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«Un amor», de Sara Mesa

14 septiembre, 2020 — 6 comentarios

Un amor, de Sara Mesa, es lo primero que leo de esta interesante e intensa novelista («intensa» en el sentido primigenio y más noble de la palabra, no en la acepción despectiva que va adquiriendo hoy). Superadas unas primeras páginas algo desvaídas en propósito y tensión, que no auguraban grandes cosas, la narración se afina, se agudiza, adquiere un ritmo vivo y vivificador y conduce de un tirón hasta su final, con una eficacia admirable; un ritmo que la escritora lleva dentro —talento innato—, porque una velocidad de crucero tan adecuada a lo que está contando y tan titánicamente mantenida, no se adquiere sólo con aplicación y técnica.

La arquitectura de la novela no nos depara ninguna complejidad y avanza derechita a su meta. Es lineal y sencilla, y en realidad tan solo nos presenta dos puntos de viraje, esos en los que la acción o la evolución del protagonista cambian de rumbo y hacen que la narración avance: la sorprendente (y aceptadamente soez) “entrada” de un hombre en la vida de Nat (una mujer) y su posterior salida. Tras esa salida, caminamos junto a la protagonista como testigos de su agonía y su perplejidad para lograr digerir la pérdida.

Esa linealidad de la trama, su relativa brevedad y la limitada polifonía acercan bastante Un amor al cuento, pero esto no le quita nada de valor. La limitada polifonía se debe a que no hay muchos personajes que tengan un peso importante en la narración, y salvo la propia Nat y tal vez el “entrador” (nada más puedo revelar de él: mis labios están sellados), no están muy ambiciosamente desarrollados.

Hay un cierto grado de decepcionada sorpresa con el final, que consiste (el final) en la aceptación de que todo ha sucedido porque tenía que suceder y de que el acontecimiento del pasado que parece haberlo desencadenado todo, ineluctablemente había de traer a Nat hasta este final y a ningún otro. En realidad, la impresión que (me) produce es la de que la novelista no sabe bien como sacar a Nat del laberinto en el que la ha metido y lo resuelve con una faena que, sin ser desastrosa, es tan solo de aliño.

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Si reconocemos al personaje después de tantas páginas, que son años, ¿no es también imaginable que el personaje nos reconozca a nosotros los lectores? ¡Qué halago!

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Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin.

J. L. Borges, Los teólogos

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Cada dos años o así trasteo con mi biblioteca y hago como que la arreglo: algunos libros cambian de sitio, otros son directamente expurgados y otros cuantos, en fin, son gozosamente redescubiertos. Es un proceso lento y largo; a un autor no se lo cambia de sitio a la ligera, sin ponderar las razones ni sopesar las consecuencias; fusionar dos categorías en una sola (acaba de suceder con Idiomas y Lingüística) es una decisión grave, que ha requerido una sesuda reflexión.

Terminados los arreglos materiales de la biblioteca, hago también los necesarios cambios en la base de datos que, engañadamente, cree que la controla y la explica. Por fin, ya alegre por el simple contacto con los libros y los anaqueles, me entretengo con algunos juegos estadísticos y aritméticos.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 1 de junio de 2018.

En el fondo, toda novela muestra un proceso de descubrimiento de la verdadera faz del mundo y, como consecuencia fatal, un desencanto… o algo peor.

Derrotas insidiosas

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

                                                             DERROTAS INSIDIOSAS

El asunto medular de toda novela es contar el paso de un estado de inocencia a otro de experiencia, o sea, de desconocer a reconocer el mundo como es y no como el protagonista quería que fuera. Eso, naturalmente, suena a derrota. Continuar leyendo…

Publicado en Málaga Hoy el viernes 25 de mayo de 2018.

Cuando la historiografía se aleja de la «ciencia», la literatura acude a darle una manita de «verdad poética».

Historia panegírica

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

                                                             HISTORIA PANEGÍRICA

La literatura atrae otras formas de escritura; las engulle; las fagocita como una ameba con sus seudópodos. Lo hace a veces con la historiografía, por ejemplo. La razón es sencilla: la historiografía es también un texto, un objeto hecho de palabras extendidas sobre papel, que son su materia. Como los poemas o las novelas.

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Michelet

Estoy leyendo la Historia de la Revolución francesa, de Jules Michelet, el historiador por antonomasia del magno acontecimiento que estalló en 1789. Michelet es el historiador del pueblo. O algo por el estilo. Es apasionado, turbulento y, a su manera, original. Son seis volúmenes, seis, traducidos del francés, nada menos que por Vicente Blasco Ibáñez —para mí, Vicentón. Cosas mías—.

Pronto comprende uno que debe dejar de lado las pretensiones de rigor científico.

Se cita una prisión de Estado donde los carceleros y los jesuitas alternaban con las prisioneras, haciéndolas tener hijos. Una prefirió estrangularse. Continuar leyendo…