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Tetas

5 enero, 2016 — Deja un comentario

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El protagonista de Tulipanes y delirios (cuya edición impresa saldrá a finales de febrero de 2016, Ediciones Alfar), es, entre otras cosas, un gran aficionado a las tetas y se fija mucho en ellas, como puede verse en esta sucinta selección de fragmentos de la novela, que me ha parecido divertido entresacar:

Me hipnotiza el volumen de sus lechosos senos, ceñidos por suaves prendas de angora de tonos pastel, que le dan un cierto aire de gatona maternal y generosa.

Embriaguez de espliego, bergamota y suave aire de coco sube desde su cuello y su canalillo

…la teta misma, blanca y cremosa; la areola café con leche —toffee de primera— hinchada y en relieve; y el pezón marrón oscuro, tieso y lanzado hacia delante, como el hocico de una zarigüeya que todo lo husmea. Sniff sniff.

En un espejo de cuerpo entero que la reflejaba de lado, y en el propio cristal de la ventana, veía los pezones aplastarse y los pechos desparramarse, mientras un fino reguero de sudor resbalaba desde la axila por el costado,

El ígneg4-tokyo-dandyo dragón bordado en la solapa izquierda tiene las fauces abiertas y parecen a punto de cerrarse sobre el pechito-melocotón, la teta-breva, que tanta ternura y deseo me provoca

Me cruzaba con muchas mujeres o me adelantaban a la carrera, casi todas jóvenes, con sus gorritos y las toallas al cuello, sudor brillante en los rostros, las rubias colas de caballo flagelándoles la espalda al correr, y las tetas, sus tetas, esas tetas que se bamboleaban y subían y bajaban con cada trote, esas montañas, esos ochomiles, esos soufflés, esos bultos nutricios, esos cántaros de nata, esas cornucopias, esos exultantes triunfos de la naturaleza a mi alrededor, a pares, por docenas y docenas, que me entraban ganas de gritar a pleno pulmón: ¡Margarita está linda la mar!, o Sweet Helen, make me immortal with a kiss!

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Juan Goytisolo

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Ámsterdam 1977.

En aquellos meses (fue tiempo de mudanzas) yo vivía en un viejo apartamento de Riouwstraat, cerca del Tropenmuseum y del zoo Artis, o tal vez fuera en la residencia de estudiantes de Weesperstraat, junto a la casa de Spinoza, no estoy seguro. La capital holandesa seguía siendo una ciudad prohibida en el imaginario de muchos aspirantes a transgresor; pecaminosa; perdida y, por si fuera poco, con la sensibilidad refugiada en los lienzos de sus grandes maestros pintores, amenazada por la pasión de la compraventa. Recuerdo muchas nieblas de finales de aquel invierno. Entonces aún tenía una novia surinamesa, de Paramaribo, estudiante de filología y azafata de KLM. Sus axilas olían a selva y a líquenes y el aroma de sus ingles era como la mirada de Medusa.

La relación, ¡ay!, daba sus últimas boqueadas. Continuar leyendo…

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Ella dijo «Tenemos que hablar» y él empezó a despedirse mentalmente de la casa, el coche, los niños y el perro.

Presciencia (Nanorrelato)

La biografía, seminovelada, de un escritor y político frustrada de vida extrema: Eduard Limonov.

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Leí hace unos días una entrevista a Josep del Hoyo, ornitólogo (¿quién no ha querido, de mayor, ser ornitólogo, filibustero o maquinista de tren?) y editor, en la que le preguntaban cuáles son los pájaros más bellos del mundo. Respondió que la familia de las aves del paraíso de Nueva Guinea, grupo que reúne a unas 40 especies, cada cual más hermosa. Tan vistosas son estas aves que no cabe imaginar que tales galas procedan de una azarosa veleidad artística de la naturaleza.

