Archivos para 30 November, 1999

¿Realmente leer “en internet” está jibarizándonos como lectores?

Esto es lo que expone, sin tremendismos, Sergio Parra en su blog “Papel en blanco” (http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-a-traves-de-internet-esta-reduciendo-nuestro-vocabulario), haciéndose eco de las tesis de Nicholas Carr, Mark Bauerlein y Jeremy Rifkin. El post de Sergio Parra es tan paradójico como un dibujo de M. C. Escher o tan «desesperante», en un grato sentido, como deshojar una margarita: sí, no, oui, non. Uno lee en él (en internet)  que leer en internet nos empobrece, pero acaba el artículo con unas cuantas ideas y términos nuevos. Total, que ya veremos. Barrunto que la avalancha textual y comunicativa internetera tiene mucho más de ganancia que de pérdida. Jamás tanta gente leyó y escribió tanto, nunca nadie tuvo tanto foro, tanta libertad expresiva, tantos medios y tantas fuentes donde beber. Sí, es un problema de excesos, y eso también tiene sus riesgos. Uno de ellos es el de la pereza. Internet, al facilitarnos la lectura, cualquier lectura, nos vuelve perezosos. De excesos y de perezas quería hablar. Y, así como quien no quiere la cosa, de Juan Benet (a su manera, un «excesivo»).

Juan Benet2No parece Juan Benet un autor muy en boga (y en muchas de las librerías que frecuento, sus libros no están en los anaqueles), por más que sus acólitos lo sigan proclamando el mejor novelista español del siglo XX (cosa que, por otra parte, tampoco tendría taaaaanto mérito).  Nos guste o no nos guste (y nos gusta, vaya por delante), Benet  es un relicto, un espécimen único en su especie, como el límulo o como el gingko biloba. (Por cierto, decir que Benet “me gusta” suena también a modos y maneras interneteros, a golpe rápido de tecla, salvo por el hecho de que no nos vamos a quedar en ello, sino que vamos tirar del hilo). Decíamos que Benet es único, y sólo por ello valdría la pena abrir o reabrir una novela o (para los más perezosos) un ensayo o un relato.

Lo ideal (y quizá incluso lo imprescindible) es haber leído a Benet en la juventud, cuando uno tiene pocos prejuicios, sobradas fuerzas y, sobre todo, una voracidad lectora a prueba de bombas estilísticas (todo lo cual se reduce a un hecho más simple, en realidad: lo que uno tiene es tiempo por delante). Digamos que la exigencia de la prosa de Benet cuadra muy bien con la soberbia de los veinteañeros.  Me dirán algunos que no conozco a los veinteañeros… Y les diré que sí los conozco y que me gusta su habitual soberbia (aunque no la soporte, pero luego suele curarse, y con suerte se cura bien) y que, aun habiendo perdido mucha fe en la humanidad, incluida su parte no lectora, todavía quedan algunos rescoldos de optimismo por ahí.

Pero hablábamos de Benet. Cada libro suyo es una bofetada al lector, o más exactamente a su pereza.  Antes de terminar la primera  página de cualquiera de sus escritos, ya están sobre la mesa sus cartas y sus reglas del juego: ni la más mínima concesión a la molicie acomodaticia del lector. Este no sabrá ni quién es quién a ciencia cierta, ni cómo ni cuándo ni para qué,  y del dónde solo tendrá un cartel herrumbroso que dice Región.

Embarcarse en estas lecturas es entregarse a ciegas a una navegación por ríos tumultuosos de sintaxis abruptas, términos desconocidos, descripciones de las tinieblas con escasos vislumbres… Adiós a la trama, a la psicología, a la condescendencia con el lector, a la papilla narrativa. Si a algo se parece «esto» es a una seducción hipnótica, con su carga de desafío que pretende desembocar en una forma extrema y luminosa de complicidad. ¿Prosa para exquisitos?  ¿No deseamos todos de vez en cuando emociones fuertes? Narrativa potente para estómagos potentes.

(Y escribiendo esto me viene a la cabeza —era inevitable, supongo— Joyce, del que pronto diré algo en este blog, ya que estoy con mi tercera lectura del Ulises, esta vez comparando varias traducciones).

Juan Benet3Lo malo no es la costumbre internetera de leer cada vez textos más simples y breves (con el consecuente anquilosamiento de la atención, esa virtud, esa forma de generosidad), sino la bajada del listón en las supuestas capacidades del lector. Benet (el altanero, el exigente, el severo) cree que su lector está a su altura…, y su lector se siente orgulloso, tremendamente orgulloso, de esa confianza. Y recompensado en su «esfuerzo» (una palabra que entrecomillo para rescatarla de su inmerecido desprestigio).

Lo malo de la pereza internetera no es que se reduzca nuestro vocabulario, es que nos acostumbremos a ser tratados como tontos, a ser puerilmente manipulados, a que nos den chuches, a que no se nos pida energía, valor, crítica, entrega, sensibilidad, sutileza, arrojo…

Benet no mendiga  lectores, se los gana a pulso, y a los que no superan la prueba los despide con cajas destempladas. ¿No echamos de menos entre las novedades editoriales el aliento del grand style, el vértigo de mirar literariamente desde las alturas? Entonces es que ha llegado la hora de volver a Región para recordar el tamaño real, nunca excesivo, de nuestra dignidad literaria.

