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Prosas tupidas

18 marzo, 2017 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de marzo de 2017. English version

Faulkner, o cuando en lenguaje es un juguete fastuoso con el que envolver tremendas ideas.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

PROSAS TUPIDAS

Las telas se tejen pasando la trama entre la urdimbre; la proporción de hilos entre una y otra determina su tupidez.

La prosa de algunos escritores es liviana. La trama va atravesando una urdimbre de pocos hilos y avanza a buen paso hacia su desenlace. La de otros es tupida; la trama pasa, necesariamente más despacio, por entre un gran número de cabos de urdimbre. (Hablo de los buenos escritores. En los malos, lo liviano es aguachirle y lo tupido, cenagal).

Banderas sobre el polvo, de Faulkner, contiene cientos de ejemplos para ilustrar lo que digo. (Las traducciones que siguen son mías).

Es una escritura minuciosa que todo lo anota. No basta con decir que en un local había gente comiendo, sino que:

…unos cuantos hombres y mujeres, gente del campo especialmente,  comían con un decoro torpe y solemne. Al lado estaba la cocina, llena de olores de fritura con sus agudos siseos, en la que dos negros se movían como espectros en un azul letargo de humo.

Si los agudos siseos resultan llamativos, el brittle hissing original hechiza con sus afiladas y contrapuestas onomatopeyas. Sobre tal fondo sonoro, fantasmas en azul.

Faulkner tiene una lupa para escrutar cada detalle y no se limita a contar que alguien llevó unos vasos, sino que puso en la mesa:

…dos vasos recién enjuagados, por los que aún se deslizaban perlas de agua, y permaneció de pie secándose las manos con el delantal.

Las perlas de agua en movimiento; el camarero se quita de las manos la humedad que no había quitado de los vasos; el joven negro, casi inmóvil, les ha transmitido su movimiento a las gotas y hay zoom sobre la mesa: la escena literaria se asoma a la pintura y el cine.

Cualquier pueblo tiene una calle con árboles. Los de Faulkner, mucho más:

Un pueblo entre sus árboles, sus calles sombreadas como verdes túneles a lo largo de los que vidas apretadas cumplían con sus tranquilas tragedias.

Peaceful tragedies, nos dice con uno de esos oxímoros suyos que nos zarandean de improviso.

En otro momento, el ojo implacable del novelista nota y anota que los caballos de tiro están:

…cada día más avejentados y menos altaneros, por la inactividad y la falta de cepillado diario…

Los caballos fueron altivos, como los Sartoris, y para explicar la relación de estos con la vida dice que:

Los Sartoris se habían reído del Tiempo, pero el Tiempo, más longevo que los Sartoris, no era vengativo.

En otros novelistas, la atención por el detalle se manifiesta con la fugacidad de un adjetivo o el esbozo de un gesto que revela escondrijos de un alma. En Faulkner ocupa párrafos enteros. Usa una lupa enorme que libera su portentoso virtuosismo verbal. Para nuestra fortuna, es un virtuosismo fértil, que encontramos casi en cada párrafo. El milagro es que no interrumpe la historia ni la construcción de personajes inolvidables ni la de un mundo fascinante. La lanzadera, que arrastra la trama sobre el telar, avanza con parsimonia, pero no se detiene.

Por eso es Faulkner uno de los autores que mejor retribuye la relectura. Ya lo intuyó él, pese a su desdén. Esto le preguntaron una vez y esto respondió:

Hay quienes dicen no entender lo que escribe ni aun leyéndolo dos o tres veces. ¿Qué les sugiere?

Que lo lean cuatro veces.

Su estilo es grandioso y original, lleno de fórmulas y giros lingüísticos que configuran su personalísima representación del mundo, algo que los expertos de estilística llaman el estilo mental de un autor (y que me aspen si entiendo por qué).

Una cosa sí sé: Faulkner está en la docena de los más grandes novelistas de todos los tiempos. Hagan cuentas.

 

Queridos segundones

12 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 10 de febrero de 2017.

A veces, los personajes secundarios de la literatura tienen mucho que decir.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

QUERIDOS SEGUNDONES

¿Qué les pasa a los personajes secundarios de la literatura cuando hacen mutis por el margen? ¿Qué va a ser de ellos? Un buen lector puede imaginar novelas enteras protagonizadas por estos comparsas fugaces.

