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Vetusta erótica

23 julio, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy, el viernes 22 de julio de 2016.
También disponible aquí.

 

La Regenta es una de las mejores novelas jamás escritas en lengua española. Y además de su gran calidad literaria, su lectura garantiza unos ratos divertidísimos. No es menester añadir más, aunque he querido, en mi artículo semanal, señalar dos de sus muchos aspectos notables: humor y erotismo:

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

VETUSTA ERÓTICA

La heroica ciudad dormía la siesta.

La zumba de la primera oración nos avisa: la ironía es ingrediente principal de La Regenta, novela de la mediocridad provinciana y de las desventuras de Ana Ozores, una de las grandes adúlteras novelescas, junto a Emma Bovary y Ana Karénina, aunque más panoli y sopiboba que ellas.

El humor atraviesa toda la novela y ya los desopilantes nombres de muchos personajes lo atestiguan: Pompeyo Guimarán, Restituto Mourelo, alias Glocester, Frígilis, Fortunato Camoirán, Petronila Rianzares, alias El Gran Constantino, o la jamona oficial de Vetusta, la sin par Obdulia Fandiño, ante la que rápidamente se nos pone en guardia:

Es epicurista. No cree en el sexto.

Menos atención que el humor ha merecido su erotismo, que no recorre toda la novela, pero la sazona con genialidad e interesante gradación; un imperceptible crescendo. De súbito nos llega una ráfaga de voyerismo con sutil aderezo sádico:

Desde allí veía, distraído, los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba […] En uno de sus movimientos […] Teresina dejó ver más de media pantorrilla y mucha tela blanca.

La  tensión de la escena la resuelve Clarín con un ingenioso quiebro:

De Pas sintió en la retina toda aquella blancura, como si hubiera visto un relámpago.

Y tras la ráfaga, un vendaval. Nabokov pasa por haber inventado el lolitismo literario (con permiso de Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas), pero Clarín llegó antes. Veamos al clérigo Fermín de Pas, que siempre se pone como gallina que ve lombriz con ciertas cosas, prefigurar las inclinaciones del Humbert Humbert de Lolita:

 …las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más […] algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes […] Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa que acababa de mascar…

 ¿Turgencias? ¿Capullos? ¿Botones de rosa? ¡Don Fermín, que se pierde!

Pero cuando surge un erotismo poderoso y desbordante es el día en que la hermosa Ana Ozores, presa de uno de sus furores místicos, decide salir en procesión. Vestida de nazarena, con su sayal y descalza. ¡Conmoción en Vetusta! Pies desnudos que desatan la lujuria asomando bajo el hábito. Mujer casada atrayendo sobre sí el callado berreo de los verracos. El talento narrativo de Clarín legitima a los lectores para preguntarse cosas que él no menciona: ¿Llevará solo una enagua debajo? ¿Irá desnuda? ¿Rozará la burda tela su piel cálida, sus negros pezones sin duda erectos, su vientre terso y virginal?

Leí toda la escena con la respiración contenida, la emoción creciente y con otras alteraciones somáticas que mencionar no debo. Pura maravilla. Háganse ustedes el favor: léanla o, si ya lo han hecho, repitan.

clarin

Leopoldo Alas, «Clarín»

 

 

Principios

27 junio, 2016 — Deja un comentario

Siempre he dado importancia a cómo empiezan las novelas (y también otras obras literarias).

Con frecuencia son heraldos bien informados de lo que vendrá. Nos preparan para su recibimiento, nos anuncian el tono y la voz que serán su columna vertebral; entornan (cuando no abren de par en par) las puertas de la aventura literaria en la que estamos por entrar , invitándonos a escudriñar un poco, y, en lo práctico, son estupendos indicios para saber si debemos comprar un libro o dejarlo en su triste soledad.

De eso va este artículo, publicado el 24 de junio de 2016 en el diario Málaga Hoy.

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Entrañas

18 junio, 2016 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de junio de 2016, junto después del Bloomsday, que los lectores de Joyce tenemos en especial consideración.

Tal vez haya mensajes ocultos en los riñones que leo Bloom come con fruición.

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monroe-reads-joyce1

Marylin dizque leyendo el Ulises. So be it.

Trenes

11 junio, 2016 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy, el viernes 10 de junio de 2016.

¡Trenes, qué lugares!

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Texto sentido_Trenes

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

TRENES

Los trenes atraviesan la literatura; desde que se inventaron han sido escenario de cientos de novelas. La fascinación que suscitan (quizás ya no los gélidos AVE) tiene tres posibles causas: nos acercan a alguien, nos alejan de alguien o nos prometen furtivos encuentros en el trayecto.

Los victorianos sucumbieron a su hechizo. ¿Qué contestó Sue Bridehead al protagonista de Jude the Obscure, de Thomas Hardy, cuando le propuso dar un paseo por la catedral?

Preferiría ir la estación […] Allí está ahora el centro de la vida de la ciudad. El tiempo de la catedral pasó.

George Eliot nos contó la excitación que llegó a Middlemarch con el ferrocarril.

En 1890 Zola publica su tremenda novela ferroviaria La bestia humana, anticipándose a El tren de Estambul (G. Greene) y Asesinato en el Orient Express (A. Christie), ya sin el naturalismo a cuestas.

