Archivos para 30 November, 1999

Principios

27 junio, 2016 — Deja un comentario

Siempre he dado importancia a cómo empiezan las novelas (y también otras obras literarias).

Con frecuencia son heraldos bien informados de lo que vendrá. Nos preparan para su recibimiento, nos anuncian el tono y la voz que serán su columna vertebral; entornan (cuando no abren de par en par) las puertas de la aventura literaria en la que estamos por entrar , invitándonos a escudriñar un poco, y, en lo práctico, son estupendos indicios para saber si debemos comprar un libro o dejarlo en su triste soledad.

De eso va este artículo, publicado el 24 de junio de 2016 en el diario Málaga Hoy.

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Entrañas

18 junio, 2016 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de junio de 2016, junto después del Bloomsday, que los lectores de Joyce tenemos en especial consideración.

Tal vez haya mensajes ocultos en los riñones que leo Bloom come con fruición.

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2016_06_17_Entrañas

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Marylin dizque leyendo el Ulises. So be it.

Hace ya tiempo publiqué este artículo en La Opinión de Málaga. Una fugaz conversación sobre Léon Bloy con un amigo me lo ha recordado y, aunque ya fuera de tiempo (no de contexto), lo recupero en el blog:

 

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Léon Bloy

Me gusta leer los diarios de los escritores de mi predilección. Es un viaje peliagudo a su universo íntimo y encrespado.
Inolvidables los de Léon Bloy, francés chauvinista, católico ultramontano, intolerante, cascarrabias, misántropo sin fisuras, efervescente, faltón, místico, ponzoñoso, irrepetible y combativo hasta la extenuación. Su lema lo retrata con fidelidad: «La tregua, ¡jamás!».
Estremecedor el anónimo Una mujer en Berlín, que narra los horrendos días de una alemana en una ciudad recién ocupada por los rusos (¿o se dice «rusos y rusas»?). Lo más terrible: la frialdad, casi aceptación fatal, con que la víctima narra tanta atrocidad sin aspavientos ni concesiones al melodrama.
Días malditos, de Iván Bunin, desolador, casi apocalíptico, mostrando el amedrentamiento y consiguiente derrumbe moral de una sociedad entera ante el totalitarismo bolchevique.
Los prolijos diarios de Tolstói: longevo, patriarcal, lujurioso, inmenso, soberbio, aristocrático, religioso, generoso pero misógino, tal vez enfermo de ética, perseguidor infatigable de la justicia y el perfeccionamiento personal, asceta y sobre todo escritor inconmensurable. Una contradicción viviente y torrencial. (Murió refugiado en la casa del jefe de estación de la aldea de Astapovo, después de haberse fugado de su casa, harto de su mujer, ¡a los 82 años!).
Y también los de Dostoievski (Diario de un escritor), los del magistral húngaro Sándor Márai, los del conmovedor Barbellion
El último diario, recién terminado, lo empecé hace algún tiempo en el Hotel Oriental de Bangkok. Es un lugar sensual e improbable para semejante lectura; la parte antigua del hotel, llamada «Ala de los escritores», rebosante de ecos coloniales, o la terraza junto al río Chao Phraya en un amanecer ocre con aroma de mangos maduros, en nada se acompasan con la atormentada peripecia creativa y vital del extraordinario escritor rumano Mihail Sebastian.

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Mihail Sebastian

Página tras página asistimos atónitos al rapidísimo crecimiento, en la Rumanía de mediados del siglo XX, del más insidioso antisemitismo, esa hidra voraz siempre presta, como el halcón en su alcándara, a lanzarse sobre cualquier sociedad en cualquier época y parte del mundo. Un antisemitismo que contagió a la élite intelectual del país: Mircea Eliade, Nae Ionescu y hasta el posteriormente enaltecido Cioran, que al menos tuvo la decencia de reconocer su error. Quien quiera saber cómo la sinrazón se propaga cual rabioso virus por toda una sociedad, tiene en estos diarios un observatorio de privilegio. Su lectura es primero ensordecedora, pero termina envolviéndote en un silencio aterrador y monstruoso.

 

Tras sumergirse en libros así se acaba aturdido y desasosegado.
Pero hay remedios, aunque no se busquen. A fin de cuentas siempre se regresa a casa de estos viajes, y nada más llegar la chirle realidad nacional lo arranca a uno de estos desgarrados estados de conciencia a base de coscorrones. Oír a Rajoy, por ejemplo, desgranando mediante silencios, elipsis y supuesta socarronería gallega su pensamiento político podría recordarnos la broma de Baroja sobre El pensamiento navarro, un periódico cuyo nombre era, según él, una contradicción de términos. O ver a la ministra Trinidad Jiménez en campaña, revoloteando de la ceca a la meca, ígnea melena, Hipatia de nuestros días, todo desparpajo, gorjeando risas y lugares comunes y desparramando progresismo desde su inextinguible sonrisa en ese revuelo que ha sido el psicodrama de Jiménez contra Gómez, del que ha salido nuevamente escaldada, mecachis con este Gómez, me recordaba, quién sabe por qué, los joviales versos de Rubén Darío:

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Rubén Darío

La marquesa Eulalia risas y desvíos / daba a un tiempo mismo para dos rivales: / el vizconde rubio de los desafíos / y el abate joven de los madrigales.