Tolstói lleva lejos su cariño hacia los secundarios y pone su atención hasta en personajes que sólo aparecen para abrir una puerta o afilar una guadaña: uno era un buen bailarín, otro era diestro en aparejar caballerías, aquella se ocupaba con esmero de la educación de sus hijos. Ningún personaje es anónimo o sin alma, para Tolstói; de ellos siempre nos da detalles que sobrepasan la nimiedad de sus acciones o lo ancilar de sus funciones.

He aquí algunos de los personajes que revolotean a menudo por mi cabeza:

El enano Fajardo es un siniestro tipo que sale en La noche, novela corta y circense de Antonio Soler que nos hace pensar en la inolvidable película Freaks (La parada de los monstruos), de Tod Browning. En un texto que entrelaza la intensidad poética con la sordidez, destaca este malaje:

El enano Fajardo avanzó un paso más y se metió de lleno en el baño de luz. Tenía los ojos con más agua de lo acostumbrado […] un tipo como Fajardo, cicatriz y hiel, enano.

Desde que irrumpe en la historia no podemos zafarnos de su presencia maligna. Y, por cierto, su poder de seducción le debe mucho a su nombre (gran tema, este de los nombres novelescos) y al sintagma que nos coloca el escritor ante los ojos, el enano Fajardo, que se fragua enseguida como una yunta indestructible y enano como un epithetum constans (atención, gramáticos), sin el cual Fajardo no puede ya existir. Fajardo es el enano como Kautsky es el renegado (atención leninistas).

Celedonio es el repulsivo monaguillo que abre y cierra La Regenta. Dice Clarín, nada más empezar:

Celedonio, hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero […] ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída […] escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela.

Sombría descripción que nos conduce de nuevo a él, novecientas páginas después, en la última escena. Con la hermosa Regenta desmayada en el suelo de la catedral, Clarín retuerce el cuento del príncipe convertido en rana y redimido por un beso:

Celedonio sintió un deseo miserable, […] inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba nauseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Clarín consigue que este tipejo se nos haga nauseabundamente inolvidable, aunque nunca me ha parecido que este final llegue a la altura de tan gran novela.

Y por fin déjenme hablarles del hada Campanilla. Me leyeron Peter Pan, del escocés J. M. Barrie, un par de años antes de ver la película. Los de Disney se inventaron una campanilla hipersexualizada que con su figurín de diminuta Lolita y sus polvitos mágicos ha excitado la lubricidad de más de cuatro adultos retorcidos que yo me sé. Barrie, más sutil (y con los cánones eróticos preanoréxicos de principios del XX), enmarca el erotismo edénico de un vestidito de hoja, en una figura rellenita (embonpoint, dice con gracia afrancesada en el original):

… Campanilla, primorosamente vestida con una hoja, de corte bajo y cuadrado, a través de la cual se podía ver muy bien su figura. Tenía una ligera tendencia a engordar.

Tintineando de aquí para allá, convirtiéndose en un símbolo travieso y alado de los celos (casi tan real como el mismísimo Otelo), el hada Campanilla entra en nosotros para no abandonarnos nunca más, así pasen los lustros y las décadas. Ellos y mil más son mis queridos, queridos segundones de la literatura.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 13 de enero de 2017.

Baroja nunca fue un novelista de mi predilección, pero tiene su punto y cosas muy notables. Comento hoy una de ellas.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LA TINAJA DE DOROTEA

En El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, hay grandes momentos, como la escena en la que el atormentado protagonista —un joven Werther hispánico— se acuesta con su casera. Baroja logra que este pasaje nos sorprenda.

Ella también estaba turbada, palpitante. Andrés apagó la luz, y se acercó a ella.

Dorotea no resistió. […]

Al amanecer comenzó a brillar la luz del día…

Entre la luz que se apaga y la que nace, la elipsis que escamotea el coito. Pese a ello, la lectura de toda la escena produce tensión erótica.

Andrés no es un seductor Mañara. Ha comprendido tarde que se siente atraído por Dorotea y dispone ya de pocas horas para amarla y ser amado:

… está usted casada con un hombre que es un idiota… y a quien yo, como usted, engañaría con cualquiera.

—¡Jesús! […] ¡Qué cosas me está usted diciendo!

—Son las verdades de la despedida… Realmente, yo he sido un imbécil en no haberle hecho a usted el amor.

(En aquel tiempo, hacer el amor significaba cortejar). La respuesta de Dorotea, tiznada de reproche, revela que no se opondrá.

—¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés? […]

—¿Qué me quiere usted? —dijo. […] soy una mujer honrada…

—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos solos, nadie habría de saber que usted había sido mía.

