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Dense Prose

25 marzo, 2017 — 1 Comentario

English version of my weekly literary column «Texto sentido», published in the Spanish newspaper Málaga Hoy.

A few remarks on Faulkner’s style:

Textual Instinct_Dense Prose

Spanish version

TEXTUAL INSTINCT

Sanz Irles. Author

DENSE PROSE

Fabric is made by the weft weaving through the warp, the proportion of threads between one and the other determining its overall density.

Some writers’ prose is light. The plot weaves its way through a warp of few threads and moves forward apace towards the outcome. Other prose is dense; the plot moves, and necessarily more slowly, through a large number of warp threads. (Here I refer to good authors. For the bad ones, the light is flavourless and the dense a quagmire).

Faulkner’s Flags in the dust has hundreds of examples to illustrate just this. It is an extremely detailed piece of writing which comments on everything. It is not enough to say that there were people eating in a bar, but rather:

…a number of men and a woman or so, mostly country people, sat eating with awkward and solemn decorum. Next to this was the kitchen, filled with frying odors and the brittle hissing of it, where two negroes moved like wraiths in a blue lethargy of smoke.

How captivating this brittle hissing is, with its sharp and contrasting onomatopoeias, and where blue ghosts float on this aural backdrop.

Faulkner has a magnifying glass to examine every last detail, and does not limit himself to say that someone brought some glasses to the table, instead describes what was put there:

…two freshly rinsed glasses to which water yet adhered in sliding beads, on the table and stood drying his hands on his apron.

The pearls of water in movement; the waiter who wipes his hands of the moisture that he hadn’t removed from the glasses; the young black man, almost immobile, has transferred his movement to the droplets and there is a zoom in on the table: this literary scene is close to being a painting or a film.

Most villages have a tree-lined road. In Faulkner’s villages, there is much more:

Town among its trees, its shady streets like green tunnels along which tight lives accomplished their peaceful tragedies…

Peaceful tragedies: one of those Faulkner oxymora that suddenly shakes you.

On another occasion, the implacable eye of the novelist notes and comments that the carriage horses are:

…growing daily shabbier and less prideful with idleness and the lack of their daily grooming…

The horses had been arrogant, like the Sartoris family, and to explain the relationship between them and life he said that:

Sartorises had derided Time, but Time was not vindictive, being longer than Sartorises. And probably unaware of them.

With other novelists, the attention to detail is shown by a swift adjective or by an outline of a gesture that reveals the nooks and crannies of a soul. Faulkner takes up whole paragraphs. He uses an enormous magnifying glass to set free his portentous verbal virtuosity. Luckily for us, it is a fertile virtuosity that can be found in almost every paragraph. The miracle is that it doesn’t interrupt the story nor the construction of unforgettable characters or a fascinating world. The weaver’s shuttle, dragging the weft across the weave, moves forward unhurriedly, but never stopping.

This is why Faulkner is one of the most rewarding authors to reread. He already sensed this, in spite of his disdain. He was asked about it once:

Some people say they can’t understand your writing, even after they read it two or three times. What approach would you suggest for them?”

Read it four times.”

His style is magnificent and original, full of formulas and linguistic twists that make up his extremely personal representation of the world, something that stylistics experts call the ‘mental style’ of an author (I’ll be blowed if I know why).

One thing I do know, Faulkner is one of the dozen best novelists of all time. You do the math.

@SanzIrles                 ©2017 Sanz Irles. Reproduction allowed, citing author.

Prosas tupidas

18 marzo, 2017 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de marzo de 2017. English version

Faulkner, o cuando en lenguaje es un juguete fastuoso con el que envolver tremendas ideas.

2017_03_17_Prosas tupidas

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

PROSAS TUPIDAS

Las telas se tejen pasando la trama entre la urdimbre; la proporción de hilos entre una y otra determina su tupidez.

La prosa de algunos escritores es liviana. La trama va atravesando una urdimbre de pocos hilos y avanza a buen paso hacia su desenlace. La de otros es tupida; la trama pasa, necesariamente más despacio, por entre un gran número de cabos de urdimbre. (Hablo de los buenos escritores. En los malos, lo liviano es aguachirle y lo tupido, cenagal).

Banderas sobre el polvo, de Faulkner, contiene cientos de ejemplos para ilustrar lo que digo. (Las traducciones que siguen son mías).

Es una escritura minuciosa que todo lo anota. No basta con decir que en un local había gente comiendo, sino que:

…unos cuantos hombres y mujeres, gente del campo especialmente,  comían con un decoro torpe y solemne. Al lado estaba la cocina, llena de olores de fritura con sus agudos siseos, en la que dos negros se movían como espectros en un azul letargo de humo.

Si los agudos siseos resultan llamativos, el brittle hissing original hechiza con sus afiladas y contrapuestas onomatopeyas. Sobre tal fondo sonoro, fantasmas en azul.

