Archivos para 30 November, 1999

Facundo1

El Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, se cruzó conmigo en los alborotados tiempos de la universidad. Oí decir que era un gran libro y recuerdo que pensé: “Lo será, sin duda, pero que lo lea otro”.

Porque, para empezar, ¿qué cabe esperarse de todos esos nombres absurdos? ¿Facundo? Va Facundo moribundo por el mundo con un gesto tremebundo… ¡Por favor! ¿Faustino? ¿¡Sarmiento!? María Sarmiento, te voy a contar un cuento. ¿Quién puede llamarse Faustino Sarmiento y salir sin taras de la ordalía? Continuar leyendo…

Minucias

7 enero, 2015 — Deja un comentario

Un reciente tuit en mi TL me ha recordado un breve cuentecillo que escribí en una nevada mañana danesa, de hace un par de años, y que evoca una situación que podríamos estar viviendo nosotros, sin darnos cuenta. 

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MINUCIAS

La insufrible de doña Ludmila volvió a importunarlo de buena mañana con sus gritos destemplados y sus histerias de vieja. Ahora había subido a quejársele de la ropa tendida, que goteaba demasiado y mojaba la suya cuando ya estaba casi seca; ayer, venga golpear el techo con el palo de la escoba, gritando enfurecida por el ruido que hacía al mover las sillas. ¡Pero qué ruido ni qué ruido! ¡Estúpida vieja! Qué ganas de encontrar otro apartamento para no tener que aguantar más a esa tarasca.

Y si no, el malasangre del casero. «Hágame el favor de no volver a retrasarse en el pago de la renta, don Vladimiro, o aténgase a las consecuencias. Ya van tres meses que…».

Bueno, mejor sería apartar todas esas molestias de la cabeza. Hoy tenía mucho que hacer. Lo primero, terminar la correspondencia pendiente, que ya empezaba a amontonársele más de la cuenta. ¡Qué se le iba a hacer! Era perezoso con eso de escribir y encima el cartero solía retrasarse, con lo que las cartas destinadas a él también le llegaban a destiempo. Siempre tenía una excusa, el haragán: las heladas, el barro, su mujer, la tosferina del niño. ¡Lo que tenía era vaguitis! Nada más que eso. Holgazanería y una estupefaciente falta del sentido del deber. Ah, y la nariz roja de empinar el codo.

Después de las cartas se prepararía una buena taza de té y la saborearía despacio, leyéndose el periódico de cabo a rabo. Se iba a leer hasta las esquelas y se había jurado no permitir que nada ni nadie interrumpiera su lectura hasta que hubiese terminado.

¡Ay! Otra vez la maldita muela, caramba. ¡Qué pinchazo! Cambiaría el té por una infusión de corteza de sauce, a ver si se le pasaba. Ya no podría aplazar más una visita al sacamuelas, con lo poco que le gustaba. ¿No había sido Voltaire quien dijo aquello de que trocaría gustoso cien años de su gloria inmortal por no tener dolor de muelas? Y si no lo dijo podría haberlo hecho, que lo suscribiría gustoso. Cien y hasta mil años daría él. ¡Qué dolor, maldita sea!

Estaba calentándose el agua cuando llamaron a la puerta. «¿Ahora qué?», pensó irritado. Y su mujer durmiendo, sin enterarse de nada. Menuda marmota feliz. A esa no la despertaba ni un cañonazo en el mismísimo dormitorio. Era el vecino del entresuelo. Que si su niña tenía mucha fiebre, que si su señora estaba muy preocupada.

—¿Pero cómo tengo que decirle que yo no soy médico, buen hombre?

—Ya, pero como tiene usted estudios, mi mujer dice que…

—Estudios de leyes, oiga. No sé nada de fiebres ni de sarampiones, llame a usted a un médico, caramba.

¿Qué iba a hacer con toda esta gente tan ignorante? ¡Señor, Señor!

La correspondencia, sí. No quería dejar eso pendiente. Nada importante, pero le gustaba ser ordenado y últimamente se había descuidado. Luego se pasaría por donde el casero, a pagarle, a ver si lo dejaba en paz. Qué hombre tan desagradable y tan mezquino.

