Archivos para 30 November, 1999

Publicado en Málaga Hoy el viernes 6 de enero de 2017.

A vueltas con algunos detalles de la vida de Leopold Bloom, el inolvidable protagonista de Ulises, de James Joyce.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL KIKI DE POLDY

Hay muchas escenas del Ulises de Joyce que me maravillan una y otra vez. Una de ellas es el recorrido de Leopold Bloom hacia el cementerio, en un coche de caballos. Está en medio de un grupo y, sin embargo, está solo; lo notamos en varios pequeños detalles, aparentemente nimios, que Joyce inventa magistralmente. Bloom intenta meter baza, pero apenas lo dejan. Hacen como que no oyen o cambian de conversación. Durante el recorrido hay chistes y alusiones a los judíos (supuestamente, Bloom lo es) que acrecen su soledad.

No es realmente rechazo, sino falta de reconocimiento. Él no pertenece al grupo. Se esfuerza por agradar, pero sin resultado. Lo acomodadizo de su carácter se nos va haciendo evidente cuando alguien observa la presencia en la calle del chuleta Blazes Boylan (Resplandores Boylan o El diablo Boylan, si prefieren). Bloom sabe que su adorada Molly planea acostarse con él. ¿Y qué hizo al verlo? (Las traducciones que siguen son mías).

…se pasó revista a las uñas de la mano izquierda y luego a las de la mano derecha.

Acto seguido el pensamiento de Bloom reemplaza la voz del narrador:

¿Hay algo más en él que ellas ella ve? (sic). Fascinación. El peor hombre de todo Dublín. Eso lo mantiene vivo. Ellas presienten a veces cómo es alguien. Instinto. Pero un tipejo como ese. Mis uñas. Estoy mirándomelas: bien recortadas…

Bloom anticipa sus mugidos y agacha el pescuezo; acata y consiente.

En este episodio sexto, presidido por la idea de la muerte, Bloom evoca chispas de vida, como aquella vez que su adorada Molly le pidió un polvo de urgencia:

Méteme un arreón, Poldy. Dios. Me muero de ganas. Cómo empieza la vida. Se quedó barrigona entonces. […] Mi hijo dentro de ella.

Ese arreón, ese  Give us a touch, Poldy, de Molly Bloom, es tan inolvidable como el faire cattleya de Odette de Crécy, la heroína de Proust. Frases que todo buen lector conserva para siempre.

Los ocupantes del carruaje hablan de muertes y entierros, y entonces Joyce nos hace mirar los caballos que tiran de las carrozas fúnebres. Sus pelajes son códigos:

Caballos blancos con blancos penachos doblaron al galope por la esquina de Rotunda. Un diminuto féretro resplandeció al pasar. Con premura hacia la sepultura. Coche fúnebre. No casado. Negro para los casados. Pío para los solteros. Alazán para el capellán.

(Sí, ya sé que dun for a nun no es alazán para el capellán, pero pardo para la monja perdería, misérrimamente, el juego de la rima y, por otro lado, hay que mantenerse en lo equino y lo eclesiástico).

Después llega este párrafo que leemos en apnea:

Cara de enano, malva y arrugada como la del pequeño Rudy. Cuerpecito de enano, blando como masilla, en un ataúd de pino con forro blanco. La Mutua de Entierros lo costea. Un penique a la semana por un trozo de tierra con césped. Nuestro. Pequeño. Pobrecito. Recién nacido. Nada significó. Error de la naturaleza. Si sale sano es por la madre. Si no, por el hombre.

Las multicolores pinceladas de este episodio —psicológicas, sociales, escatológicas, costumbristas…— cristalizan en la imagen de los caballos y en los recuerdos agridulces de Bloom. Todo, claro, con una prosa de ritmo y sonoridad a prueba de imitadores.

Leer Ulises, sin prisa, marca una vida de lector. Además gusta a muy pocos. ¿Qué más pueden pedirle?

Una voz desprepuciada

9 diciembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de diciembre de 2016.

En el año de la muerte de Leonard Cohen.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

UNA VOZ DESPREPUCIADA

Una mirada vagarosa por mi librería me llevó hasta una novela de Leonard Cohen, que no recordaba tener: El juego favorito. No se juega con las señales del destino; era llegado el momento de leerla.

Aún no la he terminado y no soy muy de reseñas. Podría decir que es una Bildungsroman, como el Werther, o una novela de ideas o unas memorias noveladas… Pero esas etiquetas poco dicen. Sólo quiero detenerme en tres rasgos llamativos y en la pericia con que Cohen los maneja.

El primero, la brevedad. No de la novela, de extensión normal, sino de sus cortos capítulos y su delgada sintaxis. Campea el estilo paratáctico: oraciones concisas, coordinadas, más que subordinadas, periodos que luchan contra la tentación del aforismo. Cuando esa concisión se usa para describir, casi estamos en las acotaciones teatrales o de guion de película:

Mi padre apunta la cámara a sus hermanos, altos y serios, con flores en las oscuras solapas, que se acercan demasiado y entran al reino de lo borroso. […] Sus esposas lucen formales y tristes. […] Su abuela está sentada entre las sombras […] Un juego de té de plata fulge ricamente…

No se engañen: la ausencia de oraciones largas y encordeladas, llenas de cláusulas subordinadas a lo Proust, no hace de la escritura algo fácil.

El segundo rasgo es el humor, seguramente judío, aunque estas adscripciones étnico-nacionales a las formas de la inteligencia son resbaladizas.

Al jugar con una pistola de su padre sabemos que:

…cuando Breavman echaba atrás el percutor, era el sonido maravilloso de todos los logros científicos homicidas.

