Emily Dickinson. ¡Se admiten apuestas!

7 abril, 2014 — 1 Comentario

Dickinson1

Emily Dickinson. Sublime.

 

El tiempo que no nos queda. El tiempo que la agobiante sociedad de la información nos roba, con alevosía, con iniquidad, cual Golfos apandadores provistos de Twitter. Piove: governo ladro. Hablábamos de eso el otro día y de cómo recuperar lo que nos roba. Hablábamos de leer, como una forma de retomar lo que es nuestro: ¡nuestro tiempo!

Hoy doy un paso más: un poema al día. Por lo menos. Incluso si la poesía aún no es lo vuestro. ¡Sobre todo si la poesía aún no es lo vuestro! Haceos ese regalo. Hacedme caso. No tarda en convertirse en una droga bienhechora, en una compañera de por vida, y nos hace mejores (lo que dábamos por imposible, por incorregibles. La poesía ―la buena― nos demuestra que no lo éramos. ¡Se aceptan apuestas!).

Asomarse a la poesía de Emily Dickinson (1830-1886) da vértigo. Sus versos, retadores, reclaman un lector audaz, capaz de enrolarse en una travesía insegura a la búsqueda de sentidos. La lengua de Dickinson no se ajusta a los mapas conocidos, aunque tampoco ofrece un juego de acertijos, sino un camino de descubrimientos (¿idiolectales?) que recorremos inseguros, obscuri, sub sola nocte per umbram.  (¿Acaso creíais que os ibais a escapar sin el latinajo de rigor? Por cierto, nuestra autora leía La Eneida en latín).

Buena parte del desconcierto de esta poesía «que levanta físicamente la tapa de los sesos» (esa es la definición de la autora de lo que debe ser la poesía) procede de los mil contrastes que nos asaltan cuando intentamos reducirla a categorías. Así, se mezclan en ella imágenes muy familiares junto a otras extrañamente enigmáticas; la delicadeza del tono convive con una repentina contundencia (por no decir brutalidad) expresiva; lo sublime resbala a veces hacia lo irónico; el puritanismo en que fue educada la autora estalla en una rebeldía verbal libérrima y su natural discreción no soslaya la mareante ebriedad de su universo íntimo.

A Emily Dickinson habría que leerla entera, en bloque, como la gran montaña de granito que es. (Ya, pero… ¡es que no tengo tiempo! ¡Maldición!). Escoger un único poema es falsear esa peculiar densidad que sus poemas, exigentes, imponen en los lectores a la manera de un encantamiento. Con esta advertencia ―que parece contradecir mi receta de un poema al día―, me atrevo a traer aquí un poema breathtaking y a ofreceros mi propia traducción:

There’s something quieter than sleep          Hay algo más quedo que el sueño

Within this inner room!                                    en el cuarto interior.

It wears a sprig upon its breast —                  Lleva una ramita sobre el pecho

And will not tell its name.                                 mas no dice su nombre.

 

Some touch it, and some kiss it —                Hay quien lo toca, quien lo besa,

Some chafe its idle hand —                           quien aprieta su imperturbable mano.

It has a simple gravity                                      Tiene una gravedad sencilla

I do not understand!                                          que no logro entender.

 

I would not weep if I were they —                      No lloraría yo, en su lugar,

How rude in one to sob!                                     ¡qué descortés gemir!

Might scare the quiet fairy                                 Podría asustar a la apacible hada

Back to her native wood!                                    y ahuyentarla a su bosque natal.

 

While simple-hearted neighbors                      Los vecinos de buen corazón

Chat of the “Early dead” —                                hablan de «muertos prematuros»;

We — prone to periphrasis                                nosotros, dados a la perífrasis,

Remark that Birds have fled!                             decimos que los Pájaros se han ido.

 

dickinson2Recomponemos (miserablemente) la escena: un niño, un muerto prematuro, es velado en un cuarto interior. El niño no es el sujeto de los primeros versos (esto no lo sabremos casi hasta el final), sino un “ello” innominado (o innombrable) que, en un desplazamiento típicamente dickinsiano, ocupa su espacio. Los vecinos tocan y besan eso que ahí permanece “más quedo que el sueño”, poseído de una extraña y sencilla gravedad, y gimen ante “eso”. La voz poética describe, pero también participa: confiesa no entender lo que ve y aconseja silencio ante el misterio (el hada del bosque). Sin embargo, esta retracción anímica se resuelve inesperadamente en los dos esplendorosos versos finales en un “nosotros” metapoético que expone abiertamente su propio modo comprensivo (lo perifrástico, lo oblicuo, esa querencia por lo tangencial tan propia de la autora); frente al parloteo consabido del velatorio, resume entonces Dickinson, en tres sílabas tan leves como rotundas, todo su aliento lírico de afirmación: “Birds have fled”.  (Estas palabras, por cierto, son una referencia explícita a la Biblia, al Libro de Jeremías:

[…] miro: no había ni un hombre, las aves del cielo volaron […]

referencia que yo he falseado en mi traducción al preferir, por razones rítmicas, «se han ido» a un más literal «han volado». Aunque para emocionarse y elevarse con este poema no es menester recurrir a su dimensión religiosa, la tiene, y mucho. No es pura metafísica lo que conmueve a Emily Dickinson, sino también la religión).

Imposible establecer un orden cronológico para los cuadernos repletos de poemas que la autora dejó inéditos. Sabemos, eso sí, que su sobrino más joven y más querido, Thomas Gilbert, falleció el 5 de octubre de 1883, a la edad 8 años. Era la tercera vez que Emily Dickinson tenía que afrontar esa incomprensible y simple gravedad, y esta vez ya no le quedaban más fuerzas, ni siquiera para mantenerse en pie. Recluida en su habitación, queremos pensar que siguió escribiendo tres años más, siquiera para echar una mirada atrás. Así, el poema citado conversa con este otro:

These are the days when Birds come back, // a very few, a Bird or two, // to take a backward look…

Pero esa es otra historia.

dickinson3

El Massachusets de Emily Dickinson

Una respuesta para Emily Dickinson. ¡Se admiten apuestas!

  1. 

    Qué bien recuperar a la Dickinson… Gracias por la traducción.

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