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Reapariciones

22 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 20 de enero de 2017.

Cuando un personaje de una novela reaparece en otra, algo importante pasa en la psicología del lector. veamos qué:

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

REAPARICIONES

En las novelas los personajes aparecen; nos los van presentando los narradores o se presentan ellos mismos:

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.

Así quiso Cela que se nos apareciera Pascual Duarte.

Pero a algunos personajes les va la marcha y, no contentos con aparecer, reaparecen. Es un procedimiento novelístico —casi un truco de trilero, en verdad— de extraordinaria eficacia, que siempre me ha cautivado: la reaparición. Esa eficacia es, sobre todo, de orden emocional, como espero demostrar.

De entre los escritores que lo han utilizado, destaca el colosal Balzac. Muchos novelistas posteriores lo aprendieron de él. Vautrin, del que se dice que fue el primer personaje gay de la literatura francesa, sale en varias novelas de la Comedia humana: El tío Goriot (lo prefiero a Papá Goriot), Las ilusiones perdidas, Esplendor y miseria de las cortesanas; en otras no sale, pero se lo nombra, como en La prima Bette.

Roland Barthes dijo, atinadamente, que una de las cosas por las que Proust pudo escribir En busca del tiempo perdido fue el descubrimiento de este procedimiento balzaquiano.  También Galdós gusta de esta técnica: las Porreño, por ejemplo, aparecen en La fontana de oro y también en Un faccioso más y algunos frailes menos. Ernesto Sábato saca en Abaddón el exterminador a personajes que conocimos en Sobre héroes y tumbas. Hay ejemplos a docenas.

Este recurso novelístico, que trenza unas novelas con otras y crea vastos mundos, no se ha quedado recluido en la literatura. ¿Qué, si no, son los famosos spin offs, por los que un personaje secundario de una serie televisiva se convierte en el protagonista de otra? (Frasier Crane, psiquiatra con ínfulas de dandi, era un parroquiano del bar de Cheers).

La teoría subraya la importancia estructural del procedimiento, su influencia en la organización de las tramas y cosas así. Pero para mí, la importancia del invento es otra, a saber: el poderoso efecto que tiene en el lector y su psicología.

Descubrí de pequeño el impacto de esta técnica. El gran Hergé la utiliza profusamente en Tintín. No sólo Tornasol vuelve una y otra vez a las distintas historias (mas no a todas, y por eso es aún más eficaz), sino que lo hacen también muchos segundones inolvidables: el pelmazo Serafín Latón, el coronel Sponz, el malvado Müller, el pérfido Gorgonzola, el avieso Allen, el timorato Wolf o el entrañable carnicero Sanzot.

¡Qué emoción, encontrar en una novela a un personaje (por execrable que sea) que hemos conocido en otra! Es el júbilo del reconocimiento y la complicidad.

Desde mis queridos Tintines, siempre he tenido la misma sensación al leer a novelistas que usan esta formidable treta narrativa. Es como reencontrar a un viejo conocido. De pronto ya no somos simples lectores, sino compañeros de viaje; ya no somos unos advenedizos, sino que estamos en el ajo de las cosas. Su presencia nos agarra de las solapas y nos mete dentro de la novela: nos convertimos en lector/personaje, porque siempre hay un momento en que esos queridos reaparecidos interrumpen lo que están haciendo, se vuelven hacia nosotros y nos guiñan un ojo: ¿Se acuerda de mí? Yo sí me acuerdo de usted. Vamos, pase; sígame.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 13 de enero de 2017.

Baroja nunca fue un novelista de mi predilección, pero tiene su punto y cosas muy notables. Comento hoy una de ellas.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LA TINAJA DE DOROTEA

En El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, hay grandes momentos, como la escena en la que el atormentado protagonista —un joven Werther hispánico— se acuesta con su casera. Baroja logra que este pasaje nos sorprenda.

Ella también estaba turbada, palpitante. Andrés apagó la luz, y se acercó a ella.

Dorotea no resistió. […]

Al amanecer comenzó a brillar la luz del día…

Entre la luz que se apaga y la que nace, la elipsis que escamotea el coito. Pese a ello, la lectura de toda la escena produce tensión erótica.

Andrés no es un seductor Mañara. Ha comprendido tarde que se siente atraído por Dorotea y dispone ya de pocas horas para amarla y ser amado:

… está usted casada con un hombre que es un idiota… y a quien yo, como usted, engañaría con cualquiera.

—¡Jesús! […] ¡Qué cosas me está usted diciendo!