Tras un entierro

…se sirvieron bagels y huevos duros, formas de la eternidad.

El tercer rasgo es la veta poético-filosófica que enseguida advertimos. Vean la portentosa finura de esta exaltación de la amistad, al recordar las charlas de dos amigos de juventud:

Una noche estaban sentados en el jardín de alguien, dos talmudistas, deleitándose en su dialéctica, que era un disfraz del amor.

Sustituyan talmudistas por leninistas o lacanianos: muchos tuvimos también esas largas y nocturnas chácharas juveniles, fundadoras de amistades eternas que aún duraron algunos años.

Contemplamos un rostro adornado por una sonrisa chejoviana de huertos perdidos e imaginamos, con el protagonista, como:

El sol de la tarde de invierno centelleaba en las medias negras de su madre…

También leemos que los ojos de su adorada Lisa eran grandes, encapotados, soñadores.

(El texto original dice heavy-lidded, que es ya estupendo, pero la traducción lo mejora: genial el traductor Pico Estrada con ese encapotados,  aunque a veces —tras la de cal, la de arena— se precipita, como cuando traduce supo que su aliento debía oler a viento. Habría sido fácil decir brisa —aunque el original sea wind— evitando la decepcionante rima interna aliento/viento).

El genio poético de Cohen revigoriza la gastadísima imagen de unas luces reflejadas sobre el agua, gracias a la magnífica concisión y al uso de los plurales:

Los estanques eran calmos y de un negro de muerte. Farolas flotaban en ellos como lunas múltiples.

(En inglés la ausencia de artículo ante farolas es natural. En español es otro notabilísimo acierto del traductor. De haber antepuesto las o unas, las farolas serían meros objetos utilitarios, en vez de los seres espectrales que entrevemos). ¡Qué oraciones formidables! ¡Qué poder de transmisión!

Y así, de imagen en imagen, de nostalgia en nostalgia, voy llegando al final de la novela y del Texto sentido de hoy.

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George Eliot.

 

Marzo de 2016. Semana Santa. Acabo de terminar la lectura de Middlemarch. De George Eliot había leído The mill on the Floss. Tenía pendiente esta imponente obra, que iba postergando año tras año con una excusa u otra. Una feliz conversación con dos amigos versados en letras  (Toscano y Montano, y ahorrémonos las rimas que se deriven) en una terracita sureña, bajo un tibio sol invernal y con las burbujas de un buen champán revoloteando en nuestras cabezas, me decidieron a enderezar el entuerto.

Lo que sigue, de modo asaz fragmentario —pero qué más da—, es una selección de mis notas de lectura, con algunos añadidos, pocos, convenientes para su mejor comprensión. También el orden de las notas ha sido alterado, con la pretensión de amalgamar el caos.

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§ Terminada la lectura de Middlemarch, la obra mayor de George Eliot y una cumbre de la novela victoriana y más allá.

§ Ha sido útil, durante la lectura, refrescar conocimientos de la época y ampliarlos un poco.

Era victoriana: de 1837 a 1901; un largo reinado 64 años. Época de turbada grandeza para la Inglaterra imperial. Tiempo de paz y de confiada afirmación del sentimiento nacional. Tiempo de avances tecnológicos, fe en la ciencia y prosperidad, pero también de estupor y remordimiento ante las crueles consecuencias de la revolución industrial para gran parte de la sociedad inglesa.

§ Era de la «novela clásica» por antonomasia.

§ Las novelas victorianas están próximas a la vida cotidiana y comparten un afán moralizante. Narradores omniscientes e intrusivos que establecen, sin despeinarse casi, fronteras nítidas entre el bien y el mal. ¡Fuera relativismos! Continuar leyendo…

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Estoy terminando la lectura de The grapes of wrath, de John Steinbeck y he sentido una vez más la impelente curiosidad (¡cuánto le gustaba lo de «impelente» a Lezama Lima!) de ver cómo se ha traducido esta novela. Por lo pronto cabe consignar que en nuestra lengua tiene más de un título: Las uvas de la ira principalmente, pero también Las viñas de la ira, en Venezuela, e incluso, creo, Viñas de ira en Argentina, aunque no sé si este último es sólo para la película, de John Ford, y no para el libro.

La única versión que he encontrado en las librerías de mi ciudad es la que publicó Alianza (no una editorial menor, precisamente), a cargo de María Coy Girón, de quien no creo haber leído otras traducciones con anterioridad.

Nada más empezar a ojearla (o a hojearla, lo que prefieran), me asaltaron la incredulidad, el pasmo y la decepción, creo que por ese orden, al ver que el principal y más característico rasgo estilístico y de lenguaje de la novela ha sido eliminado por completo; arrancado de raíz, sin contemplaciones ni piedad. Me refiero al habla regional de los personajes, al dialecto de la Oklahoma rural, tierra de los protagonistas.

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En alguna obra de Ernst Jünger leí, hace tiempo, una encomiástica referencia a una curiosa obra de largo título, que traduzco del francés:

«Historia de naufragios, o recopilación de las narraciones más interesantes de naufragios, invernaciones, abandonos, incendios y otros acontecimientos funestos acaecidos en la mar».

(Sí. He traducido adrede invernaciones, y no hibernaciones).

El prolijo título y los elogios de Jünger despertaron mi curiosidad por esta obra, de un tal Jean Louis Hubert Simon Deperthes (muy conocido en su casa a la hora de cenar), y, tras una busca afanosa, me hice con ella. Tres tomos de Dufour et Compagnie, Librairies. Paris, 1828 (Facsímil).

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