Archivos para 30 November, 1999

Facundo1

El Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, se cruzó conmigo en los alborotados tiempos de la universidad. Oí decir que era un gran libro y recuerdo que pensé: “Lo será, sin duda, pero que lo lea otro”.

Porque, para empezar, ¿qué cabe esperarse de todos esos nombres absurdos? ¿Facundo? Va Facundo moribundo por el mundo con un gesto tremebundo… ¡Por favor! ¿Faustino? ¿¡Sarmiento!? María Sarmiento, te voy a contar un cuento. ¿Quién puede llamarse Faustino Sarmiento y salir sin taras de la ordalía? Continuar leyendo…

Jünger Ernst Jünger no deja indiferente a nadie. A nadie que lo haya leído, claro. Luego están los membrillos habituales que hablan de oídas y repiten, cual cacatúas, que «Jünger es un autor reaccionario» o, en un alarde de ingenio y originalidad, que «Júnger es un facha». No es infrecuente hallar entre estos a los que ignoran que la u de Jünger se escribe con crema. Murió a los 103 años, edad longeva y más que suficiente para haber tenido tiempo de cometer errores graves y de enmendarlos, y, sobre todo, de haber escrito una obra densa, rica, inquietante, lúcida (aún en sus momentos más oscuros) que no permite sobrevolarla sin pensar. He terminado de releer Sobre los acantilados de mármol, una de sus obras más emblemáticas, que echaba de menos al haberla prestado (o regalado, ya no lo recuerdo bien) a un amigo. Sabedora de mi añoranza, mi mujer me lo ha regalado estas Navidades y me he abalanzado sobre él con voracidad. Ha sido, otra vez, una lectura llameante, aunque, sabiendo lo que me esperaba, las llamas han estado ahora algo domesticadas por el conocimiento. Jünger, con razón, rechazó siempre la lectura unidireccional de su alegoría como una crítica al nazismo. Lo era, lo es, pero también a cualquier forma de totalitarismo y por eso, a quienes le decían que era una obra contra Hitler, solía responderles: «O contra Stalin». La descripción de cómo el horror totalitario se va acercando a unas tierras civilizadas, tiene hoy tanto interés, y podría resultar tan profética, como lo fue en 1939, particularmente en esta España aturdida y acobardada de 2014.

Para escalar puestos en aquella Orden no nos habrían faltado sin duda ni coraje ni talento, pero se nos había negado el don de contemplar con desdén los padecimientos de las personas débiles y anónimas […] ¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos lo que en su ceguera descorren con sus manos los cerrojos que han sido puestos para protegerlos? […] El tiempo estaba maduro para los hombres terribles.

Frente al horror se yergue el humanismo en el que Jünger tuvo una fe inconmovible:

La norma por la que él se regía era la siguiente: tratar a todos los seres humanos que se nos acercasen como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de «optimates», palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas.

Dejando de lado algunos fragmentos en los que Jünger da rienda suelta a su pasión por la botánica y la herboristería —aunque estos pasajes distan de ser gratuitos, pues cumplen una función gnóstica, o casi, en la interpretación de los sucesos que urden la mitológica trama—, el relato (pues su estructura es más de relato que de novela) es fascinante, hipnótico y terrible, por lo que anticipa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: el miedo, la decadencia, la impotencia ante el mal y, pese a todo, la fe en las fuerzas del espiritu y el intelecto. dogoLa catástrofe final ocurre con el magistral combate entre los dogos de los bandos contendientes. Las mandíbulas despiadadas de los grandes perros de presa trazan el nuevo rumbo de la historia, ante la que, pese a todo, hay una última esperanza, representada por el bergantín que conduce al exilio a quienes, tal vez, puedan un día regresar para doblegar al tirano y hacer renacer la civilización. He leído la traducción, muy solvente, de Andrés Sánchez Pascual, que también ha escrito el interesante prólogo, en el que nos hace partícipes de su amistad con el autor. acantilados

Ernst Jünger. Sobre los acantilados de mármol. Tusquets editores - colección andanzas. 2008. ISBN: 978-84-8383-081-9

