Archivos para 30 November, 1999

En esta entrada hay breves apuntes sobre:

  • El nacimiento del monólogo interior como técnica narrativa.
  • Apuntes sobre la novela Les lauriers sont coupés, que trajo el monólogo interior al mundo.
  • Pinceladas teóricas sobre el susodicho monólogo.
  • Cronología del monólogo interior: principales valedores.
  • Dimes y diretes.

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En el año del Señor de 1887 aparece, sin alharacas, una novelita del simbolista francés Édouard Dujardin titulada Les Lauriers sont coupés («Han cortado los laureles»). No está del todo claro si Dujardin, poeta, ensayista, amigo de Mallarmé y wagneriano devoto, era consciente de la trascendencia de lo que acababa de hacer con dicha novela: nada menos que inventar el monólogo interior (que aún no se llamaba así), uno de los símbolos indiscutibles de la modernidad novelística.

¿De verdad lo inventó él? (Defíname «inventar», hágame el favor). Estas cosas son difíciles de asegurar, pero desde que Su Majestad Joyce así lo afirmara y, con caballerosidad encomiable, reconociera su influencia en la escritura de Ulises ­–¡se dice pronto!-, así ha pasado a la posteridad. Yo me inclino también a concederle ese título, aunque, como vamos a ver, Dujardin tuvo precursores ilustres, alguno de los cuáles quizás pudiera esgrimir argumentos para disputarle esa gloria inmortal.

Antes de llegar a ello, ¿qué es ese famoso monólogo interior? Continuar leyendo…

«Cagadas literarias» podría haber sido el título de esta pieza, pero hoy tenía el día finolis.

Cotejando traducciones del Ulises me topé el otro día con una célebre escena en la que el entrañable Leopold Bloom se refugia en su retrete (un útil galicismo, este) para cagar y, al mismo tiempo, ¡cómo no!, leer el periódico. La cotidiana escena, que Joyce universaliza con su talento insultante, me recordó otra de similar jaez inventada por otro escritor irlandés que admiro, John Banville, y entonces me puse a pensar en cómo y cuándo la literatura de todos los tiempos se ha ocupado en escudriñar nuestras defecaciones, en mirar por el ojo de la cerradura nuestro más íntimo obraje, y me vinieron rápidamente a la cabeza unos cuantos escritores que se lo han trabajado. De ellos voy a dar breve noticia.

Es sólo un apunte, claro está. Si hurgásemos, nos saldrían, con seguridad, cientos, y hasta miles, de escritores y obras que han tratado el asunto. Me conformaré con mucho menos.

sanchopanzaPrimero, el Quijote, que no es mala cosa empezar acogiéndose a sagrado. En el capítulo XX nos encontramos con una hilarante situación que sólo alguien como Sancho podía protagonizar en toda su chusca turbación:

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho eso (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia), le sobrevino otro mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito ni ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote, y dijo:

―¿Qué rumor es ése, Sancho?

―No sé, señor ―respondió él―. Alguna cosa nueva debe de ser; que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y, con tono algo gangoso, dijo:

―Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

―Sí tengo ―respondió Sancho―; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

―En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar ―respondió don Quijote. Continuar leyendo…

Leer despacio

10 agosto, 2013 — 6 comentarios

Marcel-Proust-A-la-recherche-du-temps-perdu

Nuestra época está tocada por la condición del apresuramiento (la bulla, que dicen los andaluces con especial gracejo), de la brevedad, la fugacidad, y por la exigencia de las recompensas a corto plazo (o sea, que el «cortoplacismo» ya no es algo que sólo se da en las bolsas de valores). De ahí (y también por otras razones, lo sé) el éxito arrollador de algunas redes sociales, a la Twitter, que juegan al visto y no visto, al hocus pocus, a la superficiaidad y al «hete aquí tres frasecitas y ya soy asunto de moda» (trending topic, dícese).

