Escupiré sobre vuestra tumba

2 agosto, 2015 — 4 comentarios

vian2El otro día, cuando ya haraganeaba la tarde, me entraron de repente unas ganas tremendas de leer otra vez la vieja novelita de Boris Vian Escupiré sobre vuestra tumba.

No he identificado qué resorte psicológico me llevó a ello, cuál fue el detonante del deseo y la memoria, aunque creo que lo supe, durante una milésima de segundo, justo cuando me asaltó el impulso de manera tan inopinada, tan intempestiva. Vi, fugacísimamente, la extraña asociación de ideas que me había llevado hasta allí. Vi, lo cual es asombroso (pero el asombro, nos recuerda Jünger, «es nuestra mejor parte»), la imagen —un rostro o una situación o tal vez un cuarto en el que viví— desencadenante de la secuencia que, como una estampida, me llevó a esa novela a la velocidad de la luz.

Ya no recuerdo qué fue lo que encendió la mecha y no es tan importante como para dedicar más tiempo a encontrarlo y cazarlo. Ni tengo albanega ni sé en qué madriguera se oculta el conejo.

La ventaja de tener una biblioteca organizada, y yo la tengo, es que encuentras enseguida lo que buscas. Allí estaba: un librito de 140 páginas de la editorial Azanca/Júcar con traducción de Juan Alcover, a quien no tengo el gusto.

Boris Vian

Boris Vian

Antes de seguir, debo consignar un par de cositas.

A esta edición le habría venido de perlas una revisión ortotipográfica en condiciones, pues tiene bastantes más erratas de las convenientes, amén de alguna que otra aberración gramatical que, con franqueza, no nos merecemos los lectores. La puntuación es bastante desastrosa: faltan comas en unos sitios y sobran en otros, hay puntos donde no los llaman (—¿Por qué no?.) y cosas estremecedoras como el otro ala.

Más graves son algunos descuidos en la traducción. Así, donde Vian escribió

…des romans où des nègres coucheront avec des blanches et ne seront pas lynches.

Alcover decide que a los negros hay que lincharlos siempre, y traduce:

…novelas en las que los negros se acostarán con las blancas y serán linchados.

Lincharlos, no lincharlos. ¡Bah, qué más da! Un pequeño detalle nomás.

Este puede ser un buen momento para hacer notar que hay otra traducción, la de Jordi Martí Garcés, en Círculo de Lectores- 1989, que, tras un rápido vistazo para cotejar algunas cosas «sospechosas» de la edición que tengo en casa, me ha parecido algo más aseada.

Con las traducciones —algunos de ustedes ya conocen mi insistencia— siempre hay que avizorar.

La novela, cuyo título original es J’irai cracher sur vos tombes, salió en 1946, en un París aún conmocionado por la ocupación alemana y la 2ª guerra mundial, que acababa de terminar. En la primera edición Vian (después deshizo la mentira) se ocultó bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y durante un tiempo logró hacer creer a los críticos parisinos en la verdadera existencia del tal Sullivan. Nunca le perdonaron la afrenta y el ridículo. Además de la ira de los críticos, la novela sufrió también la censura de la época, que la acuso de ser un ultraje a la moral.

Boris Vian debió de ser, a su manera, un tipo interesante. Nació en 1920 hijo de una pianista y de un rentista (¿balzaquiano?), un empresario de talante libertario. El joven y polifacético Boris (parece que su madre decidió llamarlo así en homenaje a la ópera de Mussorgsky, Boris Godunov) participó de lleno en la bohemia parisina. Además de escribir se dedicó a mil y una actividades más, entre ellas las de trompetista y crítico de jazz, actor, cantante de cabaret… En fin, un joven  de la bohème divine. ¡Oh! ¡Era todo tan francés!

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El caso es que encontré la novela exactamente donde debía estar. La había comprado en Ámsterdam, en la sección de libros en español de la librería Atheneum, en 1977. Recuerdo la compra, el día, la hora y el color azulenco que tenía la mortecina luz de la tarde. No tengo una memoria privilegiada, pero hay poderosas razones, hermosas, lánguidas, nostálgicas, mojadas —¿qué habrá sido de Tessa Zeiler?— para que aquella tarde no se me haya olvidado nunca.

