Archivos para 30 November, 1999

Hada

13 marzo, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 de marzo de 2017.

Husmeando dentro de un poema de Emily Dickinson.

2017_03_10_Hada

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

HADAS

Cada cierto tiempo vuelvo a Emily Dickinson. No es un plan premeditado ni hay una nota en mi agenda. Es un inexplicable reloj interior, como un nuevo órgano que me ha crecido calladamente por la zona del bazo y que me avisa de que toca deshollinar el espíritu.

Supe de memoria algunos de sus poemas, en inglés, y aún recuerdo este, que traduje hace años:

Hay algo más quedo que el sueño

en la estancia interior.

Lleva una ramita sobre el pecho

mas no dice su nombre.

 

Hay quien lo toca, quien lo besa,

quien aprieta su imperturbable mano.

Tiene una gravedad sencilla

que no logro entender.

 

No lloraría yo, en su lugar,

¡qué descortés gemir!

Podría asustar a la apacible hada

y ahuyentarla a su bosque natal.

 

Los vecinos de buen corazón

hablan de «muertos prematuros»;

nosotros, dados a la perífrasis,

decimos que los Pájaros se han ido.

Recuerdo una charla con la leonesa Ana Palomo —doctora en letras, experta en gramáticas, perita en dulce— sobre estos versos que a los dos nos encandilan y en los que ella vio cosas que no veía yo.

Este poema nace de la muerte de un niño y de su velatorio en los penetrales de su casa (within this inner room). Pero eso no lo sabemos hasta el final, cuando los vecinos hablan de muertos prematuros. Al principio estamos ante lo innominado. Un algo calla su nombre. ¿Es ese algo el cuerpo inanimado o la muerte misma?

La segunda estrofa contiene una clave profunda del poema: la incapacidad de comprender la muerte. Los vecinos, confusos, tocan y besan.

En la tercera estrofa, la voz poética nos cuenta lo que pasa; pero además es parte de la escena y confiesa su turbación por no entender, tampoco ella, esa solemne sencillez; por eso recomienda silencio. Sólo el silencio estaría a la altura del misterio que tienen delante. Ese misterio cristaliza en el hada apacible. Pero el hada ¿no podría también ser el alma del difunto? La imagen del hada aletea por la estancia y el poema con una belleza que va mucho más allá de lo que nunca podré expresar. Might scare the quiet fairy / Back to her native wood!

¿Y si la voz poética fuera, en realidad, la de otro niño? Incapaz de comprender la muerte, riñe a los mayores, no vaya a ser que ahuyenten lo que verdaderamente importa: el hada. La tensión de la escena la resuelve el genio poético de Emily Dickinson con tres palabras que nos sacan de la turbada incomprensión: Birds have fled. Los pájaros echan a volar y casi oímos el batir de sus alas.

En Dickinson, antes que el lirismo está el pensamiento. Tal vez por eso fue siempre marginal. De ella hizo Harold Bloom un elogio por el que yo pagaría doblones de oro sobre lascas de lapislázuli para que se dijese de mí: Ningún lugar común sobrevive a sus apreciaciones.
Fue contemporánea y conterránea de Emerson y Thoreau y Hawthorne y Poe y Moby Dick y Walt Whitman y, según escribió ella misma en una carta:

Canto como lo hace el niño junto al cementerio: porque tengo miedo.

Nada cabe añadir.

Chateaubriand

6 marzo, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 demarzo de 2017.

Sobre uno de los grandísimos:

2017_03_03_Chateaubriand

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CHATEAUBRIAND

Las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, son un Everest del estilo. No es este el rincón donde glosar sus méritos históricos o políticos; bastante haré si puedo contagiar un poco de mi entusiasmo por su prosa, que hipnotiza renglón tras renglón. El lujo mágico de su estilo, decía Marc Fumaroli.  Hoy sabemos que esta prodigiosa obra va más allá de eso y constituye una reflexión certera sobre la era democrática que inauguran —de manera bien distinta, eso sí— las revoluciones americana y francesa. Así empieza:

Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme.

El próximo 4 de septiembre, cumpliré setenta y ocho años: es hora ya de que abandone un mundo que me abandona a mí y que no echo de menos.

