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Fred Vargas, aunque no lo parezca

 

Novela negra, novela policiaca, novela de detectives, novela de intriga… En la última década, el mercado editorial parece haber descubierto un filón inagotable (¡y cómo se agotan de rápido esos filones!) que yo sólo puedo contemplar con cierto escepticismo escasamente fundamentado porque, lo confieso, no soy ni creyente ni practicante habitual del género. Algo tendrá el agua de los glaciares narrativos escandinavos cuando la bendicen, pero las modas y los oportunismos editoriales (y mis propias querencias, cada vez más obsesivas y, por lo tanto, más exclusivas o excluyentes) me frenan la curiosidad. Tal vez también nutra mi escepticismo el haber vivido largos años en el norte de Europa; uno ya está curado de ciertos espejismos. Dejemos pasar unos años a ver qué sobrevive de esa nueva invasión vikinga (¿de verdad llevaban cuernos en los cascos?), años que yo voy dedicando mientras tanto a mis lecturas, ajenas a la actualidad de los suplementos literarios. (Mi agente me lo tiene dicho: «Con esa actitud no llegarás lejos en esto»).

Es sábado, qué diantre, así que me será permitida, digo yo, un poco de sociopolítica de andar por casa. Allá va: los estados del estado del bienestar se pueden permitir el lujo de un cómodo (por poco amenazante) malestar social, de la denuncia lúdica de la corrupción y la maldad a pequeña escala. Únase a esto la comodidad del bienestar interiorizada por el lector: nada más “entretenido” que un puzle con su intriga, su policía, su nudo y su desenlace… Una lectura, sí, fácil, golosa, sin riesgos. Lo que no quiere decir que el género en sí sea incompatible con la calidad literaria. Y como nada hay más excitante para un conversador que ese giro por donde asoma la contradicción, propongo algunos nombres de este género que me interesan y recomiendo, aunque maldita falta que les hacen a los recomendados mis recomendaciones.

John le Carré

El primero es John le Carré, cuyas obras me han acompañado a trompicones, sin grandes fidelidades, en las últimas décadas. Es la suya una escritura de gentleman, distante, impecable y exigente. No hay concesiones al lector, al que se le supone un conocimiento solvente de la historia que transcurre cotidianamente bajo nuestros ojos por los periódicos. De Le Carré me ha interesado siempre lo borroso de las tramas, esos enredos trufados de suposiciones, de datos no concretados, como si los personajes de sus obras vivieran en mundos o realidades que nunca nos son plenamente accesibles. ¿Es esto una metáfora del alma del otro o una constatación realista de nuestra ignorancia sobre los verdaderos entresijos donde se cuecen las noticias de la prensa? Probablemente, las dos cosas al mismo tiempo.

El segundo nombre es de mujer, aunque no lo parezca: Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau). A Fred Vargas se la ama o se la malinterpreta. Quienes vayan buscando en sus novelas las consabidas dosis de truculencia realista se toparán con un muro insalvable: su humor y la extravagancia «irreal» de sus tramas y caracteres. Gente seria, absténganse. En los artefactos detectivescos de Fred Vargas la intriga está al servicio de otros amos, lo que puede irritar a los más puristas. Bajo el histrionismo de sus personajes y los recovecos de la acción, Vargas practica un retorcido psicologismo de empatías donde encaja a la perfección la comicidad.

Digresión: Se me ocurre ahora que esta comicidad, que tiene buen pedigrí entre sus compatriotas (empezando por Montaigne), pudiera ser en el Juicio Final la base de la defensa de ese crimen tan genuinamente francés: el engolamiento.

Georges Simenon

Y luego, claro, queda el más grande de todo ellos: Georges Simenon (¡No sin mi pipa!). Es tan grande que hasta me cuesta meterlo en el cajón de este género,pues, como tengo dicho no sé dónde, para mí Simenon es, ante todo, un soberbio escritor metafísico.

