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Profanación

10 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de septiembre de 2016.

Merece la pena asomarse a la obra del gallego socarrón Wenceslao Fernández Flórez, aunque en este caso la socarronería esté a buen recaudo.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PROFANACIÓN

Antier leí En el hogar, un relato de Wenceslao Fernández Flórez, escritor original y divertido, aunque no incapacitado para la tragedia.

Un cuento corto, pero no apretado; la poda de lo accesorio se ha hecho con tino. Lo necesario está, pero con desahogo. Eso sí, es un desahogo técnico; la historia, por el contrario, nos ahoga poco a poco.  El título no es anodino, como aparenta, sino preñado de intención: todo va a suceder en el sagrado espacio de una familia, a punto de ser profanado.

Después de cenar, uno de los soldados se quedó dormido de bruces sobre la mesa.

Así empieza el cuento. Soldados y bruces son indicadores de que no vamos hacia lo apacible (damiselas y petimetres no duermen de bruces). La presencia de un formidable revólver refuerza esta idea. El arma de Chejov  —regla de economía narrativa por la cual, si sale un arma, hay que dispararla— se respeta, aun sin disparo.

Detalles casi pictóricos crean un ambiente espectral:

Sin luz eléctrica, en el pueblo, había encendido un antiguo quinqué, y su luz amarilla subrayaba más la extrañeza de las cosas. En el techo en penumbra, la pantalla pintaba un disco luminoso;

¡Ah, los quinqués! La vacilante atmósfera lumínica creada por la llama se remata con una imagen poderosa que acrece la sensación de maldad inminente:

la sombra de las personas era arrojada violentamente a la pared;

Con Nicolás están su mujer y sus niños. Un soldado barbudo pide vino y Nicolás apremia a su mujer a satisfacerlo. Hay sumisión. La recia figura los hipnotiza:

…sus orejas que, al trasluz, parecían rojas. Veía asimismo, a veces, avanzar la mano vellosa del militar para coger el vaso. Y parecía que el vino temblaba también de miedo.

El miedo es una clave del relato. La sinrazón, otra. La sinrazón genera el miedo y este alcanza al lector, que presiente la llegada inexorable del mal:

Sobre los hombros de Marta estaban posadas las manos del soldado […] la cara de Marta no expresaba dolor […] su gesto era de espanto. Las garras del huésped resbalaron hasta el pecho de la mujer.

Nicolás y los niños son expulsados del cuarto a punta de revólver (¡el arma de Chejov!) y no vemos el resto de la historia, pero lo intuimos por la febril imaginación del humillado marido, que espera en el frío de la noche el fin de la pesadilla. Los colores nos marcan el paso del tiempo:

Y el cielo se fue tiñendo de violeta; y después de rosa; y después de azul…

Los soldados abandonan la casa y Nicolás duda:

“Quizá esté muerta”, pensó.

¿Era una esperanza? ¿Era un temor?

No era así. Ella aparece, arañada, desmelenada, semidesnuda.

En sus ojos vivía aún el terror. […] Y aquellas dos desolaciones se miraron un momento, gigantescas, profundas, imborrables, en la solemne quietud de la mañana llena de sol.

No sabemos cómo habrán resuelto su tragedia aquellas dos desolaciones. Nos quedamos suspendidos en ella —y en la frugalidad narrativa— mudos y anonadados. Como ellos.

El horror, según Cioran

1 diciembre, 2015 — 2 comentarios
Hace poco estuve revisando mis cuadernos de notas de hace unos años y me topé con unas anotaciones sobre los “Cahiers” de Emil Cioran.  Recordé la impresión que me causó una anécdota (verdadera o falsa poco importa). Escribí entonces este breve cuento, que titulé Une histoire désobligeante. Lo es. Los espíritus más sensibles tal vez deban detenerse aquí.
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Emil Cioran

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Une histoire désobligeante

 

Un viejo y casi olvidado amigo de juventud me ha enviado una carta que, como hiciera Drácula para reunirse con Mina, ha cruzado océanos de tiempo hasta llegar a mí.