Transcribo, para los duros de pelar, dos fragmentos elegidos casi al azar de Saúl ante Samuel:
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Iván y Albertine

19 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay autores hipertróficos al igual que los hay anémicos.

Proust es sin duda uno de ellos, de los hipertróficos,  como un atlante que cargara sobre sus hombros  la tradición de la novela occidental para ponderar el peso narrativo que una obra puede resistir. Escribir A la búsqueda del tiempo perdido  fue una tarea (vámonos de mitos) ciclópea, tantálica y prometeica: a Proust le consumió la vida, encerrado en su laberinto como un minotauro sin más ariadnas que cientos de páginas en blanco.

Ventajas de la hipertrofia: la posibilidad de acercarse a lo inefable a fuerza de atosigar la escritura hasta sus últimas consecuencias.

Albertineprousttimes Continuar leyendo…

Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

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En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…

AyestaMe topo, semiolvidado en mi librería, con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, un breve relato (no llega ni a novela corta) que me depara media hora estupenda, seguida de otra media hora «dubitabunda».

No comparto el desmedido entusiasmo de los críticos seleccionados por la editorial para la contracubierta (Uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX, etc.), pero es, sí, un relato bonito (y he pensado bastante antes de elegir el adjetivo): original, fresco, sincera y hermosamente lírico, del gijonés Julián Ayesta, diplomático de carrera por otras señas. Se publicó en 1952 y, desde luego, en aquellos años fue una obra distinta y rara.

Se abre el libro con una evidente, casi enfática, «voluntad de estilo», soprendiéndonos con dos capítulos construidos sobre una extensísima —pero llevadera— polisíndeton (con perdón de la concurrencia). Estamos ante una narración en primera persona, pero una primera persona serpenteante y semicamuflada con la primera del plural y con un sujeto impersonal a veces. El narrador es un joven (muy joven, diríase) que narra vivencias familiares y sociales y un dulce primer amor que se desliza como de puntillas dentro de la historia, historia que no es, en realidad, tal, sino más bien una sucesión de descripciones y apuntes.

Toda la narración rezuma una visión queridamente naif, casi infantil, que a veces —hay que decirlo todo— resulta algo dulzona.

sorollaAyesta raya alto, con gran intensidad lírica y poética, en muchas descripciones de la naturaleza o de ciertas situaciones.He aquí un par de párrafos reseñables, con una técnica nerviosa que recuerda las pinceladas de los impresionistas:

Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas del mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automóvil, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata…

Y algo más adelante:

El muelle estaba lleno de gaviotas. Los palos y las cuerdas de los barcos rebrillaban al sol de oro blancas, rojas, verdes. Hacía una brisa fresca y alegre. El cielo está azul, azul. Los cargadores dan gritos junto a las grúas. Un barco pintado de encarnado sale tocando la sirena.

O este pasaje a la vez visual y acústico:

Los cubiertos, entre el humo de los cigarros de los hombres, tintineaban como esquilas de un rebaño de cabras pastando vagorosas entre la bruma de la siesta. Era la siesta, toda mullida y tibia, toda desperezándose, adormilada a la sombra de los árboles en un bosque azul, en un país muy hondo, antes de Jesucristo. El comedor estaba en la penumbra y desde la oscuridad se oían las chicharras y los grillos que cantaban al sol y el ronrón del sol sobre los prados verdeamarillentos y el fragor fresquísimo de los robles cuando entraba una ráfaga de brisa azul y salada que venía del mar.

Hay muchas, muchas ráfagas de estilizado lirismo en este relato (El sol —¡el Sol!— roncaba sobre los manzanos), pero tanto esfuerzo de estilo parece que llega a fatigar al escritor, que cierra el relato con lo que se antoja ya casi un abuso de recursos retóricos y que nos deja en la boca un extraño y agridulce sabor después de tanta belleza:

chica playaNo hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

Es entonces, al llegar al final, a ese final, tras haber recorrido 88 páginas que en ocasiones parecen un catálogo de figuras retóricas (epanáforas, anadiplosis, la mencionada polisíndeton…) cuando uno se empieza a preguntar si tanto lirismo no habrá llegado a volatilizar el relato en una columna de humo y de nada: azúcar impalpable, polvitos de la Madre Celestina. Puff… fuese y no hubo nada. ¿O sí hubo?

Con tanto, pero tanto, pero requetetanto estilo, estas cosas a veces pasan.

Dos grandes rusos

9 marzo, 2014 — 2 comentarios

Atinadamente, observa Ernst Jünger en el tercer volumen de su autobiografía, Radiaciones (1965-1970), que los personajes de Dostoievski carecen de cualquier relación con la naturaleza.

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Tolstói

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Dostoievski

Dado que el mundo se divide en Dostoievskistas y Tolstoianos, podemos decir que ese es otro asunto que separa a ambos escritores, porque la naturaleza tiene un peso descomunal en Tólstoi y en sus personajes.

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? ¿A León o a Fiódor?

Algún día escribiré algo sobre el asunto, que tiene mucha miga. Por ahora, aquí dejo el enlace a un relato breve que escribí sobre este tema. (La nota biográfica que precede al cuento ya no es correcta: mi primera novela ya se publicó y la segunda está terminada y parece que no tardará en publicarse).

http://www.malagahoy.es/article/ocio/1337740/los/partidarios.html