«¡Mira!» —se sonrió—. «Ya están aquí los gorriones». Desmigó un trozo de pan y abrió la puerta que daba a la terraza con mucho cuidado para no espantarlos, y arrojó un puñado de miguitas para ver como los pajarillos se abalanzaban sobre ellas con saltitos cortos y pequeños revuelos. Entonces levantó la vista y vio a su joven vecinita a través de los visillos de su dormitorio. Vaya, estaba de rodillas encima de la cama, quitándose el camisón y contoneándose. Ah, ya entendía. Ahora entrevió al marido. Recién casados, claro, y con ganas de jugar. La verdad es que era guapa, la condenada. Delgaducha y algo huesuda, seguramente con una infancia malnutrida, pero guapa. Y esos pechitos… dos botones apenas… palomitas juguetonas, gorrioncillos… pío, pío. Caderas no tenía casi, la pobre. ¿Cómo podría parir, así tan estrechita? Él parecía un gañán vigoroso; si no tenía cuidado le haría daño al penetrarla. Cuidado que me la partes, mancebo. ¿Era rubia? No se veía muy bien; con los visillos era difícil distinguir colores. Sí, sí que parecía rubia. Una rubita delgada y con gana de jarana. Una rubita con la piel muy blanquita. Una gata de nata. Miau. Linda carita, vaya que sí, con esa boca ancha y esos labios jugosos. Su forma de ladear la cabeza y sacar la punta de la lengua denotaba que ya sabía lo que se hacía. Vaya con la zorrita. ¡Cuidado, no me vayan a ver ahora; si no, a saber lo que pensarán!

¡Ah, el agua!

Saca un cuenco de la alacena y se prepara con mimo la infusión de corteza de sauce. ¡Jodida muela!

¿Dónde diablos había dejado el periódico? Ah, sí, ya recordaba. «¡Qué memoria la mía!», se dijo. Tenía cuarenta y siete años. No eran demasiados, pero ya sentía la vejez encima. Aquellos años de inhóspito destierro tenían la culpa.

Se sentó a la mesa camilla, junto a la ventana que daba a un angosto y mugriento patio de luces. Camisas y enaguas gastadas y grises en los tendederos, sin blancura, sin inocencia. Banderolas de la vulgaridad. Nublado día de octubre. Si todo iba bien no tardaría ya mucho en tener un apartamento grande y cómodo para vivir. ¡Y leña! Toda la que quisiera. Se lo merecía, después de las privaciones que había pasado en su vida.

Bebe a pequeños sorbos la infusión y empieza a hojear el periódico, pero un crujido de la madera lo distrae. Perece venir de detrás de la estantería. Un ratón, seguro. Le había dicho mil veces a su mujer que pusiera cepos, pero se le olvidaba siempre o le daba asco y lo dejaba pasar. Al final le tocaría hacerlo a él, como siempre, como pasaba con todo. Si él no se ocupaba de las cosas, nunca se hacía nada. ¡Qué desidia endémica! Y así todo. Pero ya verían. Se iban a enterar más de cuatro que él se sabía; vaya que si se iban a enterar. Se acabó lo que se daba.

¡Maldita sea! Se le había vuelto a olvidar pasarse a recoger las cortinas nuevas del dormitorio. No había manera de que se acordara. Vaya, su mujer se iba a poner hecha un basilisco y no había quien la aguantara cuando se ponía así. Lo que le faltaba: una muela y su mujer jodiéndole la vida de consuno. «Bonito día te espera, Vladimir, bonito día».

¡Agh! ¡La muela del demonio! No dolía tanto como antes pero aún… Y encima tenía el estómago revuelto. La cena de anoche no…, la mantequilla tal vez; ya le parecía que estaba algo rancia. Pero tenía que estar en forma hoy. Mejor se volvía a acostar. Se saltaría el almuerzo, dormiría hasta las cuatro y luego comería algo de fruta y listo. ¿Qué hora era? Bah, el reloj de péndulo vuelve a atrasarse, pero claro, es un trasto viejo, no podía esperarse otra cosa. ¿Y si no volvía a ponerlo en hora? Total, tendría que hacer la misma operación dos veces al día, por lo menos. ¿Para qué molestarse? Le bastaba con oír su grave tic tac. Bueno, tac, toc en realidad. Era un reloj serio y grave; casi funerario, como de popes. Esos popes con esas voces litúrgicas de barítono y de bajo, qué imponentes, caray. Pues eso, tac toc. Ese ruido a compás y el fantasmal retumbar metálico de los carrillones al dar la hora le hacían compañía, aunque a su mujer le daban escalofríos. «¡Llévate ese trasto, por lo que más quieras!». Pero ahí no había cedido ni pensaba ceder: el reloj seguiría donde estaba, faltaría más.