Impresionado por una historia que leyó en los Cahiers de Ciorán durante sus vejatorias noches de insomnio, mi antiguo compañero la reescribió a su manera y después, por razones que no me explica y que yo no quiero intuir, decidió remitírmela.

«Es la única copia que he hecho —me escribe— y ahora la tienes tú. Haz con ella lo que te plazca». He decidido transcribirla:

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Un joven que cursaba su primer año de universidad, volvió a su casa un domingo por la mañana, después de un paseo matutino, a tiempo de acompañar a su piadosa madre a misa de once, como hacía siempre. El día era radiante, el aire límpido y la temperatura suave.

Cuando llegó, se encontró con que sus ancianos padres se habían enzarzado en una discusión por una nimiedad. Al principio parecía cosa de poca importancia, pero el tono de ambos se fue enardeciendo y las voces se destemplaban. Mientras terminaba de anudarse la corbata, salió de su cuarto con la intención de apaciguarlos y se encontró con su madre, flaca, huesuda, con el pelo encanecido recogido en un estricto moño y vestida de negro de los pies a la cabeza, quien, inmóvil en el centro del salón, tenía la vista clavada en su marido, mientras su rostro se congestionaba y los ojos parecían pugnar por escaparse de las cuencas.

Cioran2De repente se puso a gritar como una posesa. Eran chillidos agudos y rítmicamente entrecortados, pero a tal velocidad que pronto amenazaron con ahogarla. A los pocos segundos empezó a retorcer su cuerpo, su cuello, sus extremidades, con movimientos espasmódicos, pero que se acompasaban al frenético ritmo que imponían sus alaridos. Levantaba grotescamente una pierna hacia un lado y después la otra; saltaba con los pies juntos, mientras los brazos parecían descoyuntarse cada uno por su cuenta, sin coordinación alguna; los huesos de su descarnado cuerpo parecían astillarse y sonaban como la cola de un crótalo enfurecido, y después giraba y giraba como una peonza: reencarnación endiablada de un derviche.

Luego, mientras su padre y él se pegaban inconscientemente a la pared, mirándola atónitos y atenazados por un creciente pavor, empezó a quitarse la ropa, sin dejar de agitarse como atravesada por unas despiadadas corrientes eléctricas, y se quedó completamente desnuda. Se soltó el moño y unas greñas blanquecinas y lacias cayeron sobre su demacrado rostro mientras iniciaba una danza lasciva ante ellos, estirándose los flácidos pechos, simulando lamerse los negros y agrietados pezones, agarrándose la vulva casi desprovista de vello con ambas manos y abriéndose los labios resecos, mientras agitaba las caderas adelante y atrás con una procacidad de ultratumba.

De pronto, al fin, cesó aquel espectáculo atroz y se derrumbó en el diván mientras se tapaba el rostro con las manos y rompía en sollozos.

La loca murió pocos días después. Marido e hijo, avergonzados, se despidieron en el cementerio y ya nunca volvieron a verse».

© 2012. Sanz Irles.

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Minucias

7 enero, 2015 — Deja un comentario

Un reciente tuit en mi TL me ha recordado un breve cuentecillo que escribí en una nevada mañana danesa, de hace un par de años, y que evoca una situación que podríamos estar viviendo nosotros, sin darnos cuenta. 

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MINUCIAS

La insufrible de doña Ludmila volvió a importunarlo de buena mañana con sus gritos destemplados y sus histerias de vieja. Ahora había subido a quejársele de la ropa tendida, que goteaba demasiado y mojaba la suya cuando ya estaba casi seca; ayer, venga golpear el techo con el palo de la escoba, gritando enfurecida por el ruido que hacía al mover las sillas. ¡Pero qué ruido ni qué ruido! ¡Estúpida vieja! Qué ganas de encontrar otro apartamento para no tener que aguantar más a esa tarasca.

Y si no, el malasangre del casero. «Hágame el favor de no volver a retrasarse en el pago de la renta, don Vladimiro, o aténgase a las consecuencias. Ya van tres meses que…».

