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Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

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En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…

Dos grandes rusos

9 marzo, 2014 — 2 comentarios

Atinadamente, observa Ernst Jünger en el tercer volumen de su autobiografía, Radiaciones (1965-1970), que los personajes de Dostoievski carecen de cualquier relación con la naturaleza.

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Tolstói

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Dostoievski

Dado que el mundo se divide en Dostoievskistas y Tolstoianos, podemos decir que ese es otro asunto que separa a ambos escritores, porque la naturaleza tiene un peso descomunal en Tólstoi y en sus personajes.

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? ¿A León o a Fiódor?

Algún día escribiré algo sobre el asunto, que tiene mucha miga. Por ahora, aquí dejo el enlace a un relato breve que escribí sobre este tema. (La nota biográfica que precede al cuento ya no es correcta: mi primera novela ya se publicó y la segunda está terminada y parece que no tardará en publicarse).

http://www.malagahoy.es/article/ocio/1337740/los/partidarios.html

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Alexander Herzen

Mi comentario anterior iba de adúlteras. Las lecturas de Anna Karénina y Madame Bovary me han hecho recordar las impresionantes páginas que leí, hace años, en las  memorias de Alexander Herzen (ruso, a pesar de su nombre) que se titulan, en inglés, My past and thoughts. Son unos cuantos volúmenes y en uno de ellos, que fue el primero que abrí, al azar, cuando me compré la obra, me di de bruces con una extraordinaria narración de su dolorosa cornificación, de cómo y por qué (pero en esto último, ¡ay y mil veces ay!, se engañaba a sí mismo) su amada esposa se lio con un poetastro (creo recordar) y lo coronó, no de espinas, sino de astas.

La narración -un largo mugido literario, como preso de un extraño síndrome de Estocolmo- que hace Herzen me tuvo en vela toda la noche, sin poder dejar la lectura hasta que la terminé. Voy a releerla estos próximos días y espero dar más cumplida cuenta de ella. Creo que interesará a muchos.

Adúlteras

3 enero, 2014 — 1 Comentario

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El premio concedido a Víctor Gallego por su traducción de Anna Karénina (publicada en Alba minus), me sirvió de pretexto para volver a zambullirme en esta inmensa novela (e intentar luego un harakiri por no haberla escrito yo), que había leído cuando muy joven e inexperto, sin enterarme ni de la mitad de cuanto me he enterado ahora. Y es que, claro, haber tenido tiempo de vivir en persona el cornerío desde dentro, desde fuera, de perfil y de soslayo, de haber sido víctima, victimario, espectador, narrador, narratario, corneador y empitonado, y de haber desempeñado todos los demás papeles que suelen darse en estos dolorosos sainetes, da tablas y hace escuela.

Y ya metidos en harina, en cuanto terminé Anna Karénina (AK) me leí en otro arreón Madame Bovary (MB), la otra gran adúltera de la literatura moderna (con el permiso, como me recordaba una amiga sabia y leída, de La Regenta, de la que me estoy ocupando estos días). Como la cosa iba un poco de comparaciones, en lugar de volver a leer el texto en francés agarré una vieja traducción hecha por Carmen Martín Gaite, ya que, para mi eterna desgracia, no sé ruso y no era cosa de leer a Flaubert en directo y a Tolstói a través de su vocero, pues la comparación se habría resentido. Continuar leyendo…

Sería fascinante trazar, o mejor, recorrer, las mil y una formas en las que la literatura se ha ocupado de la muerte. Además, seguro que alguien lo ha hecho ya. Si, como nos dijeron los Beatles, alguien tuvo la estúpida paciencia de contar los cuatro mil agujeros que había en Blackburn, Lancashire,…

I read the news today, oh boy / four thousand holes in Blackburn, Lancashire,

…¿cómo no iba a haber alguien que se interesara por algo así? La muerte y la literatura. Ahí es nada. Bagatelas. (Una vez, en la barra de un bar, alguien discutía desaforadamente con otro parroquiano sobre la justeza de no sé que tarjeta roja en no sé qué partido, y, encendido de furia, me pidió opinión, a mí, que solo pasaba por allí. «Pura bagatela», dije, por decir algo. «Eso es, ¡vaya tela!», soltó el agraviado hincha, recorfortado por haber obtenido apoyo).

