Archivos para 30 November, 1999

vian2El otro día, cuando ya haraganeaba la tarde, me entraron de repente unas ganas tremendas de leer otra vez la vieja novelita de Boris Vian Escupiré sobre vuestra tumba.

No he identificado qué resorte psicológico me llevó a ello, cuál fue el detonante del deseo y la memoria, aunque creo que lo supe, durante una milésima de segundo, justo cuando me asaltó el impulso de manera tan inopinada, tan intempestiva. Vi, fugacísimamente, la extraña asociación de ideas que me había llevado hasta allí. Vi, lo cual es asombroso (pero el asombro, nos recuerda Jünger, «es nuestra mejor parte»), la imagen —un rostro o una situación o tal vez un cuarto en el que viví— desencadenante de la secuencia que, como una estampida, me llevó a esa novela a la velocidad de la luz.

Continuar leyendo…

ulysses9

Nota preliminar:

Las indicaciones de páginas se refieren a la siguiente edición: James Joyce. Ulysses. With annotations by Sam Slote, Trinity College, Dublin. Alma Classics, 2012.

A los traductores al español los identifico a veces por las siguientes abreviaturas:

SS: J. Salas Subirats

JMV: José María Valverde

GT/VL: Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns

The snotgreen sea. The scrotumtightening sea. (Pg. 6)

SS: El mar verde moco. El mar escroto galvanizador.

JMV: El mar verdemoco. El mar tensaescrotos.

GT/VL: El mar verdemoco. El mar acojonante.

Morel: La mer pituitaire. La mer contractilo-testiculaire.

Celati: Mare verde caccola. Mare scroto-costrittore

Bindervoet / Henkes: De snotgroene zee. De scrotumspannende zee.

Sirvan estas dos frases yuxtapuestas para decirnos, desde el principio, que el Ulises de Joyce es un majestuoso templo del lenguaje y que tan aventurado es leerlo —quien pueda— en el original, como en una traducción. El segundo caso le añade al lector concienzudo la gravosa carga de decidirse por una, lo que no debería hacerse a la ligera.

Pero esto de arriba se me ha colado, porque yo quería empezar por una comparación que se me ocurrió el otro día:

Ulises es como la música de Debussy, quien creó su magia desechando las consabidas escalas mayores y menores, para recuperar las de tonos enteros y las pentatónicas: como Debussy descoloca al oyente, así descoloca Joyce —que moldea el inglés como si fuese dócil arcilla (pero cuánto trabajo hay detrás)—  al lector, incluso a aquel que ya ha llegado prevenido sobre lo que le aguardaba.

ulysses4

«Ulises puede no gustar, pero después de ella ya no se soportan las demás novelas».

Este pensamiento de Cioran, en verdad terrible para un novelista, resume con precisión quirúrgica una de las muchas cosas (sensaciones, ideas, sentimientos, frustraciones, deseos, nostalgias…), a veces ansiogénicas —pero de esas ansias deseadas y buscadas—, que me produce la lectura de esta novela invasora e incesante. Digo «me produce», en presente, porque desde la primera vez que la leí ya no he dejado de hacerlo: varias ediciones en inglés; casi todas las traducciones hechas al español (la más reciente, de Marcelo Zabaloy, me está llegando estos días desde Buenos Aires) y que me divierte comparar; la fastuosa de Auguste Morel al francés; la prescindible de Celati al italiano y, justo estos días, la prometedora de Erik Bindervoet y Robert-Jan Henkes al neerlandés.

Continuar leyendo…

goytisolo_juan

Juan Goytisolo

campdelarpa

Ámsterdam 1977.

En aquellos meses (fue tiempo de mudanzas) yo vivía en un viejo apartamento de Riouwstraat, cerca del Tropenmuseum y del zoo Artis, o tal vez fuera en la residencia de estudiantes de Weesperstraat, junto a la casa de Spinoza, no estoy seguro. La capital holandesa seguía siendo una ciudad prohibida en el imaginario de muchos aspirantes a transgresor; pecaminosa; perdida y, por si fuera poco, con la sensibilidad refugiada en los lienzos de sus grandes maestros pintores, amenazada por la pasión de la compraventa. Recuerdo muchas nieblas de finales de aquel invierno. Entonces aún tenía una novia surinamesa, de Paramaribo, estudiante de filología y azafata de KLM. Sus axilas olían a selva y a líquenes y el aroma de sus ingles era como la mirada de Medusa.

La relación, ¡ay!, daba sus últimas boqueadas. Continuar leyendo…

Eagleton3

Si les interesa pensar sobre la literatura además de leerla, es probable que este libro les interese. Lo mejor será empezar por el final y así ya deciden ustedes si les apetece seguir.

Eagleton1

Terry Eagleton

Después de haberle dado mil y una vueltas (interesantes vueltas) al concepto de  «teoría de la literatura», su historia, evolución y temas esenciales (cuando tengo el día cursilón, esto de «esencial» me pone como una moto), Eagleton nos dice que, en el fondo, la teoría, toda teoría, no es más que una empresa condenada al fracaso, y eso por dos razones, que son las siguientes:

  1. La teoría es el momento en que las prácticas (culturales, sociales o las que sean) entran en crisis y se ponen a pensar en sí mismas, a «pensarse», para ver cómo salen del atolladero en el que se han metido. (Eso, por cierto, las convierte en algo bastante narcisista, como advierte el propio Eagleton).
  2. La teoría consiste en que una práctica X se curva sobre sí misma para escudriñarse, para escrutarse las entrañas, lo que le impide un análisis con las  imprescindibles dosis de desapego y distancia. Resultado: el fracaso inevitable.

Continuar leyendo…

James Salter

James Salter

Leí por primera vez a James Salter (James Arnold Horowitz de nacimiento) hace ya muchos años, cuando no era conocido en España. Fue The Hunters, su primera novela, y la leí por una razón extraliteraria: Salter fue piloto, como lo era yo entonces (él, militar; yo, acrobático), y esa novela, de la que me hablaron con reverencia, va de aviones y aviadores. Continuar leyendo…