Archivos para 30 November, 1999

La biografía, seminovelada, de un escritor y político frustrada de vida extrema: Eduard Limonov.

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Tulipanes y delirios

8 junio, 2014 — 2 comentarios
Mi Sabine se quitó la vida la noche antes, mientras yo escupía sobre ella follándome a Nina y bebiéndome, endemoniado que estaba, todo lo que salía de su cuerpo de áspide.

[…] se quitó la vida la noche antes, mientras yo escupía sobre ella follándome a Nina y bebiéndome, endemoniado que estaba, todo lo que salía de su cuerpo de áspide.

Estoy revisando las galeradas de mi última novela, Tulipanes y delirios. Es extraño, y hasta casi violento, volver sobre un texto propio después de haberlo tenido apartado algunos meses. Inevitablemente, la sospecha de que quizás la novela no sea todo lo buena que uno creía te sobrevuela con gesto torvo y garras de arpía.

Por otro lado, esa sospecha puede ser señal de que uno se va acercando, afanosamente, eso sí, al nivel que quería. Me ha salido una novela en la que violencia, sexo y humor se mezclan en distintas proporciones (digamos que con «geometría variable», como las alas de algunos aviones que se despliegan y repliegan en cada fase del vuelo).

Además de tantas cosas, la literatura es también un juego perverso, y los elementos autobiográficos que contiene toda novela multiplican esa perversidad mucho más allá de lo que el autor juzgaría deseable. Releo lo que escribí hace unos meses y me reencuentro con quien yo era… hace unos meses, aquel yo que escribía.

(Y recuerdo «El Grafógrafo» de Elizondo:

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía […])

El protagonista de Tulipanes y delirios, un tal Eugenio, podría parecerse vagamente a mí, a un yo de hace décadas, el que vivía en Ámsterdam, pero el parecido, de haberlo, es de peripecias y de escenario, no de actitud ante los acontecimientos. Autor y personajes se parecen, pero no, pero tal vez, pero sí…

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Cada vez más ingrávido, con la vívida sensación de levitar, caminaba entre solitarias figuras flotantes que parecían moverse a cámara lenta envueltas en ropajes lanudos como mamuts; las bicicletas avanzaban hacia mí irradiando chispas y sus timbres eran melodiosos carrillones; cuando apoyaba la mano sobre los pretiles del Ámstel…

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Poco tiempo atrás aludía en otro post  a unos pasajes de Cyril Connolly en los que él denunciaba que la simpatía ha arrinconado en nuestros días a la amistad, y la fraternidad ha dejado paso a una solidaridad mal entendida que el Estado promueve con intereses espurios.

Para compensar un poco la amargura del plañido, cuento ahora una anécdota reciente que también tiene que ver con la amistad,soplarcristal aunque envuelta en el anonimato. La semana pasada me escribió un lector, al que llamaremos K., para comentar algunos pasajes de mi última novela, Una callada sombra. El correo me sorprendió por lo detenido de su análisis y también por, ¿cómo decirlo?…, la cercanía. Yo no conozco de nada a K. Ni siquiera hemos compartido experiencias generacionales. Sin embargo, en su correo, mis personajes cobraban una insospechada vida, como si más allá de lo que yo supiera de ellos comenzara otra existencia independiente en el trato propio con un lector ignoto. Me habla K. de Pajarogrifo (no hay errata: es sin tilde) como si este fuera un conocido común cuyas intenciones y maneras pudiéramos comentar. En nuestros correos, Pajarogrifo es más real, mucho más real que nosotros mismos, meros entes atrapados en nuestros papeles abstractos de autor y lector.

Y lo mismo con ciertas descripciones: en el bar Zapico, un antro con olor a vino agrio y tabaco, un parroquiano sentado en un taburete ante la barra hace rodar una naranja sobre el mostrador con la palma de la mano.  En algún momento, en una escena tensa, “un rayo de sol, que ya desciende, la hace refulgir [a la naranja] de pronto como una ampolla de cristal fundido lista para que un soplido le dé forma”. Me cuenta el lector que esta imagen le ha recordado los claroscuros de George de La Tour o, mejor, a un Caravaggio, con ese “ambiente de maleantes —escribe K.— entre los que inopinadamente  subsiste la pureza de la luz condensada en un segundo que los inmoviliza y los deja impresos en la retina”.

El autor (o sea, yo) se queda pasmado con tales apuntes. ¿¡Realmente he pintado un Caravaggio sin saberlo!? Pues parece que sí, pero para descubrirlo he necesitado el amabilísimo correo de K.: también él ha pintado ese Caravaggio. Además de Caravaggio, por supuesto.

¿Y no es esa labor colaborativa una forma de amistad? ¿No es el arte, todo él, una gran metáfora de la amistad? ¿Una manera de saltar nuestras limitaciones espaciales y temporales, y compartir nuestra experiencia, siempre tan paradójicamente íntima como común?

Lector, mon semblable, mon frère.

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Quien tenga curiosidad por leer los breves fragmentos de la novela aludidos en este post, aquí los tiene. Continuar leyendo…

Habitantes del universo Proust

Habitantes del universo Proust

 

Todos los conocemos, aunque no nos hayamos detenido a ponerles un nombre: son esos momentos, mágicos de verdad (¡por una vez!), en los que, de improviso, un recuerdo no buscado nos toma por asalto y se mete en nuestras cabezas sin que lo hayamos llamado y sin pedirnos permiso. Cualquier cosa puede liberarlos —son un genio en su lámpara—, sobre todo los impactos sensoriales (un olor, un sabor, un sonido…).

Entoces el pasado regresa, pero con tal furia, con tal ímpetu, con tal viveza, que se funde, indistinguible, con el presente: no recordamos, sino que revivimos. Con esa magia grandiosa e inexplicable, algunos grandes escritores han construido asombrosos edificios. Están ahí, con las puertas entornadas para que entremos en ellos cuando queramos. O cuando nos atrevamos. Continuar leyendo…

Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

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En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…