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Me han enseñado un libro sobre Durero, editado por Treviana, encuadernado en seda negra italiana, con unas reproducciones excepcionales y un CD con música de la época (Peñalosa, Després, Anchieta…) y de otros compositores. Me entretuve con su lectura y con su contemplación, cada vez que lograba desembarazarme del atenazador tedio de la campaña, la semana previa a las elecciones para el Parlamento europeo. Entre esa música, la presencia de los cuadros y el relato de los viajes de Durero, me pareció que Europa era un viejo proyecto con sustancia, con sus cismas y tiranteces, pero con un espíritu común que recorría las naciones y los siglos: una especie de centón que a la postre resultaba armonioso e incluso cálido y acogedor.

¿O era solo una idea, un sueño endulzado por la belleza de los pinceles y los buriles de Durero, lo que resultaba acogedor?

Ahí estaban los autorretratos, de una soberbia más que justificada por la genialidad: el de la adolescencia, tan seguro; los de la juventud, narcisistas y elegantes; el frontal, ya en la madurez (de 1500, tenía 28 años, se crecía pronto entonces…), ese “aquí estoy yo” que no precisa de la bravuconería de un Enrique VIII pintado por Holbein: a Durero le basta con mirarnos cara a cara, sin más adorno que la profundidad de su mirar. Continuar leyendo…

Ha sonado la hora de cierre en los jardines de Occidente…

La cita, casi una endecha, es del crítico literario inglés Cyrill Connolly, fundador de la revista Horizon. Data de 1949, con una Inglaterra exhausta y empobrecida por la guerra. Cioran, por cierto, la recuerda también en sus prolijos diarios. A la vista de lo que está pasando en el mundo, tiene un aire profético sobrecogedor. La cita completa es: «It is closing time in the gardens of the West and from now on an artist will be judged only by the resonance of his solitude or the quality of his despair».