Simenon los consagró como escenario de dramas y misterios. Tiene razón cuando, en El hombre que miraba pasar los trenes, escribe:

Si prefería los trenes nocturnos es porque adivinaba en ellos algo extraño, casi vicioso… Tenía la impresión de que las gentes que viajan en ellos se van para siempre…

¿Cómo imaginar En busca del tiempo perdido sin el tren, si hasta las guías ferroviarias tienen un papel estelar?

…hundíase Swann en la más embriagadora novela de amores, la guía de ferrocarriles, que le enseñaba los medios de que disponía para correr a su lado…

Bohumil Hrabal escribió la estupenda novela Trenes rigurosamente vigilados, ambientada en una estación de la Checoslovaquia ocupada por los nazis.

Un tren que saca de Alsacia a los desmoralizados soldados alemanes permite a Alfred Döblin, en Burgueses y soldados, una admirable hipálage:

Olvidó sus blasfemos pensamientos mientras traqueteaba junto a la viuda del primer teniente…

Patricia Highsmith narra la sórdida urdimbre de dos crímenes en Extraños en un tren.

Y, claro está, Tolstói. En un tren conoce Ana Karénina a su amante. Muchas páginas después el círculo se cierra: despechada y atormentada, se mata en una escena inolvidable:

Miraba la parte baja de los vagones, los pernos, las cadenas […] «¡Allí! —se decía, mirando la sombra proyectada por el vagón […] y hundiendo la cabeza entre los hombros, se arrojó debajo del vagón, cayendo sobre las manos; […] algo enorme e implacable le golpeó la cabeza […] Y la vela […] resplandeció con más fuerza que nunca, iluminó lo que antes había estado sumido en tinieblas, chisporroteó, empezó a parpadear y se extinguió para siempre.

Tolstói —debía de estar escrito— murió acogido en la casa de un modesto jefe de estación, oyendo los trenes pasar.

 

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 de junio de 2015.

Cazar detalles en un texto literario multiplica el placer de su lectura y enciende focos que iluminan rincones asombrosos, pero que para el lector apresurado pueden permanecer en penumbra.

Los buenos lectores, los observadores, los pacientes saben que en los detalles no sólo está el diablo, sino el alma de la literatura, los escrupulillos del cascabel.

 

Por cierto, lo de las orejas es de Ana Karénina. La explicación resultó mutilada al maquetar la página.

Divinos detalles

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

DIVINOS DETALLES

Apóstoles y asesinos, de Antonio Soler:

…un pañuelo blanco […] Flojo, de seda, no asomando del bolsillo a modo de cresta de gallo sino derramándose casi por completo, pavoneándose en su desmayo […] y flotando […] como un gas pesado o una flor exótica.

La atención puesta en los detalles de un objeto nimio, que adquiere así una importancia inusitada, apacigua el ritmo del lector y consigue que detenga en él su mirada para lograr «verlo» y no solo imaginarlo.

Los detalles tienen alma. Nabokov los llamaba divinos. «¡Acariciad los detalles!», urgía, enardecido, a sus alumnos.

Los hay preñados de significado, como la imperfección que Ana Karénina descubre en su marido cuando se reúne con él tras una breve ausencia en la que conoció a su futuro amante:

La primera persona a quien vio al apearse del tren fue a su marido. «¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días?»

Orejas de súbito feas que preludian rechazo y adulterio.

Un personaje de Döblin escruta un cuerpo en una bañera caliente y nos dice:

En el vello de las pantorrillas se habían instalado pequeñas perlas de aire como caracoles,…

Simenon, lúbrico (era un gran fornicador), se fija en detalles más turbadores. En La habitación azul:

¿No evocaba el cuarto azul, el cuerpo mórbido de Andrée, sus piernas abiertas, el sexo oscuro que lentamente goteaba semen?

Es un detalle avasallador e inexorable que impone su presencia y nos atrapa. Aun si no detenemos la lectura, nuestra mente sigue un rato en ese semen coño abajo. Pero después nos revela pormenores culinarios y hogareños que un lector apresurado podría perderse.

La casa exhibía el olor de los domingos, el del asado que Gisèle, en cuclillas ante el horno abierto, estaba remojando con jugo. Cada domingo comían asado de buey con clavo […] El martes era el día del potaje.

(Fíjense, por cierto, en ese Gisèle en cuclillas. Suculento detalle dentro del detalle).

Y también, claro, la inagotable poesía en los detalles de Proust, l’Empereur des détails; centenares. En el otro extremo, la enfermiza minuciosidad del Nouveau roman.

Pero los detalles no solo dicen cosas de los escritores; también de los lectores. Los separan en dos bandos inconciliables: los impacientes, que los detestan y se los saltan, ansiosos por amorrarse al grifo de la acción para bebérsela a chorro, y los observadores, que se deleitan en los remansos de la trama y espían sus aparentes bagatelas en busca de claves y secretos.

Los últimos saben que en los detalles no sólo está el diablo, sino el alma de la literatura, los escrupulillos del cascabel.

La chambre bleue kareninabandnouvr