Así está la cosa, y no seré yo quien reme contra ese viento, ya no sólo porque sería inútil —yo hago muchas cosas inútiles, yo soy el rey de las cosas inútiles, yo gasto mucho esfuerzo en cosas que ya sé que no irán a ninguna parte, yo «soy un almogávar / me gusta lo difícil»—, sino porque, sencillamente, tengo en mi vida cosas mejores que hacer, o que, al menos, así me lo parecen.

Tal vez por esa bulla que nos acongoja, aun cuando no nos demos cuenta, sea cada vez más raro encontrar gente dispuesta a darle a la lectura el tiempo que pide y necesita, y entre la gente que lee (en España, más bien poca), suele evitarse la lectura de libros supuestamente complicados. Se prefiere leer lo rápido: en una página se mata a alguien y dos más allá se conoce la identidad del asesino: sutilezas, las mínimas (por no hablar de todos esos misterios y esoterismos a la Dan Brown, cuyo éxito radica en hacer creer a sus lectores que les brindan acceso a una esfera superior de conocimiento que los coloca en un selecto y reservado club de «los que saben la verdad; los que están en el ajo», no como nosotros, pardillos e incautos, que aún no nos hemos caído del guindo y no sabemos de la misa la media, puesto que no hemos leído al Brown ese).

Uno de esos libros supuestamente complicados —pero que en realidad no lo es tanto—, del que me he ocupado ya en alguna ocasión en este blog, es la monumental novela (7 volúmenes) de Proust En busca del tiempo perdido.

2010_05_tournage_a_la_recherche_068Recomiendo —con todo el énfasis del que soy capaz— a toda persona que encuentre gozo en la lectura y que no lo haya hecho aún, que haga el esfuerzo de leerla. Es un esfuerzo aparente, porque superadas las primeras cincuenta páginas (que siempre producen perplejidad y hesitación en quien lee a Proust por vez primera), el esfuerzo se va suavizando y empezamos a disfrutar de, precisamente, la gran cantidad de sutilezas, recovecos y sinuosidades que la prosa de Proust nos regala, y que puede apreciarse tanto en francés, para quien pueda leerlo, como en alguna de las buenas traducciones al español que ya se han hecho (mis favoritas: la de Pedro Salinas y Consuelo Berges, Alianza editorial y, sobre todo, la de Carlos Manzano, en RBA).

Pero soy consciente de que quien tenga hábitos de lectura contemporáneos, podría encontrarse, al principio, con un ortigal fatigoso. Lo único que no se puede hacer con Proust (con ninguna obra literaria de calidad, pero con Proust aún menos) es leer deprisa, pasar las páginas saltándose párrafos que parezcan de esos en los que no pasa nada, para tratar de encontrar la peripecia, la anécdota, el desenlace, porque de eso hay poco, y es en esos párrafos donde no pasa nada, que todo pasa.

La prosa de Proust es célebre por sus frases largas y serpenteantes, o, por decirlo más técnicamente, por su abrumador uso de la hipotaxis (sorry, folks!), o sea, por el uso constante de oraciones subordinadas, y subordinadas de las subordinadas, que no toleran una lectura twitteriana de ninguna manera. Curiosamente, la «otra gran novela del siglo XX», y aparecida en fecha muy próxima al monumento de Proust, el Ulises de Joyce, utiliza profusamente las técnicas opuestas, la parataxis (la oraciones coordinadas, en un mismo plano de importancia) y la yuxtaposición (oraciones codo a codo, sin conexión gramatical).

(Es interesante notar que esas dos enormes novelas, que el público europeo conoció casi al mismo tiempo, fundadoras de la narrativa moderna, utilizan procedimientos técnicos y estilisticos opuestos para ocuparse del mismo tema: el tiempo, su transcurso, su pérdida, su recuperación. Pero además, ocupándose del mismo tema, lo hacen, de nuevo, desde perspectivas opuestas también: Ulises transcurre en un único día; En busca del tiempo perdido abarca unos cuantos años).