En una atmósfera diametralmente contraria, protegido por un chamizo de la cegadora solana agosteña en un lugar de la Sierra de las Nieves, me preparé un café y abrí el libro, cerrado por más de 35 años. Allí estaban los restos de un insospechado huésped, tal y como lo conté inmediatamente en este tuit:

Entre las pgs. 16 y 17, un mosquito aplastado. Llevaba ahí desde 1977. Vivió conmigo en Ámsterdam y se quedó a acompañarme sin yo saberlo. (@SanzIrles)

Esta vez sí lo sé: fue ese mosquito residual la dinamita que voló otro dique de la memoria y una avalancha de recuerdos volvió a despeñarse en tromba, anonadándome.

¿Qué hay pues, de la novela? Pues que, como en tantos otros casos, su fama no se corresponde con su calidad, sino que va unida a factores externos, en este caso, el escándalo.

Escupiré sobre vuestra tumba es una novela negra cuya trama sucede en América, escrita por un francés. Su arquitectura novelística, o sea, la organización de la trama, no es especialmente meritoria, ni lo son los personajes, quizá con la excepción del protagonista Lee Anderson, cuya doble (o desdoblada, vaya usted a saber) identidad tiene que ver con los extraños caprichos de las leyes de Mendel. Los personajes son excesivamente caricaturescos para ser interesantes, aunque cumplen su papel, pues la novela es, en el fondo, una suerte de caricatura de lo que algunos europeos creen que es la sociedad estadounidense.

Novela negra en la que salen negros, sépase desde el principio. Ya desde el mismo prólogo Boris Vian, que hace una pequeña incursión en la crítica literaria y la sociología, dibuja de inmediato un paisaje ajedrezado de negros y blancos.

No voy a destripar la historia por si alguien se decidiera a leer la novela, pero puedo decir que es una historia de rencor racial y de venganza y, un poco (o un bastante) a la James Salter, el erotismo es casi el ingrediente principal, el que da su tono a la novela y el que sirve para ir preparando al lector a entender la verdadera dimensión de la venganza que se trama, que va más allá de la violencia física, para ser también una humillación de los sentimientos racistas y de quienes los nutren.

Vian es eficaz en sus descripciones, tanto de personajes como de espacios y ambientes, gracias a su concisión extrema en los retratos y en un buen uso de los contrastes:

…un hombre de mediana edad, con los ojos azules duros y cabellos rubios y pálidos…

…era el típico sitio limpio, feo. Olía a cebolla frita y a donut.

Jovencitas de quince a dieciséis años, con los senos bien picudos bajo las camisetas bien pegadas las muy zorras…

Hacía buen tiempo, el verano tocaba a su fin. El pueblo olía a polvo.

A veces la yuxtaposición de una descripción física junto a una psicológica («prosopografía» y «etopeya», para los que prefieran los términos técnicos) logra efectos muy interesantes, como este:

…era una mujer pequeña, hirsuta y de tez morena, con unos sucios ojos; su padre era del tipo de hombres a los que uno siente unas ganas locas de asfixiar lentamente bajo la almohada, de tanto como fingen ignorarle a uno…

La característica técnica más llamativa es, seguramente, ese tono de voz del narrador, que recuerda a las descreídas y sarcásticas voces en off, en primera persona, tan frecuentes en cierto cine negro. He aquí un ejemplo entre docenas:

Llevaba mi chaqueta doblada sobre las rodillas. Deslizó su mano bajo la tela, y no tengo la menor idea de si lo hizo a propósito, pero si así fue, su puntería había resultado muy buena.

En el original:

J’avais mon veston sur les genoux. Elle glissa la main sous l’étoffe, et je ne sais pas si elle le fit exprès, mais si oui, elle avait rudement bien visé.

También en un par de ocasiones el narrador cobra conciencia de que se está dirigiendo a un público (de lectores), y nos dirige la palabra:

Sé muy bien lo que valgo en cueros, y puedo asegurarles que tuvieron tiempo más que suficiente para apercibirse…

vian6En el instante de su aparición, y aun después, han abundado sobre ella los comentarios  tipo: un ataque en toda regla a las convenciones sociales, un coup de grace a las normas de nuestra sociedad, un escupitajo al status quo, bla bla bla.

No es para tanto, aunque no hay que perder de vista que estamos hablando de los años cuarenta del siglo pasado. Sí es cierto, empero, que Vian utiliza con profusión lo cruel y lo descarnado. Las escenas de violencia finales tienen una apreciable truculencia y ese brutal mordisco en la vulva de una joven, casi casi arrancándosela de cuajo, hará removerse en su sillón a más de una.

