ULISES. Anotaciones de la admiración

30 julio, 2015 — 9 comentarios

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Nota preliminar:

Las indicaciones de páginas se refieren a la siguiente edición: James Joyce. Ulysses. With annotations by Sam Slote, Trinity College, Dublin. Alma Classics, 2012.

A los traductores al español los identifico a veces por las siguientes abreviaturas:

SS: J. Salas Subirats

JMV: José María Valverde

GT/VL: Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns

The snotgreen sea. The scrotumtightening sea. (Pg. 6)

SS: El mar verde moco. El mar escroto galvanizador.

JMV: El mar verdemoco. El mar tensaescrotos.

GT/VL: El mar verdemoco. El mar acojonante.

Morel: La mer pituitaire. La mer contractilo-testiculaire.

Celati: Mare verde caccola. Mare scroto-costrittore

Bindervoet / Henkes: De snotgroene zee. De scrotumspannende zee.

Sirvan estas dos frases yuxtapuestas para decirnos, desde el principio, que el Ulises de Joyce es un majestuoso templo del lenguaje y que tan aventurado es leerlo —quien pueda— en el original, como en una traducción. El segundo caso le añade al lector concienzudo la gravosa carga de decidirse por una, lo que no debería hacerse a la ligera.

Pero esto de arriba se me ha colado, porque yo quería empezar por una comparación que se me ocurrió el otro día:

Ulises es como la música de Debussy, quien creó su magia desechando las consabidas escalas mayores y menores, para recuperar las de tonos enteros y las pentatónicas: como Debussy descoloca al oyente, así descoloca Joyce —que moldea el inglés como si fuese dócil arcilla (pero cuánto trabajo hay detrás)—  al lector, incluso a aquel que ya ha llegado prevenido sobre lo que le aguardaba.

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«Ulises puede no gustar, pero después de ella ya no se soportan las demás novelas».

Este pensamiento de Cioran, en verdad terrible para un novelista, resume con precisión quirúrgica una de las muchas cosas (sensaciones, ideas, sentimientos, frustraciones, deseos, nostalgias…), a veces ansiogénicas —pero de esas ansias deseadas y buscadas—, que me produce la lectura de esta novela invasora e incesante. Digo «me produce», en presente, porque desde la primera vez que la leí ya no he dejado de hacerlo: varias ediciones en inglés; casi todas las traducciones hechas al español (la más reciente, de Marcelo Zabaloy, me está llegando estos días desde Buenos Aires) y que me divierte comparar; la fastuosa de Auguste Morel al francés; la prescindible de Celati al italiano y, justo estos días, la prometedora de Erik Bindervoet y Robert-Jan Henkes al neerlandés.

 Textos de placer, textos de gozo

La colosal novela está siempre en mi mesilla de noche y de vez en cuando la abro al azar y leo unas pocas páginas, o tan solo unos párrafos, sin que jamás me haya cansado  de hacerlo y sin dejar de descubrir cada vez algo nuevo, algo gozoso, antes inadvertido.

——— Me detengo un instante sobre lo de «gozoso» y me viene a la cabeza la conocida obra de Barthes El placer del texto, donde nos propone su interesante distinción entre textos de placer y textos de gozo.

Los primeros, los textos de placer, contentan y calman, provienen de la cultura, sin romper con ella y permiten una práctica confortable de la lectura. Los textos de gozo son otra cosa, porque ponen al lector en una situación de derrota, lo desmoralizan (incluso lo llevan a veces a bordear el aburrimiento), sacuden sus fundamentos históricos, psicológicos y culturales y, por si no bastara, ponen en crisis su relación con el lenguaje mismo y, por lo tanto, con el hecho mismo de la lectura. Son, en definitiva, textos desquiciantes o con gran potencial de serlo. El placer, añade Barthes, es decible; el gozo, indecible.

