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El horror, según Cioran

1 diciembre, 2015 — 2 comentarios
Hace poco estuve revisando mis cuadernos de notas de hace unos años y me topé con unas anotaciones sobre los “Cahiers” de Emil Cioran.  Recordé la impresión que me causó una anécdota (verdadera o falsa poco importa). Escribí entonces este breve cuento, que titulé Une histoire désobligeante. Lo es. Los espíritus más sensibles tal vez deban detenerse aquí.
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Emil Cioran

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Une histoire désobligeante

 

Un viejo y casi olvidado amigo de juventud me ha enviado una carta que, como hiciera Drácula para reunirse con Mina, ha cruzado océanos de tiempo hasta llegar a mí.

Impresionado por una historia que leyó en los Cahiers de Ciorán durante sus vejatorias noches de insomnio, mi antiguo compañero la reescribió a su manera y después, por razones que no me explica y que yo no quiero intuir, decidió remitírmela.

«Es la única copia que he hecho —me escribe— y ahora la tienes tú. Haz con ella lo que te plazca». He decidido transcribirla:

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Un joven que cursaba su primer año de universidad, volvió a su casa un domingo por la mañana, después de un paseo matutino, a tiempo de acompañar a su piadosa madre a misa de once, como hacía siempre. El día era radiante, el aire límpido y la temperatura suave.

Cuando llegó, se encontró con que sus ancianos padres se habían enzarzado en una discusión por una nimiedad. Al principio parecía cosa de poca importancia, pero el tono de ambos se fue enardeciendo y las voces se destemplaban. Mientras terminaba de anudarse la corbata, salió de su cuarto con la intención de apaciguarlos y se encontró con su madre, flaca, huesuda, con el pelo encanecido recogido en un estricto moño y vestida de negro de los pies a la cabeza, quien, inmóvil en el centro del salón, tenía la vista clavada en su marido, mientras su rostro se congestionaba y los ojos parecían pugnar por escaparse de las cuencas.

Cioran2De repente se puso a gritar como una posesa. Eran chillidos agudos y rítmicamente entrecortados, pero a tal velocidad que pronto amenazaron con ahogarla. A los pocos segundos empezó a retorcer su cuerpo, su cuello, sus extremidades, con movimientos espasmódicos, pero que se acompasaban al frenético ritmo que imponían sus alaridos. Levantaba grotescamente una pierna hacia un lado y después la otra; saltaba con los pies juntos, mientras los brazos parecían descoyuntarse cada uno por su cuenta, sin coordinación alguna; los huesos de su descarnado cuerpo parecían astillarse y sonaban como la cola de un crótalo enfurecido, y después giraba y giraba como una peonza: reencarnación endiablada de un derviche.

Luego, mientras su padre y él se pegaban inconscientemente a la pared, mirándola atónitos y atenazados por un creciente pavor, empezó a quitarse la ropa, sin dejar de agitarse como atravesada por unas despiadadas corrientes eléctricas, y se quedó completamente desnuda. Se soltó el moño y unas greñas blanquecinas y lacias cayeron sobre su demacrado rostro mientras iniciaba una danza lasciva ante ellos, estirándose los flácidos pechos, simulando lamerse los negros y agrietados pezones, agarrándose la vulva casi desprovista de vello con ambas manos y abriéndose los labios resecos, mientras agitaba las caderas adelante y atrás con una procacidad de ultratumba.

De pronto, al fin, cesó aquel espectáculo atroz y se derrumbó en el diván mientras se tapaba el rostro con las manos y rompía en sollozos.

La loca murió pocos días después. Marido e hijo, avergonzados, se despidieron en el cementerio y ya nunca volvieron a verse».

© 2012. Sanz Irles.

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James Salter

James Salter

Leí por primera vez a James Salter (James Arnold Horowitz de nacimiento) hace ya muchos años, cuando no era conocido en España. Fue The Hunters, su primera novela, y la leí por una razón extraliteraria: Salter fue piloto, como lo era yo entonces (él, militar; yo, acrobático), y esa novela, de la que me hablaron con reverencia, va de aviones y aviadores. Continuar leyendo…

Todo escritor pasa por ello: cuando un conocido lee alguno de tus escritos de ficción, ve en el protagonista un trasunto tuyo; en el narrador de la historia oye tu propia voz; en lo que cuenta cree adivinar episodios de tu vida y por detrás de lo que dice —astuto y sutil lector— descubre tus opiniones e ideas sobre la vida y el mundo. Es inevitable, qué se le va a hacer.

Al principio uno se esfuerza por desfacer el entuerto y explicar que ni la novela está contando tu vida, aunque se lo pueda parecer, ni el narrador eres tú. Hacen como que te entienden y te creen… pero quiá. «A otro perro con ese hueso», sabes que están pensando.

narradorEsta peligrosa confusión de identidades entre autor y narrador afecta también, aunque en menor grado, a muchos lectores, aun cuando lean obras de escritores que no conocen, sobre todo si estos escritores han transcendido el umbral del anonimato y son famosos y consagrados. (Y no estoy diciendo que la biografía del autor no tenga nada que ver con qué o cómo escribe. Aclaración que debería ser innecesaria pero que suele necesitarse)

Un texto narrativo es uno en el que alguien, un narrador, cuenta una historia; pero como en la mente del lector (hablo del lector no especialista en temas de teoría y crítica literaria y de narratología), quien cuenta una historia es quien la ha inventado y la escribe, la confusion entre narrador y autor está servida de manera casi natural, y por eso, precisamente, harto insidiosa y llena de asechanzas. Continuar leyendo…

“Para escribir una novela tienes que ser como Atlas, cargar con todo un mundo en tus hombros y sostenerlo durante meses y años, mientras todos tus asuntos se resuelven por sí mismos”.

J. M. Coetzee, “Diario de un mal año”

Novelistas

James Joyce in 1888 at age six. Possibly in Br...

James Joyce in 1888 at age six. Possibly in Bray, a seaside resort south of Dublin. The Joyces lived there from 1887 to 1892. (Photo credit: Wikipedia)

El celebérrimo personaje de Joyce, Stephen Dedalus, en el capítulo Escila y Caribdis del Ulises, divaga con sarcasmo (y no sin impostura) sobre la paternidad. A father is a necessary evil. Recurriendo al viejo tópico, contrapone la paternidad al Amor matris, que bien podría ser “lo único verdadero en la vida”. “Una ficción legal”, dice de la paternidad. ¿Qué une al padre y al hijo?: “Un instante de ciega lujuria”, aunque Dedalus (no Joyce, que no es lo mismo el narrador que el autor) es más animalesco y usa rut (celo, estro… o cachondez, más a las bravas).

Yo iba más por la cosa unamuniana, y mis momentos de blind rut procreadora,  estaban precedidos de cavilaciones sobre la inmortalidad.

En cualquier caso, los que no tienen hijos ¿son muertos biológicos?