Mi anterior entrada ya mencionaba la muerte de Don Quijote (esa que Nabokov vio como una rendición y una apostasía). Lo cierto es que nuestro inolvidable hidalgo no intentó escapar de ella.

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte.

Así de lacónico reconoce Don Quijote lo que está por llegarle, y es el telúrico Sancho Panza quien, no comprendiendo que alguien en su sano juicio pueda dejarse morir, lo exhorta:

—Ay […] No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie lo mate…

Saber, y aceptar. Saber cuándo llega la hora, y acatar la orden. De esto, la literatura, la buena, está llena. En Las tres muertes, del genial Tolstói, un mozo de postas agoniza en la cocina, ¡y sabe!. Una mujer le pregunta con ternura si le pasa algo, y él responde: «La muerte está aquí, eso es lo que me pasa».

Acabo de terminar la lectura de Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. La historia de la vida de Franz Biberkopf, termina (¿alguien lo dudaba?) con su muerte, y Döblin se emplea a fondo en esas páginas (las negritas son mías):

Está echado en la cama, en el pabellón de vigilancia especial, llegan los médicos y mantienen su cuerpo; entretanto, ha palidecido más aún […] Lo que había en él de animal corre ya por los campos. […] El alma de Franz está devolviendo sus semillas vegetales».

La Muerte ha empezado su lenta, lenta canción. […] canta la Muerte. «Ha llegado el momento de aparecer a tu lado».

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Alfred Döblin

O sea, que Franz Biberkopf sabe. Y para que no haya dudas, el narrador, haciendo hablar a la Muerte, remacha:

«Estoy aquí y debo hacer constar que quien está aquí echado, ofreciendo su vida y su cuerpo, es Franz Biberkopf. Dónde está, lo sabe, y tambien adónde va y lo que quiere». 

Pero la muerte no es una mecánica cumplidora de órdenes ni un ciego destino. Tiene razones. Filosofa. Explica:

«Sí, tienes razón, Franz, al querer venir conmigo. ¿Cómo puede prosperar un hombre si no busca a la muerte? […] Toda tu vida te has preservado. Preservar, preservar, ese es el temeroso deseo del hombre, y por eso se queda en el sitio y no avanza. […] Yo soy la vida y la verdadera fuerza, y por fin, por fin no tendrás que preservarte».

Y cierra sus admoniciones recordándonos algo obvio, pero a menudo olvidado:

«[…] la vida sin mí no vale la pena».

En mi novela Una callada sombra, también hay algunas muertes. En una de ellas, la víctima se encuentra frente a frente con su victimario, y de repente sabe, y comprende, y acepta:

Sí, lo recordaba todo hasta el más mínimo detalle. Blasco levantó una mano hasta la altura del corazón, como protegiéndolo de la bala que estaba a punto de llegar, pero enseguida bajó el brazo y se quedó quieto y entregado, como entendiendo la inutilidad de cualquier defensa. En sus ojos había un brillo húmedo y cansado. Después bajó la cabeza. Y entonces resplandeció un fogonazo y se oyó el estallido seco y metálico que anunciaba su fin. Mientras se guardaba de nuevo la pistola en el bolsillo, Blasco dobló las rodillas y luego cayó para atrás. Puede oler la sangre caliente. La mancha roja empapa la camisa y se extiende con rapidez por el pecho y la mano que lo palpa, como queriendo taponar el agujero por donde se le va escapando la vida.

¿Qué por qué me ha dado hoy por hablar de la muerte? Bueno, siempre es menos penoso que hablar de Bárcenas o de los ERE de Andalucía, que son otras formas de muerte, pero menos heroicas y nada memorables.