Tengo sus obras completas en mis estanterías: son 27 volúmenes en fino papel misal, unas 35 mil páginas; un Lope de Vega moderno, vaya. La mera presencia de sus libros ahí, a mi disposición, me colma de tranquilidad: siempre habrá algo bueno que echarse al coleto cuando lleguen esos domingos tediosos, ese regreso aturdido de un viaje, ese hartazgo de otros temas y otros «géneros», y Simenon no defrauda.

Otro belga, como Hergé, al que estarle agradecido.

 

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“Mi” Simenon.

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Mi biblioteca (ala sur).

AyestaMe topo, semiolvidado en mi librería, con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, un breve relato (no llega ni a novela corta) que me depara media hora estupenda, seguida de otra media hora «dubitabunda».

No comparto el desmedido entusiasmo de los críticos seleccionados por la editorial para la contracubierta (Uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX, etc.), pero es, sí, un relato bonito (y he pensado bastante antes de elegir el adjetivo): original, fresco, sincera y hermosamente lírico, del gijonés Julián Ayesta, diplomático de carrera por otras señas. Se publicó en 1952 y, desde luego, en aquellos años fue una obra distinta y rara.

Se abre el libro con una evidente, casi enfática, «voluntad de estilo», soprendiéndonos con dos capítulos construidos sobre una extensísima —pero llevadera— polisíndeton (con perdón de la concurrencia). Estamos ante una narración en primera persona, pero una primera persona serpenteante y semicamuflada con la primera del plural y con un sujeto impersonal a veces. El narrador es un joven (muy joven, diríase) que narra vivencias familiares y sociales y un dulce primer amor que se desliza como de puntillas dentro de la historia, historia que no es, en realidad, tal, sino más bien una sucesión de descripciones y apuntes.

Toda la narración rezuma una visión queridamente naif, casi infantil, que a veces —hay que decirlo todo— resulta algo dulzona.

sorollaAyesta raya alto, con gran intensidad lírica y poética, en muchas descripciones de la naturaleza o de ciertas situaciones.He aquí un par de párrafos reseñables, con una técnica nerviosa que recuerda las pinceladas de los impresionistas:

Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas del mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automóvil, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata…

Y algo más adelante:

El muelle estaba lleno de gaviotas. Los palos y las cuerdas de los barcos rebrillaban al sol de oro blancas, rojas, verdes. Hacía una brisa fresca y alegre. El cielo está azul, azul. Los cargadores dan gritos junto a las grúas. Un barco pintado de encarnado sale tocando la sirena.

O este pasaje a la vez visual y acústico:

Los cubiertos, entre el humo de los cigarros de los hombres, tintineaban como esquilas de un rebaño de cabras pastando vagorosas entre la bruma de la siesta. Era la siesta, toda mullida y tibia, toda desperezándose, adormilada a la sombra de los árboles en un bosque azul, en un país muy hondo, antes de Jesucristo. El comedor estaba en la penumbra y desde la oscuridad se oían las chicharras y los grillos que cantaban al sol y el ronrón del sol sobre los prados verdeamarillentos y el fragor fresquísimo de los robles cuando entraba una ráfaga de brisa azul y salada que venía del mar.

Hay muchas, muchas ráfagas de estilizado lirismo en este relato (El sol —¡el Sol!— roncaba sobre los manzanos), pero tanto esfuerzo de estilo parece que llega a fatigar al escritor, que cierra el relato con lo que se antoja ya casi un abuso de recursos retóricos y que nos deja en la boca un extraño y agridulce sabor después de tanta belleza:

chica playaNo hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

Es entonces, al llegar al final, a ese final, tras haber recorrido 88 páginas que en ocasiones parecen un catálogo de figuras retóricas (epanáforas, anadiplosis, la mencionada polisíndeton…) cuando uno se empieza a preguntar si tanto lirismo no habrá llegado a volatilizar el relato en una columna de humo y de nada: azúcar impalpable, polvitos de la Madre Celestina. Puff… fuese y no hubo nada. ¿O sí hubo?

Con tanto, pero tanto, pero requetetanto estilo, estas cosas a veces pasan.

Este anotación de mi blog bien podría haberse titulado “Tocando lo intocable”.