Bueno, mejor sería apartar todas esas molestias de la cabeza. Hoy tenía mucho que hacer. Lo primero, terminar la correspondencia pendiente, que ya empezaba a amontonársele más de la cuenta. ¡Qué se le iba a hacer! Era perezoso con eso de escribir y encima el cartero solía retrasarse, con lo que las cartas destinadas a él también le llegaban a destiempo. Siempre tenía una excusa, el haragán: las heladas, el barro, su mujer, la tosferina del niño. ¡Lo que tenía era vaguitis! Nada más que eso. Holgazanería y una estupefaciente falta del sentido del deber. Ah, y la nariz roja de empinar el codo.

Después de las cartas se prepararía una buena taza de té y la saborearía despacio, leyéndose el periódico de cabo a rabo. Se iba a leer hasta las esquelas y se había jurado no permitir que nada ni nadie interrumpiera su lectura hasta que hubiese terminado.

¡Ay! Otra vez la maldita muela, caramba. ¡Qué pinchazo! Cambiaría el té por una infusión de corteza de sauce, a ver si se le pasaba. Ya no podría aplazar más una visita al sacamuelas, con lo poco que le gustaba. ¿No había sido Voltaire quien dijo aquello de que trocaría gustoso cien años de su gloria inmortal por no tener dolor de muelas? Y si no lo dijo podría haberlo hecho, que lo suscribiría gustoso. Cien y hasta mil años daría él. ¡Qué dolor, maldita sea!

Estaba calentándose el agua cuando llamaron a la puerta. «¿Ahora qué?», pensó irritado. Y su mujer durmiendo, sin enterarse de nada. Menuda marmota feliz. A esa no la despertaba ni un cañonazo en el mismísimo dormitorio. Era el vecino del entresuelo. Que si su niña tenía mucha fiebre, que si su señora estaba muy preocupada.

—¿Pero cómo tengo que decirle que yo no soy médico, buen hombre?

—Ya, pero como tiene usted estudios, mi mujer dice que…

—Estudios de leyes, oiga. No sé nada de fiebres ni de sarampiones, llame a usted a un médico, caramba.

¿Qué iba a hacer con toda esta gente tan ignorante? ¡Señor, Señor!

La correspondencia, sí. No quería dejar eso pendiente. Nada importante, pero le gustaba ser ordenado y últimamente se había descuidado. Luego se pasaría por donde el casero, a pagarle, a ver si lo dejaba en paz. Qué hombre tan desagradable y tan mezquino.

«¡Mira!» —se sonrió—. «Ya están aquí los gorriones». Desmigó un trozo de pan y abrió la puerta que daba a la terraza con mucho cuidado para no espantarlos, y arrojó un puñado de miguitas para ver como los pajarillos se abalanzaban sobre ellas con saltitos cortos y pequeños revuelos. Entonces levantó la vista y vio a su joven vecinita a través de los visillos de su dormitorio. Vaya, estaba de rodillas encima de la cama, quitándose el camisón y contoneándose. Ah, ya entendía. Ahora entrevió al marido. Recién casados, claro, y con ganas de jugar. La verdad es que era guapa, la condenada. Delgaducha y algo huesuda, seguramente con una infancia malnutrida, pero guapa. Y esos pechitos… dos botones apenas… palomitas juguetonas, gorrioncillos… pío, pío. Caderas no tenía casi, la pobre. ¿Cómo podría parir, así tan estrechita? Él parecía un gañán vigoroso; si no tenía cuidado le haría daño al penetrarla. Cuidado que me la partes, mancebo. ¿Era rubia? No se veía muy bien; con los visillos era difícil distinguir colores. Sí, sí que parecía rubia. Una rubita delgada y con gana de jarana. Una rubita con la piel muy blanquita. Una gata de nata. Miau. Linda carita, vaya que sí, con esa boca ancha y esos labios jugosos. Su forma de ladear la cabeza y sacar la punta de la lengua denotaba que ya sabía lo que se hacía. Vaya con la zorrita. ¡Cuidado, no me vayan a ver ahora; si no, a saber lo que pensarán!

