritores de cabecera, me gustó leer estas palabras:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y me admiró leer estas otras:

Las obras de un Scott y Dickens, Hugo y Dumas, Tolstoi y Dostoievski se asemejan a imperios, que fundan colonias o a torrentes que desencadenan aluviones.

El autor —escribió vigorosamente— tiene que satisfacer a la lengua, no a la crítica; por consiguiente, no al juicio, sino a la ley. La mayoría de las reseñas no pertenecen hoy al terreno del arte, sino al de la política.

Él fue y es víctima de estas anteojeras, al ser frecuentemente juzgado a la luz de fosilizados presupuestos ideológicos.

Voy terminando. He aquí una de las descripciones más certeras que conozco de lo que es la lectura para un lector verdadero, y aunque han de ser ustedes quienes interpreten el adjetivo, aventuro que verdaderos lo son quienes se reconozcan en estas tajantes palabras:

Goce común espiritual en el pleno aislamiento. El mundo externo se convierte en decorado, sea en un vagón de ferrocarril o en un avión en medio de los pasajeros, en los refugios de la Primera Guerra Mundial o en los bunkers de la Segunda, en los juegos de naipes durante una pausa en el combate o en los trópicos, debajo del mosquitero.

El diálogo perfecto con un interlocutor invisible, que murió quizás hace más de mil años; ningún otro medio proporciona este rédito no compartido.

Por último doy las gracias a mi admirado Ernst Jünger por haberme escrito este artículo.

Taminah

31 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de enero de 2018.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

2018_01_26_Taminah

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

CONRAD1

Joseph Conrad

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TAMINAH

La locura de Almayer, capítulo 8: ¡qué alarde de talento novelístico!

Con una inesperada maniobra, Conrad guía nuestra atención hacia un personaje insignificante y lo agranda hasta convertirlo en memorable.

Doce páginas de exquisita marquetería literaria y una doble proeza: primero, elevar al estrellato, por el puro arte novelístico, a un actor de reparto; segundo, permitirnos contemplar las peripecias de la trama desde un ángulo completamente distinto. El narrador abandona su balcón habitual y pasa a observarla —y nosotros con él— desde la trastienda. Estábamos tan acostumbrados a ver la historia con los ojos de los protagonistas que, cuando Conrad elige los ojos de Taminah, dejamos de ser espectadores de primera fila y nos convertimos en túrbidos voyeurs; la experiencia es embriagadora.

Taminah es una joven esclava que vende tortitas. Aparece, fugazmente, en el capítulo 3 y enseguida desaparece, hasta cinco capítulos más tarde, cuando, en primer lugar, se nos hace ver su irrelevancia:

Reconoció a Taminah, la esclavita de Bulangi […] una irrupción cotidiana carente de importancia.

Pero de pronto, el artista Conrad da un volantazo a la narración y nos la muestra de esta forma tan maravillosa y psicológicamente impúdica:

Al ver su paso ligero, su figura erguida y su rostro velado por la habitual expresión de apática indiferencia, nadie habría podido adivinar el gran peso que sobrellevaba […] En aquella dúctil figura, enhiesta como una flecha, de andares libres y llenos de gracia, en aquellos ojos dulces que solo mostraban inconsciente resignación, dormían los sentimientos y las pasiones, las esperanzas y los temores, la maldición de la vida y el consuelo de la muerte.

Vemos a la chiquilla por fuera y por dentro (prosopografía y etopeya, con perdón), de la mano maestra de Conrad. Taminah es un alma cándida que deja pronto de serlo:

Vivía como las altas palmeras junto a las que pasaba, buscando la luz, anhelando el sol, temiendo la tormenta, pero inconsciente de todo eso. La esclava no tenía esperanzas ni imaginaba otra vida. Nada deseaba ni esperaba ni amaba ni temía, excepto los golpes […] La ausencia de dolor y de hambre era su felicidad…

Conrad abandona la historia troncal y se entrega a Taminah, la reivindica, la enaltece, la estudia y los lectores se lo agradecemos. En su deambular vendiendo pastelillos, la chiquilla se cruza con un hombre, uno de los protagonistas, y queda prendada de él:

Con frecuencia el hombre al que llamaban amo se cruzaba ante ella, caminando altivo e indiferente, con el orgullo de la juventud, […] Un día la vio y preguntó: «¿Quién es esa chica?».

Almayers_Folly_BS_largeTaminah, azorada, se aleja con premura, pero él la llama, le levanta la cara por la barbilla y le habla con dulzura. «No tengas miedo», le dijo.  Ella empieza a tener esperanzas de que algo maravilloso está por sucederle, pero Conrad da un hachazo estremecedor: Nunca más volvió a hablarle. Alguien lo llamó desde la orilla del río; él dio media vuelta, se alejó y se olvidó de su existencia.

Tres palabras amables que dejan a Taminah turbada y alterada y después, el brutal olvido.

