Archivos para 30 November, 1999

He estado hojeando mis cuadernos de hace un par de años, y me animo a transcribir una selección de las notas que fui anotando durante la lectura de este primer volumen de las memorias de Ernst Jünger (Radiaciones I. Tusquets Ed., traducción de Andrés Sánchez Pascual). Quienes lo hayan leído podrán tal vez cotejar sus propias impresiones con las de otro lector, o sea, las mías, y quienes no, ¡quién sabe!, tal vez se animen a hacerlo. Si así fuera, me sentiría satisfecho: sería mi buena obra del día.

radiacionesjunger«Unas pocas páginas… unos pocos párrafos, y Jünger me cautiva de nuevo. Su capacidad de aunar filosofía, ensayo y pálpito poético es única y arrebatadora.»

«Cuando iniciaba el primer diario, ‘Jardines y carreteras’, en 1939, estaba terminando su prodigioso «En los acantilados de mármol». Nos dice el traductor que hallaremos en estos diarios muchas claves sobre esa obra. ¡Ardo en deseos de leerlas!»

«La guerra vista desde el sufrimiento. El soldado ya no es, como lo era en «Tempestades de acero», el hombre de acción, sino el individuo sometido a la disciplina, amenazado por la muerte y expuesto al dolor.»

«Oigamos a Jünger:

[ante la velocidad de la vida moderna]… En la literatura es el diario el mejor medio. Y, además, es el único diálogo posible que subsiste en el Estado totalitario.

Mi sintonía con Jünger se confirma con esta lista, que él mismo nos da, de algunos de sus autores más admirados:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y sobre la literatura y los escritores:

Una frase sin tacha causa, desde luego, efectos que van mucho más allá del placer que en sí misma proporciona. En la plasmación de una de esas frases está viva, aunque el lenguaje envejezca, una distribución de luz y sombra, un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas.

Dejando clara su creciente desconfianza ante la política:

Dentro del ser humano es donde es menester que se desarrolle un nuevo fruto, no en los sistemas.

Tal vez es el Jünger escritor, reflexionando sobre su quehacer literario, aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras sobre una de las facetas del proceso de la escritura, sin añadir ni quitar nada:

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roth everymanVuelvo a Roth tras casi un año, y veo que sigue siendo el hipocondríaco de siempre. Su fascinación por la enfermedad y el dolor, en cuya descripción gusta demorarse –tanto que hasta llegan a ser los cimientos de su narración–, sigue intacta.

Phoebe knew plenty about physical misery… Pues eso.

Este libro es una sombría descripción de la vida como un largo y penoso camino hacia la muerte (¿quién decía que la vida era el camino flanqueado por cipreses que va de la cuna al cementerio?) y un rosario de enfermedades y hospitalizaciones, pero el pesimismo de Roth tiene siempre algo de terrorífica verdad que te obliga a seguir leyendo. Y para que no haya dudas, la historia comienza con el funeral del protagonista, desde donde retrocedemos en su vida para volver después a avanzar hasta su muerte, o sea, hasta el final de la fiesta, donde, abandonado por sus falsos amigos, el hombre se queda solo.

Como además de la muerte, el sexo (en su variante más lasciva) también anda de por medio –cosa inevitable, tratándose de Roth–, la tentación de liarse a hablar de Eros y Tanatos está servida, así que me contendré y la dejaré pasar, porque, en verdad, el tema central y obsesivo de Everyman es la muerte; la muerte y lo que la precede, la prepara, la anuncia. Puro Roth el que escribe:

…la vejez no es una batalla, la vejez es una masacre.

Y por si todo eso no fuera lo bastante incómodo, más incomodidades: junto a la muerte, otro gran tema del libro es el de la responsabilidad individual, de nuestra vida, de nuestros actos, que no pueden ser endosados a otras instancias (ya sabéis: la culpa es de «la sociedad», o de «mi mamá, que no me quería lo bastante»), y al que le pique que se rasque.

Lo dicho, un libro para adictos (a Roth y a sus cosas), pero que no deja indiferente.

Ni una palabra más alta que otra.

Este puede ser el resumen de las 600 admirables e impresionantes páginas en las que Nadiezhda Maldelstam, la mujer del gran poeta ruso Osip Mandelstam, cuenta sus últimos años bajo el horror estalinista, antes de la muerte de su marido.

Acantilado presenta una cuidada edición con una fotografía en portada que suscita mis primeras emociones: una mujer enjuta y pesarosa, pero conservando un aire de altiva indiferencia y un hermoso pudor de anciana que preserva su dignidad ante la cámara y ante el inmenso sufrimiento que fue su vida.

En el prólogo, Joseph Brodsky nos habla del enorme orgullo, casi altanería, de Nadiezhda (que en ruso, por cierto, significa «esperanza»). Y las palabras de Brodsky iluminan el texto, porque lo que de él se trasluce es firmeza en sus ideas y una extraña y elegante mezcla de fatalismo y dignidad.

El relato de esos años terribles se hace con un comedimiento asombroso que, además de elegante, acaba siendo eficaz.

Las memorias de la época soviética ya son un género en sí mismas (Solzhenitsyn, Ivan Bunin, etc.) y este libro es otro sobrecogedor y conmovedor ejemplo.