Tengo al Ulises por un texto de gozo, aunque leyéndolo nunca me he sentido derrotado ni desmoralizado, pero sí todo lo demás, incluido ese bordear ocasionalmente el aburrimiento, y no por defectos de la novela, sino porque ninguna lectura literaria es lineal ni unívoca ni idéntica a la anterior de un mismo texto, y menos aún la de una obra casi milpaginaria. La lectura está sujeta a los avatares del estado de ánimo de cada momento, a la concentración, a la propia memoria, que puede tener más o menos vivo el recuerdo de lo leído anteriormente, y a tantas otras circunstancias.

ulysses6La relectura

Por eso, precisamente por eso, la importancia de la relectura es tan grande; porque, a diferencia de la pintura, que nos permite contemplar la totalidad de la obra de un solo vistazo, para después poder recrearnos en los detalles, la literatura —como la música— no permite esta primera apropiación de la obra en su conjunto. Aquí debemos ir paso a paso, partiendo de los detalles y de las particularidades, hasta llegar a poder contemplar la obra en su totalidad, lo que sólo sucede al terminar la última oración. Sólo entonces podemos volver, gracias a la relectura, a lo particular, a los detalles, que ahora cobrarán más vida y valor al volverlos a ver/leer desde la atalaya del conjunto. Esta operación, tal vez prescindible en cuentos o novelas cortas, es irrenunciable en novelas de este porte.

Leer Ulises una sola vez es una operación muy próxima a no haberlo leído jamás.

¿Es esto una mala noticia?

Si tal se piensa, lo mejor es no leerlo nunca. No se apagará el sol por ello y hay muchos otros grandes libros que leer.

Al ser admirador de la novela hablo de ella con frecuencia y he llegado a la conclusión de que es posible dividir al gentío en tres grandes grupos: los que han leído Ulises, los que, sin haberlo leído, aseguran que es un timo y que no les gusta, y todos los demás. Recuerdo un programa de Dragó donde él y otros epatadores profesionales de entre sus habituales cortesanos arrojaban al cajón de los desperdicios, con mucha teatralidad y aspavientos, el Ulises, gritándole ufanos al mundo que a ellos no se la daba nadie con queso, ni tampoco Joyce con su patochada. Son muchos los miembros de ese curioso club de haters que, en el fondo, se sienten heridos en su amor propio, ora por no haberlo leído ora por haberlo intentado sin éxito. Los comprendo and I feel for them.

Luego, claro, están los más honrados, que han intentado leerlo y se han echado para atrás, pero reprochándoselo más a ellos mismos que a Joyce. Razones para hacerlo hay muchas y no delinque quien, aun siendo gran lector, renuncie a él.

 

Novela monstruo

«Mi maldita novela monstruo».

Así la llama el propio Joyce, sabedor de lo que había escrito, en una carta a su amigo Carlo Linati, para añadir acto seguido que se trata de «una epopeya de dos razas (israelita-irlandesa) y al mismo tiempo el ciclo del cuerpo humano, así como una pequeña historia de un día (vida)».

Dejaremos de lado el interesante emparejamiento entre lo judío y lo irlandés, que daría para todo un ensayito, y también que Bloom era judío (de origen húngaro), aunque a lo largo de la novela ese dato se presenta a menudo velado, incierto y queridamente confuso. Hay que llegar al penúltimo capítulo, construido como un impersonal interrogatorio de tonos algo kafkianos, para obtener muchos de esos datos biográficos sobre Bloom que se nos han ido escamoteando antes. (Sobre lo judío y lo irlandés podemos oír a Borges. aquí). 

Joyce adjuntó a esa carta un esquemita de la novela que ha sido objeto de mil y una exégesis, a cual más docta o pedante, y a partir de la que se han elaborado más y más esquemas. ¡Una verdadera mina para algunos académicos sexoangelistas!

En ellos se desmenuza la obra hasta llegar a niveles que se me antojan… innecesarios, por no usar términos más vejatorios. Cada capítulo tiene adscritos, según estos esquemas, una hora del día, un color, los personajes relevantes, una técnica, una ciencia o arte asociados, un órgano del cuerpo, un símbolo, unas correspondencias. Después, claro, están los incontables estudios, sesudísimos por lo general, sobre las relaciones entre el Ulises joyceano y la Odisea homérica. Mi consejo a quienes aún no se hayan lanzado a la aventura, pero piensen hacerlo, es que hagan caso omiso de todas esas zarandajas. La relación con la Odisea se ve, con sencillez, en el hecho de que la novela no es sino la travesía del protagonista, Bloom (Ulises), a través de una ciudad, Dublín (el tenebroso ponto), hasta llegar a su casa (Ítaca) donde lo aguarda su mujer, Molly (Penélope), que aunque infiel, casquivana y nada tejedora, sigue siendo su mujer y allí está cuando él vuelve. (Barbara Jedfford interpreta aquí el maravilloso monólogo interior de Molly, que cierra la novela)

De lo demás, sepan que el propio Joyce se mofó del asunto cuando decía, en esa misma carta, que había «metido tantos enigmas y rompecabezas que tendrá atareados a los profesores durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir…». Un coñón, el amigo Joyce.