(Digresión: tengo para mí que cuando se podían decir cosas como va usted a ser mía, follar daba más gusto). Sigue Andrés con una imagen algo convencional, pero hermosa y eficaz:

Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.

Está permitido suponer que no era sólo el corazón lo que le palpitaba como un martillo.

La escena, brevísima, es poderosa por su impetuoso candor. Pero más interesante aún es su preparación. Una lectura rápida (y Baroja invita a ella, pues su desmayada sintaxis hace penosa una lectura atenta) nos puede hacer pensar que esa escena fue repentizada por el novelista.

No es así. Lo que pasa es que Baroja fue sutil al prepararla, es decir, al darle justificación novelística. Veinticinco páginas antes, Andrés observa a Dorotea coser cerca del pozo. Hay claveles y albahacas. Entonces piensa en su brutal marido:

«¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa y tan simpática…!»

Una intimidad (que ni ellos mismos reconocían) había empezado a surgir aun antes, cuando él le pide una tinaja para poder tomar un baño diario; su diálogo puede leerse con doble sentido:

—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?

—Sí, señor; ¿por qué no? […]

—¿Y de comer? […] ¿No quiere usted alguna cosa más?

Nada hace pensar que anide aquí una pulsión sexual, hasta que llegamos al momento en que, efectivamente, Dorotea le cede la tinaja. La escena es un tajamar que divide a los lectores. A este lado los ingenuos o los poco atentos; a este otro, los que atan cabos y recuerdan lo leído páginas antes.

He aquí lo que Andrés piensa de Dorotea, tras platicar de tinajas, baños y comidas:

La patrona era una mujer morena, de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.

Aunque la descripción sea anodina y convencional (¡ay, el azabache de marras!), justifica anticipadamente la posterior seducción y es, novelísticamente hablando, un acierto.

Lo mejor de todo esto: la sigilosa maestría con la que el novelista prepara la escena y nos conduce de puntillas hasta ella, muchas páginas después.

Capítulo primero

2 diciembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de diciembre de 2016.

Al empezar una novela hay que abandonar un mundo para entrar en otro.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CAPÍTULO PRIMERO

El comienzo de una novela es un umbral. Lo cruzamos para abandonar el mundo real y entrar en el inventado. Transición. Alea iacta est. Para empezar hay que familiarizarse con la voz, el léxico y la catadura sintáctica del escritor; adaptación a un mundo nuevo.

En Karnaval, de Juan Francisco Ferré, el narrador nos previene desde el principio:

…adoptaré muchas formas, pero me reconocerán enseguida. Mi voz será mi contraseña…

Su astuta estrategia para introducirnos en la novela es metanarrativa y malévola. Matanarrativa, porque empieza planteándonos un problema —El Problema— de técnica novelística: ¿quién narra? Malévola, porque el narrador esparce a sabiendas confusión sobre sí mismo:

¿Quién soy yo? En una buena pregunta para empezar. Ni yo mismo lo sé, pero tampoco importa mucho.

Podemos llegar a creer en su modestia tras este arranque y compadecernos de su identidad zozobrante, pero sobrevienen las dudas cuando el narrador insiste:

Yo no soy importante. A quién le importa quién habla aquí […] quién pueda ser yo, quién pueda decir que soy, importa mucho menos…

Demasiada porfía para no ser sospechosa. El propio narrador refuerza la sospecha al señalarnos, certero, la gran frontera entre realidad y relato: lo que soy y lo que digo que soy, bien pudieran no ser la misma cosa.

He tenido muchas vidas. Muchos nombres

…añade, dándole la vuelta a San Marcos 5:9 –Mi nombre es Legión, pues somos muchos. Después remata significativamente: Soy ahora un principio de perplejidad, que subraya su voluntad de seguir entre neblinas, pero que nos permite entrever algo, un fanal en la bruma: estamos ante un narrador intelectual; los ordenanzas o los taxistas no son perplejidades, simplemente dudan. Karnaval comienza suscitando preguntas sobre la fiabilidad del narrador y sobre el grado de credulidad que vamos a concederle. Nos recibe en su historia como Drácula recibió a Harker en su castillo: Bienvenido a mi casa. Entre libremente, por su propia voluntad. Luego vinieron las hemorragias.

Rafael García Maldonado adopta en La guarida otra estrategia y nos propone tres comienzos, porque para qué cicatear.