Faulkner tiene una lupa para escrutar cada detalle y no se limita a contar que alguien llevó unos vasos, sino que puso en la mesa:

…dos vasos recién enjuagados, por los que aún se deslizaban perlas de agua, y permaneció de pie secándose las manos con el delantal.

Las perlas de agua en movimiento; el camarero se quita de las manos la humedad que no había quitado de los vasos; el joven negro, casi inmóvil, les ha transmitido su movimiento a las gotas y hay zoom sobre la mesa: la escena literaria se asoma a la pintura y el cine.

Cualquier pueblo tiene una calle con árboles. Los de Faulkner, mucho más:

Un pueblo entre sus árboles, sus calles sombreadas como verdes túneles a lo largo de los que vidas apretadas cumplían con sus tranquilas tragedias.

Peaceful tragedies, nos dice con uno de esos oxímoros suyos que nos zarandean de improviso.

En otro momento, el ojo implacable del novelista nota y anota que los caballos de tiro están:

…cada día más avejentados y menos altaneros, por la inactividad y la falta de cepillado diario…

Los caballos fueron altivos, como los Sartoris, y para explicar la relación de estos con la vida dice que:

Los Sartoris se habían reído del Tiempo, pero el Tiempo, más longevo que los Sartoris, no era vengativo.

En otros novelistas, la atención por el detalle se manifiesta con la fugacidad de un adjetivo o el esbozo de un gesto que revela escondrijos de un alma. En Faulkner ocupa párrafos enteros. Usa una lupa enorme que libera su portentoso virtuosismo verbal. Para nuestra fortuna, es un virtuosismo fértil, que encontramos casi en cada párrafo. El milagro es que no interrumpe la historia ni la construcción de personajes inolvidables ni la de un mundo fascinante. La lanzadera, que arrastra la trama sobre el telar, avanza con parsimonia, pero no se detiene.

Por eso es Faulkner uno de los autores que mejor retribuye la relectura. Ya lo intuyó él, pese a su desdén. Esto le preguntaron una vez y esto respondió:

Hay quienes dicen no entender lo que escribe ni aun leyéndolo dos o tres veces. ¿Qué les sugiere?

Que lo lean cuatro veces.

Su estilo es grandioso y original, lleno de fórmulas y giros lingüísticos que configuran su personalísima representación del mundo, algo que los expertos de estilística llaman el estilo mental de un autor (y que me aspen si entiendo por qué).

Una cosa sí sé: Faulkner está en la docena de los más grandes novelistas de todos los tiempos. Hagan cuentas.

 

Hada

13 marzo, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 de marzo de 2017.

Husmeando dentro de un poema de Emily Dickinson.

2017_03_10_Hada

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

HADAS

Cada cierto tiempo vuelvo a Emily Dickinson. No es un plan premeditado ni hay una nota en mi agenda. Es un inexplicable reloj interior, como un nuevo órgano que me ha crecido calladamente por la zona del bazo y que me avisa de que toca deshollinar el espíritu.

Supe de memoria algunos de sus poemas, en inglés, y aún recuerdo este, que traduje hace años:

Hay algo más quedo que el sueño

en la estancia interior.

Lleva una ramita sobre el pecho

mas no dice su nombre.

 

Hay quien lo toca, quien lo besa,

quien aprieta su imperturbable mano.

Tiene una gravedad sencilla

que no logro entender.

 

No lloraría yo, en su lugar,

¡qué descortés gemir!

Podría asustar a la apacible hada

y ahuyentarla a su bosque natal.

 

Los vecinos de buen corazón

hablan de «muertos prematuros»;

nosotros, dados a la perífrasis,

decimos que los Pájaros se han ido.

Recuerdo una charla con la leonesa Ana Palomo —doctora en letras, experta en gramáticas, perita en dulce— sobre estos versos que a los dos nos encandilan y en los que ella vio cosas que no veía yo.

Este poema nace de la muerte de un niño y de su velatorio en los penetrales de su casa (within this inner room). Pero eso no lo sabemos hasta el final, cuando los vecinos hablan de muertos prematuros. Al principio estamos ante lo innominado. Un algo calla su nombre. ¿Es ese algo el cuerpo inanimado o la muerte misma?

La segunda estrofa contiene una clave profunda del poema: la incapacidad de comprender la muerte. Los vecinos, confusos, tocan y besan.

En la tercera estrofa, la voz poética nos cuenta lo que pasa; pero además es parte de la escena y confiesa su turbación por no entender, tampoco ella, esa solemne sencillez; por eso recomienda silencio. Sólo el silencio estaría a la altura del misterio que tienen delante. Ese misterio cristaliza en el hada apacible. Pero el hada ¿no podría también ser el alma del difunto? La imagen del hada aletea por la estancia y el poema con una belleza que va mucho más allá de lo que nunca podré expresar. Might scare the quiet fairy / Back to her native wood!

