Archivos para 30 November, 1999

Primer ensayo de traducción de un poema de Sandra Cisneros, escrito en 1994. Me he topado con él hoy, 3 de febrero de 2026, y no he podido resistirme a traducirlo y poner aquí el primer borrador (¿y tal vez ya el último?) de mi esfuerzo.¡

Poema enmarcado en una cierta subcultura noventera que prefiguraba el movimiento woke del siglo XXI y trabajaba los versos con una voluntaria fijación en las marcas identitarias, el asunto del «género» y las revelaciones postcoloniales. Nada de eso le impidió a Sandra Cisneros revelar un estro poético impresionante y unas imágenes llenas de fuerza expresiva y de verdadera poesía.

Pueden encontrar aquí el poema original, publicado en The New Yorker.

Sandra Cisneros,
novelista y poeta chicana.

BODEGÓN CON PATATAS, PERLAS, CARNE CRUDA, DIAMANTES DE IMITACIÓN, MANTECA Y CASCOS DE CABALLO

En español es naturaleza muerta, nada de vida.

Y, desde luego, no natural. ¿Qué es natural?

Tú y yo. Te invito a una copa.

Por una mujer que no hace de mujer.

Por un hombre que no hace de hombre.

La muerte es natural, en español al menos, creo.

¿La vida? No estoy segura.

Piensa en la Contessa, que en sus tiempos fue una belleza

y ahora luce una verruga del tamaño de este diamante.

De modo, ragazzo, que eres Venecia.

Por ti. Por Venecia.

No la de Casanova.

La otra, la de pensiones baratas cerca de la estación.

Recomiendo una cama estrecha con manchas de semen, de meada y de dolor puesta cara a la pared.

Las manchas y la descomposición son románticas.

Eres, sin duda, Pasolini.

Acabarás colgándote y fandangueando hasta morir.

Si te dejamos. Yo no te dejaré.

Yo no voy a ser menos, soy Piazzolla.

Tanguearé para ti en un tanga de encaje

manchado por el flujo del primer día de regla

y una teta descuidada saltando del vestido como un Niágara.

¿Del vestido? ¿A la fuerza?

Cantemos un dueto de Puccini. Me gusta “La Traviesa”.

Seré tu monito amaestrado.

Seré tus lentejuelas, tus pulseras.

Seré para ti Mae, Joan, Bette, Marlene.

Seré cualquier cosa que me pidas. Pero pídeme ser algo glamuroso.

Tan solo hazme reír.

¿Otra?

Lo que quiero decir, querido, es

que el hambre no es romántica para el hambriento.

Lo que quiero decir es

que el miedo no fascina al asustado.

Lo que quiero decir es

que no hay encanto en la pobreza, si es de tu casa de donde no puedes huir.

La descomposición no es bella para quien se descompone.

¿Qué es la belleza?

Pintalabios en un pene.

Un beso en una herida abierta.

Un estilete-reptil capaz de perforar un corazón.

Un ladrillo a través del parabrisas, que quiere decir te quiero.

Un dolor que golpea la puerta.

Mira, siento decepcionarte, pero esto no es Venecia ni Buenos Aires.

Es San Antonio.

Ese espejo no es de un mercadillo casero.

Es de un incendio. Y eso son los restos

de lo que se pudo salvar.

¿Las perlas? Me las compré en Winn.

¿Mi visón? Acrílico genuino.

Menos mal que esto no es Berlín.

¿Otro gin?

Camarero, otra botella, pero…

¡Ay, caray! Y ¡oh cielos!

El lindo rubito ya no nos sirve más.

¡Por los campos de muerte! ¡Por los campos de muerte!

¡Qué grosero! ¡Qué vulgar!

Bebe, amorcito. Tengo dinerito.

¿Es que no sabe quiénes somos?

Que vivan los de abajo de los de abajo,

los de rienda suelta, las brujas, las mujeres,

los peligrosos, los queer.

Que vivan las perras

“Que me sirvan otro trago…

Sé de un bar donde nos pagarán las copas

si me levanto la falda hasta la cabeza y tú entras desnudo

llevando mi sostén negro.