2ca11_arton30078Hay cientos de análisis, reseñas, resúmenes, críticas, recensiones y todo lo que imaginarse pueda, sobre esta inmensa novela, on line y off line, así que sería ocioso que perdiera mi tiempo, y el vuestro, en adentrarme en esos vericuetos. Solo quería animaros a todos los que, amablemente, os asomáis por aquí, a que os metáis en la inolvidable aventura, en la verdadera e irrepetible experiencia de vida, de leer la grandiosa novela de Proust, y que lo hagáis sin mapa, sin brújula y sin prisa: perdeos en el inmenso bosque de sus interminables frases, de sus minuciosas descripciones, de su penetrante psicología (por cierto, mucho más sofisticada y profunda cuando descifra a las mujeres que a los hombres), de sus increíbles detalles, de su vasto espectro de intereses culturales e intelectuales.

Y como he hablado tanto de su técnica, sus frases y su hipotaxis, despido esta entrada con un breve ejemplo, primero «desmontado», y luego vuelto a montar:

Un primer párrafo que no tuviera incisos y se hubiera construido con una hipotaxis normalita y comedida, sería el siguiente:

Como nos quería de verdad, le habría dado placer llorarnos; la noticia de que la casa era presa de un incendio en el que ya habíamos perecido todos y que no iba a dejar subsistir una sola piedra de las paredes, debió asediar con frecuencia sus esperanzas, por unir a las ventajas secundarias de hacerla saborear todo su cariño por nosotros, la de obligarla a ir a pasar el verano en su hermosa finca de Mirougrain, donde había un salto de agua.

Pero esto no es, ni mucho menos, Proust. Tejiendo el párrafo con lo tupido de su habitual urdimbre, tendríamos esto (resalto en azul los añadidos):

Como nos quería de verdad, le habría dado placer llorarnos; la noticia —sobrevenida en un momento en el que se sintiera bien y no estuviese bañada en sudor— de que la casa era presa de un incendio en el que ya habíamos  perecido todos y que no iba a dejar subsistir una sola piedra de las paredes, pero con todo el tiempo necesario para escapar sin apresurarse, debió asediar con frecuencia sus esperanzas, por unir a las ventajas secundarias de hacerla saborear en un largo desconsuelo todo su cariño por nosotros y ser la estupefacción del pueblo, al encabezar nuestro duelo, la —más preciosa aún— de obligarla  a ir a pasar el verano en su hermosa finca de Mirougrain, donde había un salto de agua.

Ya estamos más cerca del estilo del autor, pero su pensamiento discurre aún por más recovecos y revueltas, y por fin llegamos al párrafo que escribió Proust y que es este (y nótese que el traductor de esta versión ha decidido recurrir al uso frecuente de las rayas, un recurso tipográfico que Proust apenas usa, y que ayuda sobremanera a la lectura. Imaginémonos el texto que sigue, sin raya alguna, que es como se lee en francés, o en la mayoria de las traducciones):

Como nos quería de verdad, le habría dado placer llorarnos; la noticia —sobrevenida en un momento en el que se sintiera bien y no estuviese bañada en sudor— de que la casa era presa de un incendio en el que ya habíamos  perecido todos y que no iba a dejar subsistir al cabo de un poco una sola piedra de las paredes, pero con todo el tiempo necesario para escapar sin apresurarse, a condición de levantarse al instante, debió asediar con frecuencia sus esperanzas, por unir a las ventajas secundarias de hacerla saborear en un largo desconsuelo todo su cariño por nosotros y ser la estupefacción del pueblo, al encabezar —valerosa y abrumada, moribunda de pie— nuestro duelo, la —más preciosa aún— de obligarla —en el momento oportuno, sin tiempo que perder, sin posibilidad de vacilación irritante— a ir a pasar el verano en su hermosa finca de Mirougrain, donde había un salto de agua.

(La traducción utilizada es la de Carlos Manzano, en RBA ).

Tengo dudas, la verdad, de si habré logrado mi propósito altruista de atraeros hacia la lectura de esta obra.

4.000 páginas, arriba o abajo, pueden parecer un obstáculo insalvable, un esfuerzo desproporcionado, y, si encima, el estilo es el que acabo de ilustrar, apaga y vámonos.