Aún le quedaba más de medio periódico por leer, pero se sentía cansado. Había dormido mal. Mejor volver a la cama y reponer fuerzas.

Durmió de un tirón y ni se dio cuenta de cuando su mujer se levantó armando ruido y subiendo las persianas desconsideradamente.

Se despertó a las cuatro, con su despertador infalible, se aseó con esmero y se cepilló la perilla. Después se vistió. Nada de florituras ni ropas de petimetre; un simple y digno atuendo de trabajo, como todos los días.

Había llegado la hora. Se colocó cuidadosamente la peluca que le habían conseguido para pasar desapercibido y tras recoger gorro, abrigo y cartera bajo apresuradamente la escalera. Abajo lo esperaban tres camaradas para acompañarlo a la sede del sóviet.

—Salud, camarada Lenin.

—Salud, camaradas. Vámonos rápido que tenemos faena por delante. Hay que derribar a Kerenski y asaltar el Palacio de Invierno. Los bolcheviques vamos a cambiar el mundo.

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© 2012. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados

Jünger Ernst Jünger no deja indiferente a nadie. A nadie que lo haya leído, claro. Luego están los membrillos habituales que hablan de oídas y repiten, cual cacatúas, que «Jünger es un autor reaccionario» o, en un alarde de ingenio y originalidad, que «Júnger es un facha». No es infrecuente hallar entre estos a los que ignoran que la u de Jünger se escribe con crema. Murió a los 103 años, edad longeva y más que suficiente para haber tenido tiempo de cometer errores graves y de enmendarlos, y, sobre todo, de haber escrito una obra densa, rica, inquietante, lúcida (aún en sus momentos más oscuros) que no permite sobrevolarla sin pensar. He terminado de releer Sobre los acantilados de mármol, una de sus obras más emblemáticas, que echaba de menos al haberla prestado (o regalado, ya no lo recuerdo bien) a un amigo. Sabedora de mi añoranza, mi mujer me lo ha regalado estas Navidades y me he abalanzado sobre él con voracidad. Ha sido, otra vez, una lectura llameante, aunque, sabiendo lo que me esperaba, las llamas han estado ahora algo domesticadas por el conocimiento. Jünger, con razón, rechazó siempre la lectura unidireccional de su alegoría como una crítica al nazismo. Lo era, lo es, pero también a cualquier forma de totalitarismo y por eso, a quienes le decían que era una obra contra Hitler, solía responderles: «O contra Stalin». La descripción de cómo el horror totalitario se va acercando a unas tierras civilizadas, tiene hoy tanto interés, y podría resultar tan profética, como lo fue en 1939, particularmente en esta España aturdida y acobardada de 2014.

Para escalar puestos en aquella Orden no nos habrían faltado sin duda ni coraje ni talento, pero se nos había negado el don de contemplar con desdén los padecimientos de las personas débiles y anónimas […] ¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos lo que en su ceguera descorren con sus manos los cerrojos que han sido puestos para protegerlos? […] El tiempo estaba maduro para los hombres terribles.

Frente al horror se yergue el humanismo en el que Jünger tuvo una fe inconmovible:

La norma por la que él se regía era la siguiente: tratar a todos los seres humanos que se nos acercasen como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de «optimates», palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas.

Dejando de lado algunos fragmentos en los que Jünger da rienda suelta a su pasión por la botánica y la herboristería —aunque estos pasajes distan de ser gratuitos, pues cumplen una función gnóstica, o casi, en la interpretación de los sucesos que urden la mitológica trama—, el relato (pues su estructura es más de relato que de novela) es fascinante, hipnótico y terrible, por lo que anticipa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: el miedo, la decadencia, la impotencia ante el mal y, pese a todo, la fe en las fuerzas del espiritu y el intelecto. dogoLa catástrofe final ocurre con el magistral combate entre los dogos de los bandos contendientes. Las mandíbulas despiadadas de los grandes perros de presa trazan el nuevo rumbo de la historia, ante la que, pese a todo, hay una última esperanza, representada por el bergantín que conduce al exilio a quienes, tal vez, puedan un día regresar para doblegar al tirano y hacer renacer la civilización. He leído la traducción, muy solvente, de Andrés Sánchez Pascual, que también ha escrito el interesante prólogo, en el que nos hace partícipes de su amistad con el autor. acantilados

