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Árboles

25 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 24 de febrero de 2017.

Los árboles son un poderoso símbolo para nuestra especie. La literatura lo sabe y lo recoge.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

ÁRBOLES

En Guerra y paz, Tolstói nos presenta al príncipe Andréi ante un imponente árbol:

Era un roble gigantesco […] de ramas rotas desde hacía mucho tiempo; el tronco, de corteza quebradiza […] cubierto de viejas y abultadas excrecencias. Con sus brazos enormes y retorcidos […] parecía, entre los sonrientes abedules, un viejo monstruo ceñudo y desdeñoso.

Las ramas rotas, el tronco quebradizo… ¡Machado!

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,

[…]

Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento. 

Ambos árboles son fuertes símbolos que surgen muy de dentro. Machado contempla el viejo olmo, entristecido por la muerte presentida de su amada Leonor.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

El roble ruso no quiere saber nada de la primavera, distinguiéndose, hurañamente, de los otros árboles cercanos:

Sólo él no quería someterse al encanto de la estación y no quería ver ni el sol ni la primavera.

Andréi, que ha perdido a su joven esposa, mira el árbol con más desengaño que Machado, pero igualmente dolido:

¡Todo es lo mismo y todo es engaño! No hay primavera, ni sol, ni felicidad. […]

Y en el alma del príncipe Andréi ese roble hizo surgir nuevas ideas carentes de esperanza, pero gratamente tristes.

Gratamente tristes, magnífico oxímoron que nos desconcierta momentáneamente, pero que enseguida nos centra en lo importante. Además, sopla ahí un vientecillo existencial que preludia otro árbol celebérrimo, el castaño de La náusea, de Sartre:

La raíz del castaño se hundía en la tierra justamente por debajo de mi banco. No me acordaba ya de que esto era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas […]. Estaba sentado […] sólo ante esta masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me causaba miedo. Y entonces tuve esa iluminación.

Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”.

Roquentin, el protagonista, se entrega luego a lucubraciones sobre la contingencia y las gaviotas-existentes. Se ha llegado a decir que en este fragmento está contenido todo Heidegger. ¡Todo! ¡Ahí es nada!

Antes de describir el arbolote, Andréi medita sobre otros más amables, frente los que la amargura del viejo roble se agranda:

Los abedules, con sus hojas verdes y pegajosas […] Dispersos entre los abedules, pequeños abetos, con su tosco verde perenne […] los cerezos silvestres, los alisos…

Lo que nos lleva al divino Virgilio y sus Geórgicas:

Y así por todas partes ocupando

Están los campos y encorvados ríos.

Como es la tierna mimbre y la retama,

Y el álamo, y el blanco y verde sauce.

¡Qué maravillosa hipálage: encorvar los ríos, cuando son los árboles de sus orillas los que se doblan!

Hay muchos árboles en la literatura. Un árbol ideal, platónico, es casi lo primero que pintamos de niños.  Será que todos llevamos un árbol dentro.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 de febrero de 2017.

Cuando unas artes se ocupan de otras; cuando la literatura usa su materia prime, las palabras, para describir cuadros y esculturas; cuando aparece la «écfrasis».

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Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LA COYUNDA DE LAS ARTES

A la divina edad de catorce años, un profesor que se regocijaba con las palabras nos explicó la écfrasis: descripción literaria de una obra pictórica o escultórica. Para ilustrarla leyó en voz alta el pasaje de la Ilíada donde Homero describe el escudo de Aquiles. Fue una lectura parsimoniosa, salpicada de erudición pertinente y deteniéndose en cada detalle: una lección de cómo hay que leer.

Empieza Homero con materiales y herramientas:

El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.

Después, el artefacto:

…un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata.

Y al final, los detalles:

Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable (vean dónde aprendió Borges a adjetivar) y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan…

La portentosa descripción ocupa tres deleitosas páginas. Hay en el escudo ciudades, bodas, festines, flautas y cítaras y jóvenes danzantes. Hay ejércitos, rebaños y pastores con zampoñas. Están la Discordia, el Tumulto y la funesta Ker, y campos de crecidas mieses y una encina y un corpulento buey y una hermosa viña; doncellas y mancebos y rebaños de vacas de erguida cornamenta, y cándidas ovejas y vestidos de lino y bonitas guirnaldas. Al fin:

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.