Los adioses

29 noviembre, 2014 — 2 comentarios

decir-adiós

Nada más escribir el título de estas notas caigo en la cuenta de que hay una sinfonía de Haydn, la 45, que es conocida, precisamente, como la Sinfonía de los adioses. En ella, durante al adagio final, cada músico recoge su atril, su partitura y su instrumento y va abandonando el escenario, quedándose al final tan sólo dos violines. Cuentan que con este arreglo de cosas, Haydn quería mandarle un recadito a su mecenas, el príncipe Esterházy, quien habia estado reteniendo a los músicos mucho más tiempo del que habría sido prudente en su residencia de verano y estos, y el propio Haydn, estaban ya un poco hartos.

Pero esto ha sido una digresión antes de hora, porque yo quería hablar de otros adioses, de esos que, a lo largo de nuestra vida, vamos diciendo, a veces sin darnos cuenta, a medida que hacemos cosas por última vez, que cerramos carpetas que ya nunca han de abrirse, marcamos números de teléfono que jamás volveremos a componer, estrechamos una mano hasta el fin de los tiempos, damos un beso que no habrá de repetirse.

Son, por tanto, gestos finales y, como tales, grandiosos, pero solo a partir de cierta edad empezamos a ser conscientes de ellos, y ni siquiera lo somos de todos.

Donald Justice

Donald Justice

Donald Justice, en un apabullante poema, nos recuerda que a partir de cierta edad aprendemos a cerrar con sigilo esas puertas que no hemos de volver a abrir.

Men at forty / Los hombres, a los cuarenta, 
Learn to close softly / Aprenden a cerrar con sigilo
The doors to rooms they will not be / Las puertas de los cuartos a los que
Coming back to. / Ya nunca volverán .

At rest on a stair landing, / De pie en el rellano de la escalera,
They feel it / Lo notan ahora
Moving beneath them now like the deck of a ship, / Moverse bajo sus pies, como a bordo de un barco,
Though the swell is gentle. / Aunque es suave el balanceo.

And deep in mirrors / Y en el fondo de los espejos
They rediscover / Descrubren otra vez
The face of the boy as he practices trying / El rostro de aquel niño que en secreto practicaba
His father’s tie there in secret / Cómo anudarse la corbata de su padre

And the face of that father, / Y el rostro de su padre,
Still warm with the mystery of lather. / Tibio aún por la espuma misteriosa.
They are more fathers than sons themselves now. / Ahora son ya más padres que hijos, estos hombres.
Something is filling them, something / Algo los inunda, algo

That is like the twilight sound / Que es como el crepuscular canto
Of the crickets, immense, / De los grillos; algo inmenso
Filling the woods at the foot of the slope / Que llena el bosque al pie de la colina
Behind their mortgaged houses. / Detrás de sus casas hipotecadas.

(Traducción propia)
En nuestra lengua Borges lo expresó con una fría lucidez (la suya, la de siempre) que roza la crueldad, en su inolvidable Límites:
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
(J.L. Borges, El hacedor) (Cuatro años después, en El otro, el mismo, vuelve sobre el tema con otro poema de igual título).
Este tema aparece también en mi última novela, Tulipanes y delirios:

De repente me pareció caer en la cuenta de algo. En los últimos seis meses la gente se me estaba despidiendo mucho. Era como si se hubiese desatado una estampida y la llanura retumbara con miles de cascos de bisontes, tapatún tapatún, huyendo despavoridos, pero sin saber adónde ni por qué. Ahora Rodolfo, pero un par de semanas antes Alain Daudet, el huesudo semiólogo francés que no leía libros, sino sólo «textos», y que un día —¡capullo!— había intentado sin éxito levantarme a Hermien (pero a Hermien no le gustan los huesudos, aunque sí los chalecudos tincudos, maldita puta de mierda), y no mucho antes Federico —al que yo llamaba Federense o «el fodido Federense»—, con su aire antiguo y polvoriento de mancebo de colmado metiendo alubias pintas en cucuruchos de papel de estraza, y el peruano Jaramillo, que de día hacía colgantes de hojalata y de noche chapas en los urinarios de Sarphati Park con viejos decrépitos y purulentos, «que para algo tengo un miembro colosal. ¿Que no me lo has visto, Genio?», me decía cada dos por tres. Creo que no había caído en la cuenta de la traicionera mella que esos adioses iban haciéndome, pero el de Rodolfo materializaba todas esas despedidas anteriores, que me habían parecido humo blanco y pasajero y ahora, de golpe, cobraban peso. ¿Por qué? Alain, Jaramillo o el fodido Federense no eran casi nada en mi vida. Los había tratado muy poco, unos breves momentos en contadas ocasiones: una cerveza en la barra de un bar, un café rápido al encontrarnos por la calle, un porro en alguna casa flotante de Jacob van Lennepkade. Alain contándome su tristeza («Déjame que te platique…», decía tras sus años en México) porque su mujer lo había plantado y después pidiéndome veinte florines, que me devolvería en dos o tres días; Jaramillo, que se volvía a Lima con la flor de la canela en el culo horadado por hordas de bujarrones y su colosal badajo colgón tolón colgando entre las piernas, como el rabo de un chucho cobardica, porque Europa no era lo que le habían contado.

Rodolfo seguía callado, concentrado en su cerveza, sin perder su sonrisa jocosa de capibara lascivo, y esas despedidas recientes me fueron trayendo a la memoria una impetuosa riada de personas que habían ido pasando por mi vida. Entonces pensé que la vida es como un gran lienzo que van rellenando cientos de pintores. Algunos tienen una parte importante en la composición del cuadro y su huella es visible y enérgica; pero muchos otros, la mayoría, en realidad, son como fantasmas fugaces que aparecen un buen día, toman el pincel, trazan una línea, una mancha o una sombra y después, sin quedarse a ver el resultado final, desaparecen para siempre.

¿Dónde estarán ahora Alain el flaco, Federense el anticuado o Jaramillo el coloso tolón? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué trazo pinté yo en sus lienzos?

Ni que decir tiene que, tras todo lo dicho, no voy a decir adiós. Sólo hasta luego

segundosombra

Tras lo que fue un lectura desatenta y superficial, allá por los primeros setenta (supongo que por creer, con la arrogancia de las hormonas en estampida, que no debía malgastar mi tiempo en literaturas folklóricas y menores cuyo único mérito sería, si acaso, «el color local»), he vuelto a leer ahora, con pasmado gozo y gratitud sin reservas, Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, que es la soberbia novela que cierra la literatura gauchesca, algo así como las novelas de caballerías de una Argentina-en-busca-de-su-identidad.

Mi entusiasmo por Don Segundo Sombra se debe a lo siguiente:

1. Entronca, de modo natural y admirable, con buena parte de la literatura clásica de nuestra lengua. 

El protagonista/narrador abandona su casa y se echa a la aventura de una forma magníficamente quijotesca:

Como un turco me eché a la espalda recado y ropa. Medio dormido llegué al corralón, enfrené mi petizo, lo ensillé y, abriendo la gran puerta del fondo, gané la calle.

Experimentaba una satisfacción desconocida, la satisfacción de estar libre.

(…)

Un gallo cantó. Alboreaba impercentiblemente.

Nuestro adolescente protagonista se echa al mundo en busca de aventura y de hombría, o sea, de formación. ¿Cómo no evocar el cervantino

Y así, sin dar parte alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del mes de julio) se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.

o aquella salida de la venta que empieza con un

La del alba sería…

Si el hidalgo manchego sale a arreglar el mundo, nuestro gauchito sale a conocerlo y a arreglarse con él, pero ambos se echan al mundo con parecido espíritu e ímpetu.

Además de estos ecos, las descripciones de los personajes (lo que los pomposos teórico-literarios llamamos prosopografía, nomás por hacer el ridículo un poco) tienen raigambre quevediana, pero sin desmerecerlas ni un ápice:

El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños.

Doña Ubaldina, chusca, enterrada en la grasa, era una chinaza afecta a la jarana, y solía pimentar sus bromas con palabrotas que tiraba en la conversación como zapallos en una canasta de huevos.