Empieza recurriendo a un cronista, un transcriptor, un Cide Hamete Benengeli, que —nos dice— va a presentarnos el relato autobiográfico de Martín, quien, a su vez, nos contará la historia de otros dos personajes. El laberinto narrativo está servido. Te digo que dicen que han dicho… Alguien va a escribir lo que otro escribió sobre otros. El novelista rehúsa darnos papilla. Es menester masticar si queremos sacarle el mucho jugo que tiene la novela.

Este transcriptor ya nos advierte de que no será sólo eso:

Este relato, aderezado en parte por mis notas…

Después, un segundo comienzo donde ya escribe el transcripto (¡vivan las consonantes dobles!). Este preámbulo acaba con un asomo de prolepsis (flash-forward en moderno) que nos anticipa el futuro de la historia:

…ignora que tiene por delante casi cinco años de encierro.

Por fin, arrastrados por el pescuezo al laberinto, llegamos al tercer comienzo, el de la historia que justifica la novela, del que consigno esto:

Todo el mundo debería morirse […] en el sillón donde tanto se ha leído.

Un novelista, ya lo vemos, es también un estratega, quod erat demonstrandum.

Procaces albornoces

25 octubre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 21 de octubre de 2016.

Es muy centroeuropea y muy especial y muy morbosa y muy médica y muy burguesa y muy nostálgica y muy sensual. Es la novela de balneario.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PROCACES ALBORNOCES

Los lugares de veraneo y su extensión morbosa, los sanatorios de aguas salutíferas, tienen su propio subgénero: la novela de balneario. La dama del perrito (Chejov), El jugador (Dostoievski), Verano en Baden-Baden (Tsypkin) y, claro, Thomas Mann, que con La montaña mágica y La muerte en Venecia es el rey del mambo del subgénero. Hors catégorie, Proust. De las nuestras recuerdo Un viaje de novios (naturalismo pacato), de Pardo Bazán, y Pabellón de reposo, de Cela, que no son gran cosa.

Mihail Sebastian fue un escritor rumano y judío que admiro. Vivió en un Bucarest convulso y compartió veladas y amistad —luego truncada— con Cioran (pronúnciese Chorán) y con Mircea (pronúnciese Mircha) Eliade. Su Diario de los años fascistas es atronador y debe leerse. En 1933 escribió Mujeres. La he vuelto a hojear y advierto que la primera de sus cuatro historias pertenece al subgénero.

Las relecturas permiten mayor atención a los detalles y he disfrutado con las piruetas de la novela, que salta de la metafísica irónica:

Y si, por casualidad, la eternidad tuviera el sabor de esta sobremesa

a la psicología galante:

—No cabe duda, señora Bonneau: es muy hermosa.

—No, querido amigo. Solo muy serena.

Los balnearios propician amoríos ilícitos. No debe haber novela de balneario sin un adulterio, soñado o consumado, entre caldas u hontanares, playas desiertas o terrazas donde vortiginosos albornoces nos asoman a turbadoras desnudeces tísicas. También hay esputos.

Renée Rey tiene un cuerpo feo, manos muy delicadas […] piernas asustadizas […] y los ojos sombríos.

—Renée, eres la mujer más desnuda del mundo.

[…] estar desnudo no significa estar sin ropa. Hay mujeres desnudas y mujeres sin ropa.

Adulterio es igual a triángulo escaleno, pues los lados son desiguales. (¿Hay una geometría euclidiana de esto? ¿Adulterios obtusángulos y el coseno de los cuernos?). Veamos cómo nace el polígono. El marido les pide que posen para una foto y el galán sondea:

—Si hay que hacer una escena de película —susurra Valeriu—, yo preferiría, señora, una de amor.

Ha hecho el comentario como de pasada […] para poder convertirlo fácilmente en una broma si es necesario.

Renée sonríe como por casualidad y no responde nada.

No responde, pero los lectores vemos ya asomar dos bultos en las sienes del inminente cornalón.

Mihail Sebastian engasta los matices, como en esta descripción (en la que anida la voz de Simenon):

Las ventanas del hall están abiertas, dentro se oyen voces familiares. Se ve, al trasluz, el humo azulado del tabaco […] los reflejos del lago a lo lejos tienen algo de fijo, de dominante.

A la suave ondulación del humo se contrapone la quietud —que columbramos también azulada— de las aguas y emerge un hipnótico equilibrio sobre el que flotan voces.

Como se lee en la cautivadora La ciudad de las acacias, Mihail Sebastian ve a las mujeres con intensa hondura masculina, o sea, con ternura recelosa. En la primera historia de Mujeres se aprovecha de algunas características del subgénero para tener ya hecho el marco de la historia y concentrarse así en sus penetrales. Lo hace de maravilla.