Con esta descripción minuciosa, Homero crea un modelo imperecedero e inaugura la fructuosa promiscuidad entre las distintas manifestaciones del arte, que ya nunca cesó. Hoy mismo, por ejemplo, lo que la literatura hace con las artes plásticas, lo hace el cine con la literatura. Aquella describe pinturas con las palabras y este, novelas con la cámara.

Veintisiete siglos después, en el capítulo V de A contracorriente, Joris Karl Huysmans ofrece otra maravillosa écfrasis, esta vez de un cuadro: la Salomé de Gustave Moreau. Allí, alrededor de la figura de Herodes:

…ardían productos aromáticos que exhalaban nubes vaporosas traspasadas por el brillo de las gemas incrustadas…

Ya no sólo se mezclan artes distintas —literatura y pintura—, sino sentidos distintos: vista, olfato, tacto. A la écfrasis se le suma la sinestesia, otro recurso que estudia la retórica; en el cuadro visto por Huysmans, Salomé aparece entre un aroma perverso y se desliza sobre las puntas de sus pies con una gran flor de loto a la altura del rostro. Después empieza:

…la lúbrica danza que ha de despertar los sentidos aletargados del viejo Herodes.

Los de Herodes y los de cualquiera. Lean:

Ondulaban los senos de Salomé y, al contacto con los collares que se agitan frenéticamente, sus pezones se enderezan; sobre su piel sudorosa centellean los diamantes […] la coraza de orfebrería […] bulle y se agita sobre la carne mate, sobre la piel rosa de té…

¡Pezones enhiestos al rozarse con frenéticos collares! ¡A mí la guardia!

Siguen varias páginas prodigiosas en las que la palabra sustituye con éxito al pincel. La gran lección de Homero ha sido bien aprendida.

Écfrasis: la coyunda de las artes.

Punto final

28 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 27 de enero de 2017.

Quien empiece a escribir una novela debe saber que habrá de terminarla. Que se lo piense dos veces.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

PUNTO FINAL

La diarrea de Yukiko duró todo el día veintiséis y fue un problema en el tren a Tokio.

Con este chaparrón de realidad acaba Las hermanas Makioka, de Junichiro Tanizaki.

Los principios de las novelas se trabajan con el ímpetu de lo nuevo, pero mantenerlo hasta el final no está al alcance de todo novelista. A veces el autor, agotado, no sabe sacudirse la araña de encima y zafarse de la tortura, cerrar la historia y dejar, por fin, de escribir.

Graham Greene apostrofa al Hacedor en el final de The End of the Affair, pero igual estaba pensando en la novela:

¡Oh, Señor! Ya has hecho bastante. Ya me has quitado bastante. Estoy demasiado viejo y cansado para aprender a amar; déjame en paz de una vez.

Del final de una novela no espero lecciones ejemplares ni resúmenes fulgurantes. Le exijo que no eche el cerrojo dejándome fuera, que la narración no termine con el punto final, sino que siga acompañándome mucho tiempo. Busco que me impida salir de la novela, si es que ha sido una obra de arte y no un expediente editorial.

En la colosal En busca del tiempo perdido, Proust remata la proeza de haber escrito siete volúmenes, con una increíble vuelta-a-empezar. ¿Qué leemos en las últimas páginas de una obra que tiene un millón y medio de palabras? Que por fin ha llegado el momento de ponerse a escribir. ¿Pero escribir qué? ¡Pues la obra misma que estamos terminando tras meses de lectura!  Es el movimiento circular más asombroso de la historia de la novela; la macropescadilla narrativa.

Y por fin realizaría lo que tanto había deseado en mis paseos por la parte de Guermantes […] acostumbrarme para siempre a la idea de acostarme sin besar a mi madre…

Con esas palabras volvemos al mismísimo comienzo de la novela. Además Proust no renuncia a ser Proust: el final no es aquí una frase brillante sino muchas páginas densas donde desmenuza el plan de la obra —que acabamos de leer, pero que va a ponerse a escribir, ¡abracadabra!—.

