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caos

En el principio era el caos

 

Cualquiera que tenga unas pocas docenas de libros descubre pronto la verdad de aquellas palabras que Borges escribió en Los Teólogos, una de las narraciones de El Aleph.

Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin.

Nunca he olvidado ese lamento desde que lo leí, hace ya eones.

(Recuerdo bien Los Teólogos, ese relato que arranca con unos dramáticos ablativos absolutos: Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras… Pero esa es otra historia).

Hay, empero, otra oración posible, parafraseando la de Borges, como he podido comprobar estos días. Es esta:

«Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de hospedar algunos libros indignos».

Pronto serán purgados, arrojados a las tinieblas o al fuego purificador de la estufa, que aún arde, en vista del veleidoso marzo.

Esto va de libros y bibliotecas y bibliofilia, esa manía de la que no tengo ningún interés en curarme. Mejor dicho, va de unos libros, una biblioteca y una bibliofilia particulares: los míos. Quién sabe si aireando mis anaqueles y sacudiéndoles el polvo a montones de volúmenes que han ido creciendo, casi inadvertidamente, a lo largo de muchos años, acompañándome por muchos países y muchas casas en las que he vivido, no rescataré del olvido vivencias, casos, personas, amoríos, desgarros y remiendos, retazos, en fin, de mi vida, que merecen mejor suerte que la de permanecer arrumbados en un inhóspito e invisible baúl. Los libros, como la música, tienen gran poder de evocación y de entre sus páginas saltan a veces trozos de pasado y se echan a volitar por la estancia, como mariposas, o se nos agarran a la piel como garrapatas; nos lo asegura Borges (otra vez él, y no me lo había propuesto) en su poema Las cosas.

Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada

Abriendo libros, librillos y libracos que habían estado cerrados por lustros han salido, es verdad, muchas cosas: Continuar leyendo…

carteetterrotoireEstoy terminando de leer La carte et le territoire, del archicélebre, aclamado y premiado escritor Michel Houellebecq.

Me encuentro de súbito ante una breve escena de corte innegablemente gore, aunque no demasiado subido de tono. Al leerla no he podido evitar pensar en la escena gore que introduje en mi novela Tulipanes y delirios y en ponerme a pensar —con alguna ligereza por ahora, lo admito de entrada— en el papel del gore (y de la deformidad, de alguna manera), en la literatura. Como primer elemento de reflexión, se me ha ocurrido poner lado a lado (bueno, uno encima de otro) los dos fragmentos.

En ambos casos, la escena la cuenta un narrador testigo. En la novela de Houellebecq es un policía que no es el protagonista de la novela, sino un narrador de los que los narratólogos llaman homodiegéticos / «yo testigo». En mi novela la escena la refiere el protagonista, o sea que se trata de un —agárrense, que viene curva— narrador autodiegético (por su posición en la narración), intradiegético (por su situación respecto a la historia) y «yo protagonista» (por el punto de vista y el tipo de información que da). ¡Ustedes perdonen!

La decisión de introducir un pasaje de «casquería» en una novela, no es fácil para ningún escritor, a menos que se dedique al género, que no es el caso en estos ejemplos. Los motivos que haya podido tener Houellebecq podrían resultar ser más escabrosos de lo que parecen a primera vista. Su escena describe la matanza —la carnicería, a decir verdad— que un asesino ha cometido con su víctima, que no es otra que el propio Houellebecq, quien en esta novela ha decidido ficcionalizarse a sí mismo, dedicándose, por cierto, un buen montón de páginas. ¡El demiurgo ha querido inmolarse de una manera espectacular!

En Tulipanes y delirios la escena sirve para ejemplificar, de forma desnuda, la cruel y reservada personalidad de uno de los personajes, del que hasta ese momento los lectores sólo habían tenido apuntes y que aquí les muestra “todo su potencial”, pero también para establecer un apesadumbrado paralelismo entre el «gore físico» de la escena y un cierto «gore moral» que impregna toda la novela, no tanto en el plano de los personajes, considerados uno a uno, cuanto en el microcosmos que conforman todos ellos juntos. Después, claro, compete al escritor conseguir que toda esta morralla tenga la suficiente dignidad literaria para ser aceptable por el lector normalito (los lectores tarados, que los hay, son cosa aparte).