Y sin embargo, sigo tercamente animándoos a la aventura. ¿Qué más da que sean miles de páginas? ¿Qué prisa hay? Al contrario, cuantas más páginas, más tiempo de placer por delante, pero leyendo despacio, recreándose en la suerte, escrutando las metáforas, y las imágenes, y las sutilezas que encontramos casi sin pausa, como lo estoy haciendo yo estos días, una vez más, en medio de unos bosques escandinavos frescos y umbríos por donde ramonean, plácidos, algunos ciervos, y el aire trae el olor dulzón del trigo recién segado en los campos cercanos.

Daos ese gusto. Haceos ese regalo. Sin prisa. ¿Para qué leer, si no? El que tenga prisa, que se vaya a Twitter: será allí bienvenido.

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Escribía ayer sobre algunos de los arranques de libros que más me han impresionado.

¿Cómo pude olvidarme del inolvidable primer párrafo del Ulises de Joyce, que anidó en mi cabeza hace ya muchos años y jamás ha querido migrar a otros terruños?

Aquí está:

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressinggown, ungirdled, was sustained gently behind him on the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned:
-Introibo ad altare Dei.

En la que es mi traducción al español preferida, la de José María Valverde, leemos:

«Solemne, el rollizo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

García Tortosa (cuya traducción está más próxima a la francesa de Valery Larbaud -«Majestueux et dodu»-, y por eso nos cuela un «majestuoso» que apunta más a cualidades morales que a rasgos físicos, con lo que traiciona las intenciones de Joyce, o así me lo parece), propone esto:

«Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

Por su parte, Salas Subirat traduce así:

«Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacía y entonó:
—Introibo ad altare Dei.»

Nada mal, aunque nos presenta una «bacía», en lugar de un cuenco, como queriendo colarnos de rondón un toque cervantino algo gratuito.

Stately, plump Buck Mulligan…

Cuatro palabras de sonoridad inolvidable que abren la puerta a uno de esos pocos libros (difícil, sí, ¿y qué?) que han cambiado el curso de la literatura.

Creo que fue Cioran quien dijo una verdad aterradora: que después de haber leído el Ulises de Joyce, es difícil encontrar novelas que no se te caigan de las manos.

Traguemos saliva (los novelistas).

N.B. He aquí un muy interesante enlace: http://www.novelas.rodriguezalvarez.com/pdfs/Joyce,%20James%20»Ulysses»-Fr-En-Sp-Sp-Sp-Notas.pdf

Me ha llamado la atención que haga referencia a la traducción de Larbaud, que conocía de hace años. Y me ha descubierto una que no conocía, la de García Tortosa. Le debo mi comentario al respecto, porque estoy de acuerdo con la anotación sobre el adjetivo «majestuoso». Un magnífico trabajo, el de Julián Rodríguez Álvarez en esta página.

James Joyce in 1888 at age six. Possibly in Br...

James Joyce in 1888 at age six. Possibly in Bray, a seaside resort south of Dublin. The Joyces lived there from 1887 to 1892. (Photo credit: Wikipedia)

El celebérrimo personaje de Joyce, Stephen Dedalus, en el capítulo Escila y Caribdis del Ulises, divaga con sarcasmo (y no sin impostura) sobre la paternidad. A father is a necessary evil. Recurriendo al viejo tópico, contrapone la paternidad al Amor matris, que bien podría ser «lo único verdadero en la vida». «Una ficción legal», dice de la paternidad. ¿Qué une al padre y al hijo?: «Un instante de ciega lujuria», aunque Dedalus (no Joyce, que no es lo mismo el narrador que el autor) es más animalesco y usa rut (celo, estro… o cachondez, más a las bravas).

Yo iba más por la cosa unamuniana, y mis momentos de blind rut procreadora,  estaban precedidos de cavilaciones sobre la inmortalidad.

En cualquier caso, los que no tienen hijos ¿son muertos biológicos?