¿Y si la voz poética fuera, en realidad, la de otro niño? Incapaz de comprender la muerte, riñe a los mayores, no vaya a ser que ahuyenten lo que verdaderamente importa: el hada. La tensión de la escena la resuelve el genio poético de Emily Dickinson con tres palabras que nos sacan de la turbada incomprensión: Birds have fled. Los pájaros echan a volar y casi oímos el batir de sus alas.

En Dickinson, antes que el lirismo está el pensamiento. Tal vez por eso fue siempre marginal. De ella hizo Harold Bloom un elogio por el que yo pagaría doblones de oro sobre lascas de lapislázuli para que se dijese de mí: Ningún lugar común sobrevive a sus apreciaciones.
Fue contemporánea y conterránea de Emerson y Thoreau y Hawthorne y Poe y Moby Dick y Walt Whitman y, según escribió ella misma en una carta:

Canto como lo hace el niño junto al cementerio: porque tengo miedo.

Nada cabe añadir.

Chateaubriand

6 marzo, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 demarzo de 2017.

Sobre uno de los grandísimos:

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CHATEAUBRIAND

Las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, son un Everest del estilo. No es este el rincón donde glosar sus méritos históricos o políticos; bastante haré si puedo contagiar un poco de mi entusiasmo por su prosa, que hipnotiza renglón tras renglón. El lujo mágico de su estilo, decía Marc Fumaroli.  Hoy sabemos que esta prodigiosa obra va más allá de eso y constituye una reflexión certera sobre la era democrática que inauguran —de manera bien distinta, eso sí— las revoluciones americana y francesa. Así empieza:

Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme.

El próximo 4 de septiembre, cumpliré setenta y ocho años: es hora ya de que abandone un mundo que me abandona a mí y que no echo de menos.

Digresión: Una lectura llama a otras y las funde en la cabeza, y así se tienen dos obras a la vez, la que se está leyendo y la resultante de la superposición de otras. Palimpsesto en la memoria. Al leer lo de arriba recordé unos versos de Borges:

Este verano cumpliré cincuenta años;

La muerte me desgasta, incesante.

Volvamos a Chateaubriand. Con esta elegancia explica la naturaleza serpenteante de la vida:

Las formas cambiantes de mi vida se han invadido así unas a otras: me ha ocurrido que, en mis momentos de ventura, he tenido que hablar de mis tiempos de miseria; en mis días de tribulación, describir mis días de dicha. Mi juventud, al penetrar en mi vejez; el peso de mis años de experiencia, al entristecer mis años mozos; […] mi cuna tiene algo de mi tumba, mi tumba algo de mi cuna…

Remacha con una idea que deambula entre la amargura de la vejez y la ironía salvífica:

La vida me sienta mal; tal vez me vaya mejor la muerte.

La muerte está presente en esta obra como una fuerza impulsora invencible, y ya a las pocas páginas nos dice que:

Estaba casi muerto cuando vine al mundo.

Un día fatal, el niño deja de serlo y aparece el hombre. Habla Chateaubriand:

Apenas vuelto de Brest a Combourg, se produjo una revolución en mi vida; una vez desaparecido el niño, se manifestó el hombre con sus alegrías pasajeras y sus tristezas duraderas.

Antes de Proust ya estaba Chateaubriand. ¡Hasta el Combray de aquel parece este Combourg! Tenía Chateaubriand una parecida concepción (hoy, mirada, palabrita fetiche entre los más conspicuos representantes de la modernura) del tiempo, pero una prosa superior. La traducción no refleja los cuatro hexasílabos (reglas métricas en mano) que se suceden con un compás hipnótico:

l’énfant disparut et l’homme se montra avec ses joies qui passent et ses chagrins qui restent.

Chateaubriand fue un hombre de una pieza entre dos mundos opuestos, el de antes y el de después de la Revolución Francesa, y entre dos vocaciones, la de político y la de escritor. Roland Barthes dijo que Chateaubriand era un Malreaux con estilo. Yo digo que es uno de los mejores escritores de todos los tiempos y en todas las lenguas.

Sekitei

26 febrero, 2017 — 1 Comentario

Esta es mi versión del relato de Yasushi Inoue titulado, en japonés, Sekitei (Jardín de rocas). Lo llamo relato, y no cuento, porque sus personajes evolucionan a lo largo de la historia. Esto es propio de las novelas, no de los cuentos, pero es demasiado breve para hablar de novela, ni siquiera de novela corta.

Y lo llamo versión por no llamar traducción a lo que en realidad es un texto que parte de dos traducciones muy distintas entre sí, incluso contradictorias en más de una ocasión: la italiana de Giorgio Amitrano, en la editorial Adelphi, y la inglesa de Mark Unno, en el Kyoto Journal de la Universidad estadounidense de Oregón. Mi conocimiento del japonés es tan rudimentario, que ni por un segundo he soñado con recurrir al original.