Ofrezco unas fotos del texto original, para quien prefiera leerlo en francés, y la traducción que he encontrado de ese fragmento (obra de Jaime Zulaika). Continuar leyendo…

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Ella dijo «Tenemos que hablar» y él empezó a despedirse mentalmente de la casa, el coche, los niños y el perro.

Presciencia (Nanorrelato)

Los adioses

29 noviembre, 2014 — 2 comentarios

decir-adiós

Nada más escribir el título de estas notas caigo en la cuenta de que hay una sinfonía de Haydn, la 45, que es conocida, precisamente, como la Sinfonía de los adioses. En ella, durante al adagio final, cada músico recoge su atril, su partitura y su instrumento y va abandonando el escenario, quedándose al final tan sólo dos violines. Cuentan que con este arreglo de cosas, Haydn quería mandarle un recadito a su mecenas, el príncipe Esterházy, quien habia estado reteniendo a los músicos mucho más tiempo del que habría sido prudente en su residencia de verano y estos, y el propio Haydn, estaban ya un poco hartos.

Pero esto ha sido una digresión antes de hora, porque yo quería hablar de otros adioses, de esos que, a lo largo de nuestra vida, vamos diciendo, a veces sin darnos cuenta, a medida que hacemos cosas por última vez, que cerramos carpetas que ya nunca han de abrirse, marcamos números de teléfono que jamás volveremos a componer, estrechamos una mano hasta el fin de los tiempos, damos un beso que no habrá de repetirse.

Son, por tanto, gestos finales y, como tales, grandiosos, pero solo a partir de cierta edad empezamos a ser conscientes de ellos, y ni siquiera lo somos de todos.

Donald Justice

Donald Justice

Donald Justice, en un apabullante poema, nos recuerda que a partir de cierta edad aprendemos a cerrar con sigilo esas puertas que no hemos de volver a abrir.

Men at forty / Los hombres, a los cuarenta, 
Learn to close softly / Aprenden a cerrar con sigilo
The doors to rooms they will not be / Las puertas de los cuartos a los que
Coming back to. / Ya nunca volverán .

At rest on a stair landing, / De pie en el rellano de la escalera,
They feel it / Lo notan ahora
Moving beneath them now like the deck of a ship, / Moverse bajo sus pies, como a bordo de un barco,
Though the swell is gentle. / Aunque es suave el balanceo.

And deep in mirrors / Y en el fondo de los espejos
They rediscover / Descrubren otra vez
The face of the boy as he practices trying / El rostro de aquel niño que en secreto practicaba
His father’s tie there in secret / Cómo anudarse la corbata de su padre

And the face of that father, / Y el rostro de su padre,
Still warm with the mystery of lather. / Tibio aún por la espuma misteriosa.
They are more fathers than sons themselves now. / Ahora son ya más padres que hijos, estos hombres.
Something is filling them, something / Algo los inunda, algo

That is like the twilight sound / Que es como el crepuscular canto
Of the crickets, immense, / De los grillos; algo inmenso
Filling the woods at the foot of the slope / Que llena el bosque al pie de la colina
Behind their mortgaged houses. / Detrás de sus casas hipotecadas.

(Traducción propia)
En nuestra lengua Borges lo expresó con una fría lucidez (la suya, la de siempre) que roza la crueldad, en su inolvidable Límites:
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
(J.L. Borges, El hacedor) (Cuatro años después, en El otro, el mismo, vuelve sobre el tema con otro poema de igual título).
Este tema aparece también en mi última novela, Tulipanes y delirios:

De repente me pareció caer en la cuenta de algo. En los últimos seis meses la gente se me estaba despidiendo mucho. Era como si se hubiese desatado una estampida y la llanura retumbara con miles de cascos de bisontes, tapatún tapatún, huyendo despavoridos, pero sin saber adónde ni por qué. Ahora Rodolfo, pero un par de semanas antes Alain Daudet, el huesudo semiólogo francés que no leía libros, sino sólo «textos», y que un día —¡capullo!— había intentado sin éxito levantarme a Hermien (pero a Hermien no le gustan los huesudos, aunque sí los chalecudos tincudos, maldita puta de mierda), y no mucho antes Federico —al que yo llamaba Federense o «el fodido Federense»—, con su aire antiguo y polvoriento de mancebo de colmado metiendo alubias pintas en cucuruchos de papel de estraza, y el peruano Jaramillo, que de día hacía colgantes de hojalata y de noche chapas en los urinarios de Sarphati Park con viejos decrépitos y purulentos, «que para algo tengo un miembro colosal. ¿Que no me lo has visto, Genio?», me decía cada dos por tres. Creo que no había caído en la cuenta de la traicionera mella que esos adioses iban haciéndome, pero el de Rodolfo materializaba todas esas despedidas anteriores, que me habían parecido humo blanco y pasajero y ahora, de golpe, cobraban peso. ¿Por qué? Alain, Jaramillo o el fodido Federense no eran casi nada en mi vida. Los había tratado muy poco, unos breves momentos en contadas ocasiones: una cerveza en la barra de un bar, un café rápido al encontrarnos por la calle, un porro en alguna casa flotante de Jacob van Lennepkade. Alain contándome su tristeza («Déjame que te platique…», decía tras sus años en México) porque su mujer lo había plantado y después pidiéndome veinte florines, que me devolvería en dos o tres días; Jaramillo, que se volvía a Lima con la flor de la canela en el culo horadado por hordas de bujarrones y su colosal badajo colgón tolón colgando entre las piernas, como el rabo de un chucho cobardica, porque Europa no era lo que le habían contado.

Rodolfo seguía callado, concentrado en su cerveza, sin perder su sonrisa jocosa de capibara lascivo, y esas despedidas recientes me fueron trayendo a la memoria una impetuosa riada de personas que habían ido pasando por mi vida. Entonces pensé que la vida es como un gran lienzo que van rellenando cientos de pintores. Algunos tienen una parte importante en la composición del cuadro y su huella es visible y enérgica; pero muchos otros, la mayoría, en realidad, son como fantasmas fugaces que aparecen un buen día, toman el pincel, trazan una línea, una mancha o una sombra y después, sin quedarse a ver el resultado final, desaparecen para siempre.

¿Dónde estarán ahora Alain el flaco, Federense el anticuado o Jaramillo el coloso tolón? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué trazo pinté yo en sus lienzos?

Ni que decir tiene que, tras todo lo dicho, no voy a decir adiós. Sólo hasta luego

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E-book disponible en: Amazon, Kobo, Leer-e, SB ebooks

Videoclip de la novela:  http://youtu.be/VDmnRbW0Xps

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Daría mucho por tener a alguien a quien dirigirme, pero no lo tengo. Así están las cosas en mi vida.

Me consuelo pensando que, al menos, tengo tiempo y hasta un cierto sosiego del que no he gozado en los últimos siete meses. Sé que es un sosiego de saldo, despreciable y resignado, de quien no puede ya tener otra cosa, pero estoy aprendiendo a disfrutarlo. Poco más me queda ya.

No sé cómo ni cuándo empezó a derrumbárseme todo. Uno nunca sabe con qué va a encontrarse al doblar una esquina, qué nos acarreará decidir un día echarse a la calle en lugar de quedarse en casa, o cómo cambiará para siempre nuestro destino por llegar tarde a una cita o no descolgar un teléfono a tiempo. Tal vez la cornada de Hermien (¡cómo me dolió!) señaló el inicio del desastre. A partir de ahí mi vida empezó a desarbolarse y a rodar por pendientes crueles y sórdidas; de repente me vi rodeado de abandonos, de muertes y de un incomprensible vacío del que ya no sé cómo salir.

Pienso en estos últimos meses de horror y despropósitos y empiezo a tener miedo de volverme loco, pero me dicen que contar lo sucedido me ayudará a sortear ese peligro. He decidido intentarlo.

¡Va por Santos y por Sabine! Aunque ya no estén aquí para escucharme.

1

«Solemne, el rollizo Santos Cea acallaba con su vozarrón al grupo de ociosos habituales, sentado a horcajadas sobre la banqueta con la cabeza erguida, como ofrendando el garguero a quien quisiera rebanárselo, y el antebrazo izquierdo apoyado con desparpajo sobre el largo mostrador de El Relicario, un nombre de tronío, aunque su dueño fuera gallego».