Ernst Jünger. Sobre los acantilados de mármol. Tusquets editores - colección andanzas. 2008. ISBN: 978-84-8383-081-9

Los adioses

29 noviembre, 2014 — 2 comentarios

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Nada más escribir el título de estas notas caigo en la cuenta de que hay una sinfonía de Haydn, la 45, que es conocida, precisamente, como la Sinfonía de los adioses. En ella, durante al adagio final, cada músico recoge su atril, su partitura y su instrumento y va abandonando el escenario, quedándose al final tan sólo dos violines. Cuentan que con este arreglo de cosas, Haydn quería mandarle un recadito a su mecenas, el príncipe Esterházy, quien habia estado reteniendo a los músicos mucho más tiempo del que habría sido prudente en su residencia de verano y estos, y el propio Haydn, estaban ya un poco hartos.

Pero esto ha sido una digresión antes de hora, porque yo quería hablar de otros adioses, de esos que, a lo largo de nuestra vida, vamos diciendo, a veces sin darnos cuenta, a medida que hacemos cosas por última vez, que cerramos carpetas que ya nunca han de abrirse, marcamos números de teléfono que jamás volveremos a componer, estrechamos una mano hasta el fin de los tiempos, damos un beso que no habrá de repetirse.

Son, por tanto, gestos finales y, como tales, grandiosos, pero solo a partir de cierta edad empezamos a ser conscientes de ellos, y ni siquiera lo somos de todos.

Donald Justice

Donald Justice

Donald Justice, en un apabullante poema, nos recuerda que a partir de cierta edad aprendemos a cerrar con sigilo esas puertas que no hemos de volver a abrir.

Men at forty / Los hombres, a los cuarenta, 
Learn to close softly / Aprenden a cerrar con sigilo
The doors to rooms they will not be / Las puertas de los cuartos a los que
Coming back to. / Ya nunca volverán .

At rest on a stair landing, / De pie en el rellano de la escalera,
They feel it / Lo notan ahora
Moving beneath them now like the deck of a ship, / Moverse bajo sus pies, como a bordo de un barco,
Though the swell is gentle. / Aunque es suave el balanceo.

And deep in mirrors / Y en el fondo de los espejos
They rediscover / Descrubren otra vez
The face of the boy as he practices trying / El rostro de aquel niño que en secreto practicaba
His father’s tie there in secret / Cómo anudarse la corbata de su padre

And the face of that father, / Y el rostro de su padre,
Still warm with the mystery of lather. / Tibio aún por la espuma misteriosa.
They are more fathers than sons themselves now. / Ahora son ya más padres que hijos, estos hombres.
Something is filling them, something / Algo los inunda, algo

That is like the twilight sound / Que es como el crepuscular canto
Of the crickets, immense, / De los grillos; algo inmenso
Filling the woods at the foot of the slope / Que llena el bosque al pie de la colina
Behind their mortgaged houses. / Detrás de sus casas hipotecadas.

(Traducción propia)
En nuestra lengua Borges lo expresó con una fría lucidez (la suya, la de siempre) que roza la crueldad, en su inolvidable Límites:
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
(J.L. Borges, El hacedor) (Cuatro años después, en El otro, el mismo, vuelve sobre el tema con otro poema de igual título).
Este tema aparece también en mi última novela, Tulipanes y delirios:

De repente me pareció caer en la cuenta de algo. En los últimos seis meses la gente se me estaba despidiendo mucho. Era como si se hubiese desatado una estampida y la llanura retumbara con miles de cascos de bisontes, tapatún tapatún, huyendo despavoridos, pero sin saber adónde ni por qué. Ahora Rodolfo, pero un par de semanas antes Alain Daudet, el huesudo semiólogo francés que no leía libros, sino sólo «textos», y que un día —¡capullo!— había intentado sin éxito levantarme a Hermien (pero a Hermien no le gustan los huesudos, aunque sí los chalecudos tincudos, maldita puta de mierda), y no mucho antes Federico —al que yo llamaba Federense o «el fodido Federense»—, con su aire antiguo y polvoriento de mancebo de colmado metiendo alubias pintas en cucuruchos de papel de estraza, y el peruano Jaramillo, que de día hacía colgantes de hojalata y de noche chapas en los urinarios de Sarphati Park con viejos decrépitos y purulentos, «que para algo tengo un miembro colosal. ¿Que no me lo has visto, Genio?», me decía cada dos por tres. Creo que no había caído en la cuenta de la traicionera mella que esos adioses iban haciéndome, pero el de Rodolfo materializaba todas esas despedidas anteriores, que me habían parecido humo blanco y pasajero y ahora, de golpe, cobraban peso. ¿Por qué? Alain, Jaramillo o el fodido Federense no eran casi nada en mi vida. Los había tratado muy poco, unos breves momentos en contadas ocasiones: una cerveza en la barra de un bar, un café rápido al encontrarnos por la calle, un porro en alguna casa flotante de Jacob van Lennepkade. Alain contándome su tristeza («Déjame que te platique…», decía tras sus años en México) porque su mujer lo había plantado y después pidiéndome veinte florines, que me devolvería en dos o tres días; Jaramillo, que se volvía a Lima con la flor de la canela en el culo horadado por hordas de bujarrones y su colosal badajo colgón tolón colgando entre las piernas, como el rabo de un chucho cobardica, porque Europa no era lo que le habían contado.

Rodolfo seguía callado, concentrado en su cerveza, sin perder su sonrisa jocosa de capibara lascivo, y esas despedidas recientes me fueron trayendo a la memoria una impetuosa riada de personas que habían ido pasando por mi vida. Entonces pensé que la vida es como un gran lienzo que van rellenando cientos de pintores. Algunos tienen una parte importante en la composición del cuadro y su huella es visible y enérgica; pero muchos otros, la mayoría, en realidad, son como fantasmas fugaces que aparecen un buen día, toman el pincel, trazan una línea, una mancha o una sombra y después, sin quedarse a ver el resultado final, desaparecen para siempre.

¿Dónde estarán ahora Alain el flaco, Federense el anticuado o Jaramillo el coloso tolón? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué trazo pinté yo en sus lienzos?

Ni que decir tiene que, tras todo lo dicho, no voy a decir adiós. Sólo hasta luego

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Videoclip de la novela:  http://youtu.be/VDmnRbW0Xps

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Daría mucho por tener a alguien a quien dirigirme, pero no lo tengo. Así están las cosas en mi vida.

Me consuelo pensando que, al menos, tengo tiempo y hasta un cierto sosiego del que no he gozado en los últimos siete meses. Sé que es un sosiego de saldo, despreciable y resignado, de quien no puede ya tener otra cosa, pero estoy aprendiendo a disfrutarlo. Poco más me queda ya.

No sé cómo ni cuándo empezó a derrumbárseme todo. Uno nunca sabe con qué va a encontrarse al doblar una esquina, qué nos acarreará decidir un día echarse a la calle en lugar de quedarse en casa, o cómo cambiará para siempre nuestro destino por llegar tarde a una cita o no descolgar un teléfono a tiempo. Tal vez la cornada de Hermien (¡cómo me dolió!) señaló el inicio del desastre. A partir de ahí mi vida empezó a desarbolarse y a rodar por pendientes crueles y sórdidas; de repente me vi rodeado de abandonos, de muertes y de un incomprensible vacío del que ya no sé cómo salir.

Pienso en estos últimos meses de horror y despropósitos y empiezo a tener miedo de volverme loco, pero me dicen que contar lo sucedido me ayudará a sortear ese peligro. He decidido intentarlo.

¡Va por Santos y por Sabine! Aunque ya no estén aquí para escucharme.

1

«Solemne, el rollizo Santos Cea acallaba con su vozarrón al grupo de ociosos habituales, sentado a horcajadas sobre la banqueta con la cabeza erguida, como ofrendando el garguero a quien quisiera rebanárselo, y el antebrazo izquierdo apoyado con desparpajo sobre el largo mostrador de El Relicario, un nombre de tronío, aunque su dueño fuera gallego».