Pero hablamos de finales y hay que darle a John Steinbeck la última palabra. En Las uvas de la ira los Joad, azuzados por la Gran Depresión, han padecido mil penalidades en su migración a California. Rose of Sharon, quebradas sus esperanzas, ha perdido a su hijo en el parto; en un granero encuentra a otro desgraciado que agoniza de hambre, y entonces surge la literatura:

Se recostó a su lado lentamente. Él movió despacio la cabeza a un lado y otro. Rose of Sharon aflojó un lado de la manta y descubrió un pecho. «Hazlo», dijo. Se acercó más a él, contorsionándose, y atrajo hacia sí la cabeza. «Toma», dijo. «Así». Pasó la mano por detrás y le aguantó la cabeza. Los dedos se movían suavemente entre el pelo del hombre. Levanto la vista y contempló el granero, y sus labios se juntaron en una sonrisa misteriosa.

No sabemos si las tetas de Rose of Sharon eran aún pétreos cántaros u odres exangües, si su leche sabía al néctar de la cabra Amaltea o si se había agriado por la pena, si sus pezones eran pálidos y dulces como delicias turcas, o de esos otros, fieramente oscuros, que atraen con su altiva protuberancia la boca de los lactantes de cualquier edad. La fuerza rabiosamente humana de la escena se impone a cualquier ensoñación lasciva.

Qué grandeza literaria, concebir este final, que entre lo tremendo y lo escabroso nos lleva a pensar en el renacer de la vida y en la capacidad de la especie para la compasión y la ternura.

 

Más sobre Steinbeck aquí, aquí y aquí

Más sobre Proust, aquí. aquí, aquí y aquí

Reapariciones

22 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 20 de enero de 2017.

Cuando un personaje de una novela reaparece en otra, algo importante pasa en la psicología del lector. veamos qué:

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Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

REAPARICIONES

En las novelas los personajes aparecen; nos los van presentando los narradores o se presentan ellos mismos:

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.

Así quiso Cela que se nos apareciera Pascual Duarte.

Pero a algunos personajes les va la marcha y, no contentos con aparecer, reaparecen. Es un procedimiento novelístico —casi un truco de trilero, en verdad— de extraordinaria eficacia, que siempre me ha cautivado: la reaparición. Esa eficacia es, sobre todo, de orden emocional, como espero demostrar.

De entre los escritores que lo han utilizado, destaca el colosal Balzac. Muchos novelistas posteriores lo aprendieron de él. Vautrin, del que se dice que fue el primer personaje gay de la literatura francesa, sale en varias novelas de la Comedia humana: El tío Goriot (lo prefiero a Papá Goriot), Las ilusiones perdidas, Esplendor y miseria de las cortesanas; en otras no sale, pero se lo nombra, como en La prima Bette.

Roland Barthes dijo, atinadamente, que una de las cosas por las que Proust pudo escribir En busca del tiempo perdido fue el descubrimiento de este procedimiento balzaquiano.  También Galdós gusta de esta técnica: las Porreño, por ejemplo, aparecen en La fontana de oro y también en Un faccioso más y algunos frailes menos. Ernesto Sábato saca en Abaddón el exterminador a personajes que conocimos en Sobre héroes y tumbas. Hay ejemplos a docenas.

Este recurso novelístico, que trenza unas novelas con otras y crea vastos mundos, no se ha quedado recluido en la literatura. ¿Qué, si no, son los famosos spin offs, por los que un personaje secundario de una serie televisiva se convierte en el protagonista de otra? (Frasier Crane, psiquiatra con ínfulas de dandi, era un parroquiano del bar de Cheers).

La teoría subraya la importancia estructural del procedimiento, su influencia en la organización de las tramas y cosas así. Pero para mí, la importancia del invento es otra, a saber: el poderoso efecto que tiene en el lector y su psicología.

Descubrí de pequeño el impacto de esta técnica. El gran Hergé la utiliza profusamente en Tintín. No sólo Tornasol vuelve una y otra vez a las distintas historias (mas no a todas, y por eso es aún más eficaz), sino que lo hacen también muchos segundones inolvidables: el pelmazo Serafín Latón, el coronel Sponz, el malvado Müller, el pérfido Gorgonzola, el avieso Allen, el timorato Wolf o el entrañable carnicero Sanzot.

¡Qué emoción, encontrar en una novela a un personaje (por execrable que sea) que hemos conocido en otra! Es el júbilo del reconocimiento y la complicidad.