Con esto no digo que no haya en la novela innumerables referencias de todo tipo, lingüísticas, culturales e históricas, que ofrecen al aficionado una enorme cantidad de pasatiempos adicionales para descubrirlas, descifrarlas y conectarlas. Lo que digo es que la lectura de la obra puede hacerse sin entregarse a esa labor de rata de biblioteca, dando por supuesto, claro, un nivel de cultura general aceptable.

—Defina “aceptable”.

—No quiero.

Ulises, como antes el Quijote, Gargantua… o Tristram Shandy, repudia el tremendismo (que luego será romántico) y se acerca a una humanidad mucho más a nuestro alcance. Por eso en el penúltimo capítulo, justo antes del largo monólogo interior de Molly, Leopold Bloom nos hace saber que el adulterio de su mujer tampoco era, después de todo, para tanto; era menos calamitoso que la aniquilación del planeta, menos reprensible que los robos de un salteador de caminos, menos grave que las estafas, la malversación de dinero público o la corrupción de menores, menos… etc.

Leo Bloom

Leo Bloom

Emoción

La grandeza que Ulises tiene para mí es la de haberme descubierto la indestructible empatía que me une a su protagonista, Leopold Bloom, Leo, Poldy, un inolvidable uomo qualunque: cornudo, infiel, mediocre, pas grande chose, agradable, lascivo, padre dolido, sufridor, culto a su manera, sensible, deseoso de agradar, de encajar, soñador, prosaico, vendedor, expatriado en su patria, ignorante, en realidad, de cuál es su patria… (¿No es la Tora la verdadera patria de los judíos, una patria portátil, como se ha dicho a veces?). Bloom es humano, muy humano, todo lo humano que se puede ser, asediado por dos penas que lo congracian con cualquier lector que no sea un canalla: la muerte de su hijito Rudy y la angustia ante los cuernos con los que su adorada Molly está por coronarlo.

¡Ah, sí, Molly! La hechicera gibraltareña, siempre encamada, ya por pereza, como el Oblomov de Goncharov, ya por voluptuosidad, como una Mesalina bonachona y sin verdadera malicia.

Poco a poco, el agrisado Bloom va adquiriendo una secreta grandeza ante nuestros ojos, gracias a la apabullante técnica literaria de Joyce y a un lenguaje increíble y obsesivamente cuidado hasta el mínimo detalle, simplemente grandioso. Su periplo por Dublín nos transforma, a los lectores (es la verdadera catarsis) una y otra vez; no hay manera de sustraerse a la atracción que la anodina vida de Bloom ejerce sobre nosotros, porque Bloom es como casi todos nosotros. A decir verdad nos asomamos en casi cada página a la revuelta vida interior del singular caballero húngaro-judío-irlandés, y lo hacemos yendo de la sorpresa a la risa, de allí al caos, a la perturbación, al asombro, a la complicidad.

El despliegue de técnicas narrativas es impresionante, apabullante, (hablo de algunas de ellas en otras entradas de este blog, como en El monólogo interior, ese alquimista), pero no es mi deseo detenerme en este asunto, aunque sería imperdonable no consignarlo.

Copio algunas de las anotaciones que hice tras mi primera lectura:

Ulises es un jovialísimo festival de palabras. Un templo y a la vez un teatro, un circo, donde el lenguaje se celebra a sí mismo, se congratula por existir, por ser. Esa alegría es contagiosa y el lector, al menos el lector con oído, es decir, aquel que no necesita forzosamente el andamiaje ni la excusa de una trama para disfrutar, se ve atrapado y hasta atropellado por ella muy pronto. De ahí, de ese amor, de esa devoción casi fanática por el lenguaje, la materia prima de la literatura, surge la musicalidad del libro. Pero el caso es que este lenguaje ensimismado, narcisista (a justo título), va tejiendo, casi a nuestras espalda —o ante nuestros incautos o hipnotizados oídos— una minuciosa urdimbre de vida y la ciudad y todos los innumerables personajes y los callejones y tabernas y colmados y barrios y escaparates y caballos y hospitales y garitos y oficinas y cementerios se nos aparecen de pronto como surgidos de la nada, con una viveza que nos deja admirados, embobados. Ese es el arte de Joyce.