Así empezaba mi relato de lo que pasó aquel día, un día cualquiera de la vida que llevábamos en Ámsterdam, remedando el arranque del Ulises, porque siempre me ha encandilado la rotundidad burlona de su primera frase: «Stately, plump Buck Mulligan…», y lo estrafalario de un gordinflas en camisola con un cuenco de barbero y una brocha, jugando a ser un cura oficiando la misa, y porque eso, precisamente eso, era lo que hacía Santos Cea: «oficiar» a la menor ocasión; de sumo sacerdote, de gobernador de Barataria o de archipámpano de las Indias, qué más daba. Estoy usando sus palabras: «¡Sacerdote de las ideas, sacerdote de las ideas!», aullaba de sí mismo; otras veces ululaba hinchando las venas del cuello: «¡Os convido a mi casa a un festín de conceptos, hijos de la gran puta!», pero nunca pasaba nada, ni se movía de la banqueta, ni nadie le hacía caso.

Nunca terminé ese relato y si lo empecé fue sólo porque Ernesto Rangel prometió pagarme por él, pero cuando llegó la hora de concretar cuánto y cuándo, todo se quedó en agua de borrajas, como debía haberme imaginado desde el principio, conociendo al tipo: Rangel, un locutor de las emisiones en español de Radio Nederland, con quince años en el país (es lo primero que se pregunta cuando te presentan a alguien aquí), que andaba haciendo méritos para ver si lo ascendían a redactor y había presentado una propuesta de programa en el que contaría anécdotas de la vida de los hispanohablantes en Holanda. Un locutor mediocre y a la antigua, con la voz engolada y la dicción meliflua y pretenciosa, haciendo las uves labiodentales para distinguirlas de las bes, oír para creer, e incapaz de escribir por sí mismo ningún guion de calidad. Y además, un rácano, un mala leche y un engreído. Tendría que haberlo mandado a la mierda en cuanto me propuso lo de escribirle un guion para su Un día en Ámsterdam. «Y después de este habrá otros, Genio, ya verás. Podrás ser un guionista fijo de mi programa, ¿eh? ¿Qué te parece?».

Bueno, pues eso, que me dio por empezar como en el Ulises, pese a que Santos Cea no era rollizo, sino de constitución normal, excepto por unos brazos inusitadamente largos, aunque uno acababa por acostumbrarse y al poco tiempo ya no se notaba esa rareza simiesca. Tenía el rostro afilado, pero bien proporcionado, aunque no estoy seguro de lo que quiero decir con esto, porque si se prestaba atención podía apreciarse que, desde determinados ángulos, el afilamiento dejaba entrever una cierta cuadratura en su cara, que le confería una virilidad algo tosca, muy en contraste con la parte refinada, casi dandi, de su personalidad, la cual, por cierto, desaparecía del todo cuando bebía, dando paso a una zafiedad casi brutal; pero en todo caso no era la cara alargada y equina del rollizo Buck Mulligan.

Sobre sus aires dandescos o dandinos, o sea, de dandi, yo le dije una vez que parecía que se dedicaba a imitar al Des Esseintes de Huysmans y él me contestó todo alborozado: «Muy bien observado, Genio, muy fino, muy agudo. ¡À rebours, à rebours!». Tenía que haberme imaginado que mi pullita no sólo no lo iba a ofender, sino que, por el contrario, lo envanecería. Pero en aquel tiempo yo conocía poco a Santos, y si le hacía más caso del que me apetecía no era por él, sino por su novia de entonces, la zumbona curazoleña Mirena San Diago, bailarina de jazz, que tenía unas nalgas jubilosas y me reía las gracias. Yo la galanteaba y le bailaba el agua.

En El Relicario se sentaba siempre en el mismo sitio, al fondo de la barra —me refiero a Santos—, controlando desde la distancia la puerta del bar, las entradas, las salidas, y a la quinta o sexta copa se volvía rígido y hierático, y la voz se le ahuecaba. Parecía una cariátide, y si la borrachera avanzaba o se enfadaba más de la cuenta, se le pinzaban los músculos faciales y entonces parecía una gárgola satánica.

Cuando llegué aquel día (fue hace más de seis meses, pero recuerdo los detalles), ya había entrado en la fase de gárgola. Aferraba el largo vaso del gin-tonic en el que flotaban, tintineando, enormes cubitos de hielo, que él llamaba peñascos ―«Un gin-tonic con peñascos, Angelona!»―, y vociferaba sin cuento.