—Son las verdades de la despedida… Realmente, yo he sido un imbécil en no haberle hecho a usted el amor.

(En aquel tiempo, hacer el amor significaba cortejar). La respuesta de Dorotea, tiznada de reproche, revela que no se opondrá.

—¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés? […]

—¿Qué me quiere usted? —dijo. […] soy una mujer honrada…

—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos solos, nadie habría de saber que usted había sido mía.

(Digresión: tengo para mí que cuando se podían decir cosas como va usted a ser mía, follar daba más gusto). Sigue Andrés con una imagen algo convencional, pero hermosa y eficaz:

Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.

Está permitido suponer que no era sólo el corazón lo que le palpitaba como un martillo.

La escena, brevísima, es poderosa por su impetuoso candor. Pero más interesante aún es su preparación. Una lectura rápida (y Baroja invita a ella, pues su desmayada sintaxis hace penosa una lectura atenta) nos puede hacer pensar que esa escena fue repentizada por el novelista.

No es así. Lo que pasa es que Baroja fue sutil al prepararla, es decir, al darle justificación novelística. Veinticinco páginas antes, Andrés observa a Dorotea coser cerca del pozo. Hay claveles y albahacas. Entonces piensa en su brutal marido:

«¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa y tan simpática…!»

Una intimidad (que ni ellos mismos reconocían) había empezado a surgir aun antes, cuando él le pide una tinaja para poder tomar un baño diario; su diálogo puede leerse con doble sentido:

—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?

—Sí, señor; ¿por qué no? […]

—¿Y de comer? […] ¿No quiere usted alguna cosa más?

Nada hace pensar que anide aquí una pulsión sexual, hasta que llegamos al momento en que, efectivamente, Dorotea le cede la tinaja. La escena es un tajamar que divide a los lectores. A este lado los ingenuos o los poco atentos; a este otro, los que atan cabos y recuerdan lo leído páginas antes.

He aquí lo que Andrés piensa de Dorotea, tras platicar de tinajas, baños y comidas:

La patrona era una mujer morena, de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.

Aunque la descripción sea anodina y convencional (¡ay, el azabache de marras!), justifica anticipadamente la posterior seducción y es, novelísticamente hablando, un acierto.

Lo mejor de todo esto: la sigilosa maestría con la que el novelista prepara la escena y nos conduce de puntillas hasta ella, muchas páginas después.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 6 de enero de 2017.

A vueltas con algunos detalles de la vida de Leopold Bloom, el inolvidable protagonista de Ulises, de James Joyce.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL KIKI DE POLDY

Hay muchas escenas del Ulises de Joyce que me maravillan una y otra vez. Una de ellas es el recorrido de Leopold Bloom hacia el cementerio, en un coche de caballos. Está en medio de un grupo y, sin embargo, está solo; lo notamos en varios pequeños detalles, aparentemente nimios, que Joyce inventa magistralmente. Bloom intenta meter baza, pero apenas lo dejan. Hacen como que no oyen o cambian de conversación. Durante el recorrido hay chistes y alusiones a los judíos (supuestamente, Bloom lo es) que acrecen su soledad.

No es realmente rechazo, sino falta de reconocimiento. Él no pertenece al grupo. Se esfuerza por agradar, pero sin resultado. Lo acomodadizo de su carácter se nos va haciendo evidente cuando alguien observa la presencia en la calle del chuleta Blazes Boylan (Resplandores Boylan o El diablo Boylan, si prefieren). Bloom sabe que su adorada Molly planea acostarse con él. ¿Y qué hizo al verlo? (Las traducciones que siguen son mías).

…se pasó revista a las uñas de la mano izquierda y luego a las de la mano derecha.

Acto seguido el pensamiento de Bloom reemplaza la voz del narrador:

¿Hay algo más en él que ellas ella ve? (sic). Fascinación. El peor hombre de todo Dublín. Eso lo mantiene vivo. Ellas presienten a veces cómo es alguien. Instinto. Pero un tipejo como ese. Mis uñas. Estoy mirándomelas: bien recortadas…

Bloom anticipa sus mugidos y agacha el pescuezo; acata y consiente.

En este episodio sexto, presidido por la idea de la muerte, Bloom evoca chispas de vida, como aquella vez que su adorada Molly le pidió un polvo de urgencia:

Méteme un arreón, Poldy. Dios. Me muero de ganas. Cómo empieza la vida. Se quedó barrigona entonces. […] Mi hijo dentro de ella.

Ese arreón, ese  Give us a touch, Poldy, de Molly Bloom, es tan inolvidable como el faire cattleya de Odette de Crécy, la heroína de Proust. Frases que todo buen lector conserva para siempre.