Desde mis queridos Tintines, siempre he tenido la misma sensación al leer a novelistas que usan esta formidable treta narrativa. Es como reencontrar a un viejo conocido. De pronto ya no somos simples lectores, sino compañeros de viaje; ya no somos unos advenedizos, sino que estamos en el ajo de las cosas. Su presencia nos agarra de las solapas y nos mete dentro de la novela: nos convertimos en lector/personaje, porque siempre hay un momento en que esos queridos reaparecidos interrumpen lo que están haciendo, se vuelven hacia nosotros y nos guiñan un ojo: ¿Se acuerda de mí? Yo sí me acuerdo de usted. Vamos, pase; sígame.

Carcassonne

31 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de diciembre de 2016.

A propósito de un relato de William Faulkner y de algunas ideas de Derrida.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CARCASSONNE

A los escritores poderosos les bastan pocas páginas para imponerse. Lo hace Faulkner en todo lo que escribe y lo he revivido en Carcassonne, su relato más enigmático.

Sabemos por Derrida que un texto se entiende al establecer sus diferancias con otros textos. La diferancia es más que la diferencia; hace que un texto difiera de otros, pero además aplaza su significado: no sabemos lo que significa hasta verlo en relación con otros, o sea, en su contexto. El significado se posterga, expuesto a nuevos hallazgos que cambiarán nuestra interpretación. Derrida lo expresó con la formulita il n’y a pas de hors-texte (no existe lo fuera del texto).

Al recordar lo de diferancia, abandoné el propósito de tratar Carcasona como texto independiente y decidí conformarme con no ensayar una interpretación general de su sentido.

Empiezo por consignar que el extraño título aparece también en su novela Absalón, Absalón:

…crea dentro de su propio ataúd sus fabulosas y descomunales Carcasonas y Camelots…

(¿Cómo no relacionarlo con carcass, que en inglés es carcasa, cadáver en descomposición?).

Faulkner es un fastuoso estilista, como Nabokov; pero mientras que el ruso tiene una brillantísima voluntad de manierismo y linea serpentinata, el avasallador estilo de Faulkner no es una vestidura, sino su piel misma.

Carcasona es un diálogo entre el espíritu de un artista y su esqueleto. Cuento raro, pero sin salirse del tortuoso universo del autor.  Así, en el cuento Música negra estamos en la localidad de Rincón:

…allí donde cae la violencia de la sombra en pleno día y la violencia de las estrellas grandes en plena noche.

Cuatro relatos después, en Carcasona, seguimos ahí:

Rincón continuaba sus actividades fatales, secretas, nocturnas, con las que ventanas y puertas iluminadas se sucedían como manchurrones aceitosos que hubiesen dejado brochas anchas y demasiado cargadas.

¡Qué portentosa imagen! El pueblito en la oscuridad y las ventanas iluminadas por la luz eléctrica. Vistas de lejos son de un amarillo craso, como si alguien hubiera pasado a pintar rectángulos verticales en las paredes con brochazos de aceite. Tras las ventanas hay vidas de las que nada sabemos.

Además de las majestuosas metáforas, el recurso de estilo más llamativo es la repetición. Faulkner no tiene empacho en repetir imágenes que considera importantes. Dos veces vemos un peligroso deslizamiento:

El techo de la buhardilla caía por la ruinosa pendiente hasta el alero bajo.

Y poco después:

…la luz del día, con su grisura, caía por la pendiente hacia el ruinoso borde del alero.

Hay pasos furtivos:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies pequeñitos…

y otros más:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies diminutos…

Por dos veces oímos al inquieto espíritu del poeta rebelarse contra el fatalismo de su esqueleto:

«Desearía hacer algo», dijo en la oscuridad, formando las palabras con los labios sin emitir sonidos…

Y de nuevo, con enfático polisíndeton: Deseo hacer algo osado y trágico y austero…

(Aquí me vino a la memoria lo del Rey Lear: Voy a hacer cosas terribles, aún no sé cuáles…).

Ese juego especular de imágenes, que le da al texto un ritmo grave y metafísico, es anunciado desde el fabuloso comienzo, que se repite al final:

Y yo sobre un bayo con ojos de electricidad azul y crines como fuego enmarañado, galopando cuesta arriba y raudo hacia el alto cielo.

Carcasona es como todo lo de Faulkner: grandioso, afilado… y difícil. Conviene saberlo.