Iván y Albertine

19 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay autores hipertróficos al igual que los hay anémicos.

Proust es sin duda uno de ellos, de los hipertróficos,  como un atlante que cargara sobre sus hombros  la tradición de la novela occidental para ponderar el peso narrativo que una obra puede resistir. Escribir A la búsqueda del tiempo perdido  fue una tarea (vámonos de mitos) ciclópea, tantálica y prometeica: a Proust le consumió la vida, encerrado en su laberinto como un minotauro sin más ariadnas que cientos de páginas en blanco.

Ventajas de la hipertrofia: la posibilidad de acercarse a lo inefable a fuerza de atosigar la escritura hasta sus últimas consecuencias.

Albertineprousttimes Continuar leyendo…

Habitantes del universo Proust

Habitantes del universo Proust

 

Todos los conocemos, aunque no nos hayamos detenido a ponerles un nombre: son esos momentos, mágicos de verdad (¡por una vez!), en los que, de improviso, un recuerdo no buscado nos toma por asalto y se mete en nuestras cabezas sin que lo hayamos llamado y sin pedirnos permiso. Cualquier cosa puede liberarlos —son un genio en su lámpara—, sobre todo los impactos sensoriales (un olor, un sabor, un sonido…).

Entoces el pasado regresa, pero con tal furia, con tal ímpetu, con tal viveza, que se funde, indistinguible, con el presente: no recordamos, sino que revivimos. Con esa magia grandiosa e inexplicable, algunos grandes escritores han construido asombrosos edificios. Están ahí, con las puertas entornadas para que entremos en ellos cuando queramos. O cuando nos atrevamos. Continuar leyendo…

Pigmeos

12 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay libros clásicos en el mundo anglosajón que incomprensiblemente tardan décadas en traspasar la barrera invisible de la traducción al castellano. Es el caso de La gente de la selva de Colin Turnbull, que me recomendó una amiga y que me ha encantado. Os copio su reseña.   pigmeo1

Por la puerta de atrás del Edén

Carmen Palomo

Se cuenta de los pigmeos, como dato casi inverosímil, que son tribus de cazadores-recolectores desconocedoras de la técnica de hacer fuego. Tampoco debería asombrarnos tanto: ¿quién entre nosotros, los hombres blancos, sabe hacer fuego? De asombros y pigmeos, y de quiénes somos en el fondo todos nosotros, trata La gente de la selva de Colin Turnbull, un clásico de la antropología editado por primera vez hace 50 años —medio siglo que ha añadido lustre y profundidad a un libro excepcional— publicado en español por la editorial milrazones (trad. de Bianca Southwood). A su autor cabe tildarlo de aprendiz de antropólogo pues, para nuestro regocijo, se saltó la primera ley de la ciencia, que es la de considerar su objeto de estudio como tal: como un objeto. Con una pasión algo suicida, Turnbull se fue a vivir a la selva de Ituri, en el entonces Congo Belga, con los pigmeos bambuti… y se pigmeizó. Su libro relata cómo vive y qué piensa y siente un pigmeo. Y lo hace con tan rendida admiración que no es de extrañar que a Turnbull se le acusara de idealizar la experiencia vital de estas «pobres gentes» que, por no tener, no tienen ni propiedad privada. Y es que el asunto va por ahí, justamente por lo que no tienen los pigmeos. Sus núcleos tribales son tan pequeños, y con tales lazos de interdependencia (la caza es colectiva), que no necesitan jefe ni brujo. Los mayores ejercen un tutelaje pacificador, pero los conflictos —siempre según el relato de Turnbull— suelen resolverse con rapidez, a gritos o a risas. Más fascinante aún resulta la idea de que no tengan deidades, ni siquiera malignas. Saben para qué sirven —para asustar, claro— y las inventan y las utilizan contra sus vecinos naturales (otras tribus bantús o sudánicas), pero no creen en ningún espíritu inicuo ensañado contra ellos ni contra nadie. Sencillamente, en su cosmogonía, no existe ninguna entidad amenazante…, luego no existe el miedo. ¿Cómo interpretan, cómo resuelven, entonces, la desgracia? Creen los pigmeos bambuti que el mundo, su mundo, la selva, está bien hecho: la selva húmeda y penumbrosa nutre, acoge, vela por los suyos… Cuando la desgracia llega (la enfermedad, la falta de caza…), piensan los bambuti que la selva se ha dormido. Un ritual, el molimo, se encargará de despertarla para que todo vuelva al equilibrio pacífico y natural de lo cotidiano. Se trata de un diálogo entre tribu y selva (esta última, representada por el sonido de unas primitivas trompetas): los bambuti, en una especie de curiosa contra-nana metafísica, despiertan a la selva de ese letargo con canciones que dicen que «la selva es buena, la selva es buena». pigmeos2Es verdad, Turnbull no hizo en este libro una fría descripción científica de las costumbres pigmeas: hizo pura poesía. Durante la lectura respiramos selva, escuchamos selva y conocemos además a cada uno de los miembros de la tribu, debidamente individualizados: Kenge, Akidinimba (la chica de los grandes pechos), Manyalibo, Masisi (cuya foto aparece en la portada)…  El lector no puede evitar reírse a carcajadas cuando acaba descubriendo el pigmeo que lleva dentro (los bambuti ríen con todo el cuerpo, como los niños, palmeándose los costados y rodando literalmente por los suelos). Bajo esa risa benéfica como la selva misma, La gente de la selva se lee con una admiración no exenta de nostalgia por esa humanidad ajena a nuestras locuras consumistas y teológicas. No es que los pigmeos sean ángeles (no lo son, Turnbull también retrata su astucia, su orgullo y su gusto por la burla), pero parece que, cuando todos fuimos expulsados del Paraíso y entregados a la derelicción metafísica, ellos arrendaron las tierras colindantes al Edén. Y allí siguen. Para saber más sobre este apasionante libro y sobre la increíble vida de su autor: http://blogs.milrazon.es/Colin-Turnbull-el-nino-que-queria-que-lo-robaran.aspx

Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

annakarenina1emmabovary2laregenta6

 

En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…

Dickinson1

Emily Dickinson. Sublime.

 

El tiempo que no nos queda. El tiempo que la agobiante sociedad de la información nos roba, con alevosía, con iniquidad, cual Golfos apandadores provistos de Twitter. Piove: governo ladro. Hablábamos de eso el otro día y de cómo recuperar lo que nos roba. Hablábamos de leer, como una forma de retomar lo que es nuestro: ¡nuestro tiempo!

Hoy doy un paso más: un poema al día. Por lo menos. Incluso si la poesía aún no es lo vuestro. ¡Sobre todo si la poesía aún no es lo vuestro! Haceos ese regalo. Hacedme caso. No tarda en convertirse en una droga bienhechora, en una compañera de por vida, y nos hace mejores (lo que dábamos por imposible, por incorregibles. La poesía ―la buena― nos demuestra que no lo éramos. ¡Se aceptan apuestas!).

Asomarse a la poesía de Emily Dickinson (1830-1886) da vértigo. Sus versos, retadores, reclaman un lector audaz, capaz de enrolarse en una travesía insegura a la búsqueda de sentidos. La lengua de Dickinson no se ajusta a los mapas conocidos, aunque tampoco ofrece un juego de acertijos, sino un camino de descubrimientos (¿idiolectales?) que recorremos inseguros, obscuri, sub sola nocte per umbram.  (¿Acaso creíais que os ibais a escapar sin el latinajo de rigor? Por cierto, nuestra autora leía La Eneida en latín).

Buena parte del desconcierto de esta poesía «que levanta físicamente la tapa de los sesos» (esa es la definición de la autora de lo que debe ser la poesía) procede de los mil contrastes que nos asaltan cuando intentamos reducirla a categorías. Así, se mezclan en ella imágenes muy familiares junto a otras extrañamente enigmáticas; la delicadeza del tono convive con una repentina contundencia (por no decir brutalidad) expresiva; lo sublime resbala a veces hacia lo irónico; el puritanismo en que fue educada la autora estalla en una rebeldía verbal libérrima y su natural discreción no soslaya la mareante ebriedad de su universo íntimo.

A Emily Dickinson habría que leerla entera, en bloque, como la gran montaña de granito que es. (Ya, pero… ¡es que no tengo tiempo! ¡Maldición!). Escoger un único poema es falsear esa peculiar densidad que sus poemas, exigentes, imponen en los lectores a la manera de un encantamiento. Con esta advertencia ―que parece contradecir mi receta de un poema al día―, me atrevo a traer aquí un poema breathtaking y a ofreceros mi propia traducción:

Continuar leyendo…