Vladimir Nabokov −uno de mis novelistas favoritos, de lectura obligatoria para quien se dedique al menester de novelar, pero también para quien se contente con el enrevesado placer de la lectura inteligente−, es un verdadero ruso. Emigrado, pero ruso. Americanizado, pero ruso. Y como tal, es terco y de opiniones “fuertes” y, digamos, poco movibles.

Hay algo de mesiánico en los rusos, y suelen estar convencidos de tres cosas: de que siempre tienen razón, de que expresar sus opiniones en voz alta demuestra que tienen razón, y de que Europa les debe gratitud eterna por haberla salvado de las hordas esteparias de Asia. (Estos simpáticos rasgos no me impiden, me apresuro a decir, admirar su literatura y muchas otras formas de su arte y su cultura, y sentir, además, una inexplicable y fuerte empatía con el descomunal país).

220px-Vladimir_NabokovNabokov tiene mucho de todo eso, y suele aparecer en las fotografías con gesto airado y de pocos amigos, como diciéndole a la cámara “¿qué se te ha perdido aquí?”  (además de que a veces le sale un extraño parecido a Hitchcock), y se dice de él que no andaba escaso de rarezas. Después de la literatura, su pasión eran las mariposas, y andaba por campiñas y bosques con un ridículo atuendo de entomólogo de caricatura, calzones cortos, calcetines gruesos casi hasta la rodilla, y, claro está, la consabida manga, esa red en forma de cono con la que parecen jugar al tenis contra un rival invisible.Nabokov-dedicaba-su-tiempo-a-l_54105747540_224_270

Disfruté mucho de la visita a su casa, tópicamente reconvertida en museo, en pleno centro de San Petersburgo, de donde, sin embargo, la revolución bolchevique lo echó pronto. Suele admirarse de él que, siendo ruso, llegara a tener un dominio tan portentoso del inglés, pero esta es, en realidad, una apreciación errónea, pues como tantas familias de la aristocracia rusa del XIX y principios del XX, los niños aprendían francés (e inglés, en el caso de Vladimir) antes, incluso, que su lengua materna. (Mucho más admirable, en lo que se refiere a la maestría alcanzada en una lengua extranjera, son los casos de Conrad o Jerzy Kosiński, ambos polacos, por cierto, y el último con un divertido parecido [hoy estamos con los parecidos] al folklórico cantante malagueño Antonio Molina, celebérrimo, allá por mediados del siglo XX, por su voz atiplada y sus interminables gorgoritos). Continuar leyendo…

Novela concluida

28 junio, 2013 — Deja un comentario

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Algunos, amablemente, os habéis interesado por la marcha de mi último trabajo. Ahora puedo deciros, por fin, que mi novela Tulipanes y delirios, está terminada, y hoy mismo la he inscrito en el Registro de la propiedad intelectual, como es aconsejable.

Ahora, como tengo por costumbre, la dejaré reposar un tiempo, digamos que el verano, macerándose en el cajón, para ver cómo resiste la prueba del alejamiento: allá por septiembre la volveré a leer, y si sigue gustándome, empezaré la guerra para su publicación.

Como no escribo novelas de tesis, no me es fácil responder a la típica pregunta de qué es lo que quiero decir con ella: no estoy seguro. Tal vez no quiera “decir” nada, y desde luego, si sé que no pretendo convencer de nada a nadie. Quería narrar, de forma literaria, es decir, haciendo al lenguaje protagonista, desautomatizándolo, buscándole sus vueltas, dándole la mayor temperatura posible a su expresividad (y a su esencia de puerta de acceso a lo íntimo, tambien) una historia. Continuar leyendo…

Me gustaba el ajedrez.

El genial letón MikCR_773446_ajedrez_de_mesahail Tal contaba que en una partida contra Evgeny Vasiukov, en 1964, lo que pensaba en un determinado lance del juego era cómo arrastrar un hipopótamo fuera de una cienaga, hasta que finalmente decidió que lo mejor era dejar que se ahogara, y ese pensamieno lo llevó a realizar uno de los sacrificios de pieza más famosos y hermosos de la historia del juego.

Cuando estamos con las manos en la masa de una novela, los escritores muchas veces hacemos lo mismo: también tenemos hipopótamos en danza.