Nadie ha llegado tan lejos, ni con tanta osadía y perfección, para apresar la intimidad y la complejidad de la vida como Joyce en Ulises. Eso sí, a costa de la trama, la famosa y totémica trama del canon más clásico de la novela, que no es que no la haya; la hay, pero no importa. Ante tanta belleza del lenguaje, tanta curiosidad morbosa por el espíritu y la mente de los personajes, ante la vida agazapada y a la vez bulliciosa de la ciudad y el mágico desplegarse ante nuestros ojos de las vidas y temperamentos de esos caracteres inolvidables, ¡inolvidables!, ¿qué importancia tiene que la trama haya sido disuelta y relegada al olvido?

Dificultad

Supongo que, hasta cierto punto, la dificultad que su lectura supone para muchos lectores, entre los que los hay buenos y muy expertos, tendrá que ver con esa prevalencia del lenguaje, por una parte, y con la lentitud narrativa de muchos pasajes, por la otra. También supongo que dicha dificultad tiene que ver con una asentada costumbre de leer novelas esperando que les pasen cosas a los personajes y que la acción avance con decisión en la dirección que sea. Se toleran algunas distracciones de este exigido avance incesante de la trama, siempre que no sean muchas ni muy largas. No se acepta con facilidad que, en novelas como esta, muchas cosas pasen justamente cuando no pasa nada, y que hay que encontrar el placer de la lectura en el fluir de las palabras, en los juegos de asociaciones que ellas crean, en el aturdido ensimismamiento de los pensamientos que flotan sin ir a ningún lado.

Ulises es un espectáculo de hipnosis verbal. Hay, en la lectura de obras así, un extraño componente místico que es menester aceptar de buen grado desde el principio, para no naufragar en el intento.

Pasajes memorables

Los hay, literalmente, a centenares y paso a compartir algunos, muy pocos, de los que más me gustan:

El arranque:

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressing-gown, ungirdled, was sustained gently behind him by the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned:

—Introibo ad altare Dei.

El humor, la ironía, a veces cruel, que recorren toda la obra, aparecen desde la primera línea. Los traductores al español nos ofrecen las siguientes versiones:

Salas Subirat:

Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó en tazón y entonó:

«Introibo ad altare Dei».

José María Valverde:

Solemne, el rollizo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

«Introibo ad altare Dei».

Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns:

Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:

«Introibo ad altare Dei».

¿La favorita de ustedes?

Curiosidad: Joyce emplea 43 palabras para lo que SS necesita 51, JMV 57 y GT/VL 56. Estos dos últimos han necesitado un 32% más de palabras que el texto original.

Yo quedé prendido de esta novela con las cuatro primeras palabras, Stately, plump Buck Mulligan, cuyo ritmo y sonoridad son inigualables e inolvidables, y creo que ninguna de estas traducciones consigue (tal vez no se pueda) emularlos con plena eficacia. Mi novela Tulipanes y delirios casi se abre con un homenaje descarado a este prodigioso comienzo:

Solemne, el rollizo Santos Cea acallaba con su vozarrón al grupo de ociosos habituales, sentado a horcajadas sobre la banqueta con la cabeza erguida, como ofrendando el garguero a quien quisiera rebanárselo […] remedando el arranque del Ulises, porque siempre me ha encandilado la rotundidad burlona de su primera frase: “Stately, plump Buck Mulligan…”

Mi admiración queda impúdicamente al descubierto.

El riñón de cerdo: (Para estos fragmentos he usado la traducción de GT/VL).

Al más humano Bloom

…le gustaba saborear los órganos internos de reses y aves. Le gustaba la sopa de menudillos espesa, las mollejas que saben a nuez, el corazón asado relleno…

Entra en la carnicería Duglacz a comprarse un apetitoso riñón de cerdo. Allí, entre salchichas y embutidos, hay una mujer que despierta su llama de lascivia, nunca extinta:

Un riñón rezumaba gotas de sangre en la fuente sauzalestampada. Esperó al lado de la chica […] Y una libra y media de salchichas Denny. Sus ojos descansaron en las vigorosas caderas […] Un buen par de brazos. Meneando la alfombra en el tendedero. Y bien que la menea […] Mr. Bloom señaló rápidamente. Para alcanzarla y caminar detrás de ella si iba lentamente, detrás de sus jamones rebullentes…

Aunque la sexualidad se ve contrastada con un naturalismo en bruto:

Manos sodagrietadas. Costrosas uñas de los pies también. Escapularios marrones pingajosos…

Para mí, el riñón de cerdo envuelto en papel que Bloom se echa al bolsillo mientras se ensimisma en la contemplación de las nalgazas de una vulgar maritornes dublinesa, es un símbolo tan poderoso y tan fecundo como la magdalena proustiana, y sin haberme puesto a meditar qué simbolismos adscribirle, siento, como lector, todo su irresistible poder: es el divino detalle de Nabokov; el «punctum», el efecto de realidad de Barthes; el latido animal de la vida, que tan apabullantemente nos endosa Ulises sin renunciar ni a un gramo de brumosa y oceánica poesía.