—Tienes una mierda de bar, Ángel. Un tabernucho de tres al cuarto. No sé ni por qué vengo. Bueno, sí lo sé. Porque yo soy el pontífice de este tabernáculo. El pon-tí-fi-ce. ¿Te enteras? ¿Tú sabes lo que es un tabernáculo, Ángel? ¿Y tú, Pelícano? Ni puta idea, ¿no? Sois basura, escoria, inmundicia infecta. Me avergüenzo de ser compatriota vuestro. Sois unos garrulos insoportables, ¡emigrantes de mierda!

Santos, borracho. Bueno, nada nuevo. Pero lo que pasó después nos pilló a todos desprevenidos.

El tal Tate, un rubiasco joven con cuerpo de adonis, que no pasaría de los veinticinco, que había aparecido por Ámsterdam hacía poco y del que ninguno sabíamos nada, excepto que era de pocas palabras y que nunca buscaba compañía ―hosco mochuelo de arcangélica cabeza aurífera orlada de bucles―, se levanta de su taburete para ir al servicio. Cuando pasa a la altura de Santos, este lo detiene poniéndole la mano en el pecho y con los ojos ya algo vidriosos declama a voz en grito: «¡Secuéstrame! Yo te concedo ese derecho y callo enamorado. ¡Que de tu recto falo de mármol inextinto la líquida y espesa soberbia me alimente!» Y mientras recita, baja la mano hasta la entrepierna de Tate, le agarra el paquete y se lo frota a mano llena.

Tate retrocede un paso, grita un no-me-toques-mariconazo y con una furia que nos sorprende a todos le estampa un puñetazo en los morros que lanza a Santos hacia atrás y lo hace caer con estrépito sobre el suelo de madera. En el vuelo —porque voló—, oímos su cabeza golpearse con la esquina del mostrador y nos temimos lo peor, pero no hubo nada, excepto sus gemidos de dolor mezclados con sus carcajadas y la sangre que manaba de los labios, la nariz y la encía superior, de la que colgaba un diente suspendido por un delgado y retorcido cordón de carne.

El Tate —o simplemente Tate, porque de las dos maneras lo conocíamos— se quitó de en medio enseguida, sin esperar a ver en qué acababa todo, lo que nos hizo pensar que no tenía papeles o que podía tener cuentas pendientes por las que lo andarían buscando, y todo lo que oliera a lío lo ponía nervioso. Pelícano, mirando a Santos con odio poco disimulado, dijo que le estaba bien empleado por maricón, pero Ángel, mientras lo ayudaba a levantarse, dijo que de eso nada, que le gustaban las mujeres como al que más, pero que era un salido y cuando se emborrachaba le daba igual ocho que ochenta.

—Pues eso, maricón, pero disimulando, aquí el catedrático —sentenció Pelícano, mientras dejaba cuatro florines sobre el mostrador y se marchaba airado, como si lo hubieran ofendido a él.

—¡«Catedrástico», no catedrático, Pelícano hijo de puta! ¡Que te jodan! —le gritó Santos entre espumarajos y coágulos sanguinolentos, mientras seguía apoyado en Ángel, el de níveo semblante ―«¡Qué buena eres, Angelona!»―, intentando recomponer la figura. ¡Bah! Inútil. Demasiado borracho.

Me lo vi venir y acerté. Acabé acompañando a Santos a su casa, in quintum coñum, como él decía, en Ámsterdam Norte, porque Santos sólo me aceptaba a mí para esos menesteres menestrales, y yo aceptaba encargarme de ellos por una extraña devoción que había ido desarrollando hacia el tipo; algo filial, supongo, una especie de sentimiento del deber hacia un colega alfabetizado, en aquel extraño y espurio engrudo de la emigración española en Ámsterdam. Dos infiltrados, dos purulentos granos en el culo, dos corpúsculos extraños y sin embargo aceptados por todos como parte de la colonia, a pesar de la estridencia que éramos y que se hacía evidente en cuanto se nos observaba durante unos minutos con un poco de atención.

En el taxi le pregunté qué era eso del mármol inextinto. «Sonoridad, Genio. En las palabras hay que buscar siempre la sonoridad y el brillo de los metales, de las trompetas y las fanfarrias, pífanos y malaquitas. ¡Tatachán! ¡Viva Rubén!», me contestó con la lengua espesa antes de caer dormido del todo.

Entre el alcohol y el puñetazo, Santos estuvo manso, en plan cabestrón bonancible, así que tardé poco en echarlo en la cama, quitarle los zapatos y salir de su guarida, que estaba bastante desastrada desde que Mirena lo había dejado tres meses antes.

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