Así empezaba mi relato de lo que pasó aquel día, un día cualquiera de la vida que llevábamos en Ámsterdam, remedando el arranque del Ulises, porque siempre me ha encandilado la rotundidad burlona de su primera frase: «Stately, plump Buck Mulligan…», y lo estrafalario de un gordinflas en camisola con un cuenco de barbero y una brocha, jugando a ser un cura oficiando la misa, y porque eso, precisamente eso, era lo que hacía Santos Cea: «oficiar» a la menor ocasión; de sumo sacerdote, de gobernador de Barataria o de archipámpano de las Indias, qué más daba. Estoy usando sus palabras: «¡Sacerdote de las ideas, sacerdote de las ideas!», aullaba de sí mismo; otras veces ululaba hinchando las venas del cuello: «¡Os convido a mi casa a un festín de conceptos, hijos de la gran puta!», pero nunca pasaba nada, ni se movía de la banqueta, ni nadie le hacía caso.

Nunca terminé ese relato y si lo empecé fue sólo porque Ernesto Rangel prometió pagarme por él, pero cuando llegó la hora de concretar cuánto y cuándo, todo se quedó en agua de borrajas, como debía haberme imaginado desde el principio, conociendo al tipo: Rangel, un locutor de las emisiones en español de Radio Nederland, con quince años en el país (es lo primero que se pregunta cuando te presentan a alguien aquí), que andaba haciendo méritos para ver si lo ascendían a redactor y había presentado una propuesta de programa en el que contaría anécdotas de la vida de los hispanohablantes en Holanda. Un locutor mediocre y a la antigua, con la voz engolada y la dicción meliflua y pretenciosa, haciendo las uves labiodentales para distinguirlas de las bes, oír para creer, e incapaz de escribir por sí mismo ningún guion de calidad. Y además, un rácano, un mala leche y un engreído. Tendría que haberlo mandado a la mierda en cuanto me propuso lo de escribirle un guion para su Un día en Ámsterdam. «Y después de este habrá otros, Genio, ya verás. Podrás ser un guionista fijo de mi programa, ¿eh? ¿Qué te parece?».

Bueno, pues eso, que me dio por empezar como en el Ulises, pese a que Santos Cea no era rollizo, sino de constitución normal, excepto por unos brazos inusitadamente largos, aunque uno acababa por acostumbrarse y al poco tiempo ya no se notaba esa rareza simiesca. Tenía el rostro afilado, pero bien proporcionado, aunque no estoy seguro de lo que quiero decir con esto, porque si se prestaba atención podía apreciarse que, desde determinados ángulos, el afilamiento dejaba entrever una cierta cuadratura en su cara, que le confería una virilidad algo tosca, muy en contraste con la parte refinada, casi dandi, de su personalidad, la cual, por cierto, desaparecía del todo cuando bebía, dando paso a una zafiedad casi brutal; pero en todo caso no era la cara alargada y equina del rollizo Buck Mulligan.

Sobre sus aires dandescos o dandinos, o sea, de dandi, yo le dije una vez que parecía que se dedicaba a imitar al Des Esseintes de Huysmans y él me contestó todo alborozado: «Muy bien observado, Genio, muy fino, muy agudo. ¡À rebours, à rebours!». Tenía que haberme imaginado que mi pullita no sólo no lo iba a ofender, sino que, por el contrario, lo envanecería. Pero en aquel tiempo yo conocía poco a Santos, y si le hacía más caso del que me apetecía no era por él, sino por su novia de entonces, la zumbona curazoleña Mirena San Diago, bailarina de jazz, que tenía unas nalgas jubilosas y me reía las gracias. Yo la galanteaba y le bailaba el agua.

En El Relicario se sentaba siempre en el mismo sitio, al fondo de la barra —me refiero a Santos—, controlando desde la distancia la puerta del bar, las entradas, las salidas, y a la quinta o sexta copa se volvía rígido y hierático, y la voz se le ahuecaba. Parecía una cariátide, y si la borrachera avanzaba o se enfadaba más de la cuenta, se le pinzaban los músculos faciales y entonces parecía una gárgola satánica.

Cuando llegué aquel día (fue hace más de seis meses, pero recuerdo los detalles), ya había entrado en la fase de gárgola. Aferraba el largo vaso del gin-tonic en el que flotaban, tintineando, enormes cubitos de hielo, que él llamaba peñascos ―«Un gin-tonic con peñascos, Angelona!»―, y vociferaba sin cuento.