Al usar la mirada de Taminah, tan distinta de las otras, Conrad enriquece la historia colosalmente, pues en esas doce páginas inolvidables nos enteramos de cosas capitales, que no debo ni quiero revelar. Pero esta maniobra novelística solo era posible si antes se le daba a Taminah una personalidad y un alma impropias de un personaje secundario. Hacer esto bien sólo está al alcance de los grandes.

El primer Conrad

20 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de enero de 2018.

La locura de Almayer (aunque yo habría preferido traducir Almayer’s Folly −a la vista de la historia− como Los delirios de Almayer) es el comienzo de una prodigiosa trayectoria de novelista: la del irrepetible Joseph Conrad.

2018_01_19_El primer Conrad

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL PRIMER CONRAD

El Conrad de La locura de Almayer, su primera novela, está lejos aún del gran artista que llegó a ser. Ni la arquitectura narrativa ni el lenguaje se acercan a la calidad de sus grandes monumentos literarios. Hay en el Almayer vaniloquios prescindibles como: Un aspecto general de escuálido abandono invadía el lugar, o fragmentos de prosa torpe e hipervitaminada como: El brillante sol de la despejada mañana, tras la tormentosa noche, inundaba el camino principal del poblado.

Almayer11

Pero su calidad, aun sin la maravillosa técnica y el estilo único que desplegaría en novelas posteriores, ya es detectable en muchos aspectos y hace de su lectura una delicia próxima a la fascinación. Algo que me ha llamado la atención y en cuyo uso muestra Conrad, creo que instintivamente, una maestría especial, es la personificación, o sea, la atribución de cualidades humanas a lo no humano. Este conocido y antiguo recurso retórico tiene en Conrad una profundidad que va mucho más allá del adorno descriptivo o de la mera ambientación. La naturaleza, tal como él la personifica, tiene valor estructural, cimentador, y explica mucho de los personajes, sus decisiones y conductas. De forma sorprendentemente eficaz —y a su manera, terrible— la naturaleza se convierte en un personaje más.

Ya en la nota prologal del autor leemos:

Sólo en la cruel serenidad del cielo, bajo el despiadado brillo del sol…

El río Pantai, tan central en la novela, tiene reacciones emocionales como esta:

Nina miraba el colérico río avanzar arrolladoramente hacia el mar bajo los latigazos de la tormenta.

Y cuando llegan las inundaciones, los lugareños tienen una explicación inequívoca:

«Menuda riada», gritó Babalatchi al oído de Dain. «El río está muy enfadado. ¡Mira, mira los troncos a la deriva!».

almayer6Esos troncos arrastrados por la poderosa corriente poseen una libertad que Almayer envidia; así, tras quedarse a observar cómo uno de ellos se libraba de un obstáculo que detenía su camino, piensa:

Lo logró; entonces se retiró y pensó que ahora tenía vía libre hasta el mar y envidió el destino de aquella cosa inanimada que se iba haciendo pequeña e indistinta en la cada vez más profunda oscuridad.

La fecunda naturalidad de Conrad con la naturaleza y sus manifestaciones le permite recurrir a ella, ya no personificándola, sino, simplemente, como dinámico y memorable telón de fondo:

Al poco, la piragua cruzó rauda la veta de luz que corría sobre el río desde una gran hoguera en la orilla opuesta, y reveló la silueta de dos hombres remando doblados y una tercera figura en la popa manejando con caprichosas florituras el remo timón…

Sus formidables progresos como novelista desde La locura de Almayer se entienden mejor si recordamos sus enérgicas palabras en el prefacio de El negro del Narcisus:

Toda obra que aspira {…] a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea.

El Conrad de su primera novela no es el de Nostromo o de El corazón de las tinieblas, pero no anda muy lejos.

Conrad3

Joseph Conrad

Texto con texto

18 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 12 de enero de 2018.

2018_01_12_Texto con texto

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TEXTO CON TEXTO

Me gusta la poesía de William Carlos Williams. Hace medio año hablé en este faldón de un poema suyo, La carretilla roja, que traduje así:

muchas cosas dependen

de una

carretilla

roja

barnizada

por la lluvia

entre las gallinas

blancas.

Cuando leí el poema, hace años, y cuando escribí sobre él, hace meses, nada sabía de las circunstancias de su génesis. En literatura me interesa más el texto y menos el contexto. Hay obras, lo sé bien, que agradecen una lectura y una crítica histórica o marxista o psicoanalítica o feminista o poscolonial y que tales lecturas —si no están podridas de antemano por las bacterias de las consignas ideológicas— esclarecen y amplían significados. Pero, en general, ceñirme al texto me da mejores y más limpios resultados. Las otras lecturas suelen llevar a más turbación hermenéutica.