Todo un pasaje inolvidable donde casi olemos las vísceras de la carnicería, el olor dulzón y sazonado de la sangre, y sentimos en nosotros mismos la creciente erección que aquella jamona y sus meneos le provocó a Bloom, a quien calamos ya para siempre en una de las facetas que más lo contradistinguen.

 

Voyeur frustrado:

¡Pobre Bloom! Un conocido suyo, el pelma M’Coy, y un inoportuno tranvía privan a nuestro amigo de la celestial visión de un tobillo o una pantorrilla o incluso quizás de una liga. El soberbio pasaje trenza unas cosas y otras, deseo y obstáculos, a velocidad endiablada y nos tiene sin respirar esperando saber, solidarios con él, si Bloom verá por fin el cielo:

Mr. Bloom miró al otro lado de la calle al charrete parado ante la puerta del Grovesnor. El mozo cargaba la maleta en el pesebrón.

De pronto sabemos que hay una misteriosa mujer:

Ella permanecía de pie, a la espera, mientras el hombre, marido, hermano, como ella, se buscaba cambio en los bolsillos. Un abrigo con estilo con ese cuello vuelto, abrigado para un día como éste, parece de paño.

Sepamos algo más de la dama:

Qué postura tan distraída con las manos en esos bolsillos de parche. Como aquella encopetada cintura en el partido de polo.

Llegado aquí, Bloom (¿sospecha que es inalcanzable para él?) desparrama un poquito de irónico rencor:

Las mujeres todas a favor del espíritu de clase hasta que tocas el punto sensible. Bien está y bien parece. Reservadas a punto de ceder. Poseerla una vez le quitaría todo ese estiramiento.

—Estaba yo con Bob Doran, que pasa por una de sus rondas habituales, y con ése cómo le llaman Lyons Gallito. Justo allá en la taberna Conway estábamos.

Ahora somos testigos de cómo Bloom se ocupa, a la vez, de su amigo parlanchín y de la mujer atisbada:

Doran Lyons en Conway. Ella se llevó la mano enguantada al pelo. Entró Boto. A remojarse el gaznate. Echando la cabeza hacia atrás y mirando fijo a lo lejos con los párpados entornados vio la brillante piel del cervato relucir bajo el fuerte reverbero, el trenzado. Desde luego que hoy veo bien. La humedad en el ambiente da largo alcance visual quizá. Hablando de unas cosas u otras. Mano de señora. ¿Por qué lado se subirá?

—Y dijo él: “¡Qué pena lo del pobre amigo Paddy!” “¿Qué Paddy?” dije yo. “El pobrecillo Paddy Dignam”, dijo.

Qué pesado, ese M’Coy. Dejemos de prestarle atención. ¿Dónde irá ella?:

De campo: a Broadstone probablemente. Botas altas marrones con cordones elegantes. Pie bien moldeado. ¿Para qué tanto barullo con ese cambio?

Atención, cuidado ahora, pero… ¿y si hay alguna posibilidad?:

Me ve mirando. Ojo avizor por otro tipo siempre. Un por si acaso. Si una vela se apaga.

—“¿Por qué?” dije yo. “¿Qué le pasa?” dije.

Orgullosa: rica: medias de seda.

—Sí, dijo Mr. Bloom.

Joyce nos aprieta las clavijas. De la primera persona (“dije yo” – habla Bloom) saltamos sin tregua a la tercera persona, al narrador exterior (“dijo Bloom” –habla el narrador externo).

Se echó un poquito hacia la cabeza hablante de M’Coy. Se va a subir dentro de nada.

—“¿Qué qué le pasa?” dijo. “Que está muerto”, dijo. Y, se lo juro, ya colmó la copa. “¿Quién, Paddy Dignam?” dije. No daba crédito a mis oídos. Estuve con él el viernes pasado o fue el jueves en el Arch. “Sí”, dijo. “Se ha ido. Murió el lunes, pobre hombre.

