Archivos para 30 November, 1999

quijoteNo quisiera empezar este post (ni ningún otro) con una perogrullada de este tipo: el Quijote es una obra muy compleja. Para disimular, voy a escribir que el Quijote es una novela que versa sobre la complejidad, y no tanto sobre la complejidad del alma humana (¿¿lo qué??) como sobre las posibilidades de complejidad que ofrece la narrativa, la escritura, la praxis literaria. El Quijote, la obra de un gran coñón en estado de gracia, nos desvirga de una pueril ingenuidad, la de creer con fe ciega en ciertos puntos fijos, sólidos, con los que armar una narración satisfactoria y sin dobleces: el autor, los hechos, la interpretación, la verdad, la ilusión… Cervantes nos ofrece un artefacto narrativo que es ante todo un reto para el lector, una especie de cubo de Rubik a lo bestia que carece de solución final. Su lectura, tanto la individual como las de generaciones pasadas,  es precisamente un manoseo textual obsesivo que delata a partes iguales nuestro goce y nuestro desconcierto. Goce y desconcierto: ¡lo que deberíamos pedirle siempre al arte!

Si tuviera que quedarme con uno solo de todos los homenajes explícitos a las hazañas del hidalgo de la Mancha (o a la hazaña de Cervantes, tanto da), me quedaría con «Pierre Ménard, autor del Quijote», el celebérrimo cuento de Borges incluido en Ficciones (1944). El argumento no puede ser más delirante, más ficcional: un tal Ménard, simbolista y nihilista francés, se propone la tarea de reescribir el Quijote letra por letra…, pero sin copiarlo, sino optando espontáneamente por ciertas soluciones textuales que descarten otras variantes ajenas a la novela cervantina; es decir, obviando el azar que inspiró y del que disfrutó Cervantes.

No quería componer otro Quijote ―lo cual es fácil― sino «el Quijote». Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ―palabra por palabra y línea por línea― con las de Miguel de Cervantes.

Borges nos informa de que tal empresa condujo a la escritura de “los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós”, con la firma indiscutible de Ménard. A partir de este planteamiento, Borges (o más bien el innominado narrador del relato, amigo personal de Ménard) realiza un pequeño cotejo entre esos fragmentos de Ménard y los especulares mismos fragmentos de Cervantes. Tales especulaciones concluyen con la insoslayable distancia interpretativa entre unos y otros:

El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

CervantesO sea: versión gamberrista elevada al cubo (de Rubik) de la estética de la recepción. Sirva todo este delicioso delirio borgiano para  matizar mi primera perogrullada: el Quijote es una novela que versa sobre la inestabilidad de la lectura, que inevitablemente se empantana y chapotea en la ambigüedad. Después de ella, ya no es concebible un lector ingenuo. (Otras de las asombrosas innovaciones de Cervantes, como también lo fue, por ejemplo, tomar un loser como protagonista). Y aquí es cuando Borges, en su ancianidad, da el triple salto mortal.

En  1979 el premio Cervantes se concedió, ex aequo, a Gerardo Diego («¿En qué quedamos, Gerardo o Diego?») y a Jorge Luis Borges. Ese mismo año el autor argentino se había colgado también la medalla de oro de la Academia Francesa, la Cruz Islandesa del Halcón en el grado de Comendador con estrella y la Orden al Mérito de la República Federal Alemana. Era un anciano cubierto de gloria y de muletillas.

En su discurso de entrega del premio Cervantes, nos recuerda:

 

El héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano.

¿No es este párrafo, que parece extraído de la experiencia lectora de un niño de 10 años, de una torpeza conmovedora? Después de todas las especulaciones, las inestabilidades y los desconciertos, parece Borges reclamar una inusitada dosis de ingenuidad. ¿No será acaso el goce, incluido el goce lector, siempre una forma de inocencia?

Tal vez el propio Borges nos da pistas para entender esto cuando, en el prólogo a una edición de sus obras completas, dice:

En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

Borges

Borges

Fred Vargas1

Fred Vargas, aunque no lo parezca

 

Novela negra, novela policiaca, novela de detectives, novela de intriga… En la última década, el mercado editorial parece haber descubierto un filón inagotable (¡y cómo se agotan de rápido esos filones!) que yo sólo puedo contemplar con cierto escepticismo escasamente fundamentado porque, lo confieso, no soy ni creyente ni practicante habitual del género. Algo tendrá el agua de los glaciares narrativos escandinavos cuando la bendicen, pero las modas y los oportunismos editoriales (y mis propias querencias, cada vez más obsesivas y, por lo tanto, más exclusivas o excluyentes) me frenan la curiosidad. Tal vez también nutra mi escepticismo el haber vivido largos años en el norte de Europa; uno ya está curado de ciertos espejismos. Dejemos pasar unos años a ver qué sobrevive de esa nueva invasión vikinga (¿de verdad llevaban cuernos en los cascos?), años que yo voy dedicando mientras tanto a mis lecturas, ajenas a la actualidad de los suplementos literarios. (Mi agente me lo tiene dicho: «Con esa actitud no llegarás lejos en esto»).