En el prólogo leemos:

mandelstam

Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción la que confiere significado a la realidad. Hay una jerarquía en las percepciones (y por consiguiente entre los significados) en la que aquellas adquiridas mediante los prismas más refinados y sensibles ocupan la cima. Es la cultura, única fuente de suministro, la que aporta a dichos prismas el refinamiento y la sensibilidad; es la civilización, cuya principal herramienta es el lenguaje.

A lo largo de todo el libro, la escritora lamenta el estado de postración fatalista de la sociedad rusa ante el horror (otro denominador común del género «memorias de la época soviética»).

[…] habíamos enmudecido y aparecieron los primeros síntomas del letargo.

[…] estaba prohibido comparar los designios con las realidades […] dirigentes prácticos […] que prohibieron audazmente todo estudio de la realidad.

Nadiezhda Mandelstam acusa a la intelectualidad rusa de una capitulación masiva ante el estalinismo, y luego añade:

Los vencedores tendrían que haberse sorprendido de la facilidad con que obtuvieron la victoria, pero la aceptaron como algo que les era debido, porque creían en su razón. Ellos traían la dicha del género humano.

La autora cita, aquí y allá, palabras de su marido, casi siempre tan certeras como amargas, como cuando le dijo: ¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?

Y a partir de ellas, ahonda Nadiezhda:

¿Quién sabe lo que es la felicidad? La plenitud y la intensidad de la vida quizás sean una noción más concreta que la tan decantada felicidad.

El interés del libro se ve incrementado por las abundantes referencias (a veces crueles, y siempre inteligentes) a muchos amigos del matrimonio y a personajes célebres de la intelectualidad rusa de la época: Ajmátova, Pasternak, Gumiliev…

Otra sorpresa, y no la menor, es la intrínseca calidad de la prosa de Nadiezhda Mandelstam, que ofrece pasajes de una intensidad verdaderamente admirable.

Un libro único y grandioso. Una de mis mejores lecturas en mucho tiempo.

ulysses

Escribía ayer sobre algunos de los arranques de libros que más me han impresionado.

¿Cómo pude olvidarme del inolvidable primer párrafo del Ulises de Joyce, que anidó en mi cabeza hace ya muchos años y jamás ha querido migrar a otros terruños?

Aquí está:

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressinggown, ungirdled, was sustained gently behind him on the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned:
-Introibo ad altare Dei.

En la que es mi traducción al español preferida, la de José María Valverde, leemos:

«Solemne, el rollizo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

García Tortosa (cuya traducción está más próxima a la francesa de Valery Larbaud -«Majestueux et dodu»-, y por eso nos cuela un «majestuoso» que apunta más a cualidades morales que a rasgos físicos, con lo que traiciona las intenciones de Joyce, o así me lo parece), propone esto:

«Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

Por su parte, Salas Subirat traduce así:

«Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacía y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

Nada mal, aunque nos presenta una «bacía», en lugar de un cuenco, como queriendo colarnos de rondón un toque cervantino algo gratuito.

Stately, plump Buck Mulligan…

Cuatro palabras de sonoridad inolvidable que abren la puerta a uno de esos pocos libros (difícil, sí, ¿y qué?) que han cambiado el curso de la literatura.

Creo que fue Cioran quien dijo una verdad aterradora: que después de haber leído el Ulises de Joyce, es difícil encontrar novelas que no se te caigan de las manos.

Traguemos saliva (los novelistas).

N.B. He aquí un muy interesante enlace: http://www.novelas.rodriguezalvarez.com/pdfs/Joyce,%20James%20»Ulysses»-Fr-En-Sp-Sp-Sp-Notas.pdf

Me ha llamado la atención que haga referencia a la traducción de Larbaud, que conocía de hace años. Y me ha descubierto una que no conocía, la de García Tortosa. Le debo mi comentario al respecto, porque estoy de acuerdo con la anotación sobre el adjetivo «majestuoso». Un magnífico trabajo, el de Julián Rodríguez Álvarez en esta página.

Un primer párrafo arrebatador suele preceder un buen libro.

He estado revisando mis cuadernos de lecturas para reunir unos pocos de esos arranques inolvidables que me impresionaron. (Los reproduzco en la lengua en que los leí, junto a su traducción cuando es el caso):

Léon Bloy, Méditations d’un solitaire en 1916. Ed. La part commun, 2010.

Oui, Elisabeth ton parrain est un solitaire et même un corbeau de nuit au sens de l’affreux mot grec nycticorax.

Cela signifie que je parle ou que je croasse dans les ténèbres au fond d’un dessert où ne viendront m’entendre que ceux qui se sont éloignés de tous les chemins de la multitude.

«Sí, Elisabeth, tu padrino es un solitario, y hasta un cuervo nocturno, en el sentido de la terrible palabra griega nycticorax.

Eso quiere decir que hablo o que grazno en las tinieblas, desde el fondo de un desierto al que solo vendrán a escucharme los que se han apartado de todos los caminos de las multitudes». (Traducción propia). 

Otro grito, casi una imprecación, del marginal, enfurecido y sarcástico Bloy.

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