Los ocupantes del carruaje hablan de muertes y entierros, y entonces Joyce nos hace mirar los caballos que tiran de las carrozas fúnebres. Sus pelajes son códigos:

Caballos blancos con blancos penachos doblaron al galope por la esquina de Rotunda. Un diminuto féretro resplandeció al pasar. Con premura hacia la sepultura. Coche fúnebre. No casado. Negro para los casados. Pío para los solteros. Alazán para el capellán.

(Sí, ya sé que dun for a nun no es alazán para el capellán, pero pardo para la monja perdería, misérrimamente, el juego de la rima y, por otro lado, hay que mantenerse en lo equino y lo eclesiástico).

Después llega este párrafo que leemos en apnea:

Cara de enano, malva y arrugada como la del pequeño Rudy. Cuerpecito de enano, blando como masilla, en un ataúd de pino con forro blanco. La Mutua de Entierros lo costea. Un penique a la semana por un trozo de tierra con césped. Nuestro. Pequeño. Pobrecito. Recién nacido. Nada significó. Error de la naturaleza. Si sale sano es por la madre. Si no, por el hombre.

Las multicolores pinceladas de este episodio —psicológicas, sociales, escatológicas, costumbristas…— cristalizan en la imagen de los caballos y en los recuerdos agridulces de Bloom. Todo, claro, con una prosa de ritmo y sonoridad a prueba de imitadores.

Leer Ulises, sin prisa, marca una vida de lector. Además gusta a muy pocos. ¿Qué más pueden pedirle?

Carcassonne

31 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de diciembre de 2016.

A propósito de un relato de William Faulkner y de algunas ideas de Derrida.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CARCASSONNE

A los escritores poderosos les bastan pocas páginas para imponerse. Lo hace Faulkner en todo lo que escribe y lo he revivido en Carcassonne, su relato más enigmático.

Sabemos por Derrida que un texto se entiende al establecer sus diferancias con otros textos. La diferancia es más que la diferencia; hace que un texto difiera de otros, pero además aplaza su significado: no sabemos lo que significa hasta verlo en relación con otros, o sea, en su contexto. El significado se posterga, expuesto a nuevos hallazgos que cambiarán nuestra interpretación. Derrida lo expresó con la formulita il n’y a pas de hors-texte (no existe lo fuera del texto).

Al recordar lo de diferancia, abandoné el propósito de tratar Carcasona como texto independiente y decidí conformarme con no ensayar una interpretación general de su sentido.

Empiezo por consignar que el extraño título aparece también en su novela Absalón, Absalón:

…crea dentro de su propio ataúd sus fabulosas y descomunales Carcasonas y Camelots…

(¿Cómo no relacionarlo con carcass, que en inglés es carcasa, cadáver en descomposición?).

Faulkner es un fastuoso estilista, como Nabokov; pero mientras que el ruso tiene una brillantísima voluntad de manierismo y linea serpentinata, el avasallador estilo de Faulkner no es una vestidura, sino su piel misma.

Carcasona es un diálogo entre el espíritu de un artista y su esqueleto. Cuento raro, pero sin salirse del tortuoso universo del autor.  Así, en el cuento Música negra estamos en la localidad de Rincón:

…allí donde cae la violencia de la sombra en pleno día y la violencia de las estrellas grandes en plena noche.

Cuatro relatos después, en Carcasona, seguimos ahí:

Rincón continuaba sus actividades fatales, secretas, nocturnas, con las que ventanas y puertas iluminadas se sucedían como manchurrones aceitosos que hubiesen dejado brochas anchas y demasiado cargadas.

¡Qué portentosa imagen! El pueblito en la oscuridad y las ventanas iluminadas por la luz eléctrica. Vistas de lejos son de un amarillo craso, como si alguien hubiera pasado a pintar rectángulos verticales en las paredes con brochazos de aceite. Tras las ventanas hay vidas de las que nada sabemos.

Además de las majestuosas metáforas, el recurso de estilo más llamativo es la repetición. Faulkner no tiene empacho en repetir imágenes que considera importantes. Dos veces vemos un peligroso deslizamiento:

El techo de la buhardilla caía por la ruinosa pendiente hasta el alero bajo.

Y poco después:

…la luz del día, con su grisura, caía por la pendiente hacia el ruinoso borde del alero.