Jünger y la escritura

7 febrero, 2018 — 3 comentarios

Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de febrero de 2018.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

JÜNGER Y LA ESCRITURA

Escritor brillante, filósofo atrevido e intelectual emblemático, Ernst Jünger fue también un teórico de la escritura y un original crítico literario. Sus pensamientos al respecto aparecen dispersos en su obra, sobre todo en las formidables Radiaciones y en un libro titulado, de manera explícita, El autor y la escritura.

Tal vez sea el Jünger que reflexiona sobre su quehacer literario aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras:

…para mí es jornada de caza cada día; quiero decir que me paso la mañana dando forma a frases y desechándolas, cual alfarero que rompe sus cacharros.

Luego añade con tino:

…lo mismo cabe decir de la inversión del orden de las palabras dentro de la frase por motivos de equilibrio, de exacta distribución de pesos […]. La labor rítmica realizada en la prosa no habrá de dejar tras de sí rastro ninguno; hacer ese esfuerzo es algo que merece la pena, tanto más cuanto menos se lo perciba.

Borrar el esfuerzo que la ha precedido: he ahí una señal de la gran prosa. Siempre lo he creído.

Jünger no escatima mordacidad, como cuando habla de las cosas que distinguen al escritor novel del experimentado. Es también una señal de impotencia el desenfreno en los superlativos, dice burlón. Un no rotundo al despliegue de plumajes multicolores, aparatosas paradas nupciales o pirotecnias verbosas.

Jünger me ha llevado hacia algunos de los que hoy son mis autores favoritos y descubierto libros que jamás habría leído sin él; entre estos últimos quiero citar la fascinante y recomendabilísima Historia de los naufragios, de Deperthes. Sobre algunos de sus escritores de cabecera, me gustó leer estas palabras:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y me admiró leer estas otras:

Las obras de un Scott y Dickens, Hugo y Dumas, Tolstoi y Dostoievski se asemejan a imperios, que fundan colonias o a torrentes que desencadenan aluviones.

El autor —escribió vigorosamente— tiene que satisfacer a la lengua, no a la crítica; por consiguiente, no al juicio, sino a la ley. La mayoría de las reseñas no pertenecen hoy al terreno del arte, sino al de la política.

Él fue y es víctima de estas anteojeras, al ser frecuentemente juzgado a la luz de fosilizados presupuestos ideológicos.

Voy terminando. He aquí una de las descripciones más certeras que conozco de lo que es la lectura para un lector verdadero, y aunque han de ser ustedes quienes interpreten el adjetivo, aventuro que verdaderos lo son quienes se reconozcan en estas tajantes palabras:

Goce común espiritual en el pleno aislamiento. El mundo externo se convierte en decorado, sea en un vagón de ferrocarril o en un avión en medio de los pasajeros, en los refugios de la Primera Guerra Mundial o en los bunkers de la Segunda, en los juegos de naipes durante una pausa en el combate o en los trópicos, debajo del mosquitero.

El diálogo perfecto con un interlocutor invisible, que murió quizás hace más de mil años; ningún otro medio proporciona este rédito no compartido.

Por último doy las gracias a mi admirado Ernst Jünger por haberme escrito este artículo.

A los cuarenta

24 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 23 de septiembre de 2016.

Donald Justice es uno de mis poetas favoritos. Ojalá vean por qué.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

A LOS CUARENTA

Hace unas noches, tras cumplir gayamente con el ínclito débito, leí poemas de Donald Justice (Florida 1925 – Iowa 2004). Su sencillez y su contenido lirismo me asombran cada vez, y me conmueven.

Men at forty
Learn to close softly
The doors to rooms they will not be
Coming back to.

At rest on a stair landing,
They feel it
Moving beneath them now like the deck of a ship,
Though the swell is gentle.

And deep in mirrors
They rediscover
The face of the boy as he practices trying
His father’s tie there in secret

And the face of that father,
Still warm with the mystery of lather.
They are more fathers than sons themselves now.
Something is filling them, something

That is like the twilight sound
Of the crickets, immense,
Filling the woods at the foot of the slope
Behind their mortgaged houses.

1967

Comparto mi traducción del maravilloso Los hombres, a los cuarenta.

Los hombres, a los cuarenta,
aprenden a cerrar con sigilo
las puertas de los cuartos
a los que ya no volverán.

Justice, como DanteNel mezzo del cammin di nostra vita—, sabe que ha llegado al parteaguas de la vida, al día a partir del cual los horizontes de popa son más anchos ya que los de proa. Recordamos también el cuarto verso de Límites, de Borges: …hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. 