¡¡¡«Una chinaza afecta a la jarana»!!! ¡Impagable, Güiraldes!

segundosombra2

2. Es un sorprendente ejemplo de adaptación, a un mundo rural y arcaico, del Bildungsroman, (novela de formación), que narra la transición de los jóvenes al mundo adulto.

Lo más interesante del propio Segundo Sombra, viejo gaucho que presta su nombre al título de la novela pero que no la protagoniza, aunque sí la caracteriza, es su capacidad de erigirse en un verdadero maestro, todo un sensei, en el sentido más japonés del término, que le muestra al joven catecúmeno, calladamente y con su seguro obrar, el camino a seguir.

3. El lenguaje, arcaizante, preciosista, popular y técnico, es una delicia. Es el lenguaje el que nos da a conocer, en la plenitud de una lírica perfectamente contenida y amaestrada, al otro gran protagonista: el campo, la pampa, los caballos y las reses… la naturaleza, en suma.

Un tesoro de voces sobre el pelaje y la anatomía de los caballos (asunto que siempre me ha gustado y sobre el que tengo tesauros bien elaborados), utensilios del campo, costumbres del animalaje, además de intensas, aunque breves, descripciones de fenómenos de la naturaleza.

No se necesita, sin embargo, tener a mano un diccionario de argentinismos; el DRAE (el diccionario de la Academia, para los no iniciados), cumple, dignamente y con pocas excepciones, la labor necesaria. Disfrutaremos, pues, recuperando palabras olvidadas y aprendiendo otras que, aunque viejas, oiremos por primera vez, abandonándonos al éxtasis de nuestra propia lengua, mucho más rica y ostentosa de cuanto recordábamos.

Así, pasaremos unas horas junto a potros redomones, bayos cabos negros, rebenques y matras, cebaremos mate, mantendremos listos y en buen uso los recaditos y las lonjas, mojaremos nuestros sueños con alguna chinita querendona, presenciaremos duelos con facones, oiremos el canto del chingolo, herviremos caracuses y compartiremos, en suma, las tareas del resero, el más macho de los oficios, montaremos un cebruno petizón por el campo fiero y desamparao o, yendo mal las cosas, nos humillaremos a lomos de un matungo. Asistiremos, con arrobo, a la mitificación de una forma de vida y unos personajes que nunca fueron como los pinta Güiraldes, pero que deberían haberlo  sido.

Y salimos al galope corto, rumbo al campo, que poco  poco nos fue tragando en su indiferencia.

Pura maravilla. ¡Léanlo! ¡No se priven de ese gozo!

segundosombra3

«Cagadas literarias» podría haber sido el título de esta pieza, pero hoy tenía el día finolis.

Cotejando traducciones del Ulises me topé el otro día con una célebre escena en la que el entrañable Leopold Bloom se refugia en su retrete (un útil galicismo, este) para cagar y, al mismo tiempo, ¡cómo no!, leer el periódico. La cotidiana escena, que Joyce universaliza con su talento insultante, me recordó otra de similar jaez inventada por otro escritor irlandés que admiro, John Banville, y entonces me puse a pensar en cómo y cuándo la literatura de todos los tiempos se ha ocupado en escudriñar nuestras defecaciones, en mirar por el ojo de la cerradura nuestro más íntimo obraje, y me vinieron rápidamente a la cabeza unos cuantos escritores que se lo han trabajado. De ellos voy a dar breve noticia.

Es sólo un apunte, claro está. Si hurgásemos, nos saldrían, con seguridad, cientos, y hasta miles, de escritores y obras que han tratado el asunto. Me conformaré con mucho menos.

sanchopanzaPrimero, el Quijote, que no es mala cosa empezar acogiéndose a sagrado. En el capítulo XX nos encontramos con una hilarante situación que sólo alguien como Sancho podía protagonizar en toda su chusca turbación:

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho eso (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia), le sobrevino otro mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito ni ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote, y dijo:

―¿Qué rumor es ése, Sancho?

―No sé, señor ―respondió él―. Alguna cosa nueva debe de ser; que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y, con tono algo gangoso, dijo:

―Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

―Sí tengo ―respondió Sancho―; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

―En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar ―respondió don Quijote. Continuar leyendo…