Archivos para 30 November, 1999

Todo escritor pasa por ello: cuando un conocido lee alguno de tus escritos de ficción, ve en el protagonista un trasunto tuyo; en el narrador de la historia oye tu propia voz; en lo que cuenta cree adivinar episodios de tu vida y por detrás de lo que dice —astuto y sutil lector— descubre tus opiniones e ideas sobre la vida y el mundo. Es inevitable, qué se le va a hacer.

Al principio uno se esfuerza por desfacer el entuerto y explicar que ni la novela está contando tu vida, aunque se lo pueda parecer, ni el narrador eres tú. Hacen como que te entienden y te creen… pero quiá. «A otro perro con ese hueso», sabes que están pensando.

narradorEsta peligrosa confusión de identidades entre autor y narrador afecta también, aunque en menor grado, a muchos lectores, aun cuando lean obras de escritores que no conocen, sobre todo si estos escritores han transcendido el umbral del anonimato y son famosos y consagrados. (Y no estoy diciendo que la biografía del autor no tenga nada que ver con qué o cómo escribe. Aclaración que debería ser innecesaria pero que suele necesitarse)

Un texto narrativo es uno en el que alguien, un narrador, cuenta una historia; pero como en la mente del lector (hablo del lector no especialista en temas de teoría y crítica literaria y de narratología), quien cuenta una historia es quien la ha inventado y la escribe, la confusion entre narrador y autor está servida de manera casi natural, y por eso, precisamente, harto insidiosa y llena de asechanzas. Continuar leyendo…

La editorial Navona, a la que hay que darle las gracias por el regalo, nos ofrece Novelas bálticas, de Eduard von Keyserling, un pequeño volumen que agrupa cuatro maravillosas obras: Armonía, Aquel sofocante verano, Nicky y Un rincón apacible, traducidas por Miriam Dauster y X. Fernández .

Si tienen ocasión, no lo duden ni un instante: léanlas.

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Eduard von Keyserling

Von Keyserling, de aquellos alemanes del báltico que mantuvieron su lengua y su cultura en la antigua Curlandia (parte de la actual Letonia) y constituyeron una de las élites comerciales e intelectuales del imperio ruso, es un digno representante del impresionismo literario, corriente entregada el esfuerzo de registrar, antes que cualquier otra cosa, las sensaciones y reivindicar la imaginación, y que luchó por deshacerse de lo que tenía por contaminaciones intelectualistas. Ya he tenido ocasión de comentar alguna vez cuánta importancia doy a los detalles en la narración literaria; por eso leo con gusto obras impresionistas, porque les dedican una atención muy meritoria y esmerada.

Si tuviera que resumir en una palabra las impresiones (nunca mejor usado, el término) que me ha dejado esta maravillosa lectura (que sigue y sigue rondando en mi cabeza, zumbando como laboriosas abejas y sin querer irse), tal vez escogería «delicadeza». La prosa, propia de un escritor de aquella pequeña aristocracia provinciana de finales del XIX y principios del XX, parece el vuelo de una mariposa: liviano, ingrávido, silente y lleno de gracia; una temblorosa y titubeante gracia.

Pero esta descripción es engañosa porque Von Keyserling, pese a centrarse en contarnos las, aparentemente, superficiales penas de una aristocracia en plena decadencia, autocomplaciente y aislada, como entre gasas, del mundo en el que pululaba, toca, con mucho tino, temas que siempre importan y siempre duelen: la muerte, los celos, la familia, la zozobra ante las dudas sobre la propia identidad, el sentimiento de pertenencia. Continuar leyendo…

En las novelas del siglo XX aprendimos a enjugazarnos con la ruptura de la cronología.

La historia se fragmentaba (¡el cine, el cine!) y se agitaba con saltos adelante y atrás, flash backs y flash forwards, analepsis y prolepsis, a veces elegantes y otras tan solo pura histeria desmadejada, y a la narratología estructuralista la boca se le hacía agua (y a muchos de nosotros también) viendo estos malabarismos con la temporalidad de la historia. Sobre ello tenemos páginas y páginas de los Greimas, los Genette, las Bal y demás sesuda compañía.

Nada que objetar. El estructuralismo, aunque superado, hizo época y nos enseñó muchas cosas… casi tantas como las que ignoró con culpable desenfado, (como dónde está el arte en la literatura, diremos, ¡como si fuese una minucia!).

Pero yo estoy con Monika Fludernik cuando, con sencillez desarmante, nos hace ver que en realidad todo ese barajar la cronología en una narración no hace sino aumentar su carácter estático (lo contrario de lo que suele buscarse con ello), pues obliga a tener a la vista, y simultáneamente, todas las partes de la historia antes de poder establecer la cronología de la fábula. (Y sí… estoy usando terminología estructuralista… su influencia continúa… quod erat demonstrandum).

No es la temporalidad per se lo que hace la ‘narrativa’, y si lo es, lo es solo cuando se refiere al acto, al proceso de leer, que rellena, completa y, en definitiva, crea.