De pie en el rellano de la escalera,
lo notan ahora
moverse bajo sus pies, como a bordo de un barco,
aunque es suave el balanceo.

¿Qué es ese lo? Es el tiempo, sin duda. Su paso por nosotros; el viaje de la vida. ¿Vamos o nos lleva? Se balancea; cuidado; ¡qué mareo! Pero no es tan violento después de todo. Un descanso en el rellano, en cubierta. Recobrar el resuello para seguir. Singladura.

Y en el fondo de los espejos
descubren otra vez
el rostro de aquel niño que en secreto practicaba
cómo anudarse la corbata de su padre,

El rescate de la niñez, de su recuerdo, se hace sin ningún dramatismo, con naturalidad y, sobre todo, depositando en ese recuerdo algo importante: la unión y continuidad generacionales. Recuerdos comunes de padres e hijos, que se anudan, como las corbatas.

y el rostro de ese padre,
tibio aún por la espuma misteriosa.
Ahora son ya más padres que hijos, estos hombres.
Algo los inunda, algo

que es como el crepuscular canto
de los grillos; algo inmenso
que llena el bosque al pie de la colina
detrás de sus casas hipotecadas.

Grillos, bosque, colinas… ¡hipotecas!

Cinco estrofas en verso libre que nos hacen temblar, aunque no sé bien de qué.

Una pequeña sorpresa para concluir: he aquí el inicio de una conocida estrofa de Wallace Stevens, de 1918: Si los hombres, a los cuarenta, se ponen a pintar lagos…

No debe extrañarnos. Justice amaba a Stevens y aprendió de él que la poesía oculta tanto o más que revela. Yo le agradezco a Justice que no dé consejos ni recetas de cómo lidiar con el volar del tiempo. Mejor eso que un iracundo Dylan Thomas:

Que arda y urle la vejez al acabar el día;

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

 

Profanación

10 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de septiembre de 2016.

Merece la pena asomarse a la obra del gallego socarrón Wenceslao Fernández Flórez, aunque en este caso la socarronería esté a buen recaudo.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PROFANACIÓN

Antier leí En el hogar, un relato de Wenceslao Fernández Flórez, escritor original y divertido, aunque no incapacitado para la tragedia.

Un cuento corto, pero no apretado; la poda de lo accesorio se ha hecho con tino. Lo necesario está, pero con desahogo. Eso sí, es un desahogo técnico; la historia, por el contrario, nos ahoga poco a poco.  El título no es anodino, como aparenta, sino preñado de intención: todo va a suceder en el sagrado espacio de una familia, a punto de ser profanado.

Después de cenar, uno de los soldados se quedó dormido de bruces sobre la mesa.

Así empieza el cuento. Soldados y bruces son indicadores de que no vamos hacia lo apacible (damiselas y petimetres no duermen de bruces). La presencia de un formidable revólver refuerza esta idea. El arma de Chejov  —regla de economía narrativa por la cual, si sale un arma, hay que dispararla— se respeta, aun sin disparo.

Detalles casi pictóricos crean un ambiente espectral:

Sin luz eléctrica, en el pueblo, había encendido un antiguo quinqué, y su luz amarilla subrayaba más la extrañeza de las cosas. En el techo en penumbra, la pantalla pintaba un disco luminoso;

¡Ah, los quinqués! La vacilante atmósfera lumínica creada por la llama se remata con una imagen poderosa que acrece la sensación de maldad inminente:

la sombra de las personas era arrojada violentamente a la pared;

Con Nicolás están su mujer y sus niños. Un soldado barbudo pide vino y Nicolás apremia a su mujer a satisfacerlo. Hay sumisión. La recia figura los hipnotiza:

…sus orejas que, al trasluz, parecían rojas. Veía asimismo, a veces, avanzar la mano vellosa del militar para coger el vaso. Y parecía que el vino temblaba también de miedo.

El miedo es una clave del relato. La sinrazón, otra. La sinrazón genera el miedo y este alcanza al lector, que presiente la llegada inexorable del mal:

Sobre los hombros de Marta estaban posadas las manos del soldado […] la cara de Marta no expresaba dolor […] su gesto era de espanto. Las garras del huésped resbalaron hasta el pecho de la mujer.