—Tienes una mierda de bar, Ángel. Un tabernucho de tres al cuarto. No sé ni por qué vengo. Bueno, sí lo sé. Porque yo soy el pontífice de este tabernáculo. El pon-tí-fi-ce. ¿Te enteras? ¿Tú sabes lo que es un tabernáculo, Ángel? ¿Y tú, Pelícano? Ni puta idea, ¿no? Sois basura, escoria, inmundicia infecta. Me avergüenzo de ser compatriota vuestro. Sois unos garrulos insoportables, ¡emigrantes de mierda!

Santos, borracho. Bueno, nada nuevo. Pero lo que pasó después nos pilló a todos desprevenidos.

El tal Tate, un rubiasco joven con cuerpo de adonis, que no pasaría de los veinticinco, que había aparecido por Ámsterdam hacía poco y del que ninguno sabíamos nada, excepto que era de pocas palabras y que nunca buscaba compañía ―hosco mochuelo de arcangélica cabeza aurífera orlada de bucles―, se levanta de su taburete para ir al servicio. Cuando pasa a la altura de Santos, este lo detiene poniéndole la mano en el pecho y con los ojos ya algo vidriosos declama a voz en grito: «¡Secuéstrame! Yo te concedo ese derecho y callo enamorado. ¡Que de tu recto falo de mármol inextinto la líquida y espesa soberbia me alimente!» Y mientras recita, baja la mano hasta la entrepierna de Tate, le agarra el paquete y se lo frota a mano llena.

Tate retrocede un paso, grita un no-me-toques-mariconazo y con una furia que nos sorprende a todos le estampa un puñetazo en los morros que lanza a Santos hacia atrás y lo hace caer con estrépito sobre el suelo de madera. En el vuelo —porque voló—, oímos su cabeza golpearse con la esquina del mostrador y nos temimos lo peor, pero no hubo nada, excepto sus gemidos de dolor mezclados con sus carcajadas y la sangre que manaba de los labios, la nariz y la encía superior, de la que colgaba un diente suspendido por un delgado y retorcido cordón de carne.

El Tate —o simplemente Tate, porque de las dos maneras lo conocíamos— se quitó de en medio enseguida, sin esperar a ver en qué acababa todo, lo que nos hizo pensar que no tenía papeles o que podía tener cuentas pendientes por las que lo andarían buscando, y todo lo que oliera a lío lo ponía nervioso. Pelícano, mirando a Santos con odio poco disimulado, dijo que le estaba bien empleado por maricón, pero Ángel, mientras lo ayudaba a levantarse, dijo que de eso nada, que le gustaban las mujeres como al que más, pero que era un salido y cuando se emborrachaba le daba igual ocho que ochenta.

—Pues eso, maricón, pero disimulando, aquí el catedrático —sentenció Pelícano, mientras dejaba cuatro florines sobre el mostrador y se marchaba airado, como si lo hubieran ofendido a él.

—¡«Catedrástico», no catedrático, Pelícano hijo de puta! ¡Que te jodan! —le gritó Santos entre espumarajos y coágulos sanguinolentos, mientras seguía apoyado en Ángel, el de níveo semblante ―«¡Qué buena eres, Angelona!»―, intentando recomponer la figura. ¡Bah! Inútil. Demasiado borracho.

Me lo vi venir y acerté. Acabé acompañando a Santos a su casa, in quintum coñum, como él decía, en Ámsterdam Norte, porque Santos sólo me aceptaba a mí para esos menesteres menestrales, y yo aceptaba encargarme de ellos por una extraña devoción que había ido desarrollando hacia el tipo; algo filial, supongo, una especie de sentimiento del deber hacia un colega alfabetizado, en aquel extraño y espurio engrudo de la emigración española en Ámsterdam. Dos infiltrados, dos purulentos granos en el culo, dos corpúsculos extraños y sin embargo aceptados por todos como parte de la colonia, a pesar de la estridencia que éramos y que se hacía evidente en cuanto se nos observaba durante unos minutos con un poco de atención.

En el taxi le pregunté qué era eso del mármol inextinto. «Sonoridad, Genio. En las palabras hay que buscar siempre la sonoridad y el brillo de los metales, de las trompetas y las fanfarrias, pífanos y malaquitas. ¡Tatachán! ¡Viva Rubén!», me contestó con la lengua espesa antes de caer dormido del todo.

Entre el alcohol y el puñetazo, Santos estuvo manso, en plan cabestrón bonancible, así que tardé poco en echarlo en la cama, quitarle los zapatos y salir de su guarida, que estaba bastante desastrada desde que Mirena lo había dejado tres meses antes.

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