Digresión: Una lectura llama a otras y las funde en la cabeza, y así se tienen dos obras a la vez, la que se está leyendo y la resultante de la superposición de otras. Palimpsesto en la memoria. Al leer lo de arriba recordé unos versos de Borges:

Este verano cumpliré cincuenta años;

La muerte me desgasta, incesante.

Volvamos a Chateaubriand. Con esta elegancia explica la naturaleza serpenteante de la vida:

Las formas cambiantes de mi vida se han invadido así unas a otras: me ha ocurrido que, en mis momentos de ventura, he tenido que hablar de mis tiempos de miseria; en mis días de tribulación, describir mis días de dicha. Mi juventud, al penetrar en mi vejez; el peso de mis años de experiencia, al entristecer mis años mozos; […] mi cuna tiene algo de mi tumba, mi tumba algo de mi cuna…

Remacha con una idea que deambula entre la amargura de la vejez y la ironía salvífica:

La vida me sienta mal; tal vez me vaya mejor la muerte.

La muerte está presente en esta obra como una fuerza impulsora invencible, y ya a las pocas páginas nos dice que:

Estaba casi muerto cuando vine al mundo.

Un día fatal, el niño deja de serlo y aparece el hombre. Habla Chateaubriand:

Apenas vuelto de Brest a Combourg, se produjo una revolución en mi vida; una vez desaparecido el niño, se manifestó el hombre con sus alegrías pasajeras y sus tristezas duraderas.

Antes de Proust ya estaba Chateaubriand. ¡Hasta el Combray de aquel parece este Combourg! Tenía Chateaubriand una parecida concepción (hoy, mirada, palabrita fetiche entre los más conspicuos representantes de la modernura) del tiempo, pero una prosa superior. La traducción no refleja los cuatro hexasílabos (reglas métricas en mano) que se suceden con un compás hipnótico:

l’énfant disparut et l’homme se montra avec ses joies qui passent et ses chagrins qui restent.

Chateaubriand fue un hombre de una pieza entre dos mundos opuestos, el de antes y el de después de la Revolución Francesa, y entre dos vocaciones, la de político y la de escritor. Roland Barthes dijo que Chateaubriand era un Malreaux con estilo. Yo digo que es uno de los mejores escritores de todos los tiempos y en todas las lenguas.

Árboles

25 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 24 de febrero de 2017.

Los árboles son un poderoso símbolo para nuestra especie. La literatura lo sabe y lo recoge.

2017_02_24_arboles

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

ÁRBOLES

En Guerra y paz, Tolstói nos presenta al príncipe Andréi ante un imponente árbol:

Era un roble gigantesco […] de ramas rotas desde hacía mucho tiempo; el tronco, de corteza quebradiza […] cubierto de viejas y abultadas excrecencias. Con sus brazos enormes y retorcidos […] parecía, entre los sonrientes abedules, un viejo monstruo ceñudo y desdeñoso.

Las ramas rotas, el tronco quebradizo… ¡Machado!

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,

[…]

Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento. 

Ambos árboles son fuertes símbolos que surgen muy de dentro. Machado contempla el viejo olmo, entristecido por la muerte presentida de su amada Leonor.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

El roble ruso no quiere saber nada de la primavera, distinguiéndose, hurañamente, de los otros árboles cercanos:

Sólo él no quería someterse al encanto de la estación y no quería ver ni el sol ni la primavera.

Andréi, que ha perdido a su joven esposa, mira el árbol con más desengaño que Machado, pero igualmente dolido:

¡Todo es lo mismo y todo es engaño! No hay primavera, ni sol, ni felicidad. […]

Y en el alma del príncipe Andréi ese roble hizo surgir nuevas ideas carentes de esperanza, pero gratamente tristes.

Gratamente tristes, magnífico oxímoron que nos desconcierta momentáneamente, pero que enseguida nos centra en lo importante. Además, sopla ahí un vientecillo existencial que preludia otro árbol celebérrimo, el castaño de La náusea, de Sartre:

La raíz del castaño se hundía en la tierra justamente por debajo de mi banco. No me acordaba ya de que esto era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas […]. Estaba sentado […] sólo ante esta masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me causaba miedo. Y entonces tuve esa iluminación.

Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”.

Roquentin, el protagonista, se entrega luego a lucubraciones sobre la contingencia y las gaviotas-existentes. Se ha llegado a decir que en este fragmento está contenido todo Heidegger. ¡Todo! ¡Ahí es nada!

Antes de describir el arbolote, Andréi medita sobre otros más amables, frente los que la amargura del viejo roble se agranda:

Los abedules, con sus hojas verdes y pegajosas […] Dispersos entre los abedules, pequeños abetos, con su tosco verde perenne […] los cerezos silvestres, los alisos…

Lo que nos lleva al divino Virgilio y sus Geórgicas:

Y así por todas partes ocupando

Están los campos y encorvados ríos.

Como es la tierna mimbre y la retama,

Y el álamo, y el blanco y verde sauce.

¡Qué maravillosa hipálage: encorvar los ríos, cuando son los árboles de sus orillas los que se doblan!

Hay muchos árboles en la literatura. Un árbol ideal, platónico, es casi lo primero que pintamos de niños.  Será que todos llevamos un árbol dentro.

Ai

18 febrero, 2017 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de febrero de 2017.

En japonés, Ai significa amor (aunque también existe la palabra koi con parecido significado). He aquí algunas notas sobre un maravilloso cuento de Yasushi Inoue, titulado Sekitei (Jardín de rocas), que se incluyó en una recopilación de tres relatos sobre las cosas del amor.

2017_02_17_ai

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

AI

El jardín de rocas es un cuento inquietante del japonés Inoue Yasushi, de belleza etérea y minuciosa técnica. Se incluyó en una recopilación titulada Amor Ai en japonés—y no me consta que lo tengamos traducido.

Unos recién casados van a Kioto en su luna de miel. Se aman y su ternura nos alcanza:

A cualquier cosa que dijese, Mitsuko respondía con pequeñas exclamaciones de alegría y sus ojos resplandecían de felicidad.

Uomi había estudiado en Kioto y quería enseñarle la ciudad a su joven esposa. Decide llevarla al jardín de rocas de Ryoanji. De camino, algo repentino sucede; Mitsuko habla…

Pero su voz apenas si rozó el oído de Uomi y fue a perderse en la lejanía.

Había pasado una semana desde que empezaron el viaje de novios y por primera vez el corazón de Uomi se alejaba de su adorable esposa.

Esta revelación llega por sorpresa, salvo si uno ha caído en la cuenta de un detalle: la distancia mutable. Poco antes

Uomi y Mitsuko caminaban uno al lado del otro…

Un párrafo después

Mitsuko […] andaba despacio unos pasos detrás de él.

Pronto vemos que no sólo las distancias cambian, sino también el tiempo. Primero hay una contracción: pensaban pasar cinco días en Kioto, pero su estancia se redujo a uno solo. Después, el autor encadena dos analepsis (flash backs, si prefieren el inglés al griego) para llevarnos a la juventud de Uomi. Desde la historia principal retrocedemos trece años para presenciar la disputa de dos amigos por el amor de Rumi y luego reculamos dos años más para ver cómo se conocieron los tres. Volvemos a saltar adelante esos dos años y nos metemos en una aceleración del relato, mediante una elipsis de tres años y, por fin, tras estos paseos temporales, regresamos a la historia principal. Meter quince años en una docena de páginas, sin que nada chirríe, requiere un gran virtuosismo narrativo.

También en esos saltos cronológicos ha habido mutaciones de la distancia entre Uomi y Rumi, en este mismo jardín de rocas en el que ahora están los recién casados:

…vagabundearon sin meta por el recinto del templo, donde aún no habían florecido los cerezos, manteniendo entre ellos casi un metro de distancia.

Ahora los sentimientos de Uomi por Rumi se habían enfriado…

Uomi recurre a la brutalidad de un insincero te odio, para cortar de una vez por todas con Rumi, y vemos —tremendo símil— que la sangre abandona los labios de la despechada joven, en los que aparece:

Un blancor siniestro que recordaba el vientre de un pez.