Explica Del Hoyo que las aves del paraíso no tienen en su hábitat predadores y además disfrutan de abundante comida, lo que implica que su supervivencia no depende (ni ha dependido en los últimos muchos milenios) de la habilidad para escapar ni de la de encontrar alimentos. En otras palabras: su selección genética se basa casi exclusivamente en la seducción. El macho más vistoso, sin necesidad de alardear de fuerza o astucia, se lleva al huerto (paradisiaco) a la hembra. La belleza en estado puro, el puro delirio de la belleza.

Cuando uno lee esto, lo asalta (o me asaltó a mí) un montón de preguntas envueltas todas en un celofán irónico. Vamos a ver si las vamos viendo:

  • ¿Cabe deducir que toda la belleza (vamos a dejarlo, por simplificar, en la exuberancia) de los seres sexuados es una estrategia reproductiva?
  • ¿No queda ni un pequeño margen para la ensoñación lírica?
  • ¿Es la lírica un subgénero del porno?
  • ¿Y qué relación guarda la belleza con el desarrollo de otras cualidades supuestamente seductoras?
  • ¿Los humanos excepcionalmente guapos (incluso si no son rubias) están condenados a la estupidez?
  • ¿Un físico apabullantemente atractivo puede convertirse en un obstáculo para ligar? (Venga, que también la retórica tiene derecho a su huequecito).
  • Como tal obstáculo, ¿no potenciará paradójicamente el desarrollo de otras cualidades?
  • Frente a la contundencia obnubiladora  de los plumajes de las aves del paraíso, ¿cuántas estrategias adaptativas no habremos perseguido los humanos para conseguir que cualquier mindundi (o mindunda, claro, faltaría más) legue sus genes a la posteridad?
  • ¿No huele la vistosidad de las aves del paraíso a engañifa?
  • ¿Es esa sospecha un mero prejuicio moral?
  • ¿Dónde está la ganancia entre tanto plumaje? A fin de cuentas, las hembras no van a poner huevos con hijos más fuertes o más listos, sino pollos cada vez más emperifollados… y hembras cada vez más exquisitas, catedráticas de danza y estética evaluando, décima arriba, décima abajo, el espectáculo de ensueño de su cortejo.

Al «comprender» el porqué evolutivo de estas aves, ironías aparte, sentimos también la satisfacción cientifista de la explicación racional superponiéndose aquí a ese misterio que es la belleza en todo su esplendor. Pero, ay, cuidado con el encanto de lo racional… Ese racionalismo les ha jugado muy malas pasadas a los viejos evolucionistas, sobre todo cuando se han empeñado en (de)mostar que el ser humano está sentado precisamente en la cumbre de la pirámide evolutiva, que es el rey de la creación (o del mambo ―ya tú sabes, papi, tremendo rumbón―)… precisamente por su desarrollo intelectual.

Las nuevas y apasionantes revisiones del darwinismo nos cuentan que el progreso evolutivo da continuos golpes de ciego, inaugura callejones sin salida y no avanza triunfante hacia «lo mejor», hacia la complejidad, sino solo a saltos azarosos y hacia la diversidad. Puestos a maravillarnos, lo pasmoso no es la llamativa solución de las aves del paraíso, sino la difícilmente concebible variedad de aves, de todas las aves: el cóndor y el gorrión. Y de todos los seres, animados e inanimados.

Y ahí saltamos de la lírica contemplativa a la filosofía: ¿qué sentido, indescifrable, tendrá tal diversidad? ¿Por qué hay algo, hay tanto, en vez de nada? (Lo dije hace poco en uno de mis tuits «transcendentes»: There is just too much of everything). A eso se refería el rumano Cioran cuando nos gritaba que el verdadero misterio terrible no es la muerte, sino el nacimiento, el abandonar la nada para llegar al algo. Eso mismo se preguntaba Heidegger allá por 1930, con el oscuro estilo de su oscura ontología.

A pocos metros de su ventana, en Friburgo, un mirlo preclaro cantaba ajeno a toda metafísica.

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