Como la primera vez que los leí, los capítulos titulados Un drama familiar, del cuarto volumen de las memorias de Alexánder Herzen, han vuelto a estremecerme. Buena parte de este volumen ―su vida entre 1848 y 1855― lo consagra Herzen a explicarle al mundo, pero sobre todo a sí mismo, por qué su amantísima esposa se entregó a una sórdida aventura con Georg Herwegh, un poeta alemán, dizque condottiero fracasado (eran años de revoluciones), al que Herzen, con una saña que sólo los cornudos que han descubierto su condición consiguen destilar con tan prístina pureza, despedaza una y otra vez, página tras página, mordisco tras mordisco, vituperio tras vituperio. A fe mía que consigue dibujar un retrato demoledor de su ofensor. Tanta es su vileza, tamaña su iniquidad, su bellaquería, su infamia, su infantil egolatría, azuzada, arropada y encubierta por la de la propia Frau Herwegh, quien no sólo conoce su frenético idilio con Natalia (la mujer de Herzen), sino que lo ampara y estimula (al decir del burlado), que no es posible no tomar partido, compadecerse del pobre marido de tan cruel manera vilipendiado y desearle a Herwegh la más horripilante de las muertes, qué sé yo, por inmersión lenta en una tinaja de sulfúrico, por ejemplo, o devorado en vida por un ejército de escarabajos de la patata.
Mi comentario anterior iba de adúlteras. Las lecturas de Anna Karénina y Madame Bovary me han hecho recordar las impresionantes páginas que leí, hace años, en las memorias de Alexander Herzen (ruso, a pesar de su nombre) que se titulan, en inglés, My past and thoughts. Son unos cuantos volúmenes y en uno de ellos, que fue el primero que abrí, al azar, cuando me compré la obra, me di de bruces con una extraordinaria narración de su dolorosa cornificación, de cómo y por qué (pero en esto último, ¡ay y mil veces ay!, se engañaba a sí mismo) su amada esposa se lio con un poetastro (creo recordar) y lo coronó, no de espinas, sino de astas.
La narración -un largo mugido literario, como preso de un extraño síndrome de Estocolmo- que hace Herzen me tuvo en vela toda la noche, sin poder dejar la lectura hasta que la terminé. Voy a releerla estos próximos días y espero dar más cumplida cuenta de ella. Creo que interesará a muchos.
El premio concedido a Víctor Gallego por su traducción de Anna Karénina (publicada en Alba minus), me sirvió de pretexto para volver a zambullirme en esta inmensa novela (e intentar luego un harakiri por no haberla escrito yo), que había leído cuando muy joven e inexperto, sin enterarme ni de la mitad de cuanto me he enterado ahora. Y es que, claro, haber tenido tiempo de vivir en persona el cornerío desde dentro, desde fuera, de perfil y de soslayo, de haber sido víctima, victimario, espectador, narrador, narratario, corneador y empitonado, y de haber desempeñado todos los demás papeles que suelen darse en estos dolorosos sainetes, da tablas y hace escuela.
Y ya metidos en harina, en cuanto terminé Anna Karénina (AK) me leí en otro arreón Madame Bovary (MB), la otra gran adúltera de la literatura moderna (con el permiso, como me recordaba una amiga sabia y leída, de La Regenta, de la que me estoy ocupando estos días). Como la cosa iba un poco de comparaciones, en lugar de volver a leer el texto en francés agarré una vieja traducción hecha por Carmen Martín Gaite, ya que, para mi eterna desgracia, no sé ruso y no era cosa de leer a Flaubert en directo y a Tolstói a través de su vocero, pues la comparación se habría resentido. Continuar leyendo…
Fue un encuentro muy feliz, el mío, con la estadounidense Sylvia Plath, hace ya años, y que me sigue trayendo a la vez felicidad y melancolía.
Sylvia Plath y su poesía, y su vida, y ella misma… una mujer de aires ingrávidos, transparentes, leves. Su rostro, su cuerpo y su palidez le confieren un dudoso pero innegable atractivo. Se presenta ante el mundo con un estar enfermizo, morboso, doliente y misterioso. Su poesía la avala y confirma su aspecto. Su vida también.
Mujer del poeta británico Ted Hughes, quien la abandonó por otra mujer no exenta de poder de fascinación, Assia Wevill (¡con semejante nombre, ya podría!), que se suicidó poco después de que también lo hiciera la propia Sylvia.
He aquí el poema Morning song, de su poemario Ariel, acompañado de una traducción al español. Es poderoso, espléndido y sugerente. Tiene imágenes sarcásticas y casi brutales («like a fat gold watch»), metafísicas («your nakedness / shadows our safety»), espectacularmente poéticas, como la nube que contempla su propio borrarse por obra del viento, o irónicas, como ese fantástico «cow-heavy and floral».
Love set you going like a fat gold watch.
The midwife slapped your footsoles, and your bald cry
Took its place among the elements.
Our voices echo, magnifying your arrival. New statue.
In a drafty museum, your nakedness
Shadows our safety. We stand round blankly as walls.
I’m no more your mother
Than the cloud that distils a mirror to reflect its own slow
Effacement at the wind’s hand.
All night your moth-breath
Flickers among the flat pink roses. I wake to listen:
A far sea moves in my ear.
One cry, and I stumble from bed, cow-heavy and floral
In my Victorian nightgown.
Your mouth opens clean as a cat’s. The window square
Whitens and swallows its dull stars. And now you try
Your handful of notes;
The clear vowels rise like balloons.
El amor te puso en marcha como a un gordo reloj de oro.
La partera te palmeó las plantas de los pies y tu llanto desabrido
Ocupó su lugar entre los elementos.
Nuestras voces le hacen eco, magnificando tu llegada. Nueva estatua.
En un frío museo, tu desnudez
Es la sombra de nuestra seguridad. Te rodeamos inexpresivos como paredes.
Y no soy más tu madre
Que la nube que gota a gota instiló un espejo para reflejar su propio lento
Desvanecerse en las manos del viento.
Toda la noche tu aliento de mariposa
Aletea entre las insulsas rosas rosas. Me despierto para escuchar:
Un mar remoto resuena en mi oído.
Un llanto, y me levanto a los tropezones de la cama.
Pesada como una vaca entre las flores de mi camisón victoriano.
Tu boca se abre franca como la de un gato.
El cuadro de la ventana
Se aclara y traga sus monótonas estrellas. Y ahora ensayas
Tu puñado de notas;
Las claras vocales se elevan como globos.
(Traducción de María Julia de Ruschi Crespo).
A mis amigos olvidadizos y a unos cuantos conocidos poco avisados, los devuelvo a los tiempos del parvulario y les hago copiar cien veces en su cuaderno:
Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier…
(Próximo recordatorio: Juan Rulfo).

