¡Atención! ¡Atención! Chispazo de seda ricas medias blancas. ¡Atención!

Un pesado tranvía tocando el gong viró por en medio.

Me la perdí. Condenado chato ruidoso. Se siente uno que le han quitado la miel de los labios. Paraíso y Peri. Siempre sucede lo mismo. Aquella chica en un zaguán de Eustace Street fue un lunes ajustándose la liga. La amiga tapando el espectáculo.  Esprit de corps. Vaya.

¿Cómo no solidarizarse con Bloom? ¿Cómo no entenderlo? ¿Cómo no embelesarse con la maestría técnica con la que Joyce trenza este pasaje (que, además, nos lleva derechitos a otro largo fragmento asombroso, incomparable: el entierro del pobre Paddy Dignam, con esos carruajes yendo hacia el cementerio, tirados por caballos cuyos pelajes indican la edad y la categoría del fiambre que transportan).

Sonoridad filosófica:

Time has branded them and fettered they are lodged in the room of the infinite possibilities they have ousted. (Pg. 21)

Rotundas, imponentes oraciones —que arrancan con dos hexámetros—, que han sido traducidas así:

SS: El tiempo los ha marcado y, sujetos con grillos, se aposentan en la sala de las infinitas posibilidades que han desalojado.

(Adviértase como el argentino Salas Subirats no utiliza el leísmo español, ¡como tampoco lo hacen GT/VL!).

JMV: El tiempo les ha marcado y, encadenados, residen en el espacio de las infinitas posibilidades que han desalojado.

(A Valverde no le gustan «habitación» ni «sala» y prefiere recurrir a esa otra acepción más abierta de room, optando por «espacio»).

GT/VL: El tiempo los ha marcado y encadenados se alojan en la habitación de las posibilidades infinitas que ellos han desplazado.

(Con perspicacia y buen tino, GT/VL se ciñen a la ausencia de puntuación en el original, logrando aproximarse más a la perfección rítmica creada por Joyce. SS y JVM renuncian a ella por seguir más estrictamente la norma que dicta encerrar los incisos entre comas. El francés Morel se queda a mitad camino).

Morel: Le temps les a marqués de son fer et chargés de ses chaînes, ils sont chambrés dans la cellule des possibilités infinies qu’ils sont evincées.

Pero no eran las traducciones lo que en realidad me importaba aquí, sino la belleza formal de las oraciones de Joyce y, en paralelo, la idea de que cuando algo pasa, impide a todo lo demás pasar en su lugar. Dicho de otra forma:

Cuando decidimos algo, lo que sea, decimos no a una gama casi infinita de decisiones alternativas y renunciamos a sus también infinitos desarrollos y posibilidades, de los que nunca sabremos ya nada. (Y digo yo, así de rondón: si elegir algo es renunciar a miles de otras posibilidades, ¿no es casi seguro, estadísticamente al menos, que toda elección que hagamos será errónea?

La masturbación playera de Bloom:

En un maravilloso episodio, el decimotercero, conocido como «Nausica», un Bloom voyeur se deja encandilar poco a poco por la visión de una joven en la playa que admira unos fuegos artificiales y que Joyce (aquí traducido por GT/VL, aunque trufaré el texto español con algunos trozos del original) imagina así:

Y Jacky Caffrey gritó mirad, allí iba otro y ella se recostó hacia atrás y las ligas eran azules a juego a causa de lo transparente (the garters were blue to match on account of the transparent) y todos lo vieron y todos gritaron mirad, mirad, allí va y se recostó para atrás cada vez más para ver los fuegos artificiales […] y ella tenía que recostarse hacia atrás más y más para mirarlo en lo alto […] y su cara estaba inundada de un divino, un arrebatado sonrojo (her face was suffused with a divine, an entrancing blush) de estirarse hacia atrás

Llegamos a las bragas, siempre una meta, una conquista, pero con la complicidad de la turbadora moza:

…y él podía ver sus otras cosas también, bragas de nansú, la tela que acaricia la piel, mejor que esas otras de medio ancho, las verdes, cuatro con once, por ser blancas y ella le dejó y vio que él veía y luego subió tan arriba que se perdió de vista un momento y ella temblaba de arriba a abajo de tanto doblarse para atrás de modo que pudiera ver bien arriba de la rodilla donde nadie jamás ni en el columpio ni cuando se mojaba las piernas en la playa y no se avergonzaba ni él tampoco de mirar de esa manera indecorosa…

