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Sin alharacas

17 junio, 2013 — 2 comentarios

alamosHay que ir siempre con los ojos bien abiertos y no desfallecer en el deseo de la busca, sobre todo cuando se entra en una librería, como hice yo el otro día, y mis ojos y mis dedos, fueron a caer sobre un librito de poesía, y lo abrí al azar, y volví a comprobar que la poesía anida en los lugares más insospechados e improbables. (¿Qué tiene de improbable, dirá alguno, que haya poesía en un libro de poesía? No responderé ahora a esta pregunta).

Ni un paso más sin confesar mi culpa: no había oído hablar nunca de esa escritora, de nombre llano, franco, sin dobleces: Dionisia García. Sí, eso mismo, Dionisia García, natural de Albacete, do las navajas y el azafrán, y el nacimiento del río Mundo y el castillo de Almansa y el penal de Chinchilla y un frío que se muestra inmisericorde.

He aquí un poema tímido, frugal, sin alharacas, de la señá Dionisia, que desde entonces se ha convertido en una buena amiga. Sé su lugar exacto en mis anaqueles y mis dedos la encuentran a veces al pasar:

Como alamo cumplido

La casa esta vacía:

él ya dijo su última palabra.

Calle abajo

el silencio se adensa

y los hombres musitan

una plegaria

apenas perceptible.

Tiemblan las flores

al abrazar el túmulo

que avanza con el sol

de una tarde de julio.

Quema la tierra;

la misma que él amó

durante tantos años,

y a la que regresaba

para caer, al fin,

como álamo cumplido.

La plaza, el altozano,

los balcones abiertos,

ofrecen su mudez en homenaje,

mientras pasa la lenta comitiva.

Dionisia García. «Cordialmente suya». (Ed. Renacimiento).

He estado hojeando mis cuadernos de hace un par de años, y me animo a transcribir una selección de las notas que fui anotando durante la lectura de este primer volumen de las memorias de Ernst Jünger (Radiaciones I. Tusquets Ed., traducción de Andrés Sánchez Pascual). Quienes lo hayan leído podrán tal vez cotejar sus propias impresiones con las de otro lector, o sea, las mías, y quienes no, ¡quién sabe!, tal vez se animen a hacerlo. Si así fuera, me sentiría satisfecho: sería mi buena obra del día.

radiacionesjunger«Unas pocas páginas… unos pocos párrafos, y Jünger me cautiva de nuevo. Su capacidad de aunar filosofía, ensayo y pálpito poético es única y arrebatadora.»

«Cuando iniciaba el primer diario, ‘Jardines y carreteras’, en 1939, estaba terminando su prodigioso «En los acantilados de mármol». Nos dice el traductor que hallaremos en estos diarios muchas claves sobre esa obra. ¡Ardo en deseos de leerlas!»

«La guerra vista desde el sufrimiento. El soldado ya no es, como lo era en «Tempestades de acero», el hombre de acción, sino el individuo sometido a la disciplina, amenazado por la muerte y expuesto al dolor.»

«Oigamos a Jünger:

[ante la velocidad de la vida moderna]… En la literatura es el diario el mejor medio. Y, además, es el único diálogo posible que subsiste en el Estado totalitario.

Mi sintonía con Jünger se confirma con esta lista, que él mismo nos da, de algunos de sus autores más admirados:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y sobre la literatura y los escritores:

Una frase sin tacha causa, desde luego, efectos que van mucho más allá del placer que en sí misma proporciona. En la plasmación de una de esas frases está viva, aunque el lenguaje envejezca, una distribución de luz y sombra, un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas.

Dejando clara su creciente desconfianza ante la política:

Dentro del ser humano es donde es menester que se desarrolle un nuevo fruto, no en los sistemas.

Tal vez es el Jünger escritor, reflexionando sobre su quehacer literario, aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras sobre una de las facetas del proceso de la escritura, sin añadir ni quitar nada:

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El control del autor sobre su obra (siempre relativo) termina cuando se pone el punto final y el editor imprime y distribuye, pero… ¿y su responsabilidad? ¿Cómo sabemos en qué manos caen nuestros libros?, ¿en qué oídos nuestra palabras?, ¿qué infelicidades pueden causar, qué cataclismos desencadenar, sin que lleguemos a saberlo nunca?

roth everymanVuelvo a Roth tras casi un año, y veo que sigue siendo el hipocondríaco de siempre. Su fascinación por la enfermedad y el dolor, en cuya descripción gusta demorarse –tanto que hasta llegan a ser los cimientos de su narración–, sigue intacta.

Phoebe knew plenty about physical misery… Pues eso.

Este libro es una sombría descripción de la vida como un largo y penoso camino hacia la muerte (¿quién decía que la vida era el camino flanqueado por cipreses que va de la cuna al cementerio?) y un rosario de enfermedades y hospitalizaciones, pero el pesimismo de Roth tiene siempre algo de terrorífica verdad que te obliga a seguir leyendo. Y para que no haya dudas, la historia comienza con el funeral del protagonista, desde donde retrocedemos en su vida para volver después a avanzar hasta su muerte, o sea, hasta el final de la fiesta, donde, abandonado por sus falsos amigos, el hombre se queda solo.

Como además de la muerte, el sexo (en su variante más lasciva) también anda de por medio –cosa inevitable, tratándose de Roth–, la tentación de liarse a hablar de Eros y Tanatos está servida, así que me contendré y la dejaré pasar, porque, en verdad, el tema central y obsesivo de Everyman es la muerte; la muerte y lo que la precede, la prepara, la anuncia. Puro Roth el que escribe:

…la vejez no es una batalla, la vejez es una masacre.

Y por si todo eso no fuera lo bastante incómodo, más incomodidades: junto a la muerte, otro gran tema del libro es el de la responsabilidad individual, de nuestra vida, de nuestros actos, que no pueden ser endosados a otras instancias (ya sabéis: la culpa es de «la sociedad», o de «mi mamá, que no me quería lo bastante»), y al que le pique que se rasque.

Lo dicho, un libro para adictos (a Roth y a sus cosas), pero que no deja indiferente.

En la última entrada hablé de las memorias de Nadiezhda Mandelstam, y me detuve fugazmente en la fotografía que ilustra la portada de la edición de «Acantilado».

Hace un rato, con el libro aún sobre la mesa, he estado contemplando esa foto con más calma y ensimismamiento. Esto es lo que he visto:

Una expresión que aúna, sin ningún aspaviento, resignación, ironía, desesperanza y hasta una difuminada bondad. Pero en su postura el cuerpo se niega a reclinarse, a dejarse llevar, y en su manera casi pasional de sujetarse la rodilla con una mano se trasluce una resistencia rebelde ante la adversidad, subrayada por un estilizado cigarrillo entre los elegantes dedos de la mano derecha.

La ventana filtra una claridad que le ilumina medio rostro, rostro que sigue siendo hermoso hasta el arrebato y exultante de personalidad.

Se la ve diminuta, delgada, casi evanescente, a punto de evaporarse ante nuestros ojos, pero intuimos que si eso pasara, dejaría tras de sí una estela de belleza y tristeza, que siempre estuvieron uncidas a su vida, larga y dura.

Un vestido de lunares, y a su alrededor silencio, ausencias y recuerdos.

Sus memorias se titulan «Contra toda esperanza»