Archivos para 30 November, 1999

James Salter

James Salter

Leí por primera vez a James Salter (James Arnold Horowitz de nacimiento) hace ya muchos años, cuando no era conocido en España. Fue The Hunters, su primera novela, y la leí por una razón extraliteraria: Salter fue piloto, como lo era yo entonces (él, militar; yo, acrobático), y esa novela, de la que me hablaron con reverencia, va de aviones y aviadores. Continuar leyendo…

la novela multipleLa novela es, sin duda, un objeto cautivador, pero difícil. Suelo leerme todo lo que de teoría encuentro sobre ella, aunque con creciente aprensión, no vaya a ser que me encuentre con otro original anuncio de su defunción.

No ha sido el caso del largo ensayo de Adam Thirlwell, La novela múltiple, que, si bien coquetea fugazmente con la idea, lo hace para afirmar después que la novela no morirá, sino que se transformará (¿cómo la energía?), lo que no es, por otro lado, un pensamiento excesivamente original. En realidad, Thirlwell, un joven y afamado novelista británico de saltonas ojeras, da un curioso salto para cerrar su ensayo y, tras casi quinientas páginas «profundas» de hablar de novelas, pasa, en el ultimísimo párrafo, magia potagia, a hablar de literatura en general, así, «porque yo lo valgo».

Y llegué a la única conclusión que parecía posible. Sólo significa, pensé, que todo proyecto personal debe ser más salvaje: absolutamente amateur y múltiple. Porque esta nueva condición mundial no era, pensé, la muerte de la literatura. Nunca lo es. Sólo era, amigos, la muerte de un tipo de literatura anterior.

Notemos, además del prodigioso salto desde el género (novela) al orden (literatura), si seguimos a Linneo, lo juvenil del párrafo final del ensayo, con ese revelador deseo de salvajismo (Yeah! Let’s get wild, pal!) y ese afectuoso vocativo, amigos, del que podríamos prescindir sin quebranto, pero por el que tampoco nos vamos ahora a poner quisquillosos. ¿Amigos? Pues amigos, venga, Adam, tronco.

El tonillo algo irónico, y hasta levemente sarcástico (¿se puede ser sarcástico con levedad?) que usted, apto lector (astuta captatio benevolentiae), habrá detectado, podría parecerle el preludio de un ataque a degüello contra el libro y su autor, pero no es así. Sucede que, a veces, los jóvenes como Thirlwell me irritan por el mero hecho de serlo. Creo que me he ganado el derecho a ser un poco cascarrabias a ratos sueltos.

El libro tiene su interés, aunque no por las razones que su autor debe de creer. Las conclusiones a las que parece llegar (y digo «parece» porque nunca llegan a estar claras del todo) son, en el mejor de los casos, banales, y no justifican tantas páginas. Lo interesante ha sido el camino recorrido, aunque haya sido para no saber bien adónde se ha llegado.

La cosa arranca con Saussure y Barthes, no se vayan ustedes a creer que aquí estamos hablando de Blas y Epi, y también con Roman Jakobson, del que Thirlwell señala enseguida aquello de que

…el signo verbal en la literatura es siempre ambiguo: es y no es idéntico al objeto que designa.

Y cito esto porque me permite ejemplificar uno de los rasgos llamativos de este ensayo (y de tantos otros): un constante y falsamente profundo ir y venir en la ambigüedad conceptual. Todo es y no es, parece pero sin parecerlo, converge y a la vez diverge, se mueve pero está quieto; todo es «así como muy de filosofía hegeliana leída por Woody Allen» y nos va deleitando con maravillas como la que sigue:

La ruta diagonal hacia la verdad que forman las yuxtaposiciones de la estructura de una novela implica que ninguna novela pueda ser autoexpresión. Y es que la verdad es más inquietante y extraña. Es siempre la superposición sistemáticamente divergente de dos series: la confesión total y la evasión total.

Repuesto del susto de enterarme de que la verdad es SIEMPRE la «superposición sistemáticamente divergente de dos series», continuo. Continuar leyendo…

El oso del azafrán

25 julio, 2014 — 3 comentarios

Un poema de Denise Levertov que, con sencillez asombrosa y envidiable, despliega ante nuestro entendimiento algunos de los milagros del milagroso hecho de leer:

 

polar bear

 

To the Reader

As you read, a white bear leisurely

pees, dyeing the snow

saffron,

and as you read, many gods

 lie among lianas: eyes of obsidian

are watching the generations of leaves,

and as you read

 the sea is turning its dark pages,

 turning

its dark pages.

(from: The Jacob’s Ladder, 1961)

 

ocean dark

Y la traducción que de él hace Carlos Manzano:

 

 

Al lector

Mientras lees, un oso blanco despacio

mea y tiñe la nieve

de azafrán:

mientras lees, muchos dioses

reposan entre lianas: ojos de obsidiana

contemplan las generaciones de hojas,

y, mientras lees,

el mar pasa sus obscuras páginas,

pasa

sus obscuras páginas.

levertov reads

Denise Levertov

«Cagadas literarias» podría haber sido el título de esta pieza, pero hoy tenía el día finolis.

Cotejando traducciones del Ulises me topé el otro día con una célebre escena en la que el entrañable Leopold Bloom se refugia en su retrete (un útil galicismo, este) para cagar y, al mismo tiempo, ¡cómo no!, leer el periódico. La cotidiana escena, que Joyce universaliza con su talento insultante, me recordó otra de similar jaez inventada por otro escritor irlandés que admiro, John Banville, y entonces me puse a pensar en cómo y cuándo la literatura de todos los tiempos se ha ocupado en escudriñar nuestras defecaciones, en mirar por el ojo de la cerradura nuestro más íntimo obraje, y me vinieron rápidamente a la cabeza unos cuantos escritores que se lo han trabajado. De ellos voy a dar breve noticia.

Es sólo un apunte, claro está. Si hurgásemos, nos saldrían, con seguridad, cientos, y hasta miles, de escritores y obras que han tratado el asunto. Me conformaré con mucho menos.

sanchopanzaPrimero, el Quijote, que no es mala cosa empezar acogiéndose a sagrado. En el capítulo XX nos encontramos con una hilarante situación que sólo alguien como Sancho podía protagonizar en toda su chusca turbación:

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho eso (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia), le sobrevino otro mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito ni ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote, y dijo:

―¿Qué rumor es ése, Sancho?

―No sé, señor ―respondió él―. Alguna cosa nueva debe de ser; que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y, con tono algo gangoso, dijo:

―Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

―Sí tengo ―respondió Sancho―; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

―En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar ―respondió don Quijote. Continuar leyendo…

Un ave carmelita

27 abril, 2014 — Deja un comentario

Levertov Sands

El traductor Carlos Manzano me santifica el día con un poema que no puedo no compartir aquí. De Denise Levertov, esta maravilla:

 

Concordance

Brown bird, irresolute as a dry

leaf, swerved in flight

just as my thought

changed course, as if I heard

a new motif enter a music I’d not

till then attended to.

(Denise Levertov, Sands of the Well. 1996)

Continuar leyendo…