Nuestro Bloom ha visto aquello que ningún hombre había visto antes, «nadie jamás ni en el columpio», where no-one ever not even in the swing y, ¡cómo evitarlo!, eyacula entre las explosiones de las carcasas:

Y entonces un cohete subió y explotó pum fogonazo cegador y ¡Oh! Luego la carcasa reventó y fue como un suspiro de ¡Oh! Y todo el mundo exclamó ¡Oh! ¡Oh! en éxtasis y derramó un chorro de finas hebras de lluvia de oro (and it gushed out of it a stream of rain gold hair threads)

(Digresión: ¿Podría hacerse un bukkake de finas hebras de lluvia de oro?)

Joyce, of course.

Joyce, of course.

LAS TRADUCCIONES

Con esta obra, los hispanohablantes estamos de suerte. Las traducciones de que disponemos (me falta aún leer la de Marcelo Zabaloy) son francamente buenas y realizadas con celo profesional y mucho rigor.

Al argentino Salas Subirats hay que darle el enorme mérito de haber sido quien abriera el primer camino, a machetazo limpio, en la intrincada selva verbal de Ulises. Valverde y Gcía. Tortosa / Venegas se han encontrado un sendero ya hecho, con mucha dignidad, por el que emprender la marcha.

Me gustan las tres, aunque son muy distintas, de modo que no puedo dar ninguna recomendación. Con cualquiera de ellas están en buenas manos. Sí puedo decir que, en cuanto a aparato crítico y notas, las de JMV y GT/VL están mejor dotadas que la de Salas.

Voy a intentar satisfacer la curiosidad morbosa de algunos, ofreciendo tan sólo unas pocas comparaciones, para ver cómo lidia cada traductor con los morlacos de Joyce:

The beatitudes. (Incoherently.) Beer beef battledog buybull businum barnum buggerum bishop.

SS: LAS BIENAVENTURANZAS (Incoherente.) Cerveza carne perro de batalla compra negocio negocium retumbantum sodomitum obispo.

JMV: LAS BIENAVENTURANZAS: (incoherentemente) Bebida buey barco bulldog bufetum barnum bujarronum beatorum.

GT/VL: LAS BIENAVENTURANZAS (incoherentemente) Bock vaca buquebul bibulas bancum beodum cabronum obispo.

Ya se harán cargo ustedes de lo que debe de suponer traducir una obra así.

En esta yuxtaposición de palabras, vemos que SS opta por traducirnos cada una de ellas, sin intentar siquiera atender al evidente y algo simplón juego de que todas empiecen con «b».

JMV se las ingenia para respetar esa idea de Joyce, aunque, eso sí, a costa de desviarse del original, cosa perfectamente justificada en este caso.

GT/VL parecen optar por ese mismo ángulo de ataque (magnífico ese «buquebul»), pero de pronto se lo saltan con «cabronum» y «obispo».

Cuando, en el episodio 15 Joyce escribe Bloom is a cod, SS lo traduce por «bacalao», JMV por «merluzo» y GT/VL por «papamoscas». ¡Ah, si las dificultades de la traducción fueran tan sólo cositas así!

Más intríngulis tiene por ejemplo, este sonoro, aliterado y onomatopéyico fragmento:

He passes, struck by the stare of truculent Wellington but in the convex mirror grin unstruck the Bonham eyes and fatchuck cheekchops of Jollypoldy the rixdix doldy.

GT/VL nos propone lo siguiente:

Pasa, atravesado por la mirada fija del truculento Wellington, pero en el espejo convexo hacen un mohín desimpresionados los ojos de lechón del cachetón gordinflón de jovipoldo dolido escoldo.

Sin duda un buen esfuerzo, como lo es, adoptando otra táctica, la solución de JMV:

Este pasa adelante, impresionado por la mirada fija del truculento Wellington, pero en el espejo convexo sonríen relajados los ojos bonachones y las gruesas chuletas de las mejillas de Oléoléopoldo triste rescoldo.

Para ese Jollypoldy the rixdix doldy, el francés Morel opta por Ohéohépoldy le turlutututoldy (que podría haber inspirado parcialmente a Valverde), mientras que el italiano Celati provoca otro de sus pequeños desastres con su Poldy-il-placido, fior di braciola.