Pero que no haya malos entendidos: todas las tecniquerías y tretas, todas esas analepsis y elipsis, no le hurtan nada a la lectura; tan sólo hacen posible la admirable economía de un relato que nos habla del amor en nuestras vidas, de dudas, de confusiones, de perplejidad, de incertezas y de ciclos que se repiten, sin que sepamos cómo manejarlos. El propio cuento es pura incertidumbre y llegamos a su conclusión sin entender bien por qué ha pasado lo que ha pasado, pues todo gira en torno a Uomi, excepto el final. ¡El final es de Mitsuko!

Discúlpenme si no revelo nada más. Mis labios están sellados.

Queridos segundones

12 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 10 de febrero de 2017.

A veces, los personajes secundarios de la literatura tienen mucho que decir.

2017_02_10_segundones

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

QUERIDOS SEGUNDONES

¿Qué les pasa a los personajes secundarios de la literatura cuando hacen mutis por el margen? ¿Qué va a ser de ellos? Un buen lector puede imaginar novelas enteras protagonizadas por estos comparsas fugaces.

Tolstói lleva lejos su cariño hacia los secundarios y pone su atención hasta en personajes que sólo aparecen para abrir una puerta o afilar una guadaña: uno era un buen bailarín, otro era diestro en aparejar caballerías, aquella se ocupaba con esmero de la educación de sus hijos. Ningún personaje es anónimo o sin alma, para Tolstói; de ellos siempre nos da detalles que sobrepasan la nimiedad de sus acciones o lo ancilar de sus funciones.

He aquí algunos de los personajes que revolotean a menudo por mi cabeza:

El enano Fajardo es un siniestro tipo que sale en La noche, novela corta y circense de Antonio Soler que nos hace pensar en la inolvidable película Freaks (La parada de los monstruos), de Tod Browning. En un texto que entrelaza la intensidad poética con la sordidez, destaca este malaje:

El enano Fajardo avanzó un paso más y se metió de lleno en el baño de luz. Tenía los ojos con más agua de lo acostumbrado […] un tipo como Fajardo, cicatriz y hiel, enano.

Desde que irrumpe en la historia no podemos zafarnos de su presencia maligna. Y, por cierto, su poder de seducción le debe mucho a su nombre (gran tema, este de los nombres novelescos) y al sintagma que nos coloca el escritor ante los ojos, el enano Fajardo, que se fragua enseguida como una yunta indestructible y enano como un epithetum constans (atención, gramáticos), sin el cual Fajardo no puede ya existir. Fajardo es el enano como Kautsky es el renegado (atención leninistas).

Celedonio es el repulsivo monaguillo que abre y cierra La Regenta. Dice Clarín, nada más empezar:

Celedonio, hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero […] ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída […] escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela.

Sombría descripción que nos conduce de nuevo a él, novecientas páginas después, en la última escena. Con la hermosa Regenta desmayada en el suelo de la catedral, Clarín retuerce el cuento del príncipe convertido en rana y redimido por un beso:

Celedonio sintió un deseo miserable, […] inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba nauseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Clarín consigue que este tipejo se nos haga nauseabundamente inolvidable, aunque nunca me ha parecido que este final llegue a la altura de tan gran novela.

Y por fin déjenme hablarles del hada Campanilla. Me leyeron Peter Pan, del escocés J. M. Barrie, un par de años antes de ver la película. Los de Disney se inventaron una campanilla hipersexualizada que con su figurín de diminuta Lolita y sus polvitos mágicos ha excitado la lubricidad de más de cuatro adultos retorcidos que yo me sé. Barrie, más sutil (y con los cánones eróticos preanoréxicos de principios del XX), enmarca el erotismo edénico de un vestidito de hoja, en una figura rellenita (embonpoint, dice con gracia afrancesada en el original):

… Campanilla, primorosamente vestida con una hoja, de corte bajo y cuadrado, a través de la cual se podía ver muy bien su figura. Tenía una ligera tendencia a engordar.

Tintineando de aquí para allá, convirtiéndose en un símbolo travieso y alado de los celos (casi tan real como el mismísimo Otelo), el hada Campanilla entra en nosotros para no abandonarnos nunca más, así pasen los lustros y las décadas. Ellos y mil más son mis queridos, queridos segundones de la literatura.