¡Ah, el agua!

Saca un cuenco de la alacena y se prepara con mimo la infusión de corteza de sauce. ¡Jodida muela!

¿Dónde diablos había dejado el periódico? Ah, sí, ya recordaba. «¡Qué memoria la mía!», se dijo. Tenía cuarenta y siete años. No eran demasiados, pero ya sentía la vejez encima. Aquellos años de inhóspito destierro tenían la culpa.

Se sentó a la mesa camilla, junto a la ventana que daba a un angosto y mugriento patio de luces. Camisas y enaguas gastadas y grises en los tendederos, sin blancura, sin inocencia. Banderolas de la vulgaridad. Nublado día de octubre. Si todo iba bien no tardaría ya mucho en tener un apartamento grande y cómodo para vivir. ¡Y leña! Toda la que quisiera. Se lo merecía, después de las privaciones que había pasado en su vida.

Bebe a pequeños sorbos la infusión y empieza a hojear el periódico, pero un crujido de la madera lo distrae. Perece venir de detrás de la estantería. Un ratón, seguro. Le había dicho mil veces a su mujer que pusiera cepos, pero se le olvidaba siempre o le daba asco y lo dejaba pasar. Al final le tocaría hacerlo a él, como siempre, como pasaba con todo. Si él no se ocupaba de las cosas, nunca se hacía nada. ¡Qué desidia endémica! Y así todo. Pero ya verían. Se iban a enterar más de cuatro que él se sabía; vaya que si se iban a enterar. Se acabó lo que se daba.

¡Maldita sea! Se le había vuelto a olvidar pasarse a recoger las cortinas nuevas del dormitorio. No había manera de que se acordara. Vaya, su mujer se iba a poner hecha un basilisco y no había quien la aguantara cuando se ponía así. Lo que le faltaba: una muela y su mujer jodiéndole la vida de consuno. «Bonito día te espera, Vladimir, bonito día».

¡Agh! ¡La muela del demonio! No dolía tanto como antes pero aún… Y encima tenía el estómago revuelto. La cena de anoche no…, la mantequilla tal vez; ya le parecía que estaba algo rancia. Pero tenía que estar en forma hoy. Mejor se volvía a acostar. Se saltaría el almuerzo, dormiría hasta las cuatro y luego comería algo de fruta y listo. ¿Qué hora era? Bah, el reloj de péndulo vuelve a atrasarse, pero claro, es un trasto viejo, no podía esperarse otra cosa. ¿Y si no volvía a ponerlo en hora? Total, tendría que hacer la misma operación dos veces al día, por lo menos. ¿Para qué molestarse? Le bastaba con oír su grave tic tac. Bueno, tac, toc en realidad. Era un reloj serio y grave; casi funerario, como de popes. Esos popes con esas voces litúrgicas de barítono y de bajo, qué imponentes, caray. Pues eso, tac toc. Ese ruido a compás y el fantasmal retumbar metálico de los carrillones al dar la hora le hacían compañía, aunque a su mujer le daban escalofríos. «¡Llévate ese trasto, por lo que más quieras!». Pero ahí no había cedido ni pensaba ceder: el reloj seguiría donde estaba, faltaría más.

Aún le quedaba más de medio periódico por leer, pero se sentía cansado. Había dormido mal. Mejor volver a la cama y reponer fuerzas.

Durmió de un tirón y ni se dio cuenta de cuando su mujer se levantó armando ruido y subiendo las persianas desconsideradamente.

Se despertó a las cuatro, con su despertador infalible, se aseó con esmero y se cepilló la perilla. Después se vistió. Nada de florituras ni ropas de petimetre; un simple y digno atuendo de trabajo, como todos los días.

