Archivos para 30 November, 1999

En este post hablo de técnicas literarias, de género y metagénero (¿mande?), de clítoris eréctiles y ojos zarcos, comparo unas novelas con otras… y hago algunas cosas más.

Acabo de leer Black, black, black, una novela… sí, negra (¿pero cómo han podido adivinarlo?) de Marta Sanz, novelista y poetisa:black-black-black-9788433972071

Bajo los pétalos de flores, / contra los pistilos, / en el lecho de corola, / dos diminutas nínfulas / restriegan sus pubis rubios / contra los pistilos.

(Marta Sanz, «Hardcore», Bartleby Editores).

(Igual ella prefiere ser «poeta», pero a mí me gusta lo de poetisa). Ningún parentesco nos relaciona a Marta y a mí pese al apellido compartido, que yo sepa, y ni siquiera tengo el gusto de conocerla, pero en mis anaqueles, que obedecen al alfabeto, sus escritos figuran junto a los míos.

Por si esta entrada se hace más larga de la cuenta, me apresuro a declarar lo importante: la novela es magnífica, y además tiene la virtud de ir creciendo a medida que uno se adentra en la historia: crece en interés de trama, pero sobre todo en densidad literaria.

¿Por qué me compré este libro? ¿Por qué se compra uno un libro y no otro? En algún artículo tengo contado, no hace mucho, que yo ya he dejado, con raras excepciones, de comprar libros siguiendo los consejos de críticos o amigos, porque cada día soy más raro y mis gustos divergen más y más de los suyos, y porque ya no estamos en edad de delegar responsabilidades. Para elegir qué libros comprar, sigo dos sistemas que suelen darme buenos resultados: Continuar leyendo…

Este anotación de mi blog bien podría haberse titulado «Tocando lo intocable».

Vladimir Nabokov −uno de mis novelistas favoritos, de lectura obligatoria para quien se dedique al menester de novelar, pero también para quien se contente con el enrevesado placer de la lectura inteligente−, es un verdadero ruso. Emigrado, pero ruso. Americanizado, pero ruso. Y como tal, es terco y de opiniones «fuertes» y, digamos, poco movibles.

Hay algo de mesiánico en los rusos, y suelen estar convencidos de tres cosas: de que siempre tienen razón, de que expresar sus opiniones en voz alta demuestra que tienen razón, y de que Europa les debe gratitud eterna por haberla salvado de las hordas esteparias de Asia. (Estos simpáticos rasgos no me impiden, me apresuro a decir, admirar su literatura y muchas otras formas de su arte y su cultura, y sentir, además, una inexplicable y fuerte empatía con el descomunal país).

220px-Vladimir_NabokovNabokov tiene mucho de todo eso, y suele aparecer en las fotografías con gesto airado y de pocos amigos, como diciéndole a la cámara «¿qué se te ha perdido aquí?»  (además de que a veces le sale un extraño parecido a Hitchcock), y se dice de él que no andaba escaso de rarezas. Después de la literatura, su pasión eran las mariposas, y andaba por campiñas y bosques con un ridículo atuendo de entomólogo de caricatura, calzones cortos, calcetines gruesos casi hasta la rodilla, y, claro está, la consabida manga, esa red en forma de cono con la que parecen jugar al tenis contra un rival invisible.Nabokov-dedicaba-su-tiempo-a-l_54105747540_224_270

Disfruté mucho de la visita a su casa, tópicamente reconvertida en museo, en pleno centro de San Petersburgo, de donde, sin embargo, la revolución bolchevique lo echó pronto. Suele admirarse de él que, siendo ruso, llegara a tener un dominio tan portentoso del inglés, pero esta es, en realidad, una apreciación errónea, pues como tantas familias de la aristocracia rusa del XIX y principios del XX, los niños aprendían francés (e inglés, en el caso de Vladimir) antes, incluso, que su lengua materna. (Mucho más admirable, en lo que se refiere a la maestría alcanzada en una lengua extranjera, son los casos de Conrad o Jerzy Kosiński, ambos polacos, por cierto, y el último con un divertido parecido [hoy estamos con los parecidos] al folklórico cantante malagueño Antonio Molina, celebérrimo, allá por mediados del siglo XX, por su voz atiplada y sus interminables gorgoritos). Continuar leyendo…

He estado hojeando mis cuadernos de hace un par de años, y me animo a transcribir una selección de las notas que fui anotando durante la lectura de este primer volumen de las memorias de Ernst Jünger (Radiaciones I. Tusquets Ed., traducción de Andrés Sánchez Pascual). Quienes lo hayan leído podrán tal vez cotejar sus propias impresiones con las de otro lector, o sea, las mías, y quienes no, ¡quién sabe!, tal vez se animen a hacerlo. Si así fuera, me sentiría satisfecho: sería mi buena obra del día.

radiacionesjunger«Unas pocas páginas… unos pocos párrafos, y Jünger me cautiva de nuevo. Su capacidad de aunar filosofía, ensayo y pálpito poético es única y arrebatadora.»

«Cuando iniciaba el primer diario, ‘Jardines y carreteras’, en 1939, estaba terminando su prodigioso «En los acantilados de mármol». Nos dice el traductor que hallaremos en estos diarios muchas claves sobre esa obra. ¡Ardo en deseos de leerlas!»

«La guerra vista desde el sufrimiento. El soldado ya no es, como lo era en «Tempestades de acero», el hombre de acción, sino el individuo sometido a la disciplina, amenazado por la muerte y expuesto al dolor.»

«Oigamos a Jünger:

[ante la velocidad de la vida moderna]… En la literatura es el diario el mejor medio. Y, además, es el único diálogo posible que subsiste en el Estado totalitario.

Mi sintonía con Jünger se confirma con esta lista, que él mismo nos da, de algunos de sus autores más admirados:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y sobre la literatura y los escritores:

Una frase sin tacha causa, desde luego, efectos que van mucho más allá del placer que en sí misma proporciona. En la plasmación de una de esas frases está viva, aunque el lenguaje envejezca, una distribución de luz y sombra, un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas.

Dejando clara su creciente desconfianza ante la política:

Dentro del ser humano es donde es menester que se desarrolle un nuevo fruto, no en los sistemas.

Tal vez es el Jünger escritor, reflexionando sobre su quehacer literario, aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras sobre una de las facetas del proceso de la escritura, sin añadir ni quitar nada:

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Un primer párrafo arrebatador suele preceder un buen libro.

He estado revisando mis cuadernos de lecturas para reunir unos pocos de esos arranques inolvidables que me impresionaron. (Los reproduzco en la lengua en que los leí, junto a su traducción cuando es el caso):

Léon Bloy, Méditations d’un solitaire en 1916. Ed. La part commun, 2010.

Oui, Elisabeth ton parrain est un solitaire et même un corbeau de nuit au sens de l’affreux mot grec nycticorax.

Cela signifie que je parle ou que je croasse dans les ténèbres au fond d’un dessert où ne viendront m’entendre que ceux qui se sont éloignés de tous les chemins de la multitude.

«Sí, Elisabeth, tu padrino es un solitario, y hasta un cuervo nocturno, en el sentido de la terrible palabra griega nycticorax.

Eso quiere decir que hablo o que grazno en las tinieblas, desde el fondo de un desierto al que solo vendrán a escucharme los que se han apartado de todos los caminos de las multitudes». (Traducción propia). 

Otro grito, casi una imprecación, del marginal, enfurecido y sarcástico Bloy.

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«Todo escritor debe llevar sus libros escritos en el rostro»

Leon Bloy, «Diarios»

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