Hay pasos furtivos:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies pequeñitos…

y otros más:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies diminutos…

Por dos veces oímos al inquieto espíritu del poeta rebelarse contra el fatalismo de su esqueleto:

«Desearía hacer algo», dijo en la oscuridad, formando las palabras con los labios sin emitir sonidos…

Y de nuevo, con enfático polisíndeton: Deseo hacer algo osado y trágico y austero…

(Aquí me vino a la memoria lo del Rey Lear: Voy a hacer cosas terribles, aún no sé cuáles…).

Ese juego especular de imágenes, que le da al texto un ritmo grave y metafísico, es anunciado desde el fabuloso comienzo, que se repite al final:

Y yo sobre un bayo con ojos de electricidad azul y crines como fuego enmarañado, galopando cuesta arriba y raudo hacia el alto cielo.

Carcasona es como todo lo de Faulkner: grandioso, afilado… y difícil. Conviene saberlo.

Colorín colorado

26 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 23 de diciembre de 2016.

«¡Menudo cuentista!», decimos de quien se muestra prolijo en explicaciones e innecesariamente palabrero. Decimos mal. Antes habría que tildarlos de novelistas. El cuento, justamente, es economía, rumbo firme y derecho, poda de lo prescindible.

Así lo demuestra Hans Christian Andersen en una pequeña joya, El Abeto, que comento hoy.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

COLORÍN COLORADO

Andersen fue un danés muy alto que tiene una estatua en Málaga y que escribía cuentos.

Es el género de la difícil brevedad. Mientras la novela se bifurca y rebifurca, el cuento marcha derechito hacia su predestinado final, sin tiempo de enredarse. En seis páginas, El abeto nos presenta la historia de un arbolito quejicoso que anhelaba otro destino. Le fue concedido.

…el pequeño abeto estaba muy ansioso por crecer […] este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse.

Como muchos cuentos, El abeto se articula mediante una conocida figura retórica: la prosopopeya, o sea, atribuir cualidades humanas a lo no humano. Oiremos hablar a pinos, abetos y abedules, a liebres, golondrinas y cigüeñas, a los rayos del sol, al viento, al rocío, a unos ratoncitos y a la doliente corteza de los árboles. Así soñaba nuestro ingenuo abeto, cuando era tierno y ansiaba crecer:

Los pájaros construirían nidos entre mis ramas y cuando soplara el viento me inclinaría aristocráticamente…

El arbolillo no sabía (porque John Lennon aún no lo había dicho) que la vida es eso que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes. El despliegue de la trama es admirable por su sencillez y, aunque resabiados como somos, adivinemos adónde irá a parar todo, leemos la historia con ese arrobo que, por unos momentos, nos hace mejores de lo que somos.

A su manera, Andersen se sale de la estructura de muchos cuentos folklóricos (étnicos, en jerga hodierna). Si la prosopopeya lo engarza con la tradición, la ausencia de un villano lo singulariza. Aquí no hay un malvado que cause la desdicha del protagonista; esta llega por su propia candidez.

Andersen conoce la importancia de los detalles; así, mientras que los abetos grandes caían con estruendo y crujidos al ser talados, nuestro protagonista:

…cayó con un suspiro sobre la tierra,…

Caer con el suspiro de la inocencia nos dice más del arbolillo que un tratado de botánica.

Andersen sabe exhibir una maestría a lo Flaubert, como en esta descripción de un hogar navideño, lograda mediante una mimada enumeración:

…llevaron al abeto a una sala grande y bonita. Por las paredes colgaban retratos y en la gran chimenea de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las asas. Había mecedoras, sofás de seda, grandes mesas llenas de libros ilustrados y de juguetes que valían muchos táleros…

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H. C. Andersen en Málaga

 

Con una prosa casi pictórica y unos pocos elementos, Andersen nos hace ver la sala y comprenderla, a ella y a sus dueños.

Cuando empiezan a decorarlo —cien velitas rojas azules y blancas quedaron sujetas en las ramas, parecían vivas como personas—, nuestro inquieto abetito se pone nervioso, excitado, y Andersen nos lo transmite con esta portentosa imagen:

…la corteza le dolía de pura ansia, y el dolor de corteza es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.

El final no nos sorprende, pero eso nada estropea: terminadas las fiestas, el hacha lo convirtió en leña.

Antes que te derribe, olmo del Duero // con su hacha el leñador […] antes que rojo en el hogar, mañana // ardas de alguna mísera caseta…

…recelaba Machado. Y cuando ya el abetito ardía debajo del caldero:

Suspiró profundamente […] Y el árbol se quemó por completo. Ahora se había acabado todo, y el árbol se había acabado, y también el cuento.

Felices los que pueden elegir en qué hoguera crepitar por última vez.