Había llegado la hora. Se colocó cuidadosamente la peluca que le habían conseguido para pasar desapercibido y tras recoger gorro, abrigo y cartera bajo apresuradamente la escalera. Abajo lo esperaban tres camaradas para acompañarlo a la sede del sóviet.

—Salud, camarada Lenin.

—Salud, camaradas. Vámonos rápido que tenemos faena por delante. Hay que derribar a Kerenski y asaltar el Palacio de Invierno. Los bolcheviques vamos a cambiar el mundo.

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© 2012. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados

Jünger Ernst Jünger no deja indiferente a nadie. A nadie que lo haya leído, claro. Luego están los membrillos habituales que hablan de oídas y repiten, cual cacatúas, que «Jünger es un autor reaccionario» o, en un alarde de ingenio y originalidad, que «Júnger es un facha». No es infrecuente hallar entre estos a los que ignoran que la u de Jünger se escribe con crema. Murió a los 103 años, edad longeva y más que suficiente para haber tenido tiempo de cometer errores graves y de enmendarlos, y, sobre todo, de haber escrito una obra densa, rica, inquietante, lúcida (aún en sus momentos más oscuros) que no permite sobrevolarla sin pensar. He terminado de releer Sobre los acantilados de mármol, una de sus obras más emblemáticas, que echaba de menos al haberla prestado (o regalado, ya no lo recuerdo bien) a un amigo. Sabedora de mi añoranza, mi mujer me lo ha regalado estas Navidades y me he abalanzado sobre él con voracidad. Ha sido, otra vez, una lectura llameante, aunque, sabiendo lo que me esperaba, las llamas han estado ahora algo domesticadas por el conocimiento. Jünger, con razón, rechazó siempre la lectura unidireccional de su alegoría como una crítica al nazismo. Lo era, lo es, pero también a cualquier forma de totalitarismo y por eso, a quienes le decían que era una obra contra Hitler, solía responderles: «O contra Stalin». La descripción de cómo el horror totalitario se va acercando a unas tierras civilizadas, tiene hoy tanto interés, y podría resultar tan profética, como lo fue en 1939, particularmente en esta España aturdida y acobardada de 2014.

Para escalar puestos en aquella Orden no nos habrían faltado sin duda ni coraje ni talento, pero se nos había negado el don de contemplar con desdén los padecimientos de las personas débiles y anónimas […] ¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos lo que en su ceguera descorren con sus manos los cerrojos que han sido puestos para protegerlos? […] El tiempo estaba maduro para los hombres terribles.

Frente al horror se yergue el humanismo en el que Jünger tuvo una fe inconmovible:

La norma por la que él se regía era la siguiente: tratar a todos los seres humanos que se nos acercasen como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de «optimates», palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas.

Dejando de lado algunos fragmentos en los que Jünger da rienda suelta a su pasión por la botánica y la herboristería —aunque estos pasajes distan de ser gratuitos, pues cumplen una función gnóstica, o casi, en la interpretación de los sucesos que urden la mitológica trama—, el relato (pues su estructura es más de relato que de novela) es fascinante, hipnótico y terrible, por lo que anticipa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: el miedo, la decadencia, la impotencia ante el mal y, pese a todo, la fe en las fuerzas del espiritu y el intelecto. dogoLa catástrofe final ocurre con el magistral combate entre los dogos de los bandos contendientes. Las mandíbulas despiadadas de los grandes perros de presa trazan el nuevo rumbo de la historia, ante la que, pese a todo, hay una última esperanza, representada por el bergantín que conduce al exilio a quienes, tal vez, puedan un día regresar para doblegar al tirano y hacer renacer la civilización. He leído la traducción, muy solvente, de Andrés Sánchez Pascual, que también ha escrito el interesante prólogo, en el que nos hace partícipes de su amistad con el autor. acantilados

Ernst Jünger. Sobre los acantilados de mármol. Tusquets editores - colección andanzas. 2008. ISBN: 978-84-8383-081-9

¡Un momento! ¡¿Por qué soy siempre yo quien se esconde en el armario, si soy el marido?!

 

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Duda repentina (Nanorrelato)