He elegido, a fin de cuentas, unos fragmentos juguetones, de mero artificio, que en el fondo brindan amplias posibilidades de inventiva a los traductores. Pero en la novela hay muchos, muchísimos pasajes y episodios que superan hasta lo indecible, en dificultad técnica, a este ejemplo. Para todos los traductores de Ulises mi admiración y respeto.

Ah, pero veo que me he extendido más allá de lo cortés y debo remediarlo.

A muchos de ustedes, que generosamente entran en mi blog, no los conozco, así que no voy a tener la osadía de aconsejarles que se pongan a leer, si no lo han hecho ya, un libro gordo y no fácil. Sepan, no obstante, que el Ulises de Joyce es una de las novelas más grandiosas que se han escrito, que no concibo que esto pueda discutirse, y que desde su aparición, la novela, como género, dejó de ser lo que era para ser ya otra cosa. Que muchos no se den por aludidos no cambia este hecho fatal.

ulyssesNovela peripatética, hecha con el deambular de los pensamientos de sus personajes. Un monumento a la vida cotidiana, redimida por el arte, arte grande aquí, de los pecados que pueda tener. Una obra a la que bien podría aplicársele la intuición de Foucault cuando decía que el lenguaje produce una incesante supuración, secreción, de dentro afuera de sí mismo, deslizándose hacia palabras descontroladas, rebeldes, inclasificables, escandalosas, vertiginosas, fragmentarias.

¿Qué? ¿Se animan?

9 comentarios para ULISES. Anotaciones de la admiración

  1. 

    Hola Sanz… Quisiera preguntarte si a tu criterio merece la pena la nueva traducción argentina. Estuve hojeando un poco el libro y por ejemplo traduce la palabra plump de la primera frase como rechoncho, cosa que no me gustó demasiado. Pero quizás tenga cosas valiosas. Gracias y espero tu respuesta!

    • 

      Hola, Gustavo. Estoy esperando aún que me llegue el libro con esa traducción, de manera que no sé que decirte. “Rechoncho”, efectivamente, a mí tampoco me parece muy acertado. Los otros traductores han optado por “rollizo” y “orondo”, que me parecen, las dos, mejores opciones. Pero, claro es, no podemos juzgar por sólo una palabra. Cuando la lea seguro que comentaré algo.
      Un saludo.

  2. 

    Habrá que leerlo. De verdad que entran ganas leyendo la entrada. Soy de los que ya la han abandonado una vez. Hace años. No perdamos la fe. Con ciertas novelas, como con ciertas películas, a veces “entran” si se las lee/ve en un momento propicio y, una vez que enganchan, ya se quedan para siempre. Yo me escapé haciendo trampas de la lectura obligatoria del Quijote en el instituto y lo leí después en unas vacaciones de la carrera. No digo que no haya que pelearlo (por largo) pero es grandioso, divertidísimo, se aprende sobre el ser humano leyéndolo… Ahora estoy en trámites de que me ocurra lo mismo con “En busca del arca perdida”. Confío que con “Ulises” me ocurra el equivalente alguna vez. Por cierto que no sé qué traducción tengo. ¿La de Valverde puede ser en Lumen, quizás? Entonces es ésa. Aunque en casa de una tía tuve acceso a la “argentina” y recuerdo curiosear el principio y leer lo del “bacín”… Enhorabuena por la entrada y gracias por despertar la antigua curiosidad por esa novela y el interés por leerla.

    • 

      Muy amable, y ánimo. Se tratra, creo, de encontrar ese punto de tolerancia a partir del cual la lectura se hace, primero placentera y después irresistible 🙂

  3. 

    Me has animado a leer Ulysses. Encuentro grandiosidad que me despierta gran interés. Grácias por entrerme por este camino.

  4. 

    Muy curioso e ilustrativo este intenso (nada largo) post: Enhorabuena. Por si aun te quedan fuerzas para la “matraca” de Ulises, aquí te dejo el enlace de la conferencia “Todos somos Leopold Bloom” de mi admirado Eduardo Lago sobre la novela de las novelas: http://www.fronterad.com/?q=todos-somos-leopold-bloom-relectura-%E2%80%98ulises%E2%80%99.
    Y si tienes un hueco échale un vistazo a: https://luisordon.wordpress.com/2015/07/14/bloomsday-en-trieste/.

    Abrazo y enhorabuena de nuevo, Sanz Irles.

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  1. “Ulises”, de James Joyce. (Resumen) « Lapsus calami – Blog de Sanz Irles - junio 6, 2016

    […] ULISES. Anotaciones de la admiración […]

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