Y si no, la anécdota de hace unas semanas, harto reveladora de cómo tenemos el patio. Un señor del Partido Popular, cuyo nombre ni recuerdo, dice una ridícula bobada a cuenta del acento malagueño de Trini (seguimos con ella). La memez era de tal porte que ni siquiera merecía ser comentada, pero la tentación era muy fuerte para según quién, y saltó Bibiana Aído, embestidora fogosa, diciendo que lo que pasa es que algunos no soportan que el andaluz sea el acento de la solidaridad y la justicia, o algo así. Después se lamenta de que el Frankfurter Allgemeine la haya retratado con un vejatorio ¡Papá, que soy ministra!
Si soportar estas cosas es el precio a pagar por oxigenar la mente de tanta lectura tormentosa, tal vez sea demasiado alto.
Qué cansancio, verdaderamente. Qué fatiga infinita.

Trenes

11 junio, 2016 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy, el viernes 10 de junio de 2016.

¡Trenes, qué lugares!

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Texto sentido_Trenes

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

TRENES

Los trenes atraviesan la literatura; desde que se inventaron han sido escenario de cientos de novelas. La fascinación que suscitan (quizás ya no los gélidos AVE) tiene tres posibles causas: nos acercan a alguien, nos alejan de alguien o nos prometen furtivos encuentros en el trayecto.

Los victorianos sucumbieron a su hechizo. ¿Qué contestó Sue Bridehead al protagonista de Jude the Obscure, de Thomas Hardy, cuando le propuso dar un paseo por la catedral?

Preferiría ir la estación […] Allí está ahora el centro de la vida de la ciudad. El tiempo de la catedral pasó.

George Eliot nos contó la excitación que llegó a Middlemarch con el ferrocarril.

En 1890 Zola publica su tremenda novela ferroviaria La bestia humana, anticipándose a El tren de Estambul (G. Greene) y Asesinato en el Orient Express (A. Christie), ya sin el naturalismo a cuestas.

Simenon los consagró como escenario de dramas y misterios. Tiene razón cuando, en El hombre que miraba pasar los trenes, escribe:

Si prefería los trenes nocturnos es porque adivinaba en ellos algo extraño, casi vicioso… Tenía la impresión de que las gentes que viajan en ellos se van para siempre…

¿Cómo imaginar En busca del tiempo perdido sin el tren, si hasta las guías ferroviarias tienen un papel estelar?

…hundíase Swann en la más embriagadora novela de amores, la guía de ferrocarriles, que le enseñaba los medios de que disponía para correr a su lado…

Bohumil Hrabal escribió la estupenda novela Trenes rigurosamente vigilados, ambientada en una estación de la Checoslovaquia ocupada por los nazis.

Un tren que saca de Alsacia a los desmoralizados soldados alemanes permite a Alfred Döblin, en Burgueses y soldados, una admirable hipálage:

Olvidó sus blasfemos pensamientos mientras traqueteaba junto a la viuda del primer teniente…

Patricia Highsmith narra la sórdida urdimbre de dos crímenes en Extraños en un tren.

Y, claro está, Tolstói. En un tren conoce Ana Karénina a su amante. Muchas páginas después el círculo se cierra: despechada y atormentada, se mata en una escena inolvidable:

Miraba la parte baja de los vagones, los pernos, las cadenas […] «¡Allí! —se decía, mirando la sombra proyectada por el vagón […] y hundiendo la cabeza entre los hombros, se arrojó debajo del vagón, cayendo sobre las manos; […] algo enorme e implacable le golpeó la cabeza […] Y la vela […] resplandeció con más fuerza que nunca, iluminó lo que antes había estado sumido en tinieblas, chisporroteó, empezó a parpadear y se extinguió para siempre.

Tolstói —debía de estar escrito— murió acogido en la casa de un modesto jefe de estación, oyendo los trenes pasar.

 

Un señor se come un riñón de cerdo, hace caca y luego se pasa el día por las calles de Dublín echando barzones. También se hace una paja en la playa y piensa mucho para sus adentros. Su mujer holgazanea todo el día y también piensa. Hay cuernos.

ulysses

ULISES. Anotaciones de la admiración

Ulises, Dedalus y la paternidad rijosa

El monólogo interior, ese alquimista.