Archivos para 30 November, 1999

Un ave carmelita

27 abril, 2014 — Deja un comentario

Levertov Sands

El traductor Carlos Manzano me santifica el día con un poema que no puedo no compartir aquí. De Denise Levertov, esta maravilla:

 

Concordance

Brown bird, irresolute as a dry

leaf, swerved in flight

just as my thought

changed course, as if I heard

a new motif enter a music I’d not

till then attended to.

(Denise Levertov, Sands of the Well. 1996)

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inahurry4

Un conocido tertulio radiofónico se quejaba amargamente del reciente cambio horario. La queja, que comparto, se repite ritualmente cada año. «¡Nos roban una hora!», se dice. Pues sí. Nos la roban.

Pero es mucho más que eso: la modernidad (y su secuela: la post-eso-mismo), nos roba el tiempo a mansalva. Se refería a ello Manuel Arias, en su blog Torre de marfil (en «Revista de libros»), hablando de la polémica entre aceleracionistas y deceleracionistas (o lentificadores, si preferimos). Harmut Rosa

La aceleración es el meollo que explica la modernidad y, a la vez, la gangrena que amenaza con destruirla. De eso va el libro del sociólogo alemán Harmut Rosa, Social acceleration. A new theory of modernity. La sensación,  ya universal, de vivir en una carrera sin fin que no puede ganarse. El control del tiempo como clave de la organización social y también de poder y dominio. (¿Dónde se regula el tiempo más rígidamente que en las cárceles, los ejércitos y las escuelas?).

La necesidad de gestionar y coordinar varias cosas a la vez (y no estar loco): (i) nuestro tiempo cotidiano,

¿Cómo me organizo para terminar el informe para el cliente, llegar a tiempo al dentista, revisar mi muro de Facebook (¿el de las lamentaciones, tal vez?) y no perder mi hora de gimnasio?  Agobio. Continuar leyendo…

AyestaMe topo, semiolvidado en mi librería, con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, un breve relato (no llega ni a novela corta) que me depara media hora estupenda, seguida de otra media hora «dubitabunda».

No comparto el desmedido entusiasmo de los críticos seleccionados por la editorial para la contracubierta (Uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX, etc.), pero es, sí, un relato bonito (y he pensado bastante antes de elegir el adjetivo): original, fresco, sincera y hermosamente lírico, del gijonés Julián Ayesta, diplomático de carrera por otras señas. Se publicó en 1952 y, desde luego, en aquellos años fue una obra distinta y rara.

Se abre el libro con una evidente, casi enfática, «voluntad de estilo», soprendiéndonos con dos capítulos construidos sobre una extensísima —pero llevadera— polisíndeton (con perdón de la concurrencia). Estamos ante una narración en primera persona, pero una primera persona serpenteante y semicamuflada con la primera del plural y con un sujeto impersonal a veces. El narrador es un joven (muy joven, diríase) que narra vivencias familiares y sociales y un dulce primer amor que se desliza como de puntillas dentro de la historia, historia que no es, en realidad, tal, sino más bien una sucesión de descripciones y apuntes.

Toda la narración rezuma una visión queridamente naif, casi infantil, que a veces —hay que decirlo todo— resulta algo dulzona.

sorollaAyesta raya alto, con gran intensidad lírica y poética, en muchas descripciones de la naturaleza o de ciertas situaciones.He aquí un par de párrafos reseñables, con una técnica nerviosa que recuerda las pinceladas de los impresionistas:

Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas del mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automóvil, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata…

Y algo más adelante:

El muelle estaba lleno de gaviotas. Los palos y las cuerdas de los barcos rebrillaban al sol de oro blancas, rojas, verdes. Hacía una brisa fresca y alegre. El cielo está azul, azul. Los cargadores dan gritos junto a las grúas. Un barco pintado de encarnado sale tocando la sirena.

O este pasaje a la vez visual y acústico:

Los cubiertos, entre el humo de los cigarros de los hombres, tintineaban como esquilas de un rebaño de cabras pastando vagorosas entre la bruma de la siesta. Era la siesta, toda mullida y tibia, toda desperezándose, adormilada a la sombra de los árboles en un bosque azul, en un país muy hondo, antes de Jesucristo. El comedor estaba en la penumbra y desde la oscuridad se oían las chicharras y los grillos que cantaban al sol y el ronrón del sol sobre los prados verdeamarillentos y el fragor fresquísimo de los robles cuando entraba una ráfaga de brisa azul y salada que venía del mar.

Hay muchas, muchas ráfagas de estilizado lirismo en este relato (El sol —¡el Sol!— roncaba sobre los manzanos), pero tanto esfuerzo de estilo parece que llega a fatigar al escritor, que cierra el relato con lo que se antoja ya casi un abuso de recursos retóricos y que nos deja en la boca un extraño y agridulce sabor después de tanta belleza:

chica playaNo hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

Es entonces, al llegar al final, a ese final, tras haber recorrido 88 páginas que en ocasiones parecen un catálogo de figuras retóricas (epanáforas, anadiplosis, la mencionada polisíndeton…) cuando uno se empieza a preguntar si tanto lirismo no habrá llegado a volatilizar el relato en una columna de humo y de nada: azúcar impalpable, polvitos de la Madre Celestina. Puff… fuese y no hubo nada. ¿O sí hubo?

Con tanto, pero tanto, pero requetetanto estilo, estas cosas a veces pasan.

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A mis amigos olvidadizos y a unos cuantos conocidos poco avisados, los devuelvo a los tiempos del parvulario y les hago copiar cien veces en su cuaderno:

Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier. Hay que leer a Alejo Carpentier…

 

(Próximo recordatorio: Juan Rulfo).

Todo escritor pasa por ello: cuando un conocido lee alguno de tus escritos de ficción, ve en el protagonista un trasunto tuyo; en el narrador de la historia oye tu propia voz; en lo que cuenta cree adivinar episodios de tu vida y por detrás de lo que dice —astuto y sutil lector— descubre tus opiniones e ideas sobre la vida y el mundo. Es inevitable, qué se le va a hacer.

Al principio uno se esfuerza por desfacer el entuerto y explicar que ni la novela está contando tu vida, aunque se lo pueda parecer, ni el narrador eres tú. Hacen como que te entienden y te creen… pero quiá. «A otro perro con ese hueso», sabes que están pensando.

narradorEsta peligrosa confusión de identidades entre autor y narrador afecta también, aunque en menor grado, a muchos lectores, aun cuando lean obras de escritores que no conocen, sobre todo si estos escritores han transcendido el umbral del anonimato y son famosos y consagrados. (Y no estoy diciendo que la biografía del autor no tenga nada que ver con qué o cómo escribe. Aclaración que debería ser innecesaria pero que suele necesitarse)

Un texto narrativo es uno en el que alguien, un narrador, cuenta una historia; pero como en la mente del lector (hablo del lector no especialista en temas de teoría y crítica literaria y de narratología), quien cuenta una historia es quien la ha inventado y la escribe, la confusion entre narrador y autor está servida de manera casi natural, y por eso, precisamente, harto insidiosa y llena de asechanzas. Continuar leyendo…