Hoy voy a desmentirme y a hablarles del contexto. He aquí la historia que me contaron hace unos días:

William Carlos Williams era pediatra, además de poeta. A diario recibía a sus menudos pacientes, y a los impedidos los visitaba en sus casas. Había ido varias veces a una apartada granja, donde una niña estaba en su cama, casi paralizada, y se debatía entre la vida y la muerte, sin que hubiese certeza de cuál iba a ser el desenlace. Llevaba semanas en ese estado crítico. En una de esas visitas, un día lluvioso, el Dr. Williams auscultó a la pequeña, arrodillado en el suelo junto a ella; después levantó la cabeza y vio, por la ventana, el escueto rectángulo de mundo que aquella niña enferma podía ver, mientras yacía a la espera de su destino: un murete, una carretilla y unos polluelos a su alrededor.

Lo que vio, y lo que vio más allá de lo que vio, nos lo dejó escrito en esos ocho versos. Mucho depende de una carretilla…

Bonita historia. Sin embargo no creo que saberla añada valor al poema. Los sentimientos de piedad y simpatía que genera la triste anécdota son verdaderos y amables, pero de índole extraliteraria. El poema, por sí solo, también genera emociones intensas —aunque no sepamos qué lo hizo nacer—, con la añadidura de que nos deja proyectarlas sobre cualquier persona, caso, experiencia o recuerdo; la circunstancia de la niña enferma es particular; la proyección del poema, universal, sin perder por ello ni un gramo de humanidad. Así que, tras pensarlo un poco, ratifico mi preferencia crítica: un buen texto casi siempre se basta a sí mismo.

No sé si aquella niña sobrevivió a su enfermedad.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 22 de diciembre de 2017.

Lo que encendió un poema.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

 

WILLIAM CARLOS WILLIAMS

Si leen el poema completo, verán enseguida que su centro, donde se producen las reacciones nucleares que generan los demás átomos del poema, son estos tres versos:

“Estoy solo, solo.
Nací para estar solo
y estoy mejor así”.

Llegan tras un preámbulo amable, doméstico y hasta jocoso, de una jocosidad limpia, pero que de pronto se sumerge hacia las profundidades abisales.

Es temprano; empieza el día. Así lo dicen el sol blanco, la neblina y los árboles que resplandecen; será el rocío, que brilla en sus ramas al rozarlas el sol, aún rasante. Las mujeres de la casa descansan. El poeta, ya despierto, va a vestirse ante el espejo.

Si cuando duerme mi mujer
y Kathleen y el bebé
duermen también y el sol es un blanco disco en llamas
en la neblina sedosa
sobre árboles refulgentes;

Imaginamos el silencio. Esos árboles que se ven por la ventana insinúan un lugar campestre o suburbial; el silencio que se nos comunica con la insistencia del verbo dormir —duerme, duermen— nos lleva a pensar que no siempre es así, que en la casa, como en todas las casas, habrá ruidos domésticos, familiares: el llanto de la criatura, el fragor de los cacharros de cocina, la radio que acompaña las mil y una labores. El poeta ama el silencio y lo añora.

 

 

Refugiado ante el sincero espejo, el poeta se detiene y piensa en su vida y en la de los suyos. Se ve desnudo y se imagina danzando burdamente. La amabilidad bucólica de los versos precedentes da paso a una deformación que, siendo de donde somos, podríamos llamar valleinclanesca; pero la crueldad no se apodera del poema, sino que cohabita —qué ejemplar equilibrio— con el ambiente bonancible que el poema evoca.

si entonces en mi cuarto norte, yo
bailara desnudo, grotescamente,
ante el espejo
agitando la camisa sobre la cabeza
cantándome a mí mismo quedamente

Ese cuarto norte, lleno de significados: es el refugio al que acudir para hacer las paces con la soledad que es nuestra vida, después de todo y de todos los despueses. Extrañamente, es un manicomio que nos permite salir del manicomio.

Pero el poeta no quiere traicionar el momento burlón que engendró el poema y tras el desgarro de aceptar la soledad, de la que no hay escape, vuelve a invitarnos a la sonrisa comprensiva:

Si admirara mis brazos, mi rostro,
mis hombros, flancos, nalgas
contra las bajadas persianas amarillas.

Un monigote. Lo vemos contorsionarse hasta el ridículo, desnudo, girar como un derviche enloquecido y ondear una camisa sobre su cabeza —¿tal vez a carcajada limpia?—. Luego le dará a su mujer el beso de los buenos días y saldrá a cumplir con sus obligaciones. Al recordar sus momentos mágicos de desenfreno, comprendemos los dos versos finales:

¿Quién podrá decir que no soy yo
el genio alegre de mi hogar?

Dejemos que el español nos ayude aquí, pues nuestro genio puede ser tanto el genius inglés —por ejemplo: Shakespeare era un genio— como genie —el espíritu que acude a la llamada de los hombres, como el de la lámpara de Aladino—. Ambos significados caben en el poema.

William Carlos Williams fue pediatra y poeta. Nació en Nueva Jersey, en 1883 y murió en 1963.

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