Sin tener disponible el original japonés, he debido guiarme —entre la verbosidad de Amitrano y la concisión de Unno— por mis lecturas de otras obras de Yasushi y de mucha literatura japonesa, mis experiencias vitales en Japón y, sobre todo, por el contexto que el propio relato genera.

Hablé de este relato en mi columna de cada viernes, Texto Sentido. Me llamó mucho la atención cuando lo leí por primera vez, a mediados de los ochenta. Años después fui muchas veces a Kioto y también disfruté, como el protagonista, de hermosos paseos por ese mismo jardín de rocas.

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Yasushi Inoue

Yasushi Inoue

SEKITEI

(Jardín de rocas)

Uomi Jiro eligió Kioto para su viaje de novios.

Había vivido allí desde los días del instituto hasta su graduación en la universidad, y aunque el fulgor de aquellos años ya sólo era una luz lejana y débil, aún lo sentía como un segundo hogar y cada rincón de la ciudad estaba impregnado de nostalgia.

Pensó que, después de tantos años, sería bonito pasar algunos días con su mujer en la antigua y tranquila capital donde tantos recuerdos de su juventud estaban enterrados.

Eran muchos los lugares que quería enseñarle a Mitsuko, quien sólo había estado en Kioto una noche, durante una excursión de colegio, y la estación era perfecta: principios de octubre; la ciudad y los paisajes de sus alrededores estaban en su máximo esplendor.

Había planeado pasar cinco días en Kioto, pero los padres de Mitsuko los entretuvieron más de la cuenta en su pueblo, y cuando por fin llegaron, no les quedaban más que dos noches y un día. Como además llegaron por la tarde y su tren salía temprano dos días después, en realidad sólo les quedaba un día completo.

Se alojaron en un ryokan a orillas del río Kamo, cerca del puente de Sanjo, y cuando estuvieron instalados, Mitsuko le preguntó:

—¿Dónde piensas llevarme mañana?

De pronto su tono se había vuelto más íntimo que hasta entonces.

—Pues… —Su estancia se había acortado tanto, que Uomi no supo bien qué responder.

—No hace falta que me lleves a muchos sitios. Basta con uno, un sitio donde podamos estar tranquilos y pasarlo bien —dijo Mitsuko.

A Uomi le apetecía lo mismo. Irían a un sitio tranquilo donde una pareja de recién casados pudiera pasear a solas entre los hermosos colores del otoño.

Contempló con ternura a su preciosa mujer, veinte años recién cumplidos y diez más joven que él, y se puso a pensar en los distintos lugares que a ella podrían gustarle. Estaba Ohara, en el norte de la ciudad, y se imaginaba como resaltarían allí la belleza y los ágiles movimientos de Mitsuko contra el fondo otoñal de la naturaleza. También estaba la zona de Ginkakuji y el pabellón plateado: a Mitsuko le gustaba dibujar y sus ojos se iluminarían con las suaves colinas de Higashiyama, los bosques de pinos rojos y el agua que corre por los canales.

A la mañana siguiente Uomi ya no podía demorar su decisión, y la elección se impuso por sí sola con la mayor naturalidad. No era ninguno de los lugares en los que había pensado el día antes, pero ahora, al cabo de tantos años, el templo de Ryoanji y sus alrededores, en la parte oeste de la ciudad, lo atraían con fuerza. Era un lugar sin nada de particular, excepto su ambiente de antigua serenidad.

Haría el mismo camino que muchos años antes. Visitarían el pabellón de té de Ninnaji, desde donde había medio kilómetro hasta el jardín de rocas de Ryoanji; después darían un paseo por el recinto del templo y admirarían el gran lago. Temía que el programa resultara demasiado cansado para su joven esposa, que no parecía muy interesada en pabellones de té y jardines, pero había tomado una decisión y no fue capaz de renunciar a ella.

Salieron del albergue y cogieron un taxi en el cruce de Shijo Kawaramachi. Tardaron veinte minutos en llegar a los suburbios del oeste y otros tantos hasta la gran puerta antigua de Ninnaji, donde se bajaron.

Todo lo que veía llenaba a Uomi de nostalgia. Nada había cambiado en trece años. Soplaba el viento del pasado. La blancura del largo muro, el enredarse de la hiedra, todo era como entonces. Dentro del recinto no había nadie.

—Vayamos al Ryokakutei.

—¿Qué es el Ryokakutei?

—El pabellón de té de Ninnaji.

—¡Ah!

—Luego pasearemos un poco hasta el jardín de rocas de Ryoanji.

—¿El jardín de rocas?

—Un jardín hecho tan solo con rocas y gravilla blanca.

—¡Ah!

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