Nicolás y los niños son expulsados del cuarto a punta de revólver (¡el arma de Chejov!) y no vemos el resto de la historia, pero lo intuimos por la febril imaginación del humillado marido, que espera en el frío de la noche el fin de la pesadilla. Los colores nos marcan el paso del tiempo:

Y el cielo se fue tiñendo de violeta; y después de rosa; y después de azul…

Los soldados abandonan la casa y Nicolás duda:

“Quizá esté muerta”, pensó.

¿Era una esperanza? ¿Era un temor?

No era así. Ella aparece, arañada, desmelenada, semidesnuda.

En sus ojos vivía aún el terror. […] Y aquellas dos desolaciones se miraron un momento, gigantescas, profundas, imborrables, en la solemne quietud de la mañana llena de sol.

No sabemos cómo habrán resuelto su tragedia aquellas dos desolaciones. Nos quedamos suspendidos en ella —y en la frugalidad narrativa— mudos y anonadados. Como ellos.

Lolita de Tal

2 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de septiembre de 2016.

Las lolitas (y sus menganos −pequeño homenaje al inolvidable Álvaro de Laiglesia−) son un venero que atraviesa, más o menos secretamente, la literatura desde tiempos antiguos.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LOLITA DE TAL

Después de cuarenta años releo Lolita. Ahora el original. Soy verbólatra; el inglés virtuoso de Nabokov me entusiasma.

El lolitismo abunda en la literatura, pero con frecuencia de modo falsario. El asunto exige diferencia de edad entre las nínfulas y sus enfermizos admiradores.  Se es lolita por la mirada impúdica del hombre. Sin ella no hay lolitas; habrá niñas procaces, putillas pubescentes u ondinas que suliveyan con perjúmenes aún por llegar, pero no lolitas.

No es lolita la púber Annabel, con la que Humbert Humbert tuvo sus primeros tocamientos. Tenía las cualidades corporales y la edad para serlo, pero eran coetáneos.

No es lolita la inolvidable Ada, protagonista de la novela con la que Nabokov volvió al tema años después:

¿Era de veras hermosa, a los doce? ¿Deseaba —podría desear alguna vez— acariciarla? ¿Acariciarla realmente? Su negro pelo en cascada…

A diferencia de su predecesora, Ada no tiene un Humbert Humbert, sino un primo de parecida edad. Por eso no es, en lo fundamental, una lolita.

La salaz treceañera de Innocent World, de Ami Sakurai, tiene una relación sexual con su hermano de quince:

Takuya […] tenía una erección. Igual era culpa mía. Llevaba una camiseta muy escotada, sin sostén […] su cosa era sonrosada y límpida y me produjo una sensación extraña. Me la metí en la boca como si fuera lo más normal del mundo…

Aquí hay incesto y sexo puberal, pero falta la mirada de un hombre; no cualquiera, por cierto, pues, según Nabokov (que aquí miente):

Hay que ser un artista y un loco, una criatura de infinita melancolía […] para detectarlas a la primera…

¿Sería Fermín de Pas, de La Regenta, un hombre así? Allí sí hay un lolitismo que comenté hace poco:

…las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más […] algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes […] Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa que acababa de mascar…

Escena que recuerda este fragmento de Lolita:

…orfelinatos y reformatorios donde se podía contemplar a pálidas pubescentes de pestañas legañosas con total impunidad…

Entre Wilhelm Meister y la pizpireta Mignon sí hay diferencia de edad:

Calculaba que tendría doce o trece años, su cuerpo estaba bien formado […] El maquillaje hacía que apenas pudiera distinguirse su broncíneo color de piel…

Pero tras un momento de ambigüedad, Goethe elimina de la historia estas posibles espinas. Lautréamont, en cambio, busca espinas y cenagales de putrefacción extrema:

Pasaba Maldoror con su perro de presa; ve a una chiquilla que duerme a la sombra de un plátano y cree, primero, que es una rosa […] Se desviste con rapidez […] Desnudo como una piedra se ha arrojado sobre el cuerpo de la muchacha…

No sigo, porque estamos en horario infantil.

Mircea Cartarescu da una curiosa razón de por qué a los hombres nos gustan las mujeres: Porque descienden de las niñas.

Quod erat demonstrandum, dirá el Humbert Humbert de turno. Ahora átenme esa mosca por el rabo.