También hay vejaciones sexuales, borracheras y hasta pederastia:

Al llegar al primer piso se apartó para dejarnos pasar. En el interior de un pequeño cuarto había un diván, una botella y dos vasos, y dos niñas de once o doce años, una baja pelirroja, redondita y cubierta de manchas de color rojizo, y una negrita joven, la mayor de las dos por lo que parecía […]

—Estos señores os traen unos dólares —dijo la negra—. Portaos muy bien con ellos.

Naturalmente que también hay «crítica social», ya que los malos son —¿lo dudaba alguien?— los ricos blancos.

No recordaba mucho la novela, señal de que tampoco debió causarme mucha impresión cuando la leí por vez primera.

Lo mejor de la novela es el erotismo, que mantiene una gran y apetecible tensión a base de alusiones e insinuaciones que pocas veces se permiten hacerse demasiado obvias.

vian7No tuve en cuenta para nada sus gritos de protesta, y la agarré por detrás como un animal. Soltó los cojines y se dejó hacer. Habría tomado una mano de la misma forma. Ella debió(1) caer en la cuenta y se puso a forcejear como mejor pudo. Me puse a reír. Eso me gustaba. En aquel lugar la yerba estaba alta, y era suave como un colchón neumático. Cayó al suelo y me junté con ella. Luchábamos como salvajes. Estaba morena por el sol hasta la punta de los senos, sin las señales de sostén que suelen afear a tantas chicas cuando se desnudan. Y lisa como un melocotón, parecía una niña, así, desnuda, pero cuando por fin conseguí llegar a sujetarla bajo mi cuerpo, comprendí que sabía algo más del asunto que una niña. […]Bajo mis dedos, sentí sus lomos, lisos y cóncavos, y, más abajo sus nalgas firmes como sandías.

(1) Obviamente, falta la preposición «de». También en este fragmento puede verse la desastrosa puntuación a la que me referí al principio.

Subamos un poco la temperatura con esta escenita de mamporreo incestuoso (ya que el protagonista se entretiene con dos hermanas). Primero el texto francés:

Je me laissai tomber sur la fille, mais cette sacrée Judy m’avait coupé le souffle. Ça ne carburait plus du tout. Je restai agenouillé, elle était entre mes jambes. Judy se rapprocha.

– Je vous aide, Lee. Couchez-vous sur elle.

J’obéis et Judy se rapprocha encore. Je sentis sa main sur moi, et elle me guida où il fallait. Elle laissait sa main. J’ai manqué gueuler tellement ça m’excitait. Jean Asquith restait immobile et puis mes yeux sont tombés sur la figure, elle bavait encore. Elle a ouvert les siens à moitié, et puis les a refermés et j’ai senti qu’elle commençait à remuer un peu – à remuer les reins – et Judy continuait pendant ce temps-là et, de l’autre main, elle me caressait le bas du corps.

Y ahora mi propia traducción, pues la que acabo de leer no me resulta nada satisfactoria:

Me dejé caer sobre la chica, pero la maldita Judy me había cortado el rollo. La cosa no carburaba en absoluto. Permanecí de rodillas con ella entre las piernas. Judy se acercó.

—Yo te ayudo, Lee. Túmbate sobre ella.

La obedecí y se me acercó aún más. Sentí su mano sobre mí, guiarme hasta donde hacía falta. No retiró la mano y estuve a punto de gritar de la excitación. Jean Asquith seguía inmóvil y volví a mirarla. Seguía babeando. Entreabrió los ojos, los volvió a cerrar y entonces sentí que comenzó a moverse un poco, a mover las caderas, y Judy, mientras tanto, seguía, y con la otra mano me acariciaba los bajos.

Y ahora, la anécdota de cierre. La novela fue llevada al cine en 1959, bajo la dirección de Michel Gast. Vian había manifestado en voz muy alta su repulsa por esa adaptación, mientras se rodaba; no obstante, decidió asistir al estreno. A los pocos minutos, sumamente disgustado, se puso de pie y empezó a gritar a pleno pulmón su descontento y, en medio de los gritos, le dio un infarto y la palmó. RIP Boris Vian.

Aquí pueden oír una parte de la nada desdeñable banda sonora, obra de Alain Goraguer.

4 comentarios para Escupiré sobre vuestra tumba

  1. 

    Luis, no cesarás de asombrarme!

  2. 

    To también escupí sobre sus tumbas hace más de treinta veranos.

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