Es sábado, qué diantre, así que me será permitida, digo yo, un poco de sociopolítica de andar por casa. Allá va: los estados del estado del bienestar se pueden permitir el lujo de un cómodo (por poco amenazante) malestar social, de la denuncia lúdica de la corrupción y la maldad a pequeña escala. Únase a esto la comodidad del bienestar interiorizada por el lector: nada más “entretenido” que un puzle con su intriga, su policía, su nudo y su desenlace… Una lectura, sí, fácil, golosa, sin riesgos. Lo que no quiere decir que el género en sí sea incompatible con la calidad literaria. Y como nada hay más excitante para un conversador que ese giro por donde asoma la contradicción, propongo algunos nombres de este género que me interesan y recomiendo, aunque maldita falta que les hacen a los recomendados mis recomendaciones.

John le Carré

El primero es John le Carré, cuyas obras me han acompañado a trompicones, sin grandes fidelidades, en las últimas décadas. Es la suya una escritura de gentleman, distante, impecable y exigente. No hay concesiones al lector, al que se le supone un conocimiento solvente de la historia que transcurre cotidianamente bajo nuestros ojos por los periódicos. De Le Carré me ha interesado siempre lo borroso de las tramas, esos enredos trufados de suposiciones, de datos no concretados, como si los personajes de sus obras vivieran en mundos o realidades que nunca nos son plenamente accesibles. ¿Es esto una metáfora del alma del otro o una constatación realista de nuestra ignorancia sobre los verdaderos entresijos donde se cuecen las noticias de la prensa? Probablemente, las dos cosas al mismo tiempo.

El segundo nombre es de mujer, aunque no lo parezca: Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau). A Fred Vargas se la ama o se la malinterpreta. Quienes vayan buscando en sus novelas las consabidas dosis de truculencia realista se toparán con un muro insalvable: su humor y la extravagancia «irreal» de sus tramas y caracteres. Gente seria, absténganse. En los artefactos detectivescos de Fred Vargas la intriga está al servicio de otros amos, lo que puede irritar a los más puristas. Bajo el histrionismo de sus personajes y los recovecos de la acción, Vargas practica un retorcido psicologismo de empatías donde encaja a la perfección la comicidad.

Digresión: Se me ocurre ahora que esta comicidad, que tiene buen pedigrí entre sus compatriotas (empezando por Montaigne), pudiera ser en el Juicio Final la base de la defensa de ese crimen tan genuinamente francés: el engolamiento.

Georges Simenon

Y luego, claro, queda el más grande de todo ellos: Georges Simenon (¡No sin mi pipa!). Es tan grande que hasta me cuesta meterlo en el cajón de este género,pues, como tengo dicho no sé dónde, para mí Simenon es, ante todo, un soberbio escritor metafísico.

Tengo sus obras completas en mis estanterías: son 27 volúmenes en fino papel misal, unas 35 mil páginas; un Lope de Vega moderno, vaya. La mera presencia de sus libros ahí, a mi disposición, me colma de tranquilidad: siempre habrá algo bueno que echarse al coleto cuando lleguen esos domingos tediosos, ese regreso aturdido de un viaje, ese hartazgo de otros temas y otros «géneros», y Simenon no defrauda.

Otro belga, como Hergé, al que estarle agradecido.

 

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«Mi» Simenon.

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Mi biblioteca (ala sur).

Iván y Albertine

19 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay autores hipertróficos al igual que los hay anémicos.

Proust es sin duda uno de ellos, de los hipertróficos,  como un atlante que cargara sobre sus hombros  la tradición de la novela occidental para ponderar el peso narrativo que una obra puede resistir. Escribir A la búsqueda del tiempo perdido  fue una tarea (vámonos de mitos) ciclópea, tantálica y prometeica: a Proust le consumió la vida, encerrado en su laberinto como un minotauro sin más ariadnas que cientos de páginas en blanco.

Ventajas de la hipertrofia: la posibilidad de acercarse a lo inefable a fuerza de atosigar la escritura hasta sus últimas consecuencias.

Albertineprousttimes Continuar leyendo…

Habitantes del universo Proust

Habitantes del universo Proust

 

Todos los conocemos, aunque no nos hayamos detenido a ponerles un nombre: son esos momentos, mágicos de verdad (¡por una vez!), en los que, de improviso, un recuerdo no buscado nos toma por asalto y se mete en nuestras cabezas sin que lo hayamos llamado y sin pedirnos permiso. Cualquier cosa puede liberarlos —son un genio en su lámpara—, sobre todo los impactos sensoriales (un olor, un sabor, un sonido…).

Entoces el pasado regresa, pero con tal furia, con tal ímpetu, con tal viveza, que se funde, indistinguible, con el presente: no recordamos, sino que revivimos. Con esa magia grandiosa e inexplicable, algunos grandes escritores han construido asombrosos edificios. Están ahí, con las puertas entornadas para que entremos en ellos cuando queramos. O cuando nos atrevamos. Continuar leyendo…

Pigmeos

12 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay libros clásicos en el mundo anglosajón que incomprensiblemente tardan décadas en traspasar la barrera invisible de la traducción al castellano. Es el caso de La gente de la selva de Colin Turnbull, que me recomendó una amiga y que me ha encantado. Os copio su reseña.   pigmeo1

Por la puerta de atrás del Edén

Carmen Palomo

Se cuenta de los pigmeos, como dato casi inverosímil, que son tribus de cazadores-recolectores desconocedoras de la técnica de hacer fuego. Tampoco debería asombrarnos tanto: ¿quién entre nosotros, los hombres blancos, sabe hacer fuego? De asombros y pigmeos, y de quiénes somos en el fondo todos nosotros, trata La gente de la selva de Colin Turnbull, un clásico de la antropología editado por primera vez hace 50 años —medio siglo que ha añadido lustre y profundidad a un libro excepcional— publicado en español por la editorial milrazones (trad. de Bianca Southwood). A su autor cabe tildarlo de aprendiz de antropólogo pues, para nuestro regocijo, se saltó la primera ley de la ciencia, que es la de considerar su objeto de estudio como tal: como un objeto. Con una pasión algo suicida, Turnbull se fue a vivir a la selva de Ituri, en el entonces Congo Belga, con los pigmeos bambuti… y se pigmeizó. Su libro relata cómo vive y qué piensa y siente un pigmeo. Y lo hace con tan rendida admiración que no es de extrañar que a Turnbull se le acusara de idealizar la experiencia vital de estas «pobres gentes» que, por no tener, no tienen ni propiedad privada. Y es que el asunto va por ahí, justamente por lo que no tienen los pigmeos. Sus núcleos tribales son tan pequeños, y con tales lazos de interdependencia (la caza es colectiva), que no necesitan jefe ni brujo. Los mayores ejercen un tutelaje pacificador, pero los conflictos —siempre según el relato de Turnbull— suelen resolverse con rapidez, a gritos o a risas. Más fascinante aún resulta la idea de que no tengan deidades, ni siquiera malignas. Saben para qué sirven —para asustar, claro— y las inventan y las utilizan contra sus vecinos naturales (otras tribus bantús o sudánicas), pero no creen en ningún espíritu inicuo ensañado contra ellos ni contra nadie. Sencillamente, en su cosmogonía, no existe ninguna entidad amenazante…, luego no existe el miedo. ¿Cómo interpretan, cómo resuelven, entonces, la desgracia? Creen los pigmeos bambuti que el mundo, su mundo, la selva, está bien hecho: la selva húmeda y penumbrosa nutre, acoge, vela por los suyos… Cuando la desgracia llega (la enfermedad, la falta de caza…), piensan los bambuti que la selva se ha dormido. Un ritual, el molimo, se encargará de despertarla para que todo vuelva al equilibrio pacífico y natural de lo cotidiano. Se trata de un diálogo entre tribu y selva (esta última, representada por el sonido de unas primitivas trompetas): los bambuti, en una especie de curiosa contra-nana metafísica, despiertan a la selva de ese letargo con canciones que dicen que «la selva es buena, la selva es buena». pigmeos2Es verdad, Turnbull no hizo en este libro una fría descripción científica de las costumbres pigmeas: hizo pura poesía. Durante la lectura respiramos selva, escuchamos selva y conocemos además a cada uno de los miembros de la tribu, debidamente individualizados: Kenge, Akidinimba (la chica de los grandes pechos), Manyalibo, Masisi (cuya foto aparece en la portada)…  El lector no puede evitar reírse a carcajadas cuando acaba descubriendo el pigmeo que lleva dentro (los bambuti ríen con todo el cuerpo, como los niños, palmeándose los costados y rodando literalmente por los suelos). Bajo esa risa benéfica como la selva misma, La gente de la selva se lee con una admiración no exenta de nostalgia por esa humanidad ajena a nuestras locuras consumistas y teológicas. No es que los pigmeos sean ángeles (no lo son, Turnbull también retrata su astucia, su orgullo y su gusto por la burla), pero parece que, cuando todos fuimos expulsados del Paraíso y entregados a la derelicción metafísica, ellos arrendaron las tierras colindantes al Edén. Y allí siguen. Para saber más sobre este apasionante libro y sobre la increíble vida de su autor: http://blogs.milrazon.es/Colin-Turnbull-el-nino-que-queria-que-lo-robaran.aspx