Mas cuando vio la carcajada asomarse a su rostro, volvió a subirse los pantalones a toda prisa.
La biografía, seminovelada, de un escritor y político frustrada de vida extrema: Eduard Limonov.
Continuar leyendo...Un poema de Denise Levertov que, con sencillez asombrosa y envidiable, despliega ante nuestro entendimiento algunos de los milagros del milagroso hecho de leer:
To the Reader
As you read, a white bear leisurely
pees, dyeing the snow
saffron,
and as you read, many gods
lie among lianas: eyes of obsidian
are watching the generations of leaves,
and as you read
the sea is turning its dark pages,
turning
its dark pages.
(from: The Jacob’s Ladder, 1961)
Y la traducción que de él hace Carlos Manzano:
Al lector
Mientras lees, un oso blanco despacio
mea y tiñe la nieve
de azafrán:
mientras lees, muchos dioses
reposan entre lianas: ojos de obsidiana
contemplan las generaciones de hojas,
y, mientras lees,
el mar pasa sus obscuras páginas,
pasa
sus obscuras páginas.
Leí hace unos días una entrevista a Josep del Hoyo, ornitólogo (¿quién no ha querido, de mayor, ser ornitólogo, filibustero o maquinista de tren?) y editor, en la que le preguntaban cuáles son los pájaros más bellos del mundo. Respondió que la familia de las aves del paraíso de Nueva Guinea, grupo que reúne a unas 40 especies, cada cual más hermosa. Tan vistosas son estas aves que no cabe imaginar que tales galas procedan de una azarosa veleidad artística de la naturaleza.
Explica Del Hoyo que las aves del paraíso no tienen en su hábitat predadores y además disfrutan de abundante comida, lo que implica que su supervivencia no depende (ni ha dependido en los últimos muchos milenios) de la habilidad para escapar ni de la de encontrar alimentos. En otras palabras: su selección genética se basa casi exclusivamente en la seducción. El macho más vistoso, sin necesidad de alardear de fuerza o astucia, se lleva al huerto (paradisiaco) a la hembra. La belleza en estado puro, el puro delirio de la belleza.
Cuando uno lee esto, lo asalta (o me asaltó a mí) un montón de preguntas envueltas todas en un celofán irónico. Vamos a ver si las vamos viendo:
Al «comprender» el porqué evolutivo de estas aves, ironías aparte, sentimos también la satisfacción cientifista de la explicación racional superponiéndose aquí a ese misterio que es la belleza en todo su esplendor. Pero, ay, cuidado con el encanto de lo racional… Ese racionalismo les ha jugado muy malas pasadas a los viejos evolucionistas, sobre todo cuando se han empeñado en (de)mostar que el ser humano está sentado precisamente en la cumbre de la pirámide evolutiva, que es el rey de la creación (o del mambo ―ya tú sabes, papi, tremendo rumbón―)… precisamente por su desarrollo intelectual.
Las nuevas y apasionantes revisiones del darwinismo nos cuentan que el progreso evolutivo da continuos golpes de ciego, inaugura callejones sin salida y no avanza triunfante hacia «lo mejor», hacia la complejidad, sino solo a saltos azarosos y hacia la diversidad. Puestos a maravillarnos, lo pasmoso no es la llamativa solución de las aves del paraíso, sino la difícilmente concebible variedad de aves, de todas las aves: el cóndor y el gorrión. Y de todos los seres, animados e inanimados.
Y ahí saltamos de la lírica contemplativa a la filosofía: ¿qué sentido, indescifrable, tendrá tal diversidad? ¿Por qué hay algo, hay tanto, en vez de nada? (Lo dije hace poco en uno de mis tuits «transcendentes»: There is just too much of everything). A eso se refería el rumano Cioran cuando nos gritaba que el verdadero misterio terrible no es la muerte, sino el nacimiento, el abandonar la nada para llegar al algo. Eso mismo se preguntaba Heidegger allá por 1930, con el oscuro estilo de su oscura ontología.
A pocos metros de su ventana, en Friburgo, un mirlo preclaro cantaba ajeno a toda metafísica.
«Cagadas literarias» podría haber sido el título de esta pieza, pero hoy tenía el día finolis.
Cotejando traducciones del Ulises me topé el otro día con una célebre escena en la que el entrañable Leopold Bloom se refugia en su retrete (un útil galicismo, este) para cagar y, al mismo tiempo, ¡cómo no!, leer el periódico. La cotidiana escena, que Joyce universaliza con su talento insultante, me recordó otra de similar jaez inventada por otro escritor irlandés que admiro, John Banville, y entonces me puse a pensar en cómo y cuándo la literatura de todos los tiempos se ha ocupado en escudriñar nuestras defecaciones, en mirar por el ojo de la cerradura nuestro más íntimo obraje, y me vinieron rápidamente a la cabeza unos cuantos escritores que se lo han trabajado. De ellos voy a dar breve noticia.
Es sólo un apunte, claro está. Si hurgásemos, nos saldrían, con seguridad, cientos, y hasta miles, de escritores y obras que han tratado el asunto. Me conformaré con mucho menos.
Primero, el Quijote, que no es mala cosa empezar acogiéndose a sagrado. En el capítulo XX nos encontramos con una hilarante situación que sólo alguien como Sancho podía protagonizar en toda su chusca turbación:
En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho eso (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia), le sobrevino otro mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito ni ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote, y dijo:
―¿Qué rumor es ése, Sancho?
―No sé, señor ―respondió él―. Alguna cosa nueva debe de ser; que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y, con tono algo gangoso, dijo:
―Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
―Sí tengo ―respondió Sancho―; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
―En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar ―respondió don Quijote. Continuar leyendo…