Anagnórisis

10 febrero, 2016 — 1 Comentario

Los Maia

¡Como en un sueño!

Creía haber leído Los Maia hacía muchos años, cuando empujaba mi arrogancia inexperta y mi rijo juvenil por las calles de un mítico Ámsterdam, así que pensé que me disponía ahora a releerla. No era así, y a las pocas páginas me di cuenta del ensueño. No sé qué fue lo que leí, que me hizo creer lo que nunca pasó. Tal vez otra obra de Queirós, tal vez una reseña… tal vez soñar.

Nueva lectura, pues, recién concluida, que me deja sensaciones oscilantes y ambiguas.

lisboa1

Lisboa

La novela goza de un respeto crítico bastante generalizado y con frecuencia se la coloca entre las grandísimas del XIX.

Disiento.

eçadequeiros

Eça de Queirós

Los Maia es la novela de tres generaciones —aunque en verdad se concentre en la tercera— de una familia de clase alta, con las que se pretende abarcar el siglo XIX portugués como en una suerte de panoptikón literario en el que Eça de Queirós estaría sentado en el centro de aquel edificio ideado por Bentham, desde donde todo se ve.

A pesar de su vocación realista y hasta naturalista (el naturalismo no deja de ser una radicalización del realismo), el regusto romántico de la novela es claro: inclinación hacia el sentimentalismo y aires de tragedia, con un destino cruel que mueve muchos hilos.

Es difícil no comparar Los Maia con La Regenta, novelas de la misma época, novelas de crítica social y en las que sus ciudades (Oviedo y Lisboa) son casi un protagonista más.  La obra de Queirós tiene admirables e importantes virtudes y entre ellas una que para mí es importantísima: un lenguaje y un fraseo de orfebrería fina. Serpentear entre sus oraciones sinuosas y cuidadas hasta el más mínimo detalle es abandonarse al gran placer del estilo. En esto me parece superior a La Regenta. (Comentarios sobre La Regenta, aquí).

También rebosa un magnífico humor que, como en La Regenta, convierte la lectura en una risueña delicia. Humor y acíbar, pues Eça de Queirós se muestra ibéricamente cruel y escéptico para con su propio país: para él una causa perdida.

En todo lo demás, la historia de Ana Ozores en Oviedo es netamente superior a la de Carlos Maia en Lisboa. Aquí, en Los Maia, a fuerza de describir la decadencia, la vacuidad y la inanidad de los personajes que desfilan por las 829 páginas de la estupenda edición de Editorial Pre-Textos (¡y qué exquisita la traducción de Jorge Gimeno!), la novela acaba contagiándose de esas carencias.

En toda la larga historia sólo hay, en realidad, tres puntos de giro, tres clímax dramáticos:

  1. El adulterio de la madre del protagonista, Carlos, que causa el suicidio de su padre.
  2. El repentino inicio de un tórrido romance entre Carlos y María Eduarda.
  3. Y, dulcis in fundo, la anagnórisis (sepan disculparme), o sea, la revelación sorpresiva de la verdadera identidad de esta —¡escandalazo!—, que revelar no quiero, para no estropear la lectura de cualquiera de ustedes que decida acometerla.

A partir del segundo punto de giro la narración se acelera y pasan años con cada párrafo, es decir que —como dirían los pelmazos estructuralistas— el tiempo de la fábula es mayor que el tiempo de la historia (TF > TH) y asistimos a una frenética serie de acontecimientos que marcan el romance de Carlos y María, siempre en precario equilibrio entre la tragedia y el sainete.

Sin embargo, entre el primer punto de giro y el segundo todo es un primoroso pero huero y lento desfile de personajes vacuos y planos (no cambian, no evolucionan) que, por desgracia, le acaban confiriendo a la propia novela sus pobres cualidades. Las estilosas incursiones en los terrenos del decadentismo, el dandismo y el mimetismo cultural afrancesado no rescatan a la novela de su relativo fracaso: sus ambiciones eran mucho más elevadas que sus resultados. Poco, en fin, para casi setecientas páginas (las que nos llevan hasta el segundo punto de giro) llenas de coches de caballos (breaks, dog-carts, faetones, landós…), bric-à-bracs, revistas francesas y putas españolas (todas las rameras de la novela son españolas gordas que se llaman Lola o cosas parecidas).

Los Maia4

Los Maia2

La novela termina sumida en una inevitable (aunque eficaz) melancolía, y sacudidos por esa brutal y repentina aceleración narrativa a la que aludí, tras páginas y páginas de un apacible (y también mordaz) costumbrismo, Carlos y su amigo Ega se entregan a confesar el fracaso de sus vidas entre gotas de sabiduría estoica y taoísta (no desear, no alterarse), aquí motejada de «fatalismo musulmán». Todo muy chic (palabra, por cierto, que sale casi cien veces en la novela).

Como broche de oro, la ironía de declarar solemnemente que la mayor sabiduría es no correr en pos de nada, justo antes de echarse a la carrera para no perder el tranvía que pasaba.

Los amantes del buen decir sí deben leer esta obra.

Trackbacks y pingbacks:

  1. Middlemarch « Lapsus calami – Blog de Sanz Irles - marzo 27, 2016

    […] y castigo y El idiota (Dostoievski), La educación sentimental (Flaubert), La Regenta